"La confianza no desaparece de un día para otro. Primero aparecen pequeñas dudas. Después, silencios. Finalmente, hombres que dejan de reconocerse entre sí."
Dos días después de la visita al mercado, Aldren recibió un mensaje sellado con el emblema de la Orden de los Caballeros Reales.
No era una convocatoria urgente.
No había marcas de guerra ni símbolos de movilización.
Simplemente una petición para asistir a una reunión de oficiales veteranos en el cuartel de Arken.
Algo rutinario.
O al menos eso parecía.
Aldren dobló el pergamino y lo guardó dentro de su cinturón.
Líria, que preparaba pan en la cocina, levantó la mirada.
—¿Debes marcharte?
—Solo durante unas horas.
Ella limpió la harina de sus manos con un paño de lino.
—Entonces volverás para la cena.
Él sonrió.
—Te lo prometo.
Eryn, que escuchaba desde la mesa mientras intentaba copiar unas letras en un pergamino, levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Puedo acompañarte al cuartel?
Aldren rió.
—Todavía eres demasiado joven.
El niño infló las mejillas.
—Pero ya sé sostener una espada.
—También sabes correr detrás de las gallinas creyendo que son dragones.
Lyanna soltó una carcajada tan espontánea que terminó contagiando a todos.
Eryn cruzó los brazos.
—Eso solo pasó una vez.
—Tres.
corrigió Líria.
—Fueron tres gallinas distintas.
Las risas llenaron nuevamente la casa.
Aldren contempló aquella escena con una ternura imposible de ocultar.
Cada día comenzaba a parecerle más valioso que el anterior.
Como si una voz silenciosa le susurrara que disfrutara de aquellos instantes sin comprender aún por qué.
El camino hasta el cuartel atravesaba el corazón de Arken.
Las calles estaban tan vivas como siempre.
Mercaderes ofreciendo sus productos.
Niños jugando con pequeños aros de madera.
Aprendices persiguiendo a sus maestros.
Nada parecía diferente.
Sin embargo...
Aldren comenzó a notar pequeños cambios.
Conversaciones que se interrumpían cuando él pasaba.
Miradas fugaces.
Personas hablando en voz más baja de lo habitual.
No era miedo.
Todavía no.
Era incertidumbre.
Una sensación difícil de describir.
Las puertas del cuartel se abrieron apenas lo vieron llegar.
Los guardias saludaron con respeto.
—Bienvenido, sir Aldren.
—Gracias.
respondió con una leve inclinación.
El patio seguía lleno de jóvenes reclutas entrenando bajo las órdenes de los instructores.
El sonido del acero chocando contra el acero llenaba el aire.
Era un sonido familiar.
Durante años había significado disciplina.
Honor.
Compañerismo.
Aquel día...
No supo explicar por qué...
Le pareció distinto.
En la sala de reuniones ya esperaban varios caballeros veteranos.
Algunos eran viejos amigos.
Otros simples compañeros de campañas.
Entre ellos destacaba Garrick.
Un hombre corpulento, de barba entrecana y rostro endurecido por innumerables batallas.
Había combatido junto a Aldren durante casi quince años.
Cuando lo vio entrar, sonrió ampliamente.
—¡Por fin aparece el hombre que siempre llega antes que todos!
Aldren respondió con un abrazo.
—Si he llegado tarde, la culpa es de mis hijos.
Garrick rió.
—Eso significa que están creciendo.
—Demasiado rápido.
—Todos lo hacen.
Por eso debemos disfrutar mientras aún podemos.
Aquellas palabras hicieron que ambos permanecieran unos segundos en silencio.
Ninguno imaginaba cuánto significado adquirirían en el futuro.
Poco a poco fueron llegando los demás oficiales.
Ser Darius.
Capitán Roderic.
El viejo instructor Halden.
Y varios rostros conocidos.
Sin embargo...
Había ausencias.
Demasiadas.
Aldren recorrió la sala con la mirada.
—¿Dónde está Edric?
preguntó.
Garrick desvió discretamente la vista.
—Lo enviaron al este.
—¿Hace cuánto?
—Dos semanas.
—¿Y Kael?
—También.
Aldren frunció el ceño.
—No recibí ninguna notificación sobre esos movimientos.
—Nadie la recibió.
La conversación murió de inmediato.
Como si todos hubieran comprendido que acababan de acercarse a un tema incómodo.
La reunión comenzó pocos minutos después.
El comandante Alistair, un veterano respetado por toda la Orden, desplegó un mapa sobre la mesa.
—Las rutas comerciales continúan siendo seguras.
Pero han aumentado los informes sobre desapariciones en las provincias orientales.
No habló de ataques.
No habló de invasiones.
Solo desapariciones.
Era una palabra mucho más inquietante.
Porque dejaba demasiadas preguntas sin responder.
Uno de los oficiales intervino.
—¿Se sospecha de bandidos?
Alistair negó lentamente.
—No.
Las aldeas aparecen intactas.
No hay señales de saqueo.
Ni de incendios.
Solo...
personas que ya no están.
Un murmullo recorrió la sala.
Aldren permanecía completamente inmóvil.
Aquello desafiaba toda lógica militar.
Si un enemigo atacaba...
dejaba huellas.
Si saqueaba...
robaba.
Si conquistaba...
ocupaba el territorio.
Pero desaparecer sin dejar rastro...
Era algo completamente distinto.
Cuando la reunión terminó, varios caballeros permanecieron conversando en pequeños grupos.
Garrick se acercó nuevamente a Aldren.
Esta vez hablaba en voz muy baja.
—Hay algo más.
Aldren lo observó con atención.
—¿Qué ocurre?
El veterano dudó.
Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Han llegado órdenes extrañas.
—¿Extrañas?
—Patrullas modificadas sin explicación.
Destinos sellados.
Informes clasificados incluso para capitanes veteranos.
Aldren sintió un leve escalofrío.
—¿Quién firma esas órdenes?
—Llevan el sello real.
Pero...
Garrick apretó la mandíbula.
—No estoy seguro de que todas provengan realmente del rey.
Aquellas palabras pesaron como una losa.
Durante más de veinte años, Aldren jamás había dudado de la autoridad de la Corona.
Porque para él, obedecer al rey era obedecer la justicia.
Ahora...
Por primera vez...
Esa certeza comenzaba a resquebrajarse.
No porque desconfiara del monarca.
Sino porque empezaba a preguntarse si alguien utilizaba el nombre del rey para fines que jamás habrían sido permitidos.
Y esa posibilidad resultaba mucho más aterradora.
Al abandonar el cuartel, el cielo había comenzado a cubrirse de nubes.
No eran oscuras.
Solo densas.
El viento soplaba con más fuerza que por la mañana.
Las banderas del castillo ondeaban agitadas sobre las murallas.
Aldren levantó la vista hacia ellas.
Durante años habían sido el símbolo de todo aquello en lo que creía.
Hoy...
Por primera vez...
Sintió que no era la bandera la que había cambiado.
Sino el mundo que la rodeaba.
Mientras tanto...
En la casa, Líria amasaba pan junto a Lyanna.
La pequeña intentaba imitar cada movimiento de su madre.
El resultado era una masa completamente irregular que provocaba la risa de ambas.
—No se parece al tuyo.
dijo la niña con cierta frustración.
Líria tomó suavemente sus manos.
—¿Sabes por qué?
Lyanna negó con la cabeza.
—Porque el pan necesita paciencia.
Y las personas también.
La niña permaneció pensativa.
—¿Papá también?
Líria sonrió.
—Más que nadie.
Lyanna bajó la mirada hacia la masa.
Después preguntó casi en un susurro.
—¿Papá está preocupado?
Aquella sencilla pregunta sorprendió a Líria.
—¿Por qué dices eso?
—Porque sonríe igual que siempre.
Pero sus ojos...
parecen cansados.
El corazón de Líria dio un vuelco.
Los niños veían cosas que los adultos muchas veces ignoraban.
Se inclinó para besar la frente de su hija.
—Tu padre lleva muchos años cuidando de otras personas.
A veces...
eso pesa.
Lyanna asintió lentamente.
Entonces tomó una pequeña flor del alféizar de la ventana.
—Cuando vuelva...
se la regalaré.
Así dejará de estar cansado.
Líria sintió cómo los ojos se le humedecían.
Acarició con dulzura el cabello de la niña.
—Estoy segura de que será el mejor regalo del mundo.
Al caer la tarde, Aldren regresó.
Tal como había prometido.
Antes incluso de desmontar del caballo, vio a Lyanna esperándolo junto al portón.
Corría hacia él sujetando algo entre las manos.
Era una pequeña flor amarilla.
—Es para ti.
dijo al llegar.
Aldren la recibió con una sonrisa.
—¿Y esto?
—Para que no estés triste.
El caballero permaneció inmóvil.
Miró a su hija.
Después a Líria.
Ella comprendió inmediatamente que algo había ocurrido en el cuartel.
No preguntó.
No delante de los niños.
Solo sostuvo su mirada durante unos segundos.
Bastó eso para entenderse.
Habría tiempo para hablar.
Cuando la casa volviera a quedar en silencio.
Pero, por ahora...
La paz aún seguía allí.
Frágil.
Hermosa.
Suspendida sobre el filo invisible del destino.