"Hay promesas que se pronuncian frente a un altar. Otras nacen cuando dos almas aprenden a guardar silencio sin dejar de comprenderse."
La noche había terminado de envolver el valle.
La luna, inmensa y serena, descansaba sobre las montañas como una guardiana silenciosa, bañando de plata los campos de trigo que ondulaban con el viento. Las estrellas comenzaban a multiplicarse una tras otra, como si alguien hubiera encendido miles de pequeñas velas en el inmenso techo del mundo.
Aldren y Líria permanecían sentados en el viejo banco de madera que él mismo había construido el verano anterior.
El banco estaba ligeramente torcido.
Una de las patas era más corta que las demás.
Cada vez que alguno se sentaba, emitía un pequeño crujido.
Aldren siempre decía que algún día lo repararía.
Líria siempre respondía exactamente lo mismo.
—No lo hagas.
Él sonrió al recordar aquellas palabras.
—¿En qué piensas?
preguntó ella, sin apartar la vista del cielo.
—En el banco.
Líria soltó una risa suave.
—Sabía que algún día terminarías preocupándote por él.
—Está mal hecho.
—Lo construiste tú.
—Precisamente por eso sé dónde están todos sus errores.
Ella giró lentamente la cabeza.
Sus ojos reflejaban la luz de la luna.
—¿Y quién dijo que algo imperfecto no puede ser hermoso?
Aquella frase quedó suspendida entre ambos.
Aldren la contempló durante unos segundos.
Después negó con una sonrisa.
—Siempre encuentras la forma de ganar una discusión.
—No intento ganarlas.
—Entonces, ¿qué haces?
Ella tomó su mano con delicadeza.
—Recordarte que llevas demasiados años siendo duro contigo mismo.
Durante un largo rato ninguno habló.
No era un silencio incómodo.
Era uno de esos silencios que solo existen entre personas que llevan tantos años compartiendo la vida que ya no necesitan llenar cada instante con palabras.
El viento movía lentamente los lirios del jardín.
Desde la distancia llegaba el murmullo de un arroyo.
Una lechuza cruzó el cielo.
Todo parecía en calma.
Sin embargo, Líria conocía demasiado bien a su esposo.
Había algo que lo inquietaba.
Lo había notado durante la cena.
Mientras jugaba con los niños.
Incluso cuando reía.
Existía una sombra escondida detrás de sus ojos.
Finalmente habló.
—¿Qué ocurrió hoy en el castillo?
Aldren permaneció mirando el horizonte.
—Nada importante.
Ella arqueó una ceja.
—Llevamos quince años casados.
Cuando dices "nada importante", normalmente significa que algo te preocupa.
Él dejó escapar una pequeña risa.
—Empiezo a creer que eres más peligrosa que cualquier estratega del reino.
—Eso ya lo sabías cuando aceptaste casarte conmigo.
—Sí...
Y aun así lo hice.
—Pobre hombre.
—El más afortunado de Arken.
Líria apoyó la cabeza sobre su hombro.
Esperó.
Nunca apresuraba sus respuestas.
Con el tiempo había aprendido que el corazón de Aldren se parecía mucho a una fortaleza.
No porque fuera frío.
Sino porque protegía demasiado aquello que sentía.
Al cabo de unos instantes, él habló.
—Llegó un mensajero desde la frontera oriental.
—¿Problemas?
—No exactamente.
Hizo una pausa.
—Varias aldeas han dejado de enviar informes.
Líria levantó la vista.
—¿Por la guerra?
—No.
Eso es lo extraño.
No hay señales de ataques.
Simplemente...
Silencio.
Ella permaneció pensativa.
—¿Y qué dice el rey?
—Que probablemente sea un problema con los caminos.
Las lluvias dañaron varios puentes.
Intentó sonreír.
Pero ella percibió inmediatamente que esa explicación no lo convencía.
—¿Y tú qué piensas?
Aldren tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Y eso es precisamente lo que me preocupa.
El viento sopló con un poco más de fuerza.
Algunas flores dejaron caer sus pétalos sobre la hierba.
Líria observó cómo uno de ellos aterrizaba sobre la mano de Aldren.
Lo tomó entre los dedos.
Lo contempló un momento.
—¿Recuerdas cuándo nos conocimos?
Él la miró sorprendido.
—¿Ahora cambias de tema?
—No.
Solo quiero comprobar si todavía recuerdas la verdad.
Aldren sonrió.
—Nunca podría olvidarlo.
—Estoy segura de que la versión que cuentas en el castillo es distinta.
—Jamás exagero.
Ella lo miró divertida.
—Aldren...
La sonrisa del caballero se hizo un poco más amplia.
—Está bien.
Quizá... muy de vez en cuando.
—Empieza.
Quiero escuchar tu versión.
Aldren levantó la vista hacia las estrellas.
Los recuerdos comenzaron a regresar con una claridad sorprendente.
—Era la Fiesta de la Cosecha.
Yo acababa de ser nombrado caballero.
Creía que todo el reino giraba a mi alrededor.
Líria comenzó a reír.
—Eso ya es una exageración.
—Déjame terminar.
Ella hizo un gesto teatral con la mano.
—Continúe, señor caballero.
—Llevaba una armadura recién pulida.
Brillaba tanto que casi podía verme reflejado.
Pensaba que todas las muchachas me mirarían al pasar.
—Qué hombre tan humilde.
—Muchísimo.
Los dos rieron.
—Entonces te vi.
Líria bajó ligeramente la mirada.
Aunque habían pasado tantos años, todavía sentía un leve rubor al recordar aquel día.
—No estabas mirando el desfile.
No prestabas atención a los músicos.
Ni siquiera observabas a los caballeros.
Estabas arrodillada junto a una anciana.
Su cesta se había roto.
Las manzanas rodaban por toda la plaza.
Mientras todos aplaudían al ejército...
Tú recogías aquellas manzanas una por una.
Líria sonrió con dulzura.
—No parecía muy difícil.
—Para mí sí lo fue.
Ella lo miró confundida.
—¿Por qué?
—Porque comprendí que la persona más extraordinaria de toda la plaza ni siquiera llevaba una espada.
Guardaron silencio.
El viento volvió a mover las flores.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé?
preguntó Aldren.
—¿Qué?
—"Ojalá algún día esa mujer me mire como está mirando a esa anciana."
Líria dejó escapar una pequeña risa.
—¿Y sabes qué pensé yo?
—No.
—"Ese caballero está completamente perdido."
Aldren frunció el ceño.
—¿Perdido?
—Te acercaste con tanta prisa para ayudarme...
...que pisaste todas las manzanas.
Él abrió mucho los ojos.
—Eso nunca ocurrió.
—Claro que ocurrió.
—Estoy seguro de que no.
—Aldren...
Yo estaba allí.
—Yo también.
—Entonces tu memoria está empeorando.
—No.
Simplemente ha decidido proteger mi dignidad.
Las carcajadas volvieron a llenar el jardín.
Cuando la risa se apagó, ambos permanecieron contemplándose unos segundos.
Había cambiado mucho desde entonces.
Las primeras arrugas comenzaban a dibujarse junto a sus ojos.
Algunas canas aparecían discretamente entre el cabello de Aldren.
Las manos de Líria ya no eran tan suaves como cuando era joven.
Los años habían dejado su huella.
Y, sin embargo...
Nunca se habían amado tanto como ahora.
Ella levantó lentamente una mano.
Acarició la mejilla de su esposo.
—¿Sabes qué fue lo primero que realmente me hizo enamorarme de ti?
Aldren negó despacio.
—No fue tu armadura.
Ni tus medallas.
Ni que todo el mundo hablara de ti.
Él escuchaba en silencio.
—Fue que, después de aplastar todas aquellas manzanas...
Pasaste dos días enteros ayudando a aquella anciana a reparar su huerto.
Sin decirle a nadie.
Sin esperar recompensa.
Sin permitir que el reino lo supiera.
Aldren bajó la mirada.
—Solo estaba intentando compensar el desastre que había provocado.
—Lo sé.
Por eso me enamoré de ti.
Porque eras incapaz de marcharte sabiendo que habías causado dolor a alguien.
Incluso cuando ese dolor había sido un accidente.
Las palabras penetraron profundamente en el corazón del caballero.
No porque nunca las hubiera escuchado.
Sino porque cada vez que provenían de ella, parecían revelar una parte de sí mismo que él jamás había sido capaz de ver.
Pasaron varios minutos contemplando el firmamento.
Finalmente fue Aldren quien rompió el silencio.
—¿Alguna vez te arrepentiste?
Ella giró lentamente la cabeza.
—¿De qué?
—De haber elegido esta vida.
Líria comprendió inmediatamente lo que quería decir.
Las campañas.
Las largas ausencias.
Las noches de incertidumbre.
El miedo constante.
Respiró profundamente antes de responder.
—¿Quieres la respuesta sincera?
—Siempre.
Ella entrelazó nuevamente sus dedos con los de él.
—Me he enfadado contigo muchas veces.
He llorado cuando te marchabas.
He sentido miedo cada vez que llegaba un mensajero del castillo.
He odiado las guerras.
He odiado las espadas.
He odiado los inviernos en los que tardabas meses en volver.
Los ojos de Aldren comenzaron a llenarse de tristeza.
Pero ella aún no había terminado.
—Sin embargo...
Jamás me he arrepentido de elegirte.
Porque nunca tuve que preguntarme si el hombre con el que compartía mi vida era bueno.
Nunca tuve que dudar de tu corazón.
Y eso...
Vale más que una existencia entera sin preocupaciones.
Aldren sintió un nudo en la garganta.
—No merezco a una mujer como tú.
Ella sonrió con infinita ternura.
—Llevas quince años diciendo eso.
¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Que deberías empezar a creerme cuando te digo que sí.
Una lágrima silenciosa apareció en los ojos del caballero.
No era tristeza.
Era gratitud.
La inmensa gratitud de un hombre que, después de toda una vida rodeado de guerra, todavía encontraba un lugar donde podía bajar la guardia.
Sin miedo.
Sin máscaras.
Simplemente...
Ser Aldren.
A lo lejos, oculto entre los árboles del bosque, un cuervo emprendió el vuelo.
Su graznido rompió por un instante la serenidad de la noche.
Aldren levantó la vista de manera instintiva.
No supo explicar por qué.
Pero una extraña sensación recorrió su pecho.
Como si el viento hubiera traído consigo un aviso imposible de comprender.
Líria también lo escuchó.
—Solo es un cuervo.
Él asintió lentamente.
—Lo sé.
Sin embargo, ambos permanecieron contemplando la oscuridad del bosque unos segundos más.
Sin saber que, en algún lugar mucho más allá de aquellas montañas, una sombra comenzaba a extenderse silenciosamente sobre el destino del reino.