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Capítulo III: La Última Cena - Parte I: Cuando el amanecer dejó de sentirse igual

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 29 de julio de 2026

"Las tragedias no anuncian su llegada con un trueno. Comienzan como una pequeña inquietud en el corazón, una sensación tan tenue que el alma intenta convencerte de que no existe."


El amanecer llegó envuelto por una niebla inusualmente espesa.

Las montañas que rodeaban el valle apenas podían distinguirse, convertidas en enormes siluetas grises que parecían surgir de otro mundo. Incluso el sol, que normalmente iluminaba el jardín de los lirios desde los primeros instantes del día, permanecía oculto tras un velo de nubes bajas.

Aldren abrió lentamente los ojos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Escuchó.

El crepitar apagado de las últimas brasas en la chimenea.

El canto lejano de algunas aves.

La respiración tranquila de Líria, que aún dormía a su lado.

Aquella era la música de su vida.

La verdadera razón por la que cada batalla había valido la pena.

Giró el rostro para contemplarla.

Un mechón de cabello oscuro descansaba sobre su frente.

Con infinita delicadeza lo apartó.

Ella sonrió sin despertar del todo.

—¿Ya es de día...? —murmuró con la voz todavía adormecida.

—Todavía no del todo.

—Entonces vuelve a dormir.

Aldren sonrió.

—El capitán de la Guardia Real tiene obligaciones.

—Mi esposo también.

Él soltó una risa baja.

—¿Eso fue una orden?

—Fue una petición.

—Las peticiones de cierta mujer siempre terminan pareciéndose mucho a las órdenes.

Ella abrió lentamente los ojos.

Había en ellos una ternura serena, la misma que él había visto por primera vez quince años atrás.

—¿Sabes cuál es el problema contigo?

preguntó ella.

—Tengo miedo de descubrirlo.

—Siempre despiertas pensando en los demás.

Nunca en ti.

Aldren guardó silencio.

Porque era cierto.

Cada mañana comenzaba repasando mentalmente el entrenamiento de los reclutas, las patrullas, los informes de la frontera, las audiencias con el rey.

Solo después recordaba que también tenía un hogar.

Líria acarició suavemente su mejilla.

—Algún día quiero despertarme antes que tú.

Solo una vez.

Para comprobar cómo es una mañana en la que no cargas el peso del reino sobre los hombros.

Él tomó su mano.

La besó con delicadeza.

—Cuando llegue ese día...

Prometo que prepararé el desayuno.

Ella levantó una ceja.

—Eso sí sería un milagro.

—No cocino tan mal.

—La última vez incendiaste la cocina.

—Fue un accidente.

—También incendiaste el mantel.

—El fuego estaba especialmente decidido aquella mañana.

Las risas volvieron a llenar la habitación.

El aroma del pan recién horneado comenzó a extenderse por la casa.

Líria ya estaba amasando una nueva tanda mientras Aldren partía leña detrás de la vivienda.

El sonido del hacha rompiendo los troncos resonaba acompasadamente por todo el valle.

Eryn apareció cargando un tronco que claramente era demasiado pesado para él.

Sus piernas temblaban bajo el esfuerzo.

Pero se negaba a soltarlo.

—¿Necesitas ayuda?

preguntó Aldren.

—No.

—¿Seguro?

—Completamente.

Avanzó dos pasos más.

El tronco cayó al suelo con un golpe seco.

El niño se quedó mirándolo fijamente.

Como si esperara que, por vergüenza, la madera decidiera levantarse sola.

Aldren reprimió una sonrisa.

—Ahora sí necesito ayuda.

admitió Eryn.

El caballero dejó el hacha.

Se agachó junto a él.

En lugar de levantar el tronco, tomó uno más pequeño y lo colocó en sus brazos.

—Empieza por éste.

El muchacho frunció el ceño.

—Pero ése es fácil.

—Precisamente.

Los árboles más grandes también comenzaron siendo pequeños.

Eryn reflexionó unos segundos.

Después sonrió.

—Entonces algún día podré cargar el otro.

—Y quizá uno todavía más grande.

El niño levantó el tronco con orgullo.

—¡Mamá! ¡Ya soy fuerte!

Desde la ventana, Líria respondió riendo.

—Todavía no tanto como para comer cuatro platos.

—¡Puedo intentarlo!

Mientras tanto, Lyanna permanecía sentada entre los lirios.

Tenía un pequeño cuaderno hecho con hojas cosidas a mano.

Dibujaba.

Siempre dibujaba.

Aldren se acercó lentamente para no interrumpirla.

—¿Qué estás haciendo?

La pequeña levantó el pergamino.

Había dibujado la casa.

El jardín.

El viejo banco.

La chimenea.

Y a los cuatro miembros de la familia tomados de las manos.

Sin embargo...

Había algo más.

Cinco pequeñas figuras luminosas flotaban sobre el techo.

Aldren observó el dibujo con curiosidad.

—¿Quiénes son ellos?

Lyanna sonrió.

—No son personas.

—¿No?

—Son los recuerdos felices.

Él la miró sin comprender.

La niña explicó con total naturalidad.

—La abuela decía que los recuerdos buenos nunca desaparecen.

Que se quedan viviendo encima de las casas para cuidarlas.

El caballero sintió un extraño escalofrío.

No era la primera vez que Lyanna decía cosas que parecían demasiado profundas para su edad.

—¿Y quién te enseñó a dibujarlos?

—Nadie.

Simplemente...

Así los imagino.

Aldren pasó una mano por su cabello.

—Son muy bonitos.

Ella bajó nuevamente la vista hacia el dibujo.

Después añadió algo que él jamás olvidaría.

—Cuando alguien olvida a las personas que ama...

Esas luces se apagan.

Por eso nunca debemos olvidar.

Las palabras atravesaron el corazón de Aldren de una forma imposible de explicar.

Sin saberlo...

Aquella niña acababa de pronunciar la verdad que algún día sostendría toda la existencia del Caballero de la Muerte.

Poco antes del mediodía, un jinete apareció por el sendero.

Su caballo estaba cubierto de polvo.

El hombre vestía el uniforme de los mensajeros reales.

Aldren lo reconoció inmediatamente.

Era Rowan.

Un joven escribano del castillo que llevaba apenas dos años al servicio de la corona.

El muchacho desmontó apresuradamente.

Se inclinó con respeto.

—Capitán.

—Rowan.

¿Qué ocurre?

El joven parecía incómodo.

Miró brevemente hacia la casa antes de responder.

—Su Majestad solicita su presencia en el castillo.

—¿Ahora?

—Lo antes posible.

Aldren frunció ligeramente el ceño.

No era habitual.

Las reuniones importantes solían anunciarse con varios días de anticipación.

—¿Ha sucedido algo?

Rowan dudó.

Demasiado.

—No estoy autorizado para hablar de ello.

El caballero observó atentamente al muchacho.

Había servido suficiente tiempo como soldado para reconocer cuándo alguien ocultaba información.

—¿Es una orden del rey...

...o del Consejo?

El silencio del joven respondió antes que sus palabras.

Finalmente bajó la cabeza.

—Del Consejo Real.

Aquello inquietó aún más a Aldren.

El Consejo rara vez actuaba sin la presencia del rey.

Y cuando lo hacía...

Nunca era por una buena razón.

Después de que Rowan se marchara, Aldren permaneció inmóvil varios minutos.

Líria salió de la casa.

Había visto la llegada del mensajero.

No necesitaba preguntar.

Bastó con contemplar el rostro de su esposo.

—Debes marcharte.

Él asintió lentamente.

—Solo será una reunión.

Intentó sonar despreocupado.

Ella sonrió.

Pero sus ojos revelaban que tampoco estaba convencida.

Comenzó a ayudarlo a colocarse la armadura.

Era un gesto que repetían desde hacía años.

Primero la protección de cuero.

Luego la coraza.

Las hombreras.

Los brazales.

Finalmente la espada.

Mientras ajustaba una de las correas, Líria habló con voz muy baja.

—Tengo un mal presentimiento.

Aldren levantó suavemente su rostro.

—¿Por qué?

Ella negó despacio.

—No lo sé.

Quizá sea solo la niebla.

Quizá el cuervo de anoche.

Quizá nada.

Él apoyó una mano sobre la de ella.

—Volveré antes del anochecer.

Como siempre.

Líria sostuvo su mirada.

Intentó creerle.

Con todas sus fuerzas.

Pero una parte de su corazón seguía inquieta.

Entonces hizo algo que nunca hacía.

Lo abrazó con una fuerza inusual.

Como si, por un instante, temiera que aquel abrazo pudiera ser el último.

Aldren sintió la intensidad de ese gesto.

Y, por primera vez en muchos años...

Una sombra de incertidumbre atravesó también su propio corazón.

Desde la cima de una colina cercana, oculto entre los árboles, un anciano observaba la escena.

Vestía ropas gastadas de peregrino.

Su barba blanca descendía hasta el pecho.

Apoyaba el peso de su cuerpo sobre un largo bastón de madera negra.

Sus ojos, sin embargo...

No pertenecían a un anciano.

Eran demasiado profundos.

Demasiado antiguos.

Contemplaban el mundo con la serenidad de quien había visto nacer y desaparecer incontables civilizaciones.

Nadie habría sospechado que aquel viajero era, en realidad, Vaelor, el Dios del Destino, caminando entre los mortales bajo un cuerpo prestado.

Observó a Aldren montar su caballo.

Observó a Líria permanecer inmóvil frente a la puerta.

Observó a los niños correr para despedirse.

Luego cerró lentamente los ojos.

—Aún podrías desviarte del sendero...

murmuró con infinita tristeza.

Pero el destino no respondió.

Porque incluso los dioses sabían que existían caminos que ya no podían cambiarse.

Y, mientras Aldren emprendía el viaje hacia Arken sin imaginar que estaba dando el primer paso hacia el fin de su antigua vida...

La sombra de la traición comenzaba a extenderse silenciosamente sobre el reino.

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