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Capítulo III: Las Estaciones del Hogar - Parte II: Las Lecciones del Corazón

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 02 de agosto de 2026

"Los hijos aprenden más de aquello que observan cada día que de todas las palabras que puedan escuchar en una vida."


El sol había ascendido hasta ocupar el centro del cielo.

Una suave brisa recorría los prados que rodeaban la casa, llevando consigo el aroma de la tierra húmeda y el perfume de las flores del jardín de Líria.

Era uno de esos días en los que el tiempo parecía haberse detenido.

Como si el mundo hubiese decidido concederle unas horas de descanso a la humanidad.

Aldren aprovechó aquella tranquilidad para cumplir una promesa que llevaba semanas posponiendo.

Se arrodilló frente al viejo arcón de madera situado junto al establo y comenzó a buscar entre algunas herramientas.

Eryn observaba cada movimiento con impaciencia.

—¿Qué estás buscando?

—Paciencia.

El niño frunció el ceño.

—Eso no cabe en un arcón.

Aldren soltó una carcajada.

—Precisamente por eso nunca consigo encontrarla.

Eryn rió con él.

Finalmente, el caballero extrajo dos espadas de madera.

La primera era la pequeña espada que él mismo había tallado para su hijo meses atrás.

La segunda era más larga.

Mucho más gastada.

La superficie conservaba innumerables marcas de antiguos entrenamientos.

El mango estaba pulido por los años.

—¿También entrenabas con esa? —preguntó Eryn maravillado.

Aldren asintió lentamente.

—Fue la primera espada que sostuvo este viejo caballero.

—¿De verdad?

—Tu abuelo la construyó para mí.

El niño la observó con auténtica admiración.

Era como contemplar una reliquia.

Con cuidado pasó la mano sobre las antiguas grietas.

—¿Y nunca la tiraste?

Aldren negó con una sonrisa.

—Las cosas hechas con amor nunca se desechan.

Se conservan.

Porque guardan parte de quienes las hicieron.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Muy cerca de ellos, Líria alzó discretamente la mirada desde el jardín.

Había escuchado la conversación.

Y sonrió.

Sabía que Aldren hablaba de una espada.

Pero también de las personas.

Padre e hijo caminaron hasta un claro detrás de la casa.

Allí crecían varios robles centenarios.

Sus enormes ramas proyectaban una sombra agradable sobre el césped.

Era el lugar donde Aldren solía entrenar cuando regresaba de las campañas.

—Muy bien.

Hoy comenzaremos con la primera lección.

Eryn levantó orgullosamente su espada.

—¡Estoy listo!

—No.

El niño parpadeó.

—¿No?

—Todavía no.

Aldren se acercó lentamente.

Tomó la espada de madera entre sus manos y la bajó con suavidad.

—Antes de aprender a usar una espada...

Debes aprender cuándo no usarla.

Eryn lo miró confundido.

—Pero los caballeros luchan.

—A veces.

—Entonces...

¿qué hacen el resto del tiempo?

Aldren sonrió.

—Protegen.

El niño permaneció en silencio.

Aquella respuesta no era la que esperaba.

—Escúchame bien.

Un hombre que solo sabe pelear puede convertirse en un guerrero.

Pero jamás será un verdadero caballero.

Un caballero evita las guerras siempre que puede.

Solo levanta su espada cuando ya no existe otra manera de proteger a los inocentes.

Eryn bajó lentamente la vista.

—¿Y si alguien se burla de mí?

—Ignóralo.

—¿Y si me golpea?

—Aléjate.

—¿Y si intenta hacer daño a mamá o a Lyanna?

Por primera vez la expresión de Aldren cambió.

Su voz se volvió firme.

Serena.

Como la roca que permanece inmóvil frente a la tormenta.

—Entonces...

Ponte entre ellos y el peligro.

Aunque tengas miedo.

Aunque estés temblando.

Porque el valor no consiste en no sentir miedo.

Consiste en decidir que aquello que amas es más importante que tu propio miedo.

El niño guardó silencio.

Jamás había escuchado hablar así a su padre.

Aquellas palabras eran demasiado grandes para un niño de ocho años.

Pero alguna parte de su corazón comenzó a comprenderlas.

A unos metros de allí...

Lyanna permanecía sentada sobre una manta junto a Líria.

El viejo libro descansaba abierto entre ambas.

Las pequeñas letras parecían enormes montañas para la niña.

A veces confundía unas con otras.

Y eso la hacía fruncir la nariz de una manera que divertía profundamente a su madre.

—Otra vez.

Lyanna respiró hondo.

—"La... flo..."

Se detuvo.

—¿Flor?

—Muy bien.

Ahora continúa.

La niña volvió a concentrarse.

—"...ne...ce..."

—Despacio.

No tengas prisa.

Las palabras también florecen.

Lyanna volvió a empezar.

Esta vez terminó la frase completa.

—"La flor necesita agua y luz para crecer."

Cuando terminó de leer levantó inmediatamente la vista.

Esperaba la aprobación de su madre.

Líria le acarició la mejilla.

—Estoy muy orgullosa de ti.

Los ojos de la pequeña brillaron de felicidad.

—¿Ya leo como tú?

Líria rió con dulzura.

—Todavía no.

Pero algún día leerás historias mucho más hermosas que las mías.

Lyanna abrazó el libro contra su pecho.

—Cuando aprenda...

Quiero leerle cuentos a papá.

Líria sintió un nudo en la garganta.

Miró a Aldren entrenando con Eryn.

Después volvió a observar a su hija.

—Estoy segura de que le encantarán.

Mientras tanto...

El entrenamiento continuaba.

Eryn atacaba con entusiasmo.

Demasiado entusiasmo.

Cada golpe era fuerte.

Desordenado.

Impulsivo.

Aldren detenía todos los movimientos con facilidad.

Una y otra vez.

Hasta que el niño terminó sentado sobre la hierba, completamente agotado.

—No puedo.

Aldren se sentó junto a él.

—Claro que puedes.

—Siempre ganas.

—Porque llevo muchos años practicando.

—¿Cuántos?

El caballero fingió pensarlo.

—Más de los que tu madre considera razonables.

Eryn soltó una carcajada.

—Entonces tendré que entrenar más.

Aldren pasó un brazo sobre sus hombros.

—No olvides algo.

La espada no convierte a nadie en un buen hombre.

Solo muestra quién era antes de empuñarla.

Eryn permaneció varios segundos en silencio.

Luego levantó la vista.

—Papá...

¿Alguna vez tuviste miedo?

Aldren no respondió inmediatamente.

Miró el horizonte.

Recordó antiguas batallas.

Amigos que jamás regresaron.

Noches enteras sin dormir.

Y comprendió que ocultarle la verdad sería un error.

—Sí.

Muchas veces.

El niño pareció sorprendido.

—Pero tú nunca pareces tener miedo.

—Porque un padre procura que sus hijos no carguen con sus temores.

Eryn bajó la mirada.

—Yo quiero ser valiente como tú.

Aldren tomó suavemente el mentón del niño.

—No.

Quiero que seas mejor que yo.

Quiero que vivas en un mundo donde nunca tengas que demostrar cuánto valor tienes.

El viento comenzó a soplar con mayor intensidad.

Las hojas de los robles danzaron sobre sus cabezas.

Desde el jardín llegó la voz de Lyanna.

—¡Papá!

Aldren volvió la mirada.

La pequeña corría hacia él con una corona hecha de pequeñas flores blancas.

Se detuvo frente a su padre.

Alzó los brazos.

—Es para ti.

Él la tomó entre sus manos.

Era sencilla.

Irregular.

Algunas flores apenas se sostenían.

Pero jamás había recibido un regalo tan hermoso.

—¿Me la hiciste tú?

Lyanna asintió orgullosa.

—Con mamá.

—Entonces es el mejor regalo que he tenido.

Se colocó la corona sobre la cabeza.

Eryn comenzó a reír.

—¡Pareces un rey!

—No.

Respondió Aldren mirando a sus hijos.

—Mucho mejor que eso.

Parezco un hombre feliz.

Líria observó la escena desde el jardín.

No dijo nada.

Solo apoyó una mano sobre su corazón.

Porque comprendía que existían instantes tan perfectos que uno deseaba detener el tiempo para siempre.

Pero el tiempo...

Nunca se detenía.

Continuaba avanzando.

Silencioso.

Implacable.

Como un río que jamás deja de correr.

Y, sin que ninguno de ellos pudiera imaginarlo...

Cada segundo que compartían juntos se estaba convirtiendo en un recuerdo destinado a desafiar a la muerte.

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