"Cuando dos hombres desean proteger el mismo reino, pero dejan de compartir el significado de la palabra justicia, el primer paso hacia la guerra ya ha sido dado."
Las enormes puertas del Salón del Consejo se abrieron lentamente.
El sonido de la madera y el hierro resonó por toda la estancia como el eco de un presagio.
Aldren avanzó con paso firme.
El recinto era majestuoso.
Altas columnas de mármol blanco sostenían una bóveda decorada con frescos que narraban la fundación del Reino de Arken. En el centro, una inmensa mesa circular de roble ocupaba casi toda la sala. Sobre ella descansaban mapas, pergaminos, sellos reales y pequeñas figuras de madera que representaban fortalezas, aldeas y caminos comerciales.
En la cabecera se encontraba el rey Edric III.
Pero algo había cambiado.
Aldren lo percibió de inmediato.
El monarca seguía vistiendo la corona, aunque esta parecía pesar más que nunca sobre su cabeza. Su rostro estaba más pálido, las ojeras marcaban noches de escaso descanso y la energía que siempre irradiaba había sido reemplazada por un cansancio silencioso.
Aun así, cuando vio entrar a Aldren, una sonrisa sincera iluminó por un instante su expresión.
—Adelante, viejo amigo.
Aquellas palabras aliviaron parte de la inquietud del caballero.
Se inclinó respetuosamente.
—Majestad.
Edric hizo un gesto con la mano.
—¿Cuántas veces debo pedirte que dejes de inclinar la cabeza cuando estamos entre amigos?
Aldren respondió con una leve sonrisa.
—Las mismas veces que yo le recordaré que siempre será mi rey.
Algunos consejeros intercambiaron miradas discretas.
Otros sonrieron con nostalgia.
Aquella confianza entre ambos era conocida por todos.
Y, precisamente por ello...
También despertaba en algunos una silenciosa incomodidad.
Sentado a la derecha del rey permanecía Lord Cedric Vaust.
Su postura era impecable.
Las manos descansaban entrelazadas sobre la mesa.
No sonreía.
Observaba a Aldren con la calma de un hombre que analizaba un tablero de ajedrez antes de mover la primera pieza.
A su lado se encontraban otros miembros del Consejo.
Lady Mirena Althior, responsable de la diplomacia del reino, una mujer de inteligencia aguda y mirada serena.
Lord Osric Fenwall, administrador de los graneros y las reservas de alimento.
Arzobispo Halden, representante de la Orden del Sol Eterno y consejero espiritual de la corona.
Y el anciano Maestre Odrik, guardián de los archivos reales, cuyos conocimientos sobre la historia de Arken eran considerados insuperables.
Aldren saludó respetuosamente a todos.
Solo entonces tomó asiento.
Edric rompió el silencio.
—Gracias por venir con tan poca antelación.
—Siempre acudiré cuando el reino me necesite.
respondió Aldren.
El rey asintió con gratitud.
Después deslizó un mapa hacia el centro de la mesa.
—Han desaparecido cinco aldeas.
El caballero levantó lentamente la vista.
—¿Desaparecido?
—No destruidas.
No saqueadas.
Desaparecidas.
Lord Osric tomó la palabra.
—Los caminos permanecen intactos.
No existen cadáveres.
No hay señales de combate.
Ni incendios.
Ni huellas de un ejército.
Lady Mirena añadió:
—Los mensajeros enviados para investigar tampoco regresaron.
Aldren observó detenidamente el mapa.
Las marcas señalaban pequeñas poblaciones distribuidas a lo largo de la frontera oriental.
Separadas entre sí por varios días de viaje.
Aquello no tenía sentido.
Si se tratara de invasores...
¿Por qué atacar aldeas tan alejadas unas de otras?
¿Por qué no ocuparlas?
¿Por qué no dejar supervivientes?
Lord Vaust apoyó un dedo sobre uno de los pergaminos.
—Existen varias posibilidades.
Su voz era tranquila.
Medida.
Cada palabra parecía cuidadosamente elegida.
—Una enfermedad.
Un culto clandestino.
Bandidos organizados.
O...
Guardó una breve pausa.
—Una amenaza que todavía no comprendemos.
El Arzobispo Halden frunció el ceño.
—Los campesinos hablan de maldiciones.
Lady Mirena dejó escapar un leve suspiro.
—Los campesinos siempre hablan de maldiciones cuando desconocen la verdad.
—Y, en ocasiones...
respondió el anciano sacerdote.
...las leyendas nacen porque alguna vez fueron verdad.
El ambiente volvió a tensarse.
Fue entonces cuando Edric dirigió la mirada hacia Aldren.
—¿Qué opinas?
Todos los presentes hicieron lo mismo.
El capitán permaneció varios segundos observando el mapa.
Finalmente habló.
—Creo que estamos haciendo la pregunta equivocada.
Lord Vaust entrelazó aún más las manos.
—¿A qué se refiere?
—Todos intentamos descubrir quién está detrás de las desapariciones.
Pero nadie pregunta...
¿Por qué esas aldeas?
El silencio se instaló sobre la sala.
Aldren continuó.
—No son las más ricas.
No poseen minas.
No controlan rutas comerciales importantes.
No tienen fortalezas.
No representan una amenaza militar.
Entonces...
¿Por qué ellas?
Maestre Odrik comenzó a revisar rápidamente varios documentos antiguos.
Lady Mirena asintió lentamente.
—Tiene razón.
No existe un patrón evidente.
Vaust permanecía inmóvil.
Observando.
Escuchando.
Aprendiendo.
Después de unos instantes, el anciano historiador levantó un viejo mapa amarillento.
Sus manos temblaban ligeramente por la edad.
—Quizá...
Todos dirigieron la mirada hacia él.
—Estas aldeas...
Hace más de cuatrocientos años...
Pertenecían al antiguo Reino de Elyr.
El nombre provocó un profundo silencio.
Incluso el Arzobispo dejó de mover las cuentas de su rosario.
Aldren frunció el ceño.
—Elyr fue destruido antes de la fundación de Arken.
Odrik asintió.
—Así es.
Los registros dicen que desapareció prácticamente de la noche a la mañana.
Lord Vaust apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Por una guerra?
El anciano negó lentamente.
—No.
Eso es precisamente lo extraño.
Nunca encontramos evidencia de una invasión.
Simplemente...
Dejó de existir.
Aldren sintió un escalofrío.
Aquellas palabras se parecían demasiado a los informes actuales.
Edric rompió el silencio.
—¿Existe alguna explicación?
Odrik dudó.
Miró brevemente al Arzobispo.
Después habló.
—Existe una antigua leyenda.
Halden cerró lentamente los ojos.
Como si ya supiera lo que iba a escuchar.
—Cuenta que Elyr cayó cuando los hombres comenzaron a romper el Equilibrio establecido por los dioses.
Lord Vaust dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.
—¿Seguiremos gobernando el reino basándonos en cuentos?
La mirada del anciano se endureció.
—Los pueblos olvidan demasiado deprisa que muchas leyendas comenzaron siendo historia.
Vaust respondió con absoluta serenidad.
—Y muchas historias terminan convertidas en leyendas precisamente porque nadie pudo demostrarlas.
La tensión comenzaba a hacerse evidente.
Aldren observaba el intercambio en silencio.
Hasta que el rey volvió a dirigirse a él.
—¿Qué piensas?
El caballero respiró profundamente.
—Pienso que no debemos despreciar ninguna posibilidad.
Ni las explicaciones racionales...
Ni aquello que todavía desconocemos.
Vaust giró lentamente la cabeza.
—¿Insinúa que deberíamos enviar soldados a perseguir fantasmas?
Aldren respondió sin alterar la voz.
—Insinúo que la arrogancia suele ser más peligrosa que la superstición.
Un murmullo recorrió discretamente la mesa.
Era la primera vez que ambos hombres chocaban de forma tan directa.
Vaust sostuvo su mirada.
—¿Cree que soy arrogante?
—Creo que todos corremos el riesgo de serlo cuando asumimos que ya conocemos todas las respuestas.
El silencio posterior resultó incómodo.
Pero también revelador.
No había odio entre ellos.
Ni desprecio.
Solo dos formas radicalmente distintas de comprender el deber.
Lord Vaust apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
—Capitán.
Permítame hacerle una pregunta.
—Adelante.
—Si una amenaza desconocida estuviera aproximándose al reino...
Y solo existieran dos opciones.
Sacrificar una aldea para salvar diez.
O intentar salvarlas a todas arriesgándose a perderlas por completo.
¿Qué elegiría?
La pregunta cayó como una losa.
Nadie habló.
Aldren tardó varios segundos en responder.
—Buscaría una tercera opción.
Vaust negó con suavidad.
—Las terceras opciones rara vez existen.
—Existen mientras haya hombres dispuestos a buscarlas.
—¿Y si no aparecen?
El caballero sostuvo su mirada.
—Entonces cargaría personalmente con el fracaso.
Pero jamás decidiría de antemano quién merece vivir...
Y quién debe morir.
Vaust permaneció inmóvil.
Después sonrió con cortesía.
Una sonrisa elegante.
Educada.
Pero completamente vacía.
—Ahora comprendo por qué el pueblo lo admira tanto.
Aldren respondió con sinceridad.
—Preferiría que nunca tuvieran necesidad de admirarme.
Edric observó a ambos hombres.
Un profundo cansancio apareció en sus ojos.
Sabía que aquella discusión iba mucho más allá de unas aldeas desaparecidas.
Era el reflejo de algo que llevaba tiempo creciendo dentro del reino.
Por un lado...
La justicia nacida de la compasión.
Por otro...
La justicia nacida de la eficacia.
Ambas deseaban proteger Arken.
Pero caminaban por senderos incompatibles.
Y el rey comenzaba a temer que, tarde o temprano...
Esos caminos terminarían enfrentándose.
La reunión continuó durante más de una hora.
Se acordó enviar pequeños grupos de exploración.
Evitar el pánico entre la población.
Reforzar discretamente las fronteras.
Y mantener informada a la corona de cualquier novedad.
Sin embargo...
Cuando los consejeros comenzaron a abandonar la sala, Edric levantó una mano.
—Aldren.
Quédate un momento.
El capitán asintió.
Uno tras otro, todos salieron del salón.
Lord Vaust fue el último.
Antes de cruzar la puerta se volvió apenas unos segundos.
Observó a Aldren.
Después al rey.
Y finalmente cerró la puerta tras de sí.
No pronunció una sola palabra.
Pero en sus ojos brillaba la certeza de que aquel encuentro era apenas el primero de muchos.
Cuando el salón quedó completamente vacío, Edric dejó escapar un largo suspiro.
Por primera vez desde que comenzó la reunión...
El rey parecía simplemente un hombre cansado.
No un monarca.
No un símbolo.
Solo un viejo amigo.
Aldren dio un paso hacia él.
—Majestad...
¿Qué está ocurriendo realmente?
Edric levantó lentamente la mirada.
Durante un instante pareció debatirse entre el deber de un rey...
Y la confianza hacia el hombre que tenía delante.
Finalmente habló.
Con una voz tan baja...
Que casi parecía temer que las propias paredes pudieran escucharlo.
—Aldren...
Creo que alguien está intentando romper el reino desde dentro.
Y temo...
Que ya sea demasiado tarde para detenerlo.