Las fuertes oleadas de calor que emanaban de la caldera cada vez que Tália abría la puerta ayudaban a calentar mi cuerpo bajo las mantas, permitiéndome comenzar a soñar...
"Planck-planck-planck..."
De repente, cuando sentí que había conciliado el sueño, oí el ligero ruido de unas pisadas sobre el piso metálico de la cabina.
"Planck-planck-planck..."
Debía ser Tália caminando... Aun entre el mundo real y el del sueño, intenté pedirle vagamente que no se moviera tanto.
— Tália... por favor... deja de hacer... ruido... dormir... debo dormir...
"Planck... Planck..."
Las pisadas se detuvieron. Parecía que Tália lo había entendido. Sin embargo, sentía como si me estuviera mirando fijamente. Aunque tenía los ojos cerrados y los sentidos embotados, no podía sacudirme esa sensación: me están mirando.
Así estuve varios minutos, resistiendo la necesidad de abrir los ojos, esperando que esa sensación se desvaneciera. Pero no lo hizo. Siguió, y con ella la opresión en mi pecho, desesperándome poco a poco. No podía ser Tália; ella habría entendido lo que le pedí. Aunque... tal vez era solo mi mente jugándome una mala pasada. Esta semana, habían sido varias las veces que me había parecido ver u oír a alguien, ya sea cerca o a la distancia...
"Planck..."
Quienquiera que fuera, dio un paso más, acercándose a mi cara. Mi cuerpo comenzó a sudar frío mientras me forzaba a mantener los ojos cerrados.
Cuando aquella sensación opresiva atravesó los límites de mi mente, opté por lo imposible. Tanteando con disimulo mi pistola bajo las cálidas frazadas, la agarré con firmeza. Cuando percibí la respiración del extraño casi en mi rostro, tiré de las frazadas con fuerza y me incorporé de golpe, abriendo los ojos mientras apuntaba con el arma.
"Click."
El martillo de la pistola sonó, y las frazadas volaron, impulsadas por el miedo, cubriendo mi visión y enmascarando la posible presencia de aquel extraño. Cuando cayeron, extendiéndose sobre el polvoriento suelo de la cabina, lo vi...
Nada. Estaba solo. No había nadie. La cabina estaba vacía y oscura. La puerta de la caldera seguía cerrada, y por las ventanillas solo entraba la oscuridad de la noche. Tália no estaba por ningún lado. Era como si todo, salvo yo, hubiera desaparecido, dejándome con una tétrica sensación de vacío y soledad.
Esa sensación de estar solo en la cabina me resultaba distante pero familiar al mismo tiempo. Me había acostumbrado a tener a Tália constantemente haciéndome compañía. Ahora que no estaba, sentía que algo faltaba.
— ¡Tália! —grité, apuntando hacia todos lados—. ¡¿Dónde estás, Tália?!
No hubo respuesta. Solo el rítmico ruido de las ruedas de Edelweiss. Parecía que realmente estaba solo.
Pensé en buscarla, pero una vaga sensación de recuerdo me detuvo. Esta situación me recordaba a un sueño que tuve después de subir a Tália a la cabina por primera vez, tras su pelea contra aquellos lupinos en la estación. Aquella vez, al acostarme a su lado, soñé algo similar: la noche se había cernido, y la cabina estaba vacía. Al igual que entonces, estaba en un sueño nuevamente...
Aun confundido, me acerqué a una de las ventanillas. Si todo era igual que en aquel sueño, al mirar no vería más que la helada oscuridad de la noche... y quizá, aquellas sombras.
Apuntando el cañón del arma al frente, me posicioné ante una de las ventanillas y miré a través de la mirilla de hierro hacia el exterior.
Negro. Todo estaba negro. Apenas la luz del foco frontal de Edelweiss dejaba ver algo. Como en aquel sueño, la noche había caído, bañándolo todo en oscuridad. No veía árboles, rocas ni montañas, solo las ilusiones de mi mente cansada al mirar el abismo.
No había sombras esta vez, o al menos no las veía cerca de la cabina. Aunque, por momentos, mi mente me engañaba con siluetas falsas que imitaban la figura de una persona. Bastaba enfocar la vista para que desaparecieran y surgieran otras más adelante.
— Estos últimos días me han dejado la mente hecha un desastre... —concluí, bajando la pistola—. Como la última vez, debe haber algo que me saque de aquí.
Miré hacia el interior de la oscura cabina. La última vez, tuve que acostarme donde supuestamente estaba Tália para poder despertar.
— ¿Quizás así pueda despertarme ahora? —murmuré, mirando las frazadas desperdigadas cerca de la caldera.
Escéptico y sin bajar la guardia ante esta extraña situación, me acerqué a las frazadas y, con algo de esperanza, me recosté sobre ellas. Cerré los ojos con fuerza, intentando caer en un sueño más profundo que pudiera sacarme de este limbo. Me di la vuelta, me refregué y cubrí mi cara con las frazadas. Pero, ni aun así, logré dormirme. Ni siquiera sentí calor al acostarme. Era como si nunca me hubiera tapado, como si solo estuviera sobre el helado piso de metal, buscando un calor que no llegaba.
Frustrado, me senté de golpe. No quería quedarme atrapado en este oscuro sueño. Debía volver con Tália. No podía concebir la idea de dejarla sola contra los Gran Colmillos, menos ahora que tenía la necesidad de protegerla.
No podía imaginarla siendo atacada por esas criaturas. Y menos aún enfrentar la posibilidad de tener que hacer lo mismo que hice con mi abuelo después de ahuyentar a los Gran Colmillos...
— ¡Debo volver! —me dije, estrujándome la cabeza en busca de una solución—. Pero... ¿cómo?
La imagen de mi abuelo moribundo cruzó mi mente, junto con el miedo de ver a Tália en la misma situación. Desesperado, forcé a mis pensamientos a buscar algo, cualquier cosa, que pudiera sacarme de este lugar.
Entonces lo recordé. La última vez que estuve aquí, antes de recostarme en las frazadas, había encontrado una foto muy desgastada de mi abuelo y yo. Había interpretado su estado deteriorado como un mensaje, como si el retrato intentara decirme algo, borrando lentamente la figura de mi abuelo. Pero... ¿y si no fue eso?
Me levanté rápidamente y empecé a buscar en mis bolsillos. No recordaba dónde había dejado la foto, pero tenía la esperanza de encontrarla. Revisé cada bolsillo de mi ropa, sacando papeles, balas sueltas, mi libreta, un lápiz e incluso un pedazo de pan que seguramente Tália me había dado antes. Pero no tuve suerte. La imagen no apareció.
Cuando me di cuenta de que no la encontraría, un pensamiento terrible cruzó mi mente. Mi imaginación me jugaba una mala pasada: la imagen de Tália ensangrentada, con la mirada perdida, como si me juzgara por no poder salir de este lugar.
— ¡Debo salir de aquí! —grité, angustiado—. ¡No puedo dejar a Tália sola! Debo encontrar esa foto; es mi boleto para salir...
Mis manos temblaban mientras me quitaba la pistolera y registraba mejor. Me saqué casi toda la ropa y la arrojé al suelo, desesperado por encontrar el dichoso recuerdo. Para cuando me di cuenta, la cabina estaba cubierta con mis pertenencias esparcidas.
La esperanza comenzaba a desvanecerse. Poco a poco, la idea de quedarme atrapado en esta oscuridad para siempre empezó a instalarse en mi mente.
Entonces, lo escuché.
— ¿Desde cuándo te enseñé a quitarte la ropa así, muchacho? —dijo una voz ronca y desgastada, cargada de un desdén familiar que me erizó la piel—. Sé que te dejé solo por un par de años, pero, ¡por el amor a la Diosa! ¿Qué son esas pintas?
Giré rápidamente hacia la fuente del sonido, el corazón me latía con fuerza. Agarré la pistola, pero cuando mis ojos se posaron en el dueño de aquella voz, casi dejé caer el arma.
Allí estaba. Aquel viejo canoso y malhumorado, lleno de arrugas. Mi abuelo. Estaba sentado en mi asiento, apoyando un brazo sobre la mesita mientras cubría su risa con una mano grande y endurecida por el trabajo.
— Abuelo... —murmuré, sin poder creer lo que veía—. ¿Eres tú...? Pero...
— ¿Cómo sigo vivo después de que me mataste? —completó la frase con una sonrisa burlona, mirándome con esos ojos que parecían narrar una vieja historia de terror—. Porque sigo muerto, muchacho.
Quise hablar, pero las palabras se ahogaron en mi garganta. Allí estaba, el hombre por quien lloré hasta quedarme sin lágrimas, sentado frente a mí como si nada hubiera pasado.
— Jejeje... ¿Te sorprende, pequeño Bullet? —preguntó, moviendo las manos como si acabara de hacer un truco de magia.
— ¡Pero si estás muerto! —exclamé, apuntándole con la pistola, temblando, incapaz de contener el torbellino de emociones que tomaban y envolvían mi corazón—. ¿Cómo demonios estás aquí?
Mis pensamientos estaban en caos. Yo lo había matado, lo vi morir, y aquí estaba, sentado frente a mí como si se burlara de mi dolor.
— Estás apuntando mal, muchacho —señaló el cañón de mi pistola con un gesto relajado—. ¿Acaso nunca te enseñé a apuntar a la cabeza?
Se inclinó hacia mí con una mirada seria, y por primera vez desde que apareció, vi algo más allá de la burla en sus ojos. Había un peso, algo que él también estaba cargando.
"¡¡¡Pafff!!!"
Sin dudarlo, jalé aquel frío gatillo, esperando que el fantasma desapareciera con el estruendo.
El disparo resonó en la cabina, y el vidrio explotó en un agujero que quedó a escasos centímetros de su cabeza. El eco del impacto reverberó en el metal, pero él no se inmutó. Por el contrario, arqueó una ceja con aquella expresión de superioridad tan suya y dejó escapar una risa seca.
— ¡Por poco! —exclamó con voz grave, señalando el agujero en el vidrio mientras sus ojos brillaban con algo que casi parecía orgullo.
Mi mano temblaba mientras martillaba el siguiente disparo. Apreté los dientes, intentando que mi voz saliera firme.
— ¡Ya te disparé una vez, sabes que lo haré de nuevo! —grité, apuntándolo con más decisión—. ¡Ahora responde! ¡¿Cómo es que estás aquí ahora?!
— Un trato —respondió, dejando escapar una sonrisa ladeada que me heló la sangre—. Hice un trato para protegerte, muchacho.
— ¿Un trato...? —pregunté, sin bajar el arma, aunque mi voz delataba mi desconcierto—. ¿Qué clase de trato? ¡¿Con quién?!
Su rostro se tornó más serio, aunque todavía mantenía esa chispa burlona en sus ojos. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas.
—Con la Diosa del Frío —respondió, pronunciando cada palabra con una reverencia que nunca antes había escuchado en él—. Ama y soberana de las Regiones del Norte. Para protegerte de todo peligro, cedí mi alma. Ahora soy un guardián de estas tierras, y gracias a eso puedo cuidarte.
Su declaración me dejó sin aliento. La Diosa del Frío o de Las Regiones del Norte. Una figura de leyenda, como los Gran Colmillos y tantas otras historias registradas en las crónicas. Pero había una gran diferencia entre las criaturas míticas y una deidad. Una diferencia que no podía ignorar... aunque tampoco podía negar lo que tenía frente a mis ojos.
Mi abuelo estaba allí, vivo o no, sentado frente a mí. Algo, o alguien, lo había traído hasta aquí.
Intenté procesar sus palabras mientras mi mente buscaba desesperadamente una explicación.
— Bien, la Diosa del Frío... "trabajas" para ella —dije, asintiendo y recapitulando en voz alta mientras bajaba lentamente la pistola—. Y quieres protegerme... Pero, ¿por qué estoy aquí? —lo cuestioné, sin poder ocultar el escepticismo en mi tono.
Mi abuelo suspiró, mordiéndose el labio agrietado como si estuviera debatiéndose internamente. Finalmente, asintió ligeramente, como si aceptara mi duda.
— Parece que no me crees mucho, ¿eh? —murmuró con un deje de resignación. Luego, sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que no recordaba—. Pero me sirve. Dime, pequeño Bullet, ¿recuerdas la leyenda que te conté? La de los Gran Colmillo como guardianes de estas tierras.
Mi corazón se detuvo por un instante. Sabía exactamente a qué se refería. La leyenda siempre me había causado escalofríos cuando era niño, pero ahora, en esta cabina oscura y con él sentado frente a mí, parecía algo mucho más real.
— No me digas que... —comencé, con la voz cargada de temor—. ¿Eres uno de ellos?
— Sí... y no —respondió con una calma que solo me puso más nervioso. Se levantó lentamente, dirigiéndose hacia la ventanilla—. Ven, acércate. No lo entenderás si no lo ves por ti mismo.
Quería resistirme, pero algo en su tono me hizo obedecer. Con una mezcla de miedo y un anhelo inexplicable de estar junto a él, terminé de vestirme apresuradamente. Luego, lo seguí hasta la ventanilla, colocándome a su lado.
A través del vidrio, el paisaje seguía siendo lúgubre y confuso. La misma oscuridad que me había rodeado antes, impenetrable y opresiva.
Mi abuelo rompió el silencio con una risa burlona, pero esta vez cargada de un matiz paternal que reconocí al instante.
— Una vez ya te invité a "este lugar" —dijo, mirándome de reojo con una sonrisa torcida—. Fue justo después de que ayudaras a esa chica mestiza... Esa con la que te andas besando en mi tren. —Su tono se cargó de malicia paternal, una especie de regaño que no podía evitar sacar una sonrisa de mi rostro.
— Ni me lo digas... —murmuré, siguiéndole el juego aunque mi mente aún estaba atrapada en el caos—. Es todo nuevo para mí.
A pesar de la situación, no pude evitar sonreír. Y, por un momento, sentí algo parecido a paz. Pero, volviendo al tema que me tenía sumido en esta oscuridad, lo miré con seriedad.
—¿Qué se supone que es este lugar? —pregunté, intentando mantener el tono firme.
Mi abuelo dejó escapar un suspiro, apoyando ambas manos en el borde de la ventanilla. Sus ojos se perdieron en la oscuridad mientras hablaba.
— Es difícil de definir, pero para no profundizar demasiado... digamos que es un limbo. Un espacio entre el mundo terrenal y el paraíso, donde habitan los dioses de este mundo.
Se giró hacia mí, con los ojos llenos de preocupación.
— Y antes de que lo preguntes... no, no estás muerto. Esto es un sueño. Un sueño al que te traje para poder hablar contigo.
— ¿Un sueño...? —repetí en voz baja, como si necesitara escucharme para comprenderlo—. Con todas las veces que quise hablar contigo, y mis palabras caían en el más profundo silencio... —Suspiré profundamente, desviando la mirada hacia el suelo—. Y ahora vienes de la nada y me traes aquí. No tienes las mejores prioridades, viejo...
Intenté sonreír, aunque la ironía en mi tono dejaba en evidencia lo mucho que dolía pensar en todas las conversaciones que nunca pudimos tener. Mi abuelo soltó una carcajada seca, llevándose una mano a la cabeza como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
— Lo siento, no todo se puede en esta vida. ¡Va! Como si yo tuviera alguna... —bromeó, palmeándome la cabeza con cariño.
A pesar del golpe ligero, sentí una calidez que no había experimentado en mucho tiempo. Era ese tipo de afecto rudo y genuino que solo él sabía darme.
— Volviendo al tema... —dijo, recuperando su tono serio—, no puedo mantenerte mucho tiempo aquí. Las cosas se están poniendo un poco feas allá afuera, si sabes a qué me refiero.
Sus palabras me hicieron fruncir el ceño. Su mirada se endureció al mencionarlo, y pude ver el peso de lo que iba a decir a continuación.
— En la leyenda que te conté, los Gran Colmillo eran guardianes de estas tierras. Pero también... pastores. Pastores de las almas que perecen en el Norte.
— No me digas que... —comencé, aunque ya sabía hacia dónde se dirigía.
— Yo soy quien guía a los Gran Colmillo —interrumpió, cruzándose de brazos mientras miraba hacia la ventanilla.
Sus palabras cayeron como un yunque en mi mente. Intenté procesarlas, pero el peso de lo que implicaban no me dejaba pensar con claridad. Finalmente, logré balbucear:
— ¿Y no puedes detenerlos, verdad?
Mi abuelo bajó la mirada y negó con la cabeza, soltando un suspiro pesado.
— Te crie para que fueras listo. Intuyo que ya sabes la respuesta, muchacho. —Su tono tenía un matiz de tristeza y resignación que nunca antes había escuchado en él—. Los Gran Colmillo que los persiguen... están fuera de mi control. Están enfurecidos, desquiciados por haber perdido a sus crías. Ahora no atienden a razones.
Sus palabras resonaron en mi pecho como un eco de desesperación. No necesitaba una respuesta más clara. Si hubiera podido detenerlos, ya lo habría hecho.
— ¿Y no puedes pedirle a la "Gran y Todopoderosa Diosa del Frío" que los detenga? —pregunté con ironía, alzando una ceja—. Sabes que nos están causando muchos problemas, tu "rebaño".
No esperaba que mi comentario arrancara más que una sonrisa de fastidio, pero su reacción fue inmediata y contundente. Su mano golpeó mi nuca con fuerza, lo suficiente para hacerme apretar los dientes.
— ¡Más respeto por la Diosa! —gruñó, mirándome con severidad—. ¡¿O quieres que te deje otra cicatriz en el otro ojo?! Deberías estar agradecido de que ese lupino no te lo arrancó de cuajo.
— ¡Hijo de...! —me quejé, llevándome una mano a la nuca mientras el escozor del golpe se extendía por mi piel—. ¡Eso dolió, viejo de...!
A pesar del dolor, no pude evitar un destello de nostalgia. Hacía años que no recibía uno de esos golpes suyos, esos que me recordaban lo terco que podía ser. El viejo no había perdido el toque, eso estaba claro.
Cuando finalmente me atreví a levantar la mirada, lo vi observándome con una leve sonrisa. Era una sonrisa que conocía bien, cargada de cariño y orgullo, como si también estuviera recordando los viejos tiempos.
Después de unos segundos, puso una mano en mi cabeza y revolvió mi cabello de forma lenta y cuidadosa, como solía hacerlo cuando era niño.
— Pero no te traje aquí para darte una lección de teología —dijo finalmente, volviendo su voz más suave—. Te traje para pedirte disculpas.
— ¿Disculpas? —pregunté, desconcertado.
Él asintió, su expresión ahora cargaba una melancolía que me resultó dolorosa de ver.
— Por dejarte en este mundo solo... —dijo, bajando la mirada por un momento antes de volver a encontrarse con mis ojos—. Desde que te encontré en aquella caja de munición, te crie para que fueras mucho mejor que yo. Para que lograras cosas con las que yo solo podía soñar. Te di las herramientas, mis conocimientos... todo lo que tenía para que pudieras sobrevivir.
Intenté interrumpirlo, pero levantó una mano para detenerme.
— No, escucha, Bullet. Te crie de muchas maneras, con muchos propósitos... pero nunca lo hice para sanar esto. —Señaló mi cabeza con un dedo firme y luego mi pecho—. Ni esto. Nunca me tomé el tiempo de ayudarte con eso. Y nunca me di cuenta de lo fracturado que estabas.
Sus palabras me golpearon como una bofetada. Quise decir algo, pero no encontré las palabras.
— Sé también que sabes cuál es el significado de tu nombre —continuó, su voz ahora cargada de algo que no podía identificar—. Y sé por qué crees que lo elegí para ti. Pero déjame decirte algo, muchacho... Estás muy equivocado.
— ¿Equivocado? —pregunté, frunciendo el ceño mientras lo miraba directamente a los ojos—. Independientemente de lo que digas, el significado es claro: "Bala". Es un símbolo de muerte allí donde se cruce. Desde que comenzó esa maldita guerra, eso es lo único que he visto. Cada lugar al que voy, cada persona con la que me cruzo... Todos terminan muertos. Todos los que dejé atrás están muertos. ¡¿Qué otro significado podría tener?!
Mis palabras salieron como un torrente, cargadas de dolor y frustración. La sola mención de mi nombre hacía que todos aquellos recuerdos reprimidos explotaran dentro de mí.
— Todo lo que toco muere, abuelo... Todo lo que hago solo lleva a la destrucción... —agregué, apretando los puños, mientras mi voz comenzaba a quebrarse.
Su reacción fue inmediata. Dio un paso hacia mí y me agarró con fuerza de los hombros, sus manos ásperas como el metal y ennegrecidas por el carbón, seguían siendo igual de firmes y protectoras. Sus ojos, ahora brillando con una intensidad casi sobrenatural, clavándose en los míos.
— ¡La bala es un objeto inerte! —me gritó con una vehemencia que me dejó sin palabras—. Una bala no sirve si no tiene un arma. Y el arma no sirve si no hay alguien que la dispare. Y depende de esa persona, ¡depende de ella decidir si la bala mata o protege!
Mi mente se quedó en blanco ante sus palabras. Algo en su tono, en la forma en que lo dijo, atravesó todas mis defensas. Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas que él, con gran esfuerzo, intentaba contener.
— Te crie para que tuvieras un propósito, algo por lo que vivir. Pero... —Su voz se quebró por un instante, y lo vi bajar la mirada, luchando contra sus propios sentimientos—. Pero, lamentablemente, la vida te llevó a estar en el arma equivocada. El lamento, la tristeza, el rencor y la pérdida han sido tus guías desde mucho antes de que te conociera.
Quise decir algo, pero él continuó antes de que pudiera reaccionar.
— Y no me di cuenta de eso hasta que me fui. —Volvió a levantar la mirada, y esta vez sus ojos reflejaban una tristeza inconmensurable, condensadas en gruesas lagrimas—. No me di cuenta de lo solitario que estabas, de lo mucho que cargabas contigo. Te volviste un hombre que va de un punto a otro, llevando cargas al mejor postor, como hacíamos nosotros. Pero cuando lo vi... cuando vi en lo que te habías convertido...
Hizo una pausa, como si las palabras le pesaran en la garganta.
— No me dio más que tristeza, Bullet. Tristeza por lo que llegaste a ser, porque nunca te enseñé lo más importante. Nunca te enseñé a ser feliz...
Sus palabras me golpearon como un mazo. Sentí una presión en el pecho que apenas me dejaba respirar. Intenté apartar la mirada, pero él no me lo permitió. Sus manos seguían firmes en mis hombros, como si temiera que me desmoronara en cualquier momento.
— ¿Y qué quieres que haga, viejo? —logré decir, con la voz quebrada y los ojos ardiendo por las lágrimas que se acumulaban—. ¿Fingir algo que no siento? ¿Buscar algo que ni siquiera sé cómo encontrar?
Intenté sonreír, pero mi rostro se torció en una mueca de frustración. No podía hacerlo. No sabía cómo hacerlo.
Él me soltó los hombros y, con un gesto más suave, apoyó su frente contra la mía. Sentí su respiración, cálida y pausada, como un ancla en medio de mi caos interno.
— Confía en Tália —dijo en un tono firme y paternal que no recordaba haber escuchado antes—. Esa chica es el mejor lucero que pude conseguirte. Es la mejor arma para dispararte. Y, además, alguien que necesita tanta ayuda como tú.
Sus palabras me dejaron helado. Quise apartarme, pero él me sostuvo con suavidad, obligándome a quedarme quieto.
— Utilícense como arma el uno al otro, muchacho —continuó, su voz se cargó lentamente de una ternura que me resultaba extraña pero reconfortante—. Complétense. Repárense mutuamente. Y, sobre todo, busca la felicidad junto a ella.
Hizo una pausa, y su tono se endureció ligeramente.
— Pero, por encima de todo... no busques la muerte como redención. No lo hagas, Bullet. Esa no es la respuesta.
Mis emociones estaban en caos. Sentía el impulso de gritarle, de pedirle explicaciones, pero al mismo tiempo quería abrazarlo y nunca dejarlo ir. Finalmente, incapaz de contenerme más, lo rodeé con ambos brazos y lo apreté contra mí con todas mis fuerzas.
— ¡Eso no es justo! —grité, con la voz ahogada por las lágrimas—. No es justo, abuelo... Vienes ahora, me dices que no tengo la culpa, que todo es tu culpa... Y aun así diste tu alma para protegerme, sabiendo lo que eso implicaba. ¡Nunca me dejaste!
Mi cuerpo temblaba mientras las lágrimas caían sin control. Sentí cómo él me devolvía el abrazo, firme pero lleno de calidez. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí solo.
— Y no me arrepiento de nada, Bullet —dijo con voz firme, golpeándome suavemente la espalda.
Nos quedamos así por un largo momento, compartiendo un abrazo que sabía que sería el último. Quería decirle tantas cosas, contarle todo lo que había pasado desde que se fue. Pero las palabras se me quedaban atoradas en la garganta.
Finalmente, sentí cómo él se separaba lentamente, con la misma calma con la que siempre había hecho todo.
— Bullet, mírame —dijo, levantando mi barbilla con una mano áspera pero cálida—. Quiero que veas algo.
Me señaló hacia la ventanilla. Las sombras seguían allí, acechando más allá del cristal, mirándonos con esas formas imprecisas y perturbadoras.
— Estas sombras... son los resquicios del alma de quienes están atrapados aquí. Aquellos que nunca lograron encontrar su camino. —Su voz se volvió más grave, más cargada de una oscura emoción—. Si mueres ahora, Bullet, terminarás aquí. Y no voy a permitirlo.
Sus ojos ardían con determinación, y pude ver las lágrimas que, a pesar de todo, luchaba por contener.
— Prométeme que no buscarás más la muerte —pidió, sosteniéndome de los hombros con fuerza—. Prométeme que vivirás. No me hagas el trabajo más difícil, muchacho.
Intenté hablar, pero mi garganta estaba cerrada. Solo pude asentir lentamente, mientras las lágrimas volvían a correr por mi rostro.
— Te lo prometo... —dije finalmente, con la voz rota pero firme—. Con cada hebra de mi ser, te lo prometo. Viviré. Lo haré por ti, por mis padres... y por todos los que murieron para que yo estuviera aquí.
Él me miró fijamente, y por un instante, vi algo parecido a alivio en sus ojos.
— Ahora ve y lucha contra esa maldición tuya —dijo, su voz sonando casi como una última orden—. Salva a Tália y sálvate a ti mismo.
Antes de que pudiera responder, sentí cómo me empujaba suavemente hacia las frazadas esparcidas en el suelo.
Mientras el frío metal del suelo me recibía, alcancé a ver cómo mi abuelo se quedaba de pie junto a la ventanilla, observándome con esa mezcla de orgullo y tristeza que había visto en sus ojos tantas veces antes. Pero no estaba solo. Aunque las figuras eran borrosas, sentí la presencia de otras dos personas a su lado.
No necesitaba verlas con claridad para saber quiénes eran. Mi corazón lo sabía.
— Fue un reencuentro corto, pero gracias... —murmuré con la voz quebrada, mientras el mundo comenzaba a desvanecerse a mi alrededor—. Adiós, abuelo... adiós, mamá... adiós, papá...
Las lágrimas volvieron a correr por mi rostro mientras cerraba los ojos, dejando que la calidez de las frazadas me envolviera una última vez. Con esa determinación latiendo en mi pecho, sentí cómo el sueño comenzaba a desvanecerse, reemplazado por el calor reconfortante de la realidad.
Y entonces, desperté...