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Promesas en el Limbo, Parte 3

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 31 de julio de 2026

Aún con el vago recuerdo de lo que había escrito ella en el mensaje anterior, me incliné para mirar por la ventanilla.

La tormenta arreciaba fuera de la cabina de Edelweiss. La espesa niebla y las fuertes ventiscas de nieve no me dejaban ver más allá de unos pocos metros fuera de las vías. Sin embargo, gracias a la tenue luz solar de la mañana que lograba atravesar la tormenta, distinguía las paredes rocosas de las montañas que flanqueaban la vía.

Por ahora, seguíamos atrapados en las montañas, y dudaba que saliéramos pronto. La fortaleza cerca de Ymir estaba rodeada por la misma cadena montañosa que abrazaba la ciudad.

No tenía certezas, pero era casi seguro que el resto del trayecto sería igual: un laberinto de paredes y acantilados. Eso implicaba que los Gran Colmillos podían emboscarnos en cualquier momento. Podrían saltar desde una de las vertientes, aterrizar sobre la cabina y aplastarnos en el acto. O tal vez provocar una avalancha para detenernos. Las posibilidades eran muchas, y la mayoría plausibles.

Con aquella inquietud rondando mi mente, aparté la mirada de la tormenta y me centré en el mensaje.

"Buenos días, Bullet.

Hace unos momentos recibí el informe de la estación junto con tu mensaje. Por lo que puedo leer, los Gran Colmillos los alcanzaron antes de lo previsto. No estaba dentro de nuestras predicciones que eso sucediera. Los exploradores habían reportado que estaban a cuatrocientos kilómetros de ustedes... Ahora ya no se puede hacer nada.

De igual forma, es bueno saber que lograron escapar con la carga antes de que la estación quedara completamente comprometida. Les recuerdo que es de suma importancia llegar a la fortaleza. También insisto que, si por algún motivo quedan inmovilizados o los Gran Colmillos los alcanzan y no pueden escapar como lo hicieron antes, vuelen la caldera del tren y maten a esas malditas crías...

Te confieso que, en un principio, pensé que solo supervisaría un envío más. Nunca imaginé que mis superiores me presionarían tanto para que esto se cumpliera... Pero así es la cadena de mando. Unos pocos hacen el trabajo de muchos. Así funciona el mundo, ¿no?

Ya están en el último tramo. ¡Esfuércense un poco más y traigan los vagones con las crías!"

— ¡Lo hace ver tan fácil! —me quejé, apretando el papel con frustración—. Como si supiera lo que es ser perseguido por esas cosas... —Suspiré, intentando calmarme—. Y encima se pone a quejarse de sus superiores... Al menos reconoce que ya nos queda poco.

La pregunta ahora era: ¿Cuándo volveríamos a encontrarnos con los Gran Colmillos? Si habían recorrido más de cuatrocientos kilómetros en tan poco tiempo, dudaría que les costara alcanzarnos ahora que estaban tan cerca. Pero algo seguía inquietándome: ¿Cómo demonios hicieron para recorrer tanta distancia en cuestión de minutos?

El último mensaje de la Mayor Grant decía que estaban a cuatrocientos kilómetros. Lo recibimos, como mucho, hace tres o cuatro horas. Y yo lo leí casi seguro un rato después de que llegó. Luego, dentro de un plazo de diez minutos, que fue lo que tardé en despertar a Tália y coordinar el paso del vapor de una caldera a otra, los Gran Colmillos ya estaban afuera de la estación...

Para aclarar mis ideas, me senté y desplegué la mesita plegable. Coloqué varios papeles en blanco, un lápiz y un mapa de la zona montañosa.

Rápidamente comencé a devorar el mapa con la mirada, anotando cifras y fechas.

— Suponiendo que, entre el informe de los exploradores y su envío a la Mayor Grant, habrán pasado una hora... —murmuré mientras escribía—. Y suponiendo que Grant tuvo que cotejar y contrastar rápidamente los informes, habrá tardado media hora más...

Esas cifras implicaban que los Gran Colmillos habían recorrido cuatrocientos kilómetros de terreno escarpado y montañoso en menos de dos horas. Anoté la distancia y el tiempo supuesto, exponiéndolos en una ecuación simple: dividir la distancia por el tiempo para obtener la velocidad.

El resultado me dejó helado.

— Es imposible... —murmuré, temblando al ver la cifra final—. ¡267 kilómetros por hora! ¡Ni los trenes más rápidos del Imperio viajan a esa velocidad, y menos en montaña!

Algo debía estar mal. No existía ser vivo capaz de viajar a esa velocidad. Exaltado, revisé los parámetros de la ecuación, tachando y reescribiendo cada número. Reformulé la operación una y otra vez, pero siempre llegaba al mismo resultado.

— 267 kilómetros por hora... —repetí en voz baja, sintiendo una creciente incomodidad y dolor en mi estomago—. Esas cosas viajaron al menos a esa velocidad, sostenida por más de una hora.

La cadena montañosa lo hacía imposible. Los vientos eran demasiado fuertes en altitud, y el terreno fuera de las vías hacía inviable escalar las escarpadas cumbres. Pero, suponiendo que tuvieran la capacidad de hacerlo, ¿Cómo lo lograron en medio de las tormentas que azotaban las Regiones del Norte?

Las tormentas lo complicaban todo: reducían la temperatura, limitaban la visión a niveles extremos, y sus vientos podían detener incluso a las locomotoras más poderosas. Eso significaba que, si los Gran Colmillos habían superado esas adversidades en menos de dos horas, eran criaturas que desafiaban todo lo conocido hasta el momento.

— Los Colmillos son unos verdaderos monstruos... —concluí, temeroso, sin apartar la vista del papel.

— ¿Y si nunca atravesaron las montañas en un principio? —comentó repentinamente Tália, dejándose caer sobre la mesita plegable.

Aún parecía estar medio dormida. Sus ojos estaban entrecerrados, y su respiración seguía siendo lenta y pausada, como si acabara de despertarse de un sueño profundo. Permaneció unos segundos en silencio, con la cabeza apoyada en la mesa, refregándose contra la madera,  hasta que de repente, abrió los ojos de golpe y se desperezó con fuerza, tronando varias de sus articulaciones a la vez que bostezaba, abriendo bien grande la boca.

Era impresionante cómo podía cambiar de estado tan rápido. Ese contraste resultaba, de alguna manera, reconfortante y ciertamente, tierno.

— ¿A qué te refieres con eso? —pregunté, observándola con curiosidad.

— Antes dijiste que viajaron cuatrocientos kilómetros a 267 kilómetros por hora, ¿no? —Señaló la hoja con el lápiz—. Bueno, claramente no eres el único al que eso le parece imposible. Pero, si pensamos en imposibles... ¿Y si nunca atravesaron las montañas? —propuso con serenidad.

Me quedé un momento en silencio, considerando su idea.

— No es una mala teoría... —admití, asintiendo e inclinándome hacia el mapa—. Pero, si no atravesaron las montañas, ¿Cómo llegaron a nosotros?

— En el libro de crónicas que estaba leyendo, describen a los Gran Colmillos como seres místicos y legendarios. Hablan de su capacidad para sobrevivir a las condiciones inhóspitas del Norte y realizar grandes proezas... —Se detuvo, pensativa, relamiéndose los labios. Avergonzado, miré hacia otro lado, obligándome a no recordar la textura de sus labios.—. Pero también mencionan "proezas" imposibles, incluso para criaturas mitológicas como ellos.

— ¿Algo así como magia? —inquirí, recuperando ligeramente la compostura.

— Es posible. ¿Cómo si no podrían haber aparecido en tan poco tiempo? Tú ya te enfrentaste a ellos antes... cuando... murió tu abuelo —Al instante me miró, como si se disculpara por mencionarlo. Rápidamente negué con la cabeza, restándole importancia—. Quizás podrías recordar algo de ese momento que nos ayude ahora.

Sus palabras trajeron a mi mente recuerdos que preferiría mantener en el olvido. Cerré los ojos, dejando escapar un suspiro.

— Si me esfuerzo en recordar... —comencé, con un tono apagado—. Quitando los malos recuerdos, no hay mucho en concreto. El envío que llevábamos entonces era similar a este: vagones acorazados.

Me detuve un momento, repasando los fragmentos difusos de memoria.

— Entramos en las sinuosas vías montañosas y estuvimos así por lo que intuí, fueron días. Creo recordar que al tercer o cuarto día nos alcanzó una tormenta. Perdí la noción del tiempo. La ventisca lo cubría todo, y cuando parecía que había pasado una eternidad... ellos atacaron.

Tália me escuchaba en silencio, con los ojos clavados en mi rostro y ambas orejas en alto. Me resultaba cómico verla tan atenta a mí...

— Una pareja de Gran Colmillos apareció de la nada, surgiendo desde la ventisca. Atacaron con tal fuerza que casi sacaron a Edelweiss de las vías. Desde ese momento, no dejaron de acosarnos. Saltaban desde las ventiscas y, tras golpear, desaparecían solo para volver a atacarnos momentos después.

Me froté la sien, intentando controlar el temblor de mis manos al recordar esos días.

— Siempre fuimos atacados cuando la tormenta nos alcanzó. Y, cuando se disipó, ellos se fueron... —Terminé, tragando saliva.

— Y antes de huir de la última estación, ya había una tormenta fuera... —añadió Tália, arrugando su rostro, pensativa.

— Eso es cierto. Antes de despertarte, me lo confirmaron por radio. —De pronto, una idea cruzó mi mente—. ¡Momento...! ¿Y si las tormentas no solo son un factor para su aparición, sino también un medio para desplazarse?

Tália levantó una oreja, ladeando la cabeza con curiosidad.

— ¿Quieres decir que las tormentas son como un portal para ellos? —preguntó, señalando el mapa. Al igual que yo, una idea pareció cruzar repentinamente su mente—. ¿Y si no solo las utilizan, sino que además las generan para moverse? Piénsalo: Grant te advirtió de cambios climáticos repentinos mientras los Gran Colmillos se movían.

Asentí, aunque sentí un escalofrío recorrerme. Cada vez que sacábamos más conclusiones sobre los Gran Colmillos, el temor se hacía más palpable.

— Mientras más lo pienso, más me arrepiento de haberte metido en esto, Tália. Pero ya no hay vuelta atrás, ¿verdad?

Ella me miró, desafiante, aunque con una sonrisa suave.

— ¿Ya te estás rindiendo? —dijo, levantando una ceja—. Eres más fuerte que eso, Bullet. Confío en que cumplirás tu promesa. Yo te ayudaré a hacerlo. Tú y yo entregaremos esta carga y seremos libres. ¿Qué te parece? —Me propuso con un deje enérgico y juguetón en su voz.

— Si te soy sincero, preferiría estar contigo en la posada de tu madre comiendo, en lugar de estar paranoico en este tren.

Tália rio, moviendo su mullida cola mientras sonreía de forma boba. Incluso parecía salivar ante la sola idea de comer algo...

— Mira lo bueno —dijo, abriendo bien grande sus ojos carmesíes hacia mí— Tú y yo estamos encerrados en un tren en movimiento, en medio de las montañas, mientras nos persiguen bestias legendarias. ¡¿Qué puede ser más emocionante que eso?!

No pude evitar sonreír.

— Mira tú por quién estoy cayendo rendido... —murmuré, sin poder contener una sonrisa. La forma en que Tália enfrentaba la situación, con su espíritu indomable y esa mezcla de humor y valentía, era algo que me desarmaba por completo. Simplemente no podía decirle nada. Me mordí el labio y continué, aceptando aquel hecho—. Parece que olvidaste muy rápido lo que ocurrió en la estación. Pensé que estarías más preocupada por lo que son capaces de hacer los Gran Colmillos.

Ella inclinó la cabeza y me miró con suavidad, aunque con un destello de seguridad en los ojos.

— Porque me di cuenta de algo importante: no puedo hacer nada al respecto. Hablar contigo me ayudó a entenderlo. Por más que tú te martirices por la muerte de tu abuelo, sigues queriendo ayudar a los demás a toda costa. —Levantó un dedo y comenzó a señalarme mientras una sonrisa se formaba en sus labios—. Tú me enseñaste que de un hecho traumático puede nacer una fuerte convicción. Aunque tú no la veas en ti, yo sí la veo. Por eso quiero hacer lo mismo. Quiero ayudarte a ti.

Me quedé en silencio, sorprendido por su respuesta.

— Jeje... —Una pequeña sonrisa escapó de mí antes de que pudiera contenerla—. Gracias, Tália. Llevas bastante razón. Aunque no sea sencillo para mí visualizarlo, ahora no puedo hacer nada, salvo velar por un mejor futuro.

No sabía cómo lo hacía, pero siempre lograba que replanteara las cosas. Asumí que era uno de sus dones. Sin embargo, lamentablemente no había tiempo para más reflexiones. Por mucho que siempre volviéramos a este tema, ahora debíamos centrarnos en sobrevivir y llegar a la fortaleza. Los Gran Colmillos no nos darían tregua, y, como ya habían demostrado, atacarían en el momento menos esperado.

— Por tu cara, intuyo que tenemos cosas que hacer, ¿no es así, Bullet? —Tália alzó una ceja y luego dejó escapar una risita burlona—. Bien, dime, ¿Qué tienes en mente?

Se acabó la charla bonita.

— Nos quedan dos días de viaje hasta la fortaleza. Creo que sería prudente turnarnos para controlar a Edelweiss. Te enseñé cómo hacerlo, así que confío en que puedes mantenerla en las vías mientras duermo. —Le guiñé cariñosamente un ojo—. Mientras uno duerme, el otro estará de guardia. De esa forma, podremos viajar sin detenernos, salvo para repostar en los lugares indicados por Grant. ¿Qué te parece?

Tália asintió con entusiasmo, su cola moviéndose ligeramente detrás de ella.

— Si luego de entregar los vagones seremos libres de viajar juntos, no tengo problema.

— Si por "ser libres" te refieres a llenar tu bolsa con monedas y recorrer el mundo, y comer donde quieras, entonces sí, seremos libres. —Chasqué los dedos en su dirección mientras me levantaba con esfuerzo del asiento.

A partir de ese momento, solo quedaba viajar con un ojo puesto en las ventanillas y rezar para recorrer la mayor distancia posible antes del próximo ataque.

— Tália, tomarás el primer turno. Fuiste la última en levantarte, así que estás más descansada. ¿Te parece?

— ¡Claro! —respondió con entusiasmo, poniéndose de pie de un salto.

Tália se dirigió alegremente hacia la caldera, mientras yo me acercaba a una de las esquinas de la cabina, donde un par de frazadas y mantas descansaban sobre un baúl de madera. Me arropé con ellas, sintiendo cómo el cansancio acumulado comenzaba a pesar en mi cuerpo.

Desde mi rincón, observé cómo Tália sacaba una libreta y un lápiz de su bolsillo. Con una expresión concentrada, empezó a anotar algo mientras echaba carbón en la caldera. La puerta de acero rechinaba al abrirse, y una ráfaga de luz y calor llenaba momentáneamente la cabina cada vez que la pala descargaba más combustible azabache en aquel rugiente averno.

— No lo... haces tan mal... Tália... —alcancé a decir, sintiendo cómo mis párpados se cerraban lentamente.

El calor de la caldera ayudó a calentar mi cuerpo bajo las mantas, y, poco a poco, comencé a sumirme en un profundo sueño...

 

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