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Capítulo III: La Última Cena - Parte II: El corazón del reino

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 29 de julio de 2026

"Las fortalezas no caen cuando sus murallas son derribadas. Caen cuando quienes las gobiernan olvidan por qué fueron construidas."


El camino hacia Arken era uno que Aldren conocía de memoria.

Cada piedra.

Cada árbol.

Cada arroyo.

Durante más de veinte años lo había recorrido en incontables ocasiones, ya fuera para regresar victorioso de una campaña o para responder a una nueva llamada del reino.

Sin embargo, aquella mañana algo era distinto.

El bosque permanecía extrañamente silencioso.

Los ciervos que solían cruzar los senderos habían desaparecido.

Ni siquiera los pájaros parecían atreverse a romper la quietud.

Su caballo, Brann, levantó ligeramente la cabeza.

Las orejas se movieron con inquietud.

—¿Tú también lo sientes, viejo amigo?

El animal resopló suavemente.

Aldren apoyó una mano sobre su cuello.

Había aprendido hacía mucho tiempo que los animales percibían peligros que los hombres tardaban demasiado en comprender.

Aun así, continuó el viaje.

No tenía motivos para desconfiar de su propio reino.

Todavía no.

Las enormes puertas de Arken comenzaron a distinguirse entre la niebla.

Dos torres de piedra gris custodiaban la entrada principal.

Sobre ellas ondeaba el estandarte del reino: un león plateado sosteniendo una espada bajo un sol naciente.

Un símbolo que durante siglos había representado justicia, protección y esperanza.

Aldren sintió un orgullo silencioso al contemplarlo.

Aquel emblema había guiado toda su existencia.

Los guardias de la puerta lo reconocieron inmediatamente.

—¡Capitán Aldren!

Las pesadas hojas de roble comenzaron a abrirse.

Uno de los centinelas sonrió.

—Es un alivio verlo de regreso.

Él desmontó del caballo.

—¿Ha ocurrido algo?

Los soldados intercambiaron una breve mirada.

El mayor de ellos respondió con cautela.

—No sabría decirlo.

Pero el ambiente en el castillo...

Ha cambiado.

—¿En qué sentido?

El hombre dudó.

—Todos hablan en voz baja.

Los consejeros llevan días entrando y saliendo del salón real.

Y...

Bajó aún más la voz.

—Hace dos noches, los calabozos recibieron prisioneros que nadie había visto llegar.

Aldren frunció el ceño.

—¿Quiénes eran?

—No lo sabemos.

Nadie tiene permitido acercarse.

Aquello resultaba extraño.

Incluso durante las guerras, los registros de prisioneros eran públicos para la Guardia Real.

¿Por qué tanto secreto?

Mientras atravesaba la ciudad, notó detalles que normalmente habrían pasado desapercibidos para cualquier otro.

Los comerciantes hablaban en susurros.

Las conversaciones cesaban cuando algún funcionario del castillo pasaba cerca.

Algunos soldados evitaban encontrarse con la mirada de sus superiores.

Las sonrisas parecían más escasas.

Era como si una sombra invisible hubiera comenzado a extenderse sobre Arken.

No era miedo.

Todavía no.

Era desconfianza.

Y Aldren sabía que ninguna fortaleza podía resistir mucho tiempo cuando la desconfianza echaba raíces entre sus propios habitantes.

El patio principal del castillo estaba mucho más concurrido de lo habitual.

Caballeros.

Escribanos.

Mensajeros.

Todos caminaban con una prisa impropia de un reino en tiempos de paz.

Algunos se detuvieron al verlo.

—Capitán.

—Bienvenido.

—Nos alegra verlo.

Él respondió a cada saludo con la misma humildad de siempre.

Nunca le agradó la distancia que el rango imponía entre las personas.

Al llegar a las escaleras principales encontró a un viejo conocido.

El comandante Gareth Thorn.

Habían servido juntos durante más de quince años.

Gareth era un hombre robusto, de barba rojiza y voz profunda.

Su brazo izquierdo conservaba una cicatriz que Aldren le había salvado de perder durante la Guerra del Norte.

Los dos se abrazaron con fuerza.

—Pensé que aún seguías en el valle.

dijo Gareth.

—Yo también.

respondió Aldren.

—¿Qué ocurre?

El rostro del comandante perdió inmediatamente la sonrisa.

Miró discretamente alrededor.

Después habló casi en un murmullo.

—No me gusta nada de lo que está pasando.

—¿Qué sucede?

—El Consejo lleva semanas tomando decisiones sin consultar al rey.

Aldren frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Yo también lo creía.

Guardó unos segundos de silencio.

—Edric ya no preside todas las reuniones.

Aquellas palabras golpearon a Aldren con más fuerza de la esperada.

—¿Está enfermo?

—No gravemente.

Pero...

Suspiró.

—Lo mantienen alejado de muchos asuntos.

El capitán sintió un nudo en el estómago.

Edric III nunca había delegado asuntos importantes.

Jamás.

Algo estaba ocurriendo.

Gareth apoyó una mano sobre su hombro.

—Hay alguien más.

—¿Quién?

El comandante miró hacia las ventanas del salón del consejo.

—Lord Vaust.

Aldren reconoció inmediatamente el nombre.

Lord Cedric Vaust, Gran Canciller del Reino.

Un noble brillante.

Culto.

Refinado.

Y extraordinariamente inteligente.

Durante años había administrado las finanzas de Arken con una eficacia admirable.

Nunca habían tenido conflictos.

Pero tampoco existía confianza entre ellos.

Vaust pertenecía a un mundo completamente distinto.

Mientras Aldren resolvía problemas con la espada y la palabra dada...

Vaust los resolvía con tratados, leyes y estrategias políticas.

—¿Qué ocurre con él?

preguntó Aldren.

Gareth respondió con evidente incomodidad.

—Ha cambiado.

—¿Cómo?

—Antes discutía buscando soluciones.

Ahora busca obediencia.

La diferencia es enorme.

Aldren permaneció en silencio.

Conocía bien ese tipo de transformación.

La había visto en algunos generales durante la guerra.

Cuando el poder dejaba de ser un medio para proteger...

Y comenzaba a convertirse en un fin.

Mientras tanto, en la torre occidental del castillo...

Lord Cedric Vaust contemplaba la ciudad desde un enorme ventanal.

Vestía una túnica negra con bordados plateados.

Su cabello oscuro comenzaba a mostrar ligeras canas en las sienes.

Su aspecto era impecable.

Cada movimiento parecía cuidadosamente calculado.

Sobre el escritorio descansaban decenas de informes sellados con el emblema real.

Un hombre vestido con ropas de escribano permanecía frente a él.

—¿Ha llegado?

preguntó Vaust sin apartar la vista de la ventana.

—Sí, mi señor.

—¿Lo siguieron?

—Como ordenó.

Vaust asintió lentamente.

—¿Notó algo?

—Solo que habló con los guardias.

El canciller sonrió apenas.

—Era de esperarse.

Tomó uno de los documentos.

Lo observó unos segundos.

Después habló con absoluta serenidad.

—Es un buen hombre.

El escribano pareció sorprendido.

—¿Mi señor?

—Aldren.

Quizá el mejor caballero que este reino haya conocido.

Guardó el documento nuevamente.

—Y precisamente por eso...

Resulta tan peligroso.

El escribano no comprendía.

—¿Peligroso?

Vaust caminó lentamente hacia la enorme biblioteca.

Pasó los dedos sobre antiguos tratados de historia.

—Los hombres como él inspiran lealtad.

La lealtad siempre compite con el poder.

Y ningún reino puede permitirse dos centros de autoridad.

El escribano tragó saliva.

—¿Insinúa que...?

Vaust levantó una mano.

—No.

Todavía no.

Pero nunca olvides esto.

Se volvió hacia él.

Sus ojos eran fríos.

Extraordinariamente fríos.

—Los reinos no caen por culpa de sus enemigos.

Caen cuando alguien demasiado virtuoso impide tomar las decisiones necesarias.

Aquellas palabras quedaron grabadas en la memoria del escribano.

Sin comprender que acababa de escuchar la filosofía del hombre que, convencido de estar salvando al reino, terminaría condenándolo.

Muy lejos de allí, en las profundidades del castillo...

Las mazmorras permanecían sumidas en penumbra.

El olor a humedad impregnaba cada rincón.

Un anciano encadenado levantó lentamente la cabeza al escuchar unos pasos.

Frente a él apareció una figura envuelta en una capa oscura.

No llevaba uniforme.

No pertenecía al ejército.

Solo hizo una pregunta.

—¿Ya habló?

Uno de los carceleros negó con la cabeza.

—Dice que solo responderá ante el rey.

La figura permaneció unos segundos en silencio.

Después sonrió.

—Entonces asegúrense de que jamás llegue a verlo.

Las sombras volvieron a tragarse sus pasos.

El anciano, sin embargo, alcanzó a murmurar unas palabras antes de que desapareciera.

—La oscuridad...

...ya está dentro del reino.

Nadie respondió.

Pero esas palabras comenzarían a hacerse realidad mucho antes de lo que cualquiera imaginaba.

Ajeno a todo aquello, Aldren cruzaba el último pasillo que conducía al Salón del Consejo.

Las enormes puertas de roble permanecían cerradas.

Dos guardias reales custodiaban la entrada.

Al verlo llegar, inclinaron la cabeza.

Uno de ellos anunció con solemnidad:

—El capitán Aldren de la Guardia Real solicita audiencia.

Del otro lado de las puertas...

El silencio se hizo absoluto.

Aldren respiró profundamente.

No podía saberlo.

Pero al cruzar aquel umbral comenzaría la cadena de acontecimientos que, semanas después, destruiría todo aquello que más amaba.

Y, aunque todavía caminaba como el caballero más honorable del reino...

El destino ya había comenzado a escribir el nombre del futuro Caballero de la Muerte.

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