COTARD©
Por: Roberto Chu
—¡Mi piel! —un trozo de piel del antebrazo del joven Rothbart se había desplazado de su sitio y, tras agotar el último pedazo de papel del baño, se dirigió al lavabo y se permitió una breve pausa para retirar la suciedad de entre los dedos.
—¡Mierda, mis pastillas! ¿Dónde están mis pastillas?—ahí, frente al espejo, exclamó al descubrirse con las manos hundidas en los bolsillos vacíos...
—Vamos, vamos...—abandonó el baño público y salió a la plaza del pueblo de Tribeca, nocturna, cubierta de mugre y... —¡Mierda! Duele y nunca ha dolido—; al avanzar unos pasos, pensó la piel del rostro haberse empezado a separar de la carne. Sin detenerse, tomó el paso hacia un callejón.
—Es solo como las otras veces... Solo tranquilízate, Rothbart; hoy toca ir a ver a tus padres —tomó aliento antes de sentir las rebanadas de piel caer de sus dedos—. Al menos tendré una anécdota que contarles cuando llegue... Recuerda: todo está en tu cabeza.
Apuró el paso hacia la parada de autobús mientras el hedor de la descomposición parecía imponerse al aire citadino. «Debe de ser este maldito pueblo». Y al alcanzar la calle principal, detuvo un taxi y dejó atrás el pavimento donde creyó haber extraviado su lengua.
—Di-di-líjase a Tultle Bay, Tultle Bay —le dijo al conductor, quien puso el vehículo en marcha a los pocos segundos.
«Todo está en mi cabeza, está en mi cabeza. Cuando esté con mamá y papá, todo estará bien, todo estará bien».
Al llegar a su destino, pensó haber entregado al conductor diez dólares manchados por sus gotas de sangre: —Guarde el cambio... lo siento— descendió del vehículo y reconoció inmediatamente a su madre en el pórtico, ocupada, colgando algunos adornos de Navidad aún no encendidos.
Rothbart avanzó directo hacia ella:
—¡Mamá, está pasando otra vez!
Al escuchar el dolor en la voz de su hijo, dejó los adornos en el oscuro umbral y le dio un abrazo antes de llamar a su esposo:
—¡Carter, ven aquí! ... Rothbart, todo estará bien, todo está en tu cabeza, todo está en tu cabeza. Recuérdalo.
El joven Rothbart enterró los ojos bajo los hombros de su madre hasta escuchar la también reconfortante voz de su padre, quien salió de la puerta y dijo:
—Todo estará bien, hijo...Abre los ojos
Al abrir los párpados, Rothbart vio los músculos del rostro de sus padres volverse visibles; donde debería estar sus pieles solo existían fibras y un cromo rojizo vivo.
—¡Todo es peor ahora!
El padre abrazó fuerte a su hijo, tan fuerte que el joven sintió su piel contraerse con facilidad y sus órganos estallar al instante; dejó así un aluvión de sangre escalar por la garganta.
—Todo estará bien. ¿Has estado tomando tus pastillas? —preguntó el padre.
Rothbart no pudo responder: sintió la presión del cuerpo paterno obstruir sus pulmones; su estructura ósea había adquirido el grosor del papel.
—¿Hijo? ¿Hijo? ¿Qué sucede, hijo? — preguntó antes de ser interrumpido por el ruido del motor del taxista, quien, enojado, salió del auto entre gritos:
—¡Oye, oye, tú! ¡Pagarás por el desastre que has dejado en el cuero de mi auto! Recién lo he mandado a lavar.
El padre encendió las luces de los adornos y se dirigió al taxista para verlo claramente.
—Tranquilo, no haga ruido... ¿Qué es lo que ha hecho mi hijo?
—Es la sangre... Ha dejado...
El conductor quedó mudo al ver el charco carmesí en el suelo, iluminado ahora por las luces de las festividades.
—¡Pero qué mierda!
Tras ser soltado por los brazos de su madre, el joven Rothbart se hizo trizas en un mejunje de órganos y venas junto a una cascada de sangre y piel. En ese momento, la cólera del taxista fue interrumpida por los gritos:
—¡Mi hijo! ¡Ay, mi hijo!
—¿Rothbart? ¡Ay, dios mío! ¡Rothbart!... ¡Oh, Margaret!, tu rostro... ¡Tu rostro, Margaret!
—Todo es peor ahora, mamá... —dijo lo que quedaba de voz del joven Rothbart desde ese lago hecho de trozos de carne.
—Carter... Oh, Carter... Tu rostro... ¡Tu rostro!
—¡Ah, Margaret! ¿Qué es lo que está pasando?
Gritó el esposo y la piel de ambos comenzó a caer tras el movimiento facial del asombro; el taxista, en su desesperación, decidió regresar a su auto. Arrancó sin mirar atrás. La fuga tempestiva hizo que los diez dólares ensangrentados que se hallaban en el tablero flotaran por el interior del vehículo hasta terminar en su rodilla.
—¡Ah, mierda! —gritó agitando la rodilla hasta hacer caer el billete al suelo del auto. Para cuando lo logró, el conductor ya había tomado distancia del hogar de la familia...
En el camino, vio una foto clavada en el parabrisas: era su esposa y sus hijos. Pensó en regresar. Ayudar a la otra familia, en asegurarse de que todo estuviera bien. «Qué mierda que soy» dijo con los ojos perdidos en la carretera, paseando, de reflejo en reflejo... y al mirarse en el retrovisor, se quedó inmóvil:
—¡¡Mi piel! ¡Dios, mi piel!—se había encontrado con un pedazo de piel del antebrazo fuera de su lugar.