"Hay conversaciones que parecen pequeñas cuando nacen, pero terminan acompañándonos durante toda una vida."
La tarde comenzó a despedirse lentamente.
El sol descendía sobre los bosques de Arken, pintando el horizonte con tonos dorados y anaranjados que parecían incendiar las copas de los árboles sin consumirlas jamás.
Los campos quedaban envueltos en una serenidad casi sagrada.
Los campesinos regresaban a sus hogares.
Los pastores guiaban a sus rebaños.
El humo de las chimeneas empezaba a elevarse desde el pequeño pueblo cercano, anunciando el final de otra jornada de paz.
Aldren observó aquel paisaje desde la cerca de madera que delimitaba el jardín.
Durante años había contemplado amaneceres antes de marchar a la guerra.
Pero ningún paisaje le parecía tan hermoso como el de un atardecer vivido en casa.
Detrás de él escuchó unas pequeñas pisadas.
No necesitó girarse.
Ya sabía quién era.
—¿En qué piensas?
La voz de Líria siempre tenía la extraña capacidad de encontrarlo incluso cuando él se perdía entre sus propios pensamientos.
Aldren sonrió.
—En que el sol siempre regresa al mismo lugar.
Ella apoyó los brazos sobre la cerca junto a él.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende.
—¿De qué?
—De si al volver encuentra todavía aquello que ama.
Líria guardó silencio.
Comprendía demasiado bien a su esposo.
Sabía que, incluso en los días más felices, una parte de él nunca dejaba de pensar en quienes no habían regresado de la guerra.
Con delicadeza tomó su mano.
No dijo nada.
No hacía falta.
Había aprendido que el silencio también podía ser una forma de consolar.
—¡Papá!
La voz de Lyanna rompió la calma.
La pequeña apareció corriendo por el sendero del jardín con un pequeño ramo de flores entre las manos.
Como siempre, al llegar junto a Aldren buscó inmediatamente su mano.
Solo entonces pareció sentirse completamente tranquila.
—Mira...
Encontré una nueva.
Le mostró una diminuta flor azul.
Era sencilla.
Casi insignificante.
Pero brillaba bajo la luz del atardecer como si guardara un pequeño fragmento del cielo.
Líria sonrió.
—Es una campanilla silvestre.
Crece donde la tierra ha sido tratada con cariño durante muchos años.
Lyanna observó la flor con fascinación.
—¿Entonces las flores también recuerdan?
Aquella pregunta tomó a ambos por sorpresa.
Aldren miró a Líria.
Ella sonrió con ternura.
—Sí, pequeña.
A su manera...
También recuerdan.
Recuerdan la lluvia que las hizo crecer.
El sol que las calentó.
Y las manos que las cuidaron.
Lyanna abrazó con cuidado el pequeño ramo.
—Entonces nunca debemos arrancarlas todas.
Porque se quedarían sin recuerdos.
Líria sintió un leve estremecimiento.
Aquella inocente reflexión quedó grabada en su corazón.
Muchos años después...
Aldren volvería a recordarla palabra por palabra.
Cuando la noche terminó de caer, la familia se reunió nuevamente alrededor de la mesa.
No era una cena especial.
Y precisamente por eso era perfecta.
Líria había preparado un estofado con verduras del huerto y pan recién horneado.
Eryn contaba emocionado cómo había conseguido bloquear, por primera vez, uno de los ataques de su padre durante el entrenamiento.
—¡Casi le gano!
Aldren levantó una ceja.
—¿"Casi"?
Eryn rió.
—Bueno...
Todavía me falta un poco.
—Un poco bastante.
Corrigió Líria mientras servía más sopa.
Todos rieron.
Incluso Lyanna, aunque no entendiera del todo la conversación.
Ella solo disfrutaba viendo reír a su familia.
Después de cenar, Aldren tomó un viejo laúd que descansaba junto a la chimenea.
No era un gran músico.
De hecho...
Eryn solía decir que el caballo de su padre relinchaba con mejor afinación.
Pero eso nunca impedía que intentara tocar.
—¡No esa canción! —protestó el niño riendo.
—¿Por qué?
—Porque siempre te equivocas en la misma parte.
Aldren fingió ofenderse.
—Eso se llama tener un estilo propio.
—Se llama desafinar.
Respondió Líria entre carcajadas.
El caballero llevó una mano al pecho.
—Hoy mi propia familia ha decidido destruir mi reputación.
—No.
Dijo Lyanna muy seria.
—Yo sí quiero escuchar.
Aldren la miró con fingida solemnidad.
—Al menos alguien reconoce el talento de este pobre artista.
La pequeña asintió convencida.
—Porque te quiero.
El silencio cayó durante un instante.
Aldren dejó el laúd sobre sus piernas.
Se inclinó hacia ella.
—¿Y sabes una cosa?
—¿Qué?
—Yo también te quiero.
Muchísimo.
Lyanna sonrió satisfecha.
Aquella respuesta bastaba para hacer feliz a una niña de cinco años.
Más tarde, cuando la chimenea ya solo conservaba brasas rojizas, Aldren llevó a sus hijos hasta la habitación.
Eryn fingía seguir despierto.
—No tengo sueño.
Cinco segundos después...
Ya estaba profundamente dormido.
Lyanna, en cambio, permanecía abrazada al cuello de su padre.
—¿Puedes contarme una historia?
—Solo una.
Ella asintió.
—La del caballero que salvó al ciervo.
Aldren sonrió.
Era la favorita de la niña.
No hablaba de grandes guerras.
Ni de monstruos.
Solo de un joven caballero que había renunciado a una cacería para salvar a un pequeño ciervo atrapado entre unas raíces.
Cuando terminó...
Lyanna ya dormía.
Su pequeña mano seguía aferrada a la de su padre incluso mientras soñaba.
Aldren no quiso soltarla.
Esperó varios minutos.
Solo cuando estuvo completamente seguro de que descansaba, besó su frente con infinita delicadeza.
—Buenas noches...
Mi pequeña flor.
La casa quedó finalmente en silencio.
Solo se escuchaba el crepitar del fuego.
Y el lejano canto de los grillos.
Líria salió al porche con dos tazas de infusión.
Encontró a Aldren sentado en el viejo banco de madera.
Mirando las estrellas.
Le entregó una de las tazas.
—Pensé que tardarías más.
—Eryn ha heredado mi capacidad para quedarse dormido en cualquier sitio.
Ella sonrió.
Después se sentó junto a él.
Durante varios minutos ninguno habló.
No porque faltaran palabras.
Sino porque habían aprendido a disfrutar también del silencio compartido.
Fue Líria quien rompió la calma.
—¿Alguna vez has pensado en dejar la Orden?
Aldren no respondió de inmediato.
Observó la superficie del té mientras el vapor ascendía lentamente.
—Muchas veces.
Ella volvió el rostro hacia él.
Había sorpresa en sus ojos.
—¿De verdad?
Él asintió.
—Sobre todo cuando regreso a casa.
Porque entonces recuerdo lo que realmente importa.
Líria apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Y por qué no lo haces?
Aldren dejó escapar un largo suspiro.
—Porque aún hay personas que necesitan que alguien las proteja.
Ella cerró los ojos.
—Siempre respondes igual.
—Porque sigue siendo verdad.
—Lo sé.
Pero también es verdad que nosotros te necesitamos aquí.
Él tomó lentamente su mano.
—Nunca he sabido dividir mi corazón entre el deber y la familia.
Líria sonrió con una tristeza apenas perceptible.
—No quiero que elijas.
Solo quiero que recuerdes que, antes de ser caballero...
Eres esposo.
Y eres padre.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Como una promesa.
Como una súplica.
Como una verdad imposible de ignorar.
Después de un largo silencio, Líria habló nuevamente.
Esta vez su voz era mucho más suave.
Casi un susurro.
—He estado pensando en algo.
Aldren volvió el rostro hacia ella.
—¿En qué?
Ella bajó la mirada.
Parecía buscar las palabras adecuadas.
—Quizá...
Cuando todo sea más tranquilo...
Cuando ya no tengas que marcharte tan seguido...
Podríamos...
Se detuvo.
Aldren sonrió con ternura.
—¿Podríamos qué?
Líria respiró profundamente.
—Tal vez nuestra mesa aún tenga sitio para alguien más.
El caballero permaneció inmóvil.
Luego una sonrisa lenta comenzó a dibujarse en su rostro.
—¿Hablas de...?
Ella asintió con timidez.
—Sí.
De otro hijo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Solo se miraron.
Como si intentaran imaginar un futuro que todavía no existía.
Aldren llevó ambas manos hasta el rostro de su esposa.
—Sería maravilloso.
Pero quiero prometerte algo.
—¿Qué cosa?
—No traeré otro niño a este mundo hasta estar seguro de que crecerá en paz.
Líria sonrió.
Era exactamente la respuesta que esperaba de él.
Porque ese era Aldren.
El hombre que jamás pensaba primero en sí mismo.
El viento comenzó a soplar con mayor fuerza.
Las ramas del viejo roble crujieron suavemente.
Líria levantó la vista hacia el cielo.
—¿Sabes qué me asusta?
Aldren sintió cómo su mano se aferraba un poco más a la suya.
—¿Qué?
Ella tardó varios segundos en responder.
—No temo que un día no regreses.
Temo acostumbrarme tanto a esperar...
Que olvide decirte cuánto te amo cada vez que cruzas esa puerta.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de Aldren.
Con infinita delicadeza la abrazó.
—Escúchame bien.
Aunque un día el mundo entero olvidara mi nombre...
Nunca olvidaré el camino de regreso a casa.
Líria cerró los ojos.
Quiso creerlo.
Con toda su alma.
Y durante aquel instante...
Lo creyó.
Porque ignoraba que existían caminos que los hombres deseaban recorrer...
Pero que el destino jamás volvería a permitirles transitar.
Muy lejos de aquella casa...
En algún punto del reino...
Un cuervo emprendió el vuelo en mitad de la noche.
Nadie lo vio.
Nadie escuchó el extraño silencio que dejó tras de sí.
La oscuridad seguía siendo solo oscuridad.
Todavía.
Pero incluso la noche más larga...
Comienza con una única sombra.