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Los mandamientos

La palabra de Fobos: parábolas de terror · por Roberto Chu Maravi · 21 de agosto de 2026

LOS MANDAMIENTOS©

Por: Roberto Chu

Cuando la piel de todos los adultos se hizo pedacitos, y los pedacitos abrieron paso a fibras húmedas, tendones rotos y órganos descubiertos que terminaron licuados en sangre espesa que, a su vez, se escurrió hasta el centro de la tierra por las grietas del empedrado pueblito de Tribeca  —ahora renombrado ciudad Little Beast—, el Gran Hernán estuvo allí.

¡Fue testigo del maravilloso milagro!, el mismo que pensó que muy pronto caería sobre él. Porque aquella mañana, unos niños, con las manos aún manchadas de la miel que robaron de una colmena destruida a pedradas, le susurraron el maleficio al oído...

«Fobos te ama».

Era costumbre de todas formas (excepto eso de los maleficios) malograrle el día al pobre hombre. Porque incluso los mayores, en su época de bonanza, encontraban deleite en fastidiar al Gran Hernán.

Si se buscaba altisonancia y fábulas del ego, bastaba con llamar al «Dios» Hernán, el blanco favorito, el bufón involuntario de todos. Pero cuando llegó la hora en que los huesos crujieron y la carne se abrió como frutas podridas, el bocazas dejó el autobombo enterrado bajo la lengua.

«Soy el siguiente», pensaba mientras veía la piel de su público desprenderse en jirones y ver caer a más padres y reír a más niños... «Estoy condenado, ¡condenado!». Y de ahí que se agazapara en un callejón con las uñas hundidas en el suelo y los dientes apretados hasta sangrarse la boca; esperaba su turno...

Y siguió esperando.

Y al amanecer, tuvo al fin un verdadero motivo para desinflarse en gritos y risas: «¡Estoy vivo, perras!»; había sobrevivido a la masacre.

Corrió hasta la plaza con los ojos ardiendo de expectativa. Buscó a sus amigos: los viejos que jugaban ajedrez en las mesas descoloridas del parque. Pero no encontró más que órganos a la intemperie y peluquines ensangrentados.

«Karl, Stick, mis amigos...»

Guardó duelo en el mutismo más íntimo que se espera de alguien como él —dos segundos y, cuando terminó de ufanarse de su «respeto», vio una marcha llegar a la plaza: niños, decenas de ellos, avanzaban con estandartes mal tejidos, con cruces toscas y el rostro de un tal dios Fobos pintado en la tela, dado a que nadie sabía cómo lucía; lo imaginaron con una palidez espectral y pequeñas calaveras adornando el contorno. Lo usual para representar a la muerte en huesos y harapos.

Hernán permaneció allí, inmóvil, testigo de su nuevo mundo. Los niños lo vieron al rato. «¡Un adulto, un adulto ha sobrevivido!», se alertaron y corrieron.

Fue en ese instante cuando lo comprendió. Era el único. El único resquicio de un ayer que se deshizo en vísceras y lamentos cinematográficos.

Lo hizo saber.

—¡Corran, monstruitos, corran!

Persiguió a los diablillos con zancadas. Los desmoralizó y humilló entre calzones chinos, pisoteos contra el suelo, dedos mojados en la oreja; todo  con la misma indiferencia con la que un niño aporrea sus juguetes rotos.

Se erigió en su propia victoria, proclamándose ganador de una guerra unilateral donde no tardó en imponerse. No podía ser de otro modo. Ningún infante tenía la fuerza suficiente para hacerle frente. Era alto, vasto, una mole de carne informe, implacable y estúpido.  Doblegó a los fanáticos. Y también a los otros. A los que lloraban por sus padres. A los que no querían el nuevo régimen de los jóvenes creyentes, pero tampoco lo querían a él.

Entre todos los habitantes de la vieja Tribeca, él era el menos indicado para encabezar una contrarrevolución. Pero allí estaba. Rey en una tierra de pequeños bastardos con altas probabilidades de contraer diabetes.

Y el regente Hernán gozó sus días siguientes con los pies reposando sobre las espaldas de los más pequeños mientras destinaba a las niñas a la cocina y el aseo. A los más indefensos los convirtió en blanco de práctica para las resorteras. Se divertía con cada encargo. Mucho más cuando enviaba a sus nuevos siervos a enfrentar a los «Fóbicos», como se llamaron los seguidores de la secta culpable de la llegada de aquel dictador, y a quienes, esa tarde, aplastó con todo su adiposa humanidad.

—¡Observad, Nueva Hernán de América!— fue ahí cuando levantó una bandera estrellada, con su nombre pintado en grafiti, hecha a mano en sus calzones que, huelga decir, conmovió los estómagos de todos los pequeños, incluyendo el de una niña de cabello oscuro que cargaba consigo una caja añeja entre los brazos y que, con una expresión tan gélida como la de cualquier adulto o adolescente maduro, dijo:

—¡Qué fracasado! Fracasados ustedes por obedecer al idiota Hernán—después soltó una risa y se fue corriendo con la última frase cantada en la boca—. Idiota Hernán, idiota Hernán, idiota Hernán...

El hombrecito se sintió expuesto. Recordó sus días de fracasado pueblerino: quedó inerte y alelado.

Los niños lo notaron. No dejaron pasar la oportunidad. Se abalanzaron sobre él y comenzaron a golpearlo. Una y otra... Pero no por mucho. La mole se sacudió la debilidad con un solo movimiento y les devolvió la agresión con creces. No tardó en reaccionar. La ira lo cegó y la orden fue inmediata...

—¡Los traidores serían alimento de la hoguera!

Esa misma noche, con la pira encendida, Hernan tomó la antorcha con firmeza mientras miraba como sus esclavitos posicionaban a sus antes camaradas de revolución sobre la leña seca. La flama danzaba, rojiza y viva, a pocos centímetros de su palma. No titubeó. No era el momento. No debía serlo. Los cuerpos de los condenados estaban apilados, temblorosos, esperando la sentencia.

«Perdónanos, por favor, perdónanos», pidieron por su vida. Pero Hernán ya estaba alzando la antorcha. El resplandor titilante se reflejaba en su piel. Y pensó en todas las veces que fue torturado. Menospreciado. «Esto será mi venganza, Tribeca» se dijo así mismo antes de que un escalofrío le ardiera en el brazo, seguido de un espasmo involuntario que le aflojó los dedos; casi hizo la antorcha caer de sus manos. Su cuerpo ardía. Hernan no lo entendió al principio: ni el latido extraño en la sien, ni el sudor frío en la nuca. Y el fuego, la forma en que se alzaba y consumía el aire a su alrededor, le removió algo en las entrañas.

Sintió su boca seca, su pulso irregular, su respiración, cada vez más escasa. El fulgor le pareció amenazante. Se movía. Estaba viva; formando letras... «I, d, i, o, t.…» ... Cuando arrojó la antorcha a la madera apilada, lo hizo con urgencia. Las llamas ascendieron. Se expandieron. Quemaron a esos niños. Solo los eventos que siguieron a aquel acto atroz cortaron la obligación que Hernan había encarnado en los demás a verlo.

Sin darse cuenta, el proclamado rey retrocedió acompañado por el dolor insoportable, rasgante, en la espalda... En la piel, en su dermis. La carne comenzó a abrirse; alguien comenzó a escribir sobre ella. Alguien invisible que hizo al hombre desplomarse sobre sus rodillas. Su grito se perdió entre el crepitar de la hoguera. Y cuando el ardor cesó, lo sintió. La marca. La sentencia quemando su ropa en forma y en ritmo de las letras que se formaban:

«Primer mandamiento: quemarán en sacrificio, una vez por mes, a un impío… Todo en el nombre de Fobos».

Los niños casi no lo notaron. Demasiado ocupados con la hoguera, con las cenizas danzando en el viento, con el fragor del sacrificio. Tomaron su tiempo en prestarle atención al sufriente Hernán... hasta que el segundo mandamiento se grabó en su espalda, con letras que parecían nacidas de la misma carne. Ahí, alguien sí lo vio...

Un niño de ojos grandes, con la cara tiznada por el hollín.

—¡Miren!

Todos lo vieron. Vieron el primer mandamiento ser reemplazado por el segundo, marcado ahí sin prisa mientras cada trazo se impregnaba de un ardor que haría gritar hasta el hierro. Hernán se contorsionó. Se arañó la piel con desesperación.

«Segundo mandamiento: Singenesofobia. Deshonrarán a su padre y a su madre, pues es en su mensaje contradictorio, en su palabra engañosa que dice amor, pero transmite miedo, donde sufrirán la esquizofrenia y la codependencia de su abrazo», la escritura era extraña, no se expandía, no sangraba, no avanzaba más allá de la carne que tocaba.

Hernan se quitó la playera rasgada por las vocales y consonantes. El acto hizo a algunas niñas vomitar, pues, la piel del hombre, cubierta de vello enmarañado, tenía un hedor rancio, un matiz entre la carne vieja y la podredumbre. Pero lo que captó más la atención fue su espalda cuando las marcas se hicieron más nítidas y más letras emergieron. Más mandamientos reemplazaron a los anteriores.

«Tercer mandamiento: Ailurofobia. No se permitirán gatos en las comunidades donde la palabra de Fobos sea escuchada».

«Cuarto mandamiento: Triscaidecafobia. No se dirá trece veces una misma palabra en un día».

«Quinto mandamiento: Coulrofobia. Los colores estridentes serán vistos como herejía y castigados con el exilio.

«Sexto mandamiento: Metrofobia. No se permitirán poemas, rimas ni canciones con rima en infinitivos».

«Séptimo mandamiento: Chaetofobia. El cabello deberá ser cortado al ras, pues en su rebelión se ocultan los pensamientos impuros».

Intentó apagarlos. Se lanzó a la arena, restregando la espalda contra el suelo, desesperado por borrar aquellas inscripciones. Pero la arena no hizo más que aferrarse a su piel.

Las letras aún ardían; los niños reían. Y entre su risa, entre ese jolgorio... Hernán se alzó.

Y cuando habló, su voz sonó amenazante...

—Soy su regente.

...Y las risas se apagaron.

—Yo dicto las reglas.

Pero la marca en su espalda decía lo contrario. Los niños observaron. La espalda de Hernán hervía, una plancha viva sobre la que se escribía con un cincel de brasas. Las letras surgieron tales brechas en las carreteras de Tribeca.

«Octavo mandamiento: Gerontofobia. Ningún fobista aceptará órdenes o permitirá la entrada de adultos a la comunidad. Dejarse gobernar por ellos será castigado con la muerte».

Con violencia, el pánico se esparció entre los más pequeños de la misma forma que la lumbre en la hoguera. El gigante se retorcía, pero la fobia que él mismo había sembrado era más fuerte que cualquier instinto de rebelión.

Se quedaron inmóviles. Como cachorros asustados.

—No se queden ahí parados... —La voz de Hernán se quebró, suplicante—. Ayúdenme. Un extintor… algo para el dolor… ¡Pero no se queden ahí!

Intentaron buscar agua. La ley de Hernán estaba clara...

Hasta que ella llegó...

—Detengan las nalgas, ya estoy aquí— Era la niña de cabello negro y la caja añeja. Avanzó entre los espectadores con una expresión que transmitía solo desprecio. Pero no solo hacia el dictador moribundo. También hacia los esclavos que lo miraban sin atreverse a actuar.

—De nada sirve una vida sin libertad—Su voz se alzó por encima del llanto de Hernan—. No abrazamos el miedo por el miedo… sino por lo que nos ofrece. Porque cuando lo acepten en sus corazones… no habrá nada que los detenga.

Y sin titubear, tomó al hombre del cabello. Retándolo. Tiró de él como si intentara arrancarlo de raíz. Hernán rugió de furia y la atrapó por el cuello, alzándola metros... en volandas, lejos de la arena en la que yacía arrodillado.

—Pequeña perra— sus dedos se cerraron con fuerza, como colmillos de un animal.

Ella no forcejeó, ni tembló, mucho menos intentó liberarse. Solo entregó su suerte a la espera...

A un nuevo mandamiento. Un nuevo ardor. Uno más profundo. Uno que hizo a Hernán soltarla, doblarse, arrojarse al suelo en convulsiones mientras la piel se resquebrajaba en su espalda.

«Noveno mandamiento: Fobofobia. Se prohíbe sucumbir al miedo si no es para hacer el amor con él… y parir la valentía, la voluntad, la libertad».

El silencio cayó sobre la plaza. Hasta que una voz lo rompió.

—¿Qué es hacer el amor? —un niño pequeño. Inocente.

A la niña de pelo negro no le tembló la voz:

—¡Al ataque!

Y los niños se lanzaron. Se arrojaron sobre Hernán como una jauría hambrienta. Desgarraron. Clavaron uñas, dientes, piedras, navajas robadas de las casas de sus padres muertos. Pasaron horas despedazándolo. Pero lo hicieron con método; rescataron los mandamientos con cuidado, con la delicadeza de un Moisés en Sinaí. Y cuando el último fragmento de carne se desprendió, cuando ya no quedaba más que un amasijo de vísceras y huesos rotos, separaron la piel marcada del resto del cuerpo y la colgaron en la plaza, desplegándola; convirtiéndola en su estandarte.

Lo que quedaba de Hernán fue arrojado a la hoguera. Las llamas devoraron sus restos. Y aquella piel trasera. Aquel pergamino maldito reveló el último edicto:

«Décimo mandamiento: Tanatofobia. Ningún miembro del fobismo tiene permitido temer a la muerte o a los finales… incluyendo finales de cuentos, novelas o parábolas… pues en todo final hay un nuevo inicio».

Y todos los niños alzaron a su salvadora en sus manos. Como un trofeo. Como una diosa. Ella, con la caja firmemente aferrada entre sus brazos, miró los restos del caído. Los ojos muertos de Hernán todavía la observaban. Los labios, destrozados, parecían moverse. Tal vez diciendo algo irónico, como solía hacer.

La niña le sacó la lengua. Y continuó su ascenso en los brazos de su pueblo.

—¡Larga vida a Alcis! —gritaron.

—¡Larga vida a la primera, la portavoz de Fobos, la primera y la última!

—¡La primera y la última!

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