PRÓLOGO©
Por: Roberto Chu
La noche anterior al día en que encontró asfixiado a su padrastro en la cocina, recordó la pequeña Sally Nelson haber soñado con la tumba de su madre: deshecha, como si cientos y cientos de lombrices se hubieran encargado de desaparecer el cuerpo en sus pequeñas bocas. Recordó, también, haber despertado llorosa, con dolores en el vientre y aquel morado oscuro e hinchado en el rostro; el mismo que el esposo de su madre se encargó de dejar allí la tarde anterior: «Para que aprendas a respetar». Sí, recordaba las palabras exactas que la acompañaron todo el camino a su escuela, y de regreso, paso por paso, a casa... Mismas palabras que le sirvieron de advertencia: «Huye. No abras esa reja». Y pensó en obedecer.
Sin embargo, un último «asuntillo», como decía ella, la incitó a entrar...
—¿Y las cosas de mamá?— algunas buenas memorias quedaban aún bajo ese techo; era la casa de su madre después de todo. Por eso dudó en abandonarla: —¡Y la caja! —se dijo a sí misma que si iba a huir, iría primero por sus cosas. Por aquella caja. La del ático. La que ella (probablemente) le había dejado antes de morir; la que había encontrado una semana después del trágico suceso y que su hermanastro se apresuró a esconder en uno de sus muchos intentos por fastidiarla. Y cuando la idea de entrar empezaba a volverse acto, fue interrumpida por un pequeño repiqueteo... seguido de un grito: —¡Haré que duela, que duela! —.
Desde adentro, desde la cocina.
Temerosa, la niña cruzó la puerta con pasos cortos, pasos tartamudos que hicieron el suelo lamentarse dentro de inmensidad del «palacio de mamá»: con sus paredes húmedas, con sus grietas marcadas como venas y muebles hechos de madera blanda. Dentro, todo permanecía calmo, incluso el haz amarillento que saludaba desde las cortinas gastadas tiñendo la sala con un tono enfermizo.
—¿Hermano? —dijo nerviosa mientras el olor metálico flotaba en el ambiente; y ella seguía avanzando con la mirada fija en la puerta entreabierta de la cocina... «¿Estás?», levantó la mano y empujó la madera con precaución de forense. No necesitó gritar, tampoco verlo, e igual hizo lo último. Porque ahí estaba: su padrastro colgando del techo con su cabeza posando de forma extraña: apuntaba al suelo, buscaba algo que ya se había ido o se ocultaba entre los mechones desordenados de su barba; quizás la cuerda hundida en el cuello.
En cuanto a Sally, no hubo espasmos, no hubo sollozos; no sintió miedo ni tristeza suficiente para ello y, salvo por un leve arqueo de las cejas, ahí estaba: inmutable, mientras se acercaba con quietud a la mesa de pino gastado donde descansaba una caja abierta; lo único diferente a todo lo demás en la cocina, pues, no tenía la suciedad de los platos en el fregadero ni la grasa pegada a los cubiertos tirados por ahí. A diferencia de todo en aquella casa, su madera oscura y lisa... ¿respiraba?
—¿Padre Guerra, estás ahí? —un hálito de voz, una pregunta pareció escucharse desde la caja.
La niña cerró la tapa superior con cuidado. Deslizó los dedos hasta una compuerta en la parte de abajo. Al abrirla, solo encontró un vacío opaco. Pero algo cambió. Lo hizo. La habitación pareció moverse, como si la tierra se reestructurara.
En efecto, algo había cambiado.
La niña se deslizó sobre el suelo, doblando las piernas y apoyando las manos en sus rodillas. Desde allí, el cuerpo de su padrastro parecía aún más lejano a lo que llamamos hombre o ser vivo: reducido a una marioneta sin usuario; colgada, igual que una gallina muerta en exhibición.
—¿Tú hiciste eso? —susurró la niña, apuntando su voz a la caja.
Hubo un instante de vacío antes de que algo se moviera dentro de la pequeña prisión. Primero: un sonido pegajoso, carne chocando contra el material. Luego unos labios emergentes, ennegrecidos y sucios que goteaban sangre y no se abrieron de inmediato... Se contrajeron, se estremecieron en dolor; hablar requería un esfuerzo sobrenatural. Finalmente, un susurro rasgado escapó:
—Sííííííííííí...loooo hiceeeeee.
La niña alzó la vista dejando que sus ojos recorrieran el cuerpo del padre: la camisa estaba hecha jirones, las heridas abiertas en su torso no eran limpias ni ordenadas; parecían talladas con furia, con la desesperación de alguien que quiere asegurarse de que el dolor no termine rápido.
—¿Sufrió? — con la voz carente de temblores. Sabía la respuesta. Quería saber cómo.
Fobos comprendió y, en una mueca retorcida, dijo:
—Cuchillos. Varios se demoraron en salir del cuerpo; a otros, los hice pasear, pintar agujeros en su piel.
La niña bajó la vista. A pocos centímetros de sus pies descalzos, un cuchillo ensangrentado yacía sobre la madera. Serena, lo observó y, sin apartar la mirada, respondió:
—Gracias.
Los labios ennegrecidos temblaron. Se abrieron levemente en una súplica:
—Sácame de aquí.
—¿Cómo? —preguntó ella.
—Mátame.
La niña se quedó tiesa; no dejó que la sorpresa moldeara su rostro:
—¿Cómo hago eso?
Los labios se abrieron un poco más, dejando ver dientes sarrosos y encías putrefactas. Y, en seguida, la voz áspera le dijo:
—Cuando una nueva tierra tema y la sangre del valiente perfore la cabeza del miedo encarnado con la daga del calor del hogar, será a él entregado a su voluntad: su muerte o regreso en carne nueva.
La niña frunció el ceño:
—¿Daga del hogar? Tendrás que ser más exacto si quieres que te ayude, señor cabeza. Soy solo una niña.
—Hay cosas que el camino nos enseñará, niña.
—¿Camino? Como en... ¿Nuestro camino?
—¿Me ayudarás o no?
Sally tardó en responder. Burlona:
—¿Qué significa esa mierda de carne nueva?
—Metempsicosis.
—¿Metem… qué?
—¡Necesito tu ayuda, mocosa!— algo cambió en la caja. Se había quebrado en desesperación. Tanto que el grito desgarró la cocina, rebotó en las paredes hasta llenar cada recoveco; la niña se levantó de un salto. Sus pies descalzos batieron las baldosas que la sostenían; la voz en la caja ahora temblaba, consciente de lo que acababa de provocar:
—Lo siento… Lo siento… No me dejes aquí, por favor. No quería asustarte...
Ella se detuvo. Se quedó en el umbral de la puerta; las sombras de la casa recortaban el contorno de su cuerpo junto a su boca sonriente.
—Bobo— rio un poco antes de observar la decoración en la caja (su dinamismo con curvas y diseño espiralado) y Preguntar:
—¿Por favor? ¿Qué clase de monstruo es usted?
...
—No soy un monstruo. Soy un dios— dijo la voz enlatada con un tono hosco y resignado:
La niña volvió a acercarse a la caja, sus dedos temblando. No por temor.
—¿Y por qué ayudaría a un dios que podría matarme?
Fobos respondió con un susurro profundo, hipnótico:
—Porque sin mí estás sola, y no hay miedo más humano que estar solo en este salvaje mundo. Y si quieres salir a conocerlo, te advierto, mi niña que habrá peores males que una inofensiva cabeza de un dios venido a menos.
—¿Y por qué preferiría estar sola contigo, un dios malvado?
—Porque si los hombres prefieren postrar su fe ante dioses de amor y sosiego, sin comprender que su devoción no es más que un reflejo de su propio temor a lo incomprensible… entonces, un dios que les susurre la verdad les otorgará la única paz que ansían: la de quien ya no teme. De quien les ofrece aceptar el miedo antes que el consuelo. Ese es mi evangelio. Líbrate, mi niña, de tus cadenas.
—¿Y si me ofrezco a servirle... siempre diremos esas cursilerías?
—Sí, pero tú tendrás que escucharlas solo una vez.
La niña permaneció inmóvil. Sus pequeños brazos rodearon la caja. Durante un instante, pareció que el tiempo se detenía, atrapado entre el cobijo de la habitación:
—¿Por qué no hay un compartimiento para tus ojos?
—Porque fue diseñada para que escuches mi voz, no para que veas mis ojos—su timbre grave se tornó pesado. Había algo casi divertido, cruel y juguetón en el tono de sus palabras. La respuesta dejó a la niña en suspenso. Ella posó su mirada sobre la caja con una mezcla de fascinación y cautela. No habló enseguida...
—¿Quién te dejó aquí? —dijo expectante.
Cuando Fobos habló, lo hizo con lentitud, permitiendo que cada palabra cayera con su respectivo peso:
—MI PADRE...
La niña no reaccionó de inmediato. Su rostro permaneció impasible, mas en sus ojos había algo diferente: una pizca de comprensión, una conexión súbita entre aquel objeto y las historias que su madre solía murmurarle antes de dormir. Era un peso que ahora la obligaba a cargar la caja con más cuidado; tenía miedo —ilógico e inocente—, temía que el contenido fuera a desmoronarse si lo agitaba demasiado:
—¿Cómo era esa mierda del evangelio?—preguntó inocente mientras metía algo de comida en su mochila.
Si los hombres prefieren postrar su fe ante dioses de amor y sosiego, sin comprender que su devoción no es más que un reflejo de su propio temor a lo incomprensible, entonces...
La niña caminó hacia la puerta de salida.. Afuera, el viento empezaba a levantarse, y la noche parecía aguardarlos.
...un dios que les susurre la verdad les otorgará la única paz que ansían: la de quien ya no teme. De quien les ofrece aceptar el miedo antes que...
—¡Espera! De repente me pareció ¡aburridoooooo...! ¿Y si mejor me cuentas algunos cuentos para el camino? —interrumpió la pequeña Sally Nelson antes de entregarse a los callejones oscuros del condenado pueblo de Tribeca.
FIN