"Las palabras pronunciadas desde el amor jamás desaparecen. Permanecen dormidas en el corazón hasta que llega el día en que deben sostener a quien las pronunció."
La brisa nocturna continuaba acariciando el jardín de lirios.
El silencio había regresado después del graznido del cuervo, pero ya no era exactamente el mismo. Había adquirido una profundidad distinta, como si el propio valle hubiera contenido la respiración durante un instante.
Líria fue la primera en romperlo.
—¿Sabes cuál es mi momento favorito del día?
Aldren volvió la vista hacia ella.
—¿Cuando Eryn consigue permanecer cinco minutos sin hablar?
Ella soltó una pequeña carcajada.
—Eso sería un milagro.
—Entonces... ¿cuando Lyanna termina un dibujo nuevo?
—Tampoco.
—Me rindo.
Ella sonrió.
—Éste.
—¿Éste?
—Sí.
Cuando los niños ya duermen.
Cuando el fuego comienza a apagarse.
Cuando el reino deja de reclamarnos por unas horas.
Cuando no eres el capitán de la Guardia Real...
Solo eres el hombre del que me enamoré.
Aldren bajó la mirada.
Aquellas palabras siempre encontraban el camino hasta las partes más profundas de su alma.
—A veces me pregunto si merezco tanta felicidad.
Líria lo observó con infinita ternura.
—Nunca entenderé por qué dices eso.
Él permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Porque conozco demasiados hombres mejores que yo que jamás tuvieron la oportunidad de volver a casa.
Su voz había perdido la calidez juguetona de hacía unos minutos.
Ahora hablaba el soldado.
El hombre que había visto demasiados campos cubiertos de cuerpos inmóviles.
—He sobrevivido a guerras donde murieron muchachos que apenas comenzaban a vivir.
Padres que jamás volvieron a abrazar a sus hijos.
Hombres que solo deseaban regresar a sus hogares...
...igual que yo.
Respiró profundamente.
—Cada vez que cruzo esa puerta y ustedes corren a abrazarme...
No puedo evitar pensar en todas las familias que jamás volverán a escuchar unos pasos acercándose al camino.
Líria comprendía perfectamente aquella culpa.
No era la primera vez que aparecía.
La guerra dejaba cicatrices invisibles que ningún médico podía curar.
Ella tomó ambas manos de Aldren entre las suyas.
—Escúchame con atención.
Él levantó lentamente la mirada.
—No eres culpable de haber sobrevivido.
—Pero...
—No.
Déjame terminar.
Su voz era dulce.
Pero firme.
—¿Sabes cuál es el error que siempre cometes?
Aldren sonrió con resignación.
—Imagino que la lista es larga.
—Muchísimo.
Los dos rieron suavemente.
Después ella continuó.
—Crees que debes cargar con todo el dolor del mundo.
Como si cada muerte hubiera sido responsabilidad tuya.
Como si cada niño huérfano pudiera haberse salvado si hubieras luchado un poco más.
Él guardó silencio.
Porque era exactamente así como se sentía.
—Pero no eres un dios, Aldren.
Eres un hombre.
Y precisamente por eso eres extraordinario.
Porque, aun sabiendo que no puedes salvar a todos...
Nunca dejas de intentarlo.
Una lágrima descendió lentamente por la mejilla del caballero.
Él no intentó ocultarla.
Con Líria nunca necesitaba esconder nada.
Pasaron varios minutos contemplando las estrellas.
Entonces Aldren habló de algo que jamás había contado a nadie.
—¿Puedo confesarte un secreto?
—Siempre.
—Hay días...
En los que sueño con dejar la espada.
Líria permaneció inmóvil.
No por sorpresa.
Sino porque comprendía la importancia de aquellas palabras.
Nunca antes las había pronunciado.
—Cuando era joven...
Creía que moriría en una batalla.
Pensaba que sería un final digno para un caballero.
Pero ahora...
Miró la ventana de la habitación donde dormían sus hijos.
Una luz tenue escapaba por una pequeña rendija de la cortina.
—Ahora quiero vivir lo suficiente para verlos convertirse en adultos.
Quiero enseñar a Eryn a construir esta casa cuando yo ya no tenga fuerzas.
Quiero caminar junto a Lyanna el día que encuentre a alguien que la haga sonreír como tú me haces sonreír a mí.
Quiero envejecer.
Quiero que un día mis manos tiemblen tanto que no pueda sostener una espada...
Porque significará que el tiempo me permitió vivir todo aquello que hoy solo puedo imaginar.
Su voz se quebró ligeramente.
—Quiero dejar de ser recordado como un héroe...
Y comenzar a ser recordado simplemente como un buen padre.
Líria ya no pudo contener las lágrimas.
Se acercó hasta apoyar la frente contra la de él.
—¿Sabes cuál es mi mayor sueño?
preguntó en un susurro.
—Dímelo.
—Que llegue el día en que nuestros hijos no sepan qué es una guerra.
Aldren cerró los ojos.
—Ojalá.
—Que Eryn piense que las espadas solo sirven para colgarlas sobre una chimenea.
Que Lyanna cultive un jardín tan grande que nunca termine de florecer.
Que nuestros nietos escuchen historias sobre batallas como si fueran leyendas imposibles.
Y que tú...
Dejes de despertar algunas noches creyendo que aún estás en el campo de combate.
El caballero respiró profundamente.
Ella conocía incluso aquellas pesadillas que él procuraba ocultar.
Permanecieron abrazados largo rato.
El viento siguió meciendo los lirios blancos.
Entonces Líria se apartó apenas unos centímetros.
—Prométeme algo.
—Lo que sea.
—No.
Piénsalo antes de responder.
Las promesas son sagradas para ti.
Aldren asintió.
Ella sostuvo su mirada.
—Prométeme que, pase lo que pase...
Nunca permitirás que el odio decida quién eres.
El corazón del caballero dio un vuelco.
Era una petición extraña.
Casi fuera de lugar.
—¿Por qué me pides eso?
Ella sonrió con melancolía.
—Porque he visto lo que la guerra hace con algunos hombres.
Regresan vivos...
Pero ya no son ellos.
Sus cuerpos vuelven.
Sus almas no.
Aldren sintió un escalofrío.
Jamás había imaginado que una promesa tan sencilla pudiera pesar tanto.
Finalmente habló.
Con la misma solemnidad con la que años atrás juró servir al reino.
—Te lo prometo.
Aunque el mundo entero se vuelva contra mí...
Aunque algún día me arrebaten todo cuanto amo...
Aunque solo quede oscuridad delante de mis pasos...
No permitiré que el odio decida quién soy.
Seré el mismo hombre del que tú te enamoraste.
Líria sonrió.
No porque creyera que esa promesa sería puesta a prueba.
Sino porque conocía el corazón del hombre que tenía frente a ella.
—Entonces yo también te haré una promesa.
Aldren la miró con atención.
—Mientras exista un solo lugar donde pueda encontrarte...
Yo caminaré hacia él.
No importa cuánto tiempo pase.
No importa la distancia.
No importa si debemos esperar una vida...
O mil.
Siempre volveré a buscarte.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
No existían testigos humanos.
Solo el viento.
Las flores.
Las estrellas.
Y un dios.
En un plano que ningún mortal podía contemplar, Nerath permanecía inmóvil.
Ante él no se extendían montañas ni océanos.
Sino un inmenso río de almas luminosas que fluía silenciosamente hacia la eternidad.
El Dios de la Muerte observaba aquel pequeño hogar perdido entre los valles de Arken.
No podía escuchar cada palabra.
El Pacto del Equilibrio se lo impedía.
Pero podía contemplar aquello que ningún otro dios veía.
Los recuerdos.
Cada promesa pronunciada desde el amor nacía como un hilo de luz.
Y aquella noche, dos hilos resplandecieron con una intensidad extraordinaria.
Nerath alzó lentamente una mano.
Los contempló con una tristeza infinita.
—Ojalá...
murmuró para sí.
—...el destino hubiera elegido otro corazón.
A su lado apareció una figura envuelta en un resplandor dorado.
Era Elarion.
El Dios de la Justicia.
Observó el mismo hilo luminoso.
Después habló con pesar.
—Aún podemos mirar hacia otro lado.
Nerath negó lentamente.
—No.
—Entonces ese hombre sufrirá.
—Sí.
—¿Y no haremos nada?
El Guardián de la Memoria cerró lentamente los ojos.
—No podemos.
Pero...
Su voz adquirió una solemnidad que parecía estremecer la propia eternidad.
—Cuando llegue la noche más oscura de su vida...
Cuando todos los hombres lo abandonen...
Cuando incluso él crea haber perdido todo propósito...
Yo recordaré esta promesa.
Y si todavía queda una chispa de luz en su alma...
Le ofreceré un camino.
No para vengarse.
Sino para que el recuerdo de quienes amó...
Jamás desaparezca del mundo.
Elarion permaneció en silencio.
Ambos sabían que aquel momento estaba cada vez más cerca.
Muy por debajo de ellos, sin sospechar que los dioses contemplaban su felicidad, Aldren y Líria permanecían abrazados bajo el mismo cielo.
Creían que aún les aguardaban incontables años.
Ignoraban que el destino ya había comenzado a caminar hacia ellos.
Pero, incluso si hubieran conocido el futuro...
Aquella noche habrían vuelto a pronunciar exactamente las mismas promesas.
Porque el verdadero amor nunca calcula cuánto puede perder.
Simplemente ama.