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Capítulo II: El Hogar al Final del Camino - Parte I: Donde el tiempo aprendía a detenerse

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 27 de julio de 2026

"Los hombres suelen creer que los grandes momentos cambian una vida. Se equivocan. Son los pequeños instantes repetidos día tras día los que terminan construyendo un alma."

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Existían lugares donde el tiempo parecía obedecer leyes distintas.

El hogar de Aldren era uno de ellos.

No había murallas de piedra.

No existían torres que tocaran el cielo.

No había soldados vigilando cada sendero ni estandartes ondeando con orgullo sobre almenas de granito.

Solo una casa de madera construida con las propias manos de un hombre que había pasado media vida levantando espadas y que, cuando finalmente conoció el amor, decidió aprender a levantar paredes.

Era una vivienda sencilla.

Las vigas conservaban aún el aroma del roble con el que habían sido talladas.

El techo de tejas rojizas estaba cubierto parcialmente por enredaderas de flores violetas que Líria cuidaba con una dedicación casi maternal.

Las ventanas permanecían siempre abiertas durante el día para permitir que la brisa del valle recorriera cada habitación.

Alrededor de la casa crecían manzanos, un pequeño huerto y un jardín donde predominaban los lirios blancos.

Aldren jamás preguntó por qué su esposa había escogido precisamente esa flor.

Con el paso de los años comprendió que algunas respuestas no necesitaban palabras.

Simplemente embellecían la vida.

 

Mientras el sol desaparecía tras las montañas, el interior de la vivienda comenzaba a llenarse de una calidez imposible de encontrar en cualquier salón real.

La chimenea crepitaba suavemente.

El olor a pan recién horneado se mezclaba con el aroma de las hierbas que hervían lentamente en una olla de hierro.

Sobre una mesa de madera descansaban cuatro platos de cerámica.

Ninguno pertenecía al mismo juego.

Uno tenía una pequeña grieta.

Otro estaba ligeramente descolorido.

Uno más había sido reparado con resina años atrás.

Líria jamás quiso reemplazarlos.

—Las cosas rotas también tienen historia —solía decir.

Aquella frase siempre conseguía que Aldren sonriera.

Porque, en el fondo, ambos sabían que hablaba mucho más de las personas que de la vajilla.

 

Eryn apareció corriendo por el pasillo sosteniendo una espada de madera casi tan grande como él.

Tenía apenas nueve años.

Su cabello castaño era tan rebelde como el de su padre cuando era joven.

Sus ojos, en cambio, pertenecían por completo a Líria.

Curiosos.

Luminosos.

Incapaces de ocultar emoción alguna.

—¡Papá!

Aldren, que acababa de quitarse la armadura, levantó la vista.

—¿Qué sucede, comandante?

El niño se detuvo de golpe.

Infló el pecho.

Enderezó la espalda con exagerada solemnidad.

—He decidido que mañana comenzaré oficialmente mi entrenamiento.

Aldren cruzó lentamente los brazos.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Ya soy suficientemente fuerte.

Como demostración, el pequeño levantó la espada con ambas manos...

...que inmediatamente cayó hacia un lado por el peso.

Líria soltó una carcajada desde la cocina.

—Creo que tu ejército acaba de sufrir una baja.

Eryn frunció el ceño.

—Fue un ataque sorpresa.

—Por supuesto.

—La espada me traicionó.

Aldren ocultó la risa tras una fingida expresión de preocupación.

—Las espadas suelen hacer eso cuando descubren que su dueño aún necesita tomar más leche.

—¡Papá!

—¿Sí?

—Estoy hablando completamente en serio.

Aldren dejó la coraza sobre un banco y se acercó hasta él.

Se agachó para quedar a su misma altura.

Tomó la espada de madera.

La sostuvo unos segundos.

Luego la devolvió al niño.

—Entonces responderé igual de seriamente.

Eryn abrió mucho los ojos.

Cada conversación con su padre era una lección.

Y él lo sabía.

—¿Por qué quieres ser caballero?

La respuesta llegó tan rápido como un relámpago.

—¡Porque quiero ser como tú!

Aquellas palabras, pronunciadas con absoluta inocencia, hicieron que Aldren permaneciera varios segundos en silencio.

No era la primera vez que las escuchaba.

Pero jamás dejaban de producirle un extraño temor.

Finalmente sonrió.

—No.

Eryn parpadeó.

—¿No?

—Quiero que seas mejor que yo.

El niño frunció el entrecejo.

Aquella respuesta no era la que esperaba.

—Pero... todos dicen que eres el mejor caballero del reino.

—Todos se equivocan.

—¿Cómo pueden equivocarse todos?

—Es más fácil de lo que parece.

Líria, que removía lentamente el guiso, sonrió para sí misma.

Conocía perfectamente aquella expresión del rostro de su esposo.

Era la misma que ponía cada vez que estaba a punto de enseñar algo importante.

 

Aldren tomó dos pequeños troncos que descansaban junto a la chimenea.

Los colocó sobre el suelo.

—Imagina que éstos son dos hombres.

Eryn se sentó inmediatamente frente a él.

Lyanna, que hasta ese momento había permanecido dibujando flores con carbón sobre un pequeño pergamino, también levantó la vista con curiosidad.

A diferencia de su hermano, ella rara vez hablaba durante las conversaciones.

Prefería escuchar.

Tenía siete años.

Su cabello oscuro caía en suaves ondas hasta los hombros.

Era tranquila.

Observadora.

Y poseía esa extraña sensibilidad que solo tienen algunas personas capaces de comprender el estado de ánimo de los demás sin necesidad de palabras.

—Uno de estos hombres —continuó Aldren— es un guerrero extraordinario.

Jamás ha perdido un combate.

Todos le temen.

Todos conocen su nombre.

El caballero levantó el segundo tronco.

—El otro jamás ganó una batalla.

Ni siquiera sabe manejar una espada.

Pero cada invierno comparte su cosecha con quienes pasan hambre.

Nunca abandona a un amigo.

Cuida de su familia.

Y jamás rompe una promesa.

Aldren miró a su hijo.

—Dime...

¿Cuál de los dos es más fuerte?

Eryn observó ambos troncos durante largo rato.

Era una pregunta difícil.

Finalmente respondió.

—El guerrero.

Aldren sonrió con paciencia.

—Eso mismo habría contestado yo cuando tenía tu edad.

El niño inclinó la cabeza.

—¿Entonces cuál es la respuesta?

El caballero tomó ambos troncos y los acercó lentamente al fuego.

Uno comenzó a arder con rapidez.

El otro, más grueso, resistió durante mucho más tiempo.

—La fuerza no siempre se mide por la capacidad de derrotar a otro hombre.

A veces...

La mayor fortaleza consiste en seguir siendo bueno cuando el mundo te da razones para dejar de serlo.

El silencio llenó la habitación.

Incluso Líria dejó de remover la olla.

Había escuchado aquella frase años atrás.

La noche en que aceptó casarse con él.

Y seguía provocándole el mismo estremecimiento.

Eryn bajó lentamente la mirada.

—¿Eso es ser un caballero?

—No.

Aldren sonrió.

—Eso es ser un hombre.

 

Lyanna levantó tímidamente la mano.

—Papá...

—¿Sí, pequeña?

—¿Las niñas también pueden ser caballeros?

Aldren la miró como si la pregunta fuera la más importante del mundo.

—¿Quién te dijo que no?

—Un niño del pueblo.

Dice que solo los hombres pueden proteger un reino.

Aldren hizo una expresión exageradamente pensativa.

—Vaya...

Entonces ese niño jamás conoció a tu madre.

Líria levantó una ceja.

—¿Yo?

—Claro.

Cuando me casé contigo descubrí que eras tú quien protegía esta casa.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Ah, sí?

—Sin ninguna duda.

Yo solo derroto bandidos.

Tú consigues que dos pequeños terremotos no destruyan el comedor.

—Eso requiere mucha más valentía.

Lyanna comenzó a reír.

Eryn protestó inmediatamente.

—¡Yo no soy un terremoto!

—No.

—Entonces...

—Eres un ejército entero.

Las carcajadas llenaron nuevamente la habitación.

Durante unos segundos el mundo exterior dejó de existir.

No había guerras.

No existían intrigas políticas.

No había coronas.

Solo una familia disfrutando de la alegría sencilla de estar reunida.

Y quizás...

Precisamente por eso...

Aquel recuerdo permanecería intacto para siempre.

 

La cena estaba casi lista cuando Líria observó discretamente a su esposo.

Había aprendido a reconocer algo que nadie más parecía notar.

Aldren sonreía.

Jugaba con los niños.

Bromeaba como siempre.

Pero existía un cansancio escondido detrás de sus ojos.

No era físico.

Era algo más profundo.

La guerra dejaba heridas que ninguna armadura podía proteger.

Ella nunca lo presionaba para hablar.

Sabía esperar.

Porque comprendía que algunas batallas continuaban mucho después de abandonar el campo de combate.

Se acercó lentamente mientras los niños discutían sobre cuál de los dos había ayudado más a poner la mesa.

Apoyó suavemente una mano sobre el brazo de Aldren.

Él giró apenas la cabeza.

Bastó una mirada para entender que ella había notado su silencio.

—¿Qué ocurre? —preguntó en voz baja.

Aldren respondió con una sonrisa tranquila.

—Nada importante.

Ella sostuvo su mirada unos segundos más.

No insistió.

Simplemente acarició con delicadeza la cicatriz que cruzaba los nudillos de su mano derecha.

Una marca casi invisible para cualquiera.

Pero ella recordaba perfectamente cuándo apareció.

Cada cicatriz tenía una historia.

Y ella las conocía todas.

Incluso aquellas que nunca llegaron a verse.

La noche apenas comenzaba.

Y, sin que ninguno de los cuatro pudiera imaginarlo, aquella conversación cotidiana sería una de las muchas que el destino grabaría para siempre en la memoria del hombre que algún día caminaría entre las sombras.

Porque los dioses olvidaban pocas cosas.

Pero Nerath...

Jamás olvidaba un instante nacido del amor.

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