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Capítulo II: El Hogar al Final del Camino - Parte II: La luz que permanecía despierta

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 28 de julio de 2026

"Hay amores que nacen de una mirada. Otros, de una promesa. El suyo nació de aprender a cargar las heridas del otro sin intentar borrarlas."


La cena transcurrió entre risas, pequeñas discusiones infantiles y el incesante crepitar de la leña consumiéndose en la chimenea.

Aldren observaba a sus hijos con esa mezcla de orgullo y asombro que solo conocen los padres cuando descubren que el tiempo avanza demasiado deprisa.

Eryn hablaba sin detenerse un instante.

Cada historia era más exagerada que la anterior.

Según él, aquella misma tarde había perseguido a un zorro "del tamaño de un caballo", había derrotado a tres cuervos "que claramente eran espías" y había encontrado una piedra con forma de dragón.

—¿Y qué hiciste con esa piedra? —preguntó Aldren mientras cortaba un trozo de pan.

—La escondí.

—¿Por qué?

—Porque si un dragón la encuentra, sabrá dónde nací y vendrá a buscarme.

Lyanna suspiró teatralmente.

—Eso no tiene sentido.

—¡Claro que sí!

—Los dragones no necesitan piedras para encontrar personas.

—¿Y cómo lo hacen?

La pequeña dejó la cuchara sobre la mesa.

Con la absoluta seguridad que solo poseen los niños, respondió:

—Porque huelen los calcetines sucios.

Durante un segundo reinó un profundo silencio.

Luego Aldren estalló en una carcajada tan sincera que terminó inclinándose sobre la mesa.

Incluso Líria tuvo que cubrirse la boca para contener la risa.

Eryn permaneció inmóvil.

—...Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Por eso siempre encuentran a papá cuando vuelve de la guerra.

—¡Eryn!

—Bueno... después de varios meses usando la misma armadura...

—¡Eryn!

Las carcajadas llenaron nuevamente la casa.

Aldren fingió ofenderse.

—Creo que mañana mismo comenzaré a entrenar a un nuevo hijo.

—¿Uno que no haga bromas?

—Exacto.

Eryn levantó la mano.

—Yo también quiero conocerlo.

Después de cenar, existía un ritual que jamás rompían.

Líria servía una infusión de hierbas para ella y Aldren.

Leche caliente con miel para los niños.

Luego apagaban casi todas las lámparas de aceite.

Solo permanecía encendida una, junto a la chimenea.

Era el momento de las historias.

No importaba cuántas campañas militares hubiera vivido Aldren.

Ni cuántos años tuvieran los pequeños.

Cada noche le exigían exactamente lo mismo.

—¡Cuéntanos una historia!

—¿Otra?

—¡Sí!

—Pero ayer conté una.

—¡Entonces cuenta otra que todavía no exista!

Aldren miró a Líria con expresión de derrota.

Ella sonrió.

—No puedo ayudarte.

Es una petición completamente razonable.

El caballero suspiró exageradamente.

—Está bien...

Veamos...

Había una vez un feroz dragón...

—¡No!

protestó Lyanna.

—La del dragón ya la sabemos.

—Entonces...

Había una vez un gigante...

—Tampoco.

—¿Un rey?

—Muy aburrido.

—¿Una princesa?

—Ya conocemos todas.

Aldren se cruzó de brazos.

—Parece que el público de esta casa es muy exigente.

Eryn sonrió de oreja a oreja.

—Queremos una historia verdadera.

Aquellas palabras hicieron que Aldren guardara silencio unos instantes.

Miró el fuego.

Las llamas danzaban lentamente.

Después comenzó a hablar con una voz mucho más tranquila.

—Entonces les contaré la historia del hombre más valiente que he conocido.

Los niños se acomodaron inmediatamente.

Líria también dejó de tejer.

Ella sabía cuál era esa historia.

Y cada vez que la escuchaba descubría algo nuevo.

—Hace muchos años —comenzó Aldren—, cuando yo era apenas un escudero, servía a un caballero llamado Sir Garrick.

Era enorme.

Más alto que cualquier hombre que hubiera visto.

Su voz parecía un trueno.

Y su barba daba más miedo que su espada.

Los niños rieron.

—Todo el mundo pensaba que era invencible.

Yo también.

Hasta el día en que fuimos enviados a defender una pequeña aldea.

No había soldados suficientes.

Solo nosotros.

Entonces llegaron los enemigos.

Eryn abrió mucho los ojos.

—¿Muchos?

—Demasiados.

Los aldeanos comenzaron a correr.

Los niños lloraban.

Las madres intentaban esconderlos.

Yo estaba aterrorizado.

Pensé que íbamos a morir.

Hizo una pausa.

La habitación permanecía completamente en silencio.

—Miré a Sir Garrick.

Esperaba verlo levantar la espada con una sonrisa.

Pero...

No sonreía.

Tenía miedo.

Mucho miedo.

Los pequeños se miraron confundidos.

—¿Un caballero tenía miedo?

preguntó Lyanna.

—Sí.

Y muchísimo.

—¿Entonces huyó?

Aldren negó lentamente.

—No.

Se colocó delante de toda la aldea.

Solo.

Le pregunté por qué no escapábamos.

¿Saben qué respondió?

Los dos niños negaron con la cabeza.

Aldren repitió exactamente las palabras que jamás olvidó.

"El valor no consiste en no sentir miedo, muchacho. Consiste en decidir que existe algo más importante que ese miedo."

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Incluso el fuego parecía haberse calmado para escucharlas.

—Sir Garrick luchó durante horas.

Gracias a él llegaron refuerzos.

La aldea sobrevivió.

Muchos años después le pregunté cómo había conseguido mantenerse firme.

Él respondió...

Aldren sonrió con melancolía.

"Porque detrás de mí había personas que confiaban en que volverían a ver salir el sol."

Eryn permanecía completamente inmóvil.

—¿Murió?

preguntó en voz baja.

Aldren asintió despacio.

—Muchos años después.

Ya anciano.

Rodeado de su familia.

No en una guerra.

Los niños guardaron silencio.

Era la primera vez que escuchaban una historia donde el héroe no terminaba derrotando a un monstruo.

Terminaba envejeciendo.

Y, de alguna manera, aquello les pareció aún más hermoso.

Cuando los pequeños comenzaron a bostezar, Líria sonrió satisfecha.

—Creo que alguien debería ir a dormir.

—No tengo sueño.

dijo Eryn... bostezando inmediatamente después.

Lyanna ya tenía los ojos medio cerrados.

Aldren se levantó.

Tomó a su hija en brazos.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro con absoluta confianza.

Él sintió su respiración tranquila.

Tan ligera.

Tan frágil.

Y, sin saber por qué, un pensamiento cruzó fugazmente su mente.

"Ojalá pudiera proteger este instante para siempre."

Sacudió la cabeza.

Era una idea extraña.

Nunca antes había sentido algo semejante.


Los acompañó hasta su habitación.

Era un cuarto sencillo.

Dos camas de madera.

Una pequeña estantería llena de juguetes tallados por el propio Aldren.

Un caballo.

Un ciervo.

Un barco.

Un dragón de aspecto bastante torpe.

Sobre la pared colgaba un móvil hecho con hojas secas y pequeñas estrellas de madera que giraban lentamente impulsadas por la corriente de aire que entraba por la ventana.

Líria siempre decía que las estrellas cuidaban los sueños de los niños.

Aldren jamás discutía aquella idea.

Porque le gustaba creer que era verdad.

Arropó primero a Lyanna.

Luego a Eryn.

El pequeño aún mantenía los ojos abiertos.

—Papá...

—¿Sí?

—¿Tú también tienes miedo alguna vez?

La pregunta sorprendió al caballero.

Podría haber respondido lo que cualquier héroe de las historias respondería.

Podría haber dicho que no.

Que un caballero jamás duda.

Pero no era así como deseaba educar a sus hijos.

Se sentó al borde de la cama.

—Todos los días.

Eryn abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

—Claro.

Tengo miedo cuando marcho a una batalla.

Tengo miedo de no tomar siempre la decisión correcta.

Tengo miedo de decepcionar a quienes confían en mí.

El niño permanecía completamente atento.

—¿Y cuál es tu miedo más grande?

Aldren tardó unos segundos en responder.

Miró a sus dos hijos.

Después habló casi en un susurro.

—Volver un día...

...y descubrir que ustedes ya no están esperándome.

El silencio que siguió fue profundo.

Eryn estiró lentamente la mano.

Sujetó uno de los dedos de su padre.

—Eso nunca pasará.

Siempre estaremos aquí.

Aldren sonrió con ternura.

—Entonces yo siempre encontraré el camino de regreso.

Besó la frente de ambos.

Apagó la lámpara.

Y salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado.

No podía imaginar que aquellas palabras permanecerían grabadas en su memoria mucho después de que aquella habitación quedara sumida en un silencio imposible de romper.

Del otro lado de la puerta, Líria lo esperaba.

No dijo nada.

Simplemente tomó su mano.

La entrelazó con la suya.

Ambos caminaron lentamente hacia la terraza de madera que daba al jardín de lirios blancos.

La luna comenzaba a elevarse sobre el valle.

Y el viento nocturno llevaba consigo el perfume de las flores.

Era el momento que pertenecía únicamente a ellos.

El único instante del día en que dejaban de ser padres.

Para volver a ser simplemente Aldren...

Y Líria.

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