"Las estaciones no solo transforman la tierra. También moldean silenciosamente los corazones de quienes aprenden a vivir en ellas."
El tiempo nunca preguntaba si los hombres estaban preparados para verlo marchar.
Simplemente avanzaba.
Inmutable.
Silencioso.
Y, mientras los días se convertían en semanas y las semanas en meses, el pequeño hogar de Aldren continuó creciendo al mismo ritmo que las estaciones.
La primavera cedió lentamente su lugar al verano.
Los árboles del bosque dejaron atrás el delicado verde de los nuevos brotes para vestirse con un follaje espeso que proyectaba largas sombras sobre los caminos.
Los campos de trigo comenzaron a mecerse como un inmenso océano dorado.
Las noches se hicieron más cálidas.
Las risas de los niños parecían escucharse más lejos.
Y el jardín de Líria floreció como nunca antes.
Cada mañana comenzaba casi de la misma forma.
Lyanna era siempre la primera en salir de casa.
Todavía con el cabello desordenado por el sueño, caminaba descalza hasta el jardín llevando una pequeña regadera de barro que apenas podía sostener con ambas manos.
Regaba las flores una por una.
Con una concentración absoluta.
Como si cada planta fuera una amiga a la que debía saludar personalmente.
—Buenos días, pequeña rosa.
Buenos días, lavanda.
Buenos días, margarita...
Líria la observaba desde la puerta.
Nunca interrumpía aquel pequeño ritual.
Sabía que la niña no hablaba sola.
Estaba aprendiendo a amar la vida.
Una mañana, Aldren salió discretamente detrás de ellas.
Apoyó un hombro contra el marco de la puerta y contempló la escena durante varios minutos.
—¿Por qué les habla?
preguntó en voz baja.
Líria sonrió sin apartar la vista de su hija.
—Porque cree que así crecerán más felices.
Aldren soltó una risa apenas audible.
—¿Y tú qué piensas?
Ella lo miró con esa serenidad que tanto admiraba.
—Creo que quizá tenga razón.
Las flores también necesitan sentirse cuidadas.
Él dirigió nuevamente la mirada hacia Lyanna.
La pequeña acariciaba con delicadeza los pétalos de un lirio blanco.
—Entonces...
respondió casi en un susurro.
—Espero que nunca deje de hablarles.
Líria apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Yo también.
Mientras tanto, Eryn había descubierto un nuevo pasatiempo.
Construía fortalezas.
No de piedra.
Sino de madera, ramas y cuerdas.
Cada semana aparecía una distinta detrás de la casa.
Una tenía una torre de vigilancia.
Otra un puente improvisado.
Otra incluso poseía una pequeña puerta que apenas podía abrirse.
—¡Papá!
gritó un mediodía.
¡Ven rápido!
Aldren dejó el hacha con la que partía leña y caminó hasta el bosque.
Encontró a Eryn de pie frente a una enorme construcción hecha con troncos caídos.
El niño levantó orgullosamente la espada de madera.
—Éste será mi castillo cuando sea caballero.
Aldren observó la improvisada fortaleza.
Varias tablas estaban torcidas.
El techo parecía sostenerse únicamente por voluntad divina.
Y una pared ya comenzaba a inclinarse peligrosamente.
—Es...
impresionante.
Eryn sonrió.
—¿Verdad que sí?
Aldren rodeó lentamente la estructura.
Luego señaló uno de los soportes.
—Si colocas otro tronco aquí...
No se caerá cuando llueva.
El niño abrió los ojos con asombro.
—¡No lo había pensado!
—Los castillos se construyen igual que las personas.
Primero deben tener buenos cimientos.
Después todo lo demás.
Eryn guardó aquella frase con la misma atención con la que guardaba todas las enseñanzas de su padre.
El verano también trajo consigo pequeñas celebraciones.
El pueblo organizó la tradicional Fiesta de la Cosecha.
Las calles se llenaron de música.
Los artesanos exhibieron sus trabajos.
Los niños corrían entre los puestos de comida.
Los ancianos narraban antiguas leyendas alrededor de las hogueras.
Aldren no podía caminar diez pasos sin que alguien lo saludara.
—¡Caballero Aldren!
—¡Gracias por proteger nuestros caminos!
—¡Que los dioses lo bendigan!
Él respondía siempre del mismo modo.
Con una inclinación respetuosa.
Nunca se acostumbró a la admiración.
Ni quiso hacerlo.
Esa tarde, un viejo herrero colocó una pequeña espada de madera entre las manos de Eryn.
—La tuya ya está muy desgastada.
Creo que un futuro caballero merece una nueva.
Eryn la sostuvo maravillado.
Luego miró inmediatamente a su padre.
Esperando permiso.
Aldren sonrió.
—Agradece el regalo.
El niño hizo una reverencia tan exagerada que provocó las carcajadas de todos los presentes.
Mientras los hombres celebraban cerca de la plaza, Líria caminaba entre los puestos junto a Lyanna.
La pequeña llevaba una corona de flores tejida por su madre.
Se detenía a observar cada planta que encontraba.
Hasta que un anciano jardinero le mostró una diminuta semilla envuelta en un pequeño paño.
—¿Sabes qué es esto?
Lyanna negó con la cabeza.
—Una flor que todavía no existe.
La niña abrió mucho los ojos.
—¿Cómo puede existir algo que aún no ha nacido?
El anciano sonrió.
—Porque primero nace la esperanza.
Después nace la flor.
Líria observó aquella escena con una emoción difícil de explicar.
Compró la pequeña semilla.
Cuando regresaron a casa, ambas la plantaron juntas en el rincón más soleado del jardín.
—¿Qué flor será?
preguntó Lyanna.
Líria acarició la tierra recién removida.
—No lo sé.
Pero crecerá con nosotros.
Aquellas palabras parecieron perderse en el viento.
Sin embargo...
El destino las conservaría.
El verano terminó.
Llegó el otoño.
Las hojas comenzaron a cubrir los senderos.
El aire adquirió ese aroma húmedo que anunciaba la proximidad del invierno.
Las tardes se hicieron más cortas.
Y Aldren recibió una nueva misión.
Nada importante.
Solo debía escoltar a un grupo de comerciantes hasta la frontera occidental.
Tres días de viaje.
Quizá cuatro.
Cuando anunció la noticia durante la cena, el silencio ocupó lentamente la mesa.
Eryn intentó parecer valiente.
—Volverás enseguida.
¿Verdad?
Aldren sonrió.
—Antes de que tengas tiempo de echarme demasiado de menos.
El niño asintió.
Pero la sonrisa no consiguió ocultar del todo su preocupación.
Lyanna dejó la cuchara sobre el plato.
—¿Otra vez?
Aldren sintió un leve pinchazo en el pecho.
La levantó en brazos.
—Solo unos días.
—No me gustan los días sin ti.
Él besó suavemente su frente.
—A mí tampoco.
Aquella noche, antes de dormir, Líria preparó discretamente una pequeña bolsa de viaje.
Pan.
Queso.
Hierbas medicinales.
Un frasco de miel.
Y, sin que Aldren la viera, guardó también una diminuta flor seca entre las vendas.
Él la descubrió al amanecer.
—¿Qué hace esto aquí?
Líria sonrió con cierta timidez.
—Para que, cuando la veas, recuerdes que siempre hay alguien esperándote en casa.
Aldren contempló la pequeña flor durante varios segundos.
Después la guardó cuidadosamente en el bolsillo interior de su capa.
Muy cerca del corazón.
—Jamás la perderé.
Ella no respondió.
Solo tomó su rostro entre ambas manos.
Como si quisiera memorizar cada uno de sus rasgos.
Los cuatro caminaron juntos hasta el portón de la casa.
Era un gesto habitual.
Siempre despedían a Aldren del mismo modo.
Eryn levantó la nueva espada de madera.
—¡Entrenaré todos los días!
—Pero no olvides ayudar a tu madre.
—Lo prometo.
Lyanna seguía sujetando la mano de su padre.
Con fuerza.
Como si, al aferrarse lo suficiente, pudiera impedir que se marchara.
Finalmente, lo soltó.
Pero antes colocó en su mano un pequeño pétalo blanco.
—Para que no olvides el camino.
Aldren sintió que el pecho se le oprimía.
Se agachó frente a ella.
—Aunque el mundo entero cambiara...
Siempre sabría volver con vosotros.
Montó a caballo.
Los observó una vez más.
Líria sostenía una mano de Eryn.
Con la otra abrazaba a Lyanna.
Los tres sonreían.
Él alzó la mano en señal de despedida.
Después emprendió el camino.
Cuatro días más tarde...
El sonido de unos cascos anunció su regreso.
Antes incluso de que el caballo apareciera al final del sendero, la puerta de la casa se abrió de golpe.
—¡¡Papá!!
Eryn salió corriendo.
Detrás de él apareció Lyanna, con las pequeñas piernas esforzándose por alcanzarlo.
Y, como siempre...
Líria permanecía de pie en el umbral.
Esperándolo.
Con esa sonrisa serena que convertía cualquier regreso en un hogar.
Aldren descendió del caballo.
No tuvo tiempo de dar un solo paso.
Sus hijos ya estaban abrazándolo.
Eryn hablaba sin detenerse.
Quería contarle todo lo ocurrido durante su ausencia.
Cómo había arreglado su fortaleza.
Cómo ayudó a partir leña.
Cómo Lyanna había conseguido leer una página completa sin equivocarse.
Lyanna, en cambio, no decía nada.
Simplemente lo abrazaba.
Como si quisiera asegurarse de que realmente había vuelto.
Aldren levantó la mirada.
Encontró los ojos de Líria.
Ella sonrió.
Sin pronunciar palabra.
Y él comprendió que ninguna victoria obtenida en un campo de batalla podría compararse jamás con aquel instante.
Porque la gloria terminaba.
Las guerras terminaban.
Incluso los reinos podían desaparecer.
Pero un hogar...
Un verdadero hogar...
Era el único lugar donde un hombre podía dejar de ser un héroe para volver a ser simplemente quien era.
Sin saberlo, Aldren contemplaba una de las imágenes más hermosas de toda su vida.
Una imagen que, con el paso de los años, regresaría a él una y otra vez.
No como un recuerdo cualquiera.
Sino como el refugio donde su alma buscaría consuelo cuando todo lo demás hubiera sido consumido por la oscuridad.
Porque hay momentos cuya grandeza solo se comprende...
Cuando ya no pueden repetirse.