"Hay hogares que se construyen con piedra y madera. Otros se levantan con promesas, con risas compartidas y con la certeza de que, pase lo que pase, alguien esperará tu regreso."
El invierno había quedado atrás.
Las últimas nieves se derretían lentamente sobre las colinas que rodeaban el reino de Arken, alimentando pequeños arroyos que descendían hacia los campos. Allí donde meses atrás solo existía tierra endurecida por el frío, comenzaban a abrirse paso diminutas flores silvestres que parecían desafiar al mundo con sus frágiles colores.
La primavera había llegado.
Y con ella, la vida volvía a despertar.
En el pequeño hogar de Aldren y Líria, el amanecer siempre comenzaba del mismo modo.
No con el sonido de una campana.
Ni con el toque de una trompeta militar.
Sino con una risa.
Una risa infantil que recorría la casa antes incluso de que el sol terminara de asomarse por las montañas.
—¡Papá! ¡Papá, despierta!
Un pequeño cuerpo saltó sobre la cama con una energía imposible de contener.
Aldren abrió apenas un ojo.
Frente a él estaba Eryn.
Ocho años.
Cabello oscuro y desordenado, idéntico al de su padre cuando era niño.
Sus ojos, grandes y vivaces, parecían incapaces de permanecer quietos más de un instante.
Siempre estaban buscando algo nuevo que descubrir.
Siempre estaban llenos de preguntas.
—¿Ya es de día? —preguntó Aldren fingiendo una voz adormecida.
—¡Hace mucho!
—¿Mucho?
—¡Muchísimo!
El caballero sonrió.
—Entonces he dormido demasiado...
Eryn asintió con absoluta seriedad.
—Los caballeros deben levantarse antes que el sol.
Aldren arqueó una ceja.
—¿Y quién te enseñó semejante regla?
El niño cruzó los brazos.
—Tú.
El padre soltó una carcajada.
—Vaya... parece que mis propias palabras han decidido perseguirme.
—Un caballero siempre cumple su palabra.
Aquella frase hizo que Aldren guardara silencio durante un instante.
No era la primera vez que escuchaba a su hijo repetir algo que él mismo había dicho.
Pero cada vez lo sorprendía más comprobar cuánto aprendían los niños simplemente observando.
Acarició el cabello de Eryn con ternura.
—Ven aquí.
El pequeño obedeció.
Aldren lo abrazó con fuerza.
No había armaduras.
No había espadas.
No existían títulos.
Solo un padre abrazando al hijo que más admiraba en el mundo.
Desde la cocina llegó un aroma cálido.
Pan recién horneado.
Hierbas aromáticas.
Miel.
Y el inconfundible perfume del té de flores que Líria preparaba cada mañana.
—¿Piensan bajar algún día? —preguntó una voz divertida.
—¡Mamá dice que el desayuno se enfría! —gritó Eryn.
—Porque se está enfriando —respondió ella entre risas.
Aldren suspiró.
—Tu madre siempre gana las discusiones.
—Porque tiene razón.
—Eso tampoco ayuda.
Eryn volvió a reír.
Cuando ambos llegaron al comedor, encontraron a Líria colocando los últimos platos sobre la mesa.
El sol atravesaba la ventana e iluminaba su rostro con una suavidad que hacía imposible distinguir dónde terminaba la luz y comenzaba ella.
Llevaba un sencillo vestido color marfil, con el cabello recogido de manera despreocupada y algunas hebras rebeldes cayendo sobre sus mejillas.
No llevaba joyas.
Nunca las había necesitado.
Su sonrisa bastaba para embellecer cualquier lugar.
Junto a ella, sentada muy concentrada frente a un pequeño libro de tapas desgastadas, estaba Lyanna.
Cinco años.
Cabellos tan claros como el trigo maduro.
Ojos verdes, idénticos a los de su madre.
Sus pequeñas manos sostenían el libro con un cuidado casi sagrado.
Movía los labios lentamente mientras seguía las palabras con uno de sus dedos.
—"...El... ca... ba..."
Frunció el ceño.
Volvió a intentarlo.
—"...ca... ba... lle..."
Líria se inclinó junto a ella.
—Despacio, pequeña flor.
No tengas prisa.
Las palabras también necesitan respirar.
Lyanna volvió a mirar el libro.
—Ca... ba...
Su madre sonrió.
—Muy bien.
Ahora intenta decirlo todo seguido.
La niña respiró profundamente.
—Caballero.
Sus ojos brillaron.
—¡Lo hice!
—Claro que lo hiciste.
Líria besó su frente.
—Sabía que podías.
Lyanna levantó el libro con orgullo cuando vio entrar a Aldren.
—¡Papá!
¡Ya puedo leer esa palabra!
—¿Cuál?
La niña señaló el texto.
—Caballero.
Aldren sintió un nudo en la garganta.
Era una palabra que había pronunciado miles de veces durante su vida.
Jamás imaginó que algún día sería la más hermosa de todas.
Se arrodilló frente a su hija.
—¿Sabes qué significa?
Lyanna pensó unos segundos.
—Los hombres que cuidan a todos.
Aldren miró a Líria.
Ella le devolvió una sonrisa discreta.
Había sido ella quien le enseñó esa respuesta.
No "los hombres que luchan".
No "los hombres que vencen".
Los que cuidan.
Aldren comprendió entonces que, mientras él enseñaba a Eryn a sostener una espada...
Líria enseñaba a Lyanna por qué debía levantarse una.
Y ambas enseñanzas eran igual de importantes.
Durante el desayuno, las conversaciones se mezclaban con naturalidad.
Eryn hablaba sin detenerse.
Preguntaba por castillos.
Por dragones.
Por antiguas batallas.
Por héroes.
Por espadas legendarias.
Por qué las estrellas no caían.
Y por qué los caballos nunca aprendían a hablar.
Aldren respondía una por una.
Aunque muchas veces terminaba inventando historias solo para escuchar las carcajadas de sus hijos.
—¿Es verdad que derrotaste tú solo a veinte bandidos? —preguntó Eryn.
Líria levantó la vista lentamente.
—Escucha con atención.
Ahora viene la versión de tu padre.
Aldren fingió indignación.
—¿Insinúas que exagero?
—Jamás.
Solo digo que cada vez que cuentas esa historia aparecen cinco bandidos más.
Eryn comenzó a reír.
Lyanna también.
Aldren llevó una mano al pecho.
—Estoy siendo víctima de una conspiración.
—No.
Respondió Líria con una sonrisa imposible de ocultar.
—Solo de una esposa que conoce demasiado bien a su marido.
Los cuatro estallaron en carcajadas.
Durante varios minutos nadie habló.
Solo se escuchaban las risas.
El sonido de los cubiertos.
El canto de los pájaros entrando por la ventana.
Y el viento moviendo suavemente las flores del jardín.
Era una mañana cualquiera.
Tan sencilla.
Tan común.
Tan perfecta.
Y precisamente por eso...
Ninguno de ellos comprendía que algún día aquellos instantes serían más valiosos que cualquier tesoro.
Después del desayuno, Líria salió al jardín.
Era pequeño.
Pero para ella representaba un mundo entero.
Había rosas blancas.
Lavandas.
Lirios.
Margaritas.
Y decenas de flores silvestres que había rescatado del bosque para darles un nuevo hogar.
Lyanna caminaba detrás de ella sujetando, como siempre, la mano de su padre.
Nunca la soltaba.
Ni siquiera cuando no tenía miedo.
Simplemente le gustaba sentir que él estaba allí.
Aldren observó aquel gesto con una sonrisa silenciosa.
No dijo nada.
Solo entrelazó con mayor fuerza sus dedos con los de la pequeña.
Líria se volvió hacia ellos.
—Venid.
Quiero enseñarle a Lyanna cómo reconocer cuándo una flor necesita agua.
—¿Y yo? —preguntó Eryn.
—Tú puedes ayudar a tu padre.
El niño sonrió con entusiasmo.
—¡Sí!
Corrió inmediatamente hacia el cobertizo donde Aldren guardaba algunas herramientas.
Regresó sosteniendo una pequeña espada de madera.
Estaba llena de golpes.
Ralladuras.
Marcas.
Había sido fabricada por Aldren meses atrás.
No era perfecta.
Pero para Eryn era el arma más extraordinaria del mundo.
La levantó orgulloso.
—¡Algún día seré un caballero como tú!
Aldren observó aquella espada.
Después miró a su hijo.
Y sintió algo imposible de explicar.
No era orgullo.
No exactamente.
Era esperanza.
La esperanza de que Eryn creciera en un mundo donde jamás tuviera que utilizar una espada verdadera.
Con suavidad apoyó una mano sobre el hombro del niño.
—Ojalá...
susurró casi para sí.
—...algún día seas un hombre tan bueno que nunca tengas que demostrarlo empuñando un arma.
Eryn inclinó la cabeza.
—¿Entonces no debo aprender?
Aldren sonrió.
—Al contrario.
Debes aprender.
Porque un hombre fuerte puede elegir no luchar.
Pero un hombre débil...
Muchas veces no puede elegir.
El niño guardó aquellas palabras como si fueran un tesoro.
Todavía no las comprendía del todo.
Pero algún día las recordaría.
O, al menos...
Eso esperaba su padre.
A unos metros de allí, Líria observaba la escena en silencio.
Una suave brisa hizo bailar las flores del jardín.
Ella sonrió.
Había aprendido hacía mucho tiempo que la verdadera felicidad nunca hacía ruido.
Vivía en momentos como aquel.
En un desayuno compartido.
En una niña aprendiendo a leer.
En un niño jugando con una espada de madera.
En un esposo que, sin darse cuenta, enseñaba a sus hijos que la verdadera fuerza nacía de la bondad.
Y mientras contemplaba a su familia, una idea cruzó fugazmente por su mente.
Una idea sencilla.
Llena de ilusión.
Quizá...
Algún día...
Aquella mesa tendría una silla más.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Todavía no era el momento de hablar de ello.
Pero el pensamiento quedó sembrado.
Como una semilla bajo la tierra.
Esperando la estación adecuada para florecer.
Sin saber que...
Algunas primaveras jamás llegan.