Volví a perderlo todo...
— Perdí a mi abuelo... —dije sin vacilar—. Ese día volví a perderlo todo... Recuerdo que llevábamos más o menos la misma carga que ahora. Incluso la ruta era casi igual, y también nos atacaron los Gran Colmillos. Todo pasó muy rápido: un momento estábamos en medio de las montañas, con el viento entrando violentamente a la cabina, y al siguiente estábamos luchando por sobrevivir, igual que esas personas en la estación.
Tália tembló ligeramente cuando mencioné a las personas de la estación.
— Mi abuelo luchó incansablemente a pesar de su avanzada edad. Esquivaba cada uno de los zarpazos, vinieran de donde vinieran. Era... mágico verlo. Nunca dejó de dispararles...
Me obligué a tomar una profunda bocanada de aire antes continuar. No podía respirar, tragar saliva era una constante, pero no podía eludirlo más. Tenía que enfrentarlo.
— Pero todo acabó, nos detuvimos. Edelweiss no podía seguir, si lo hacíamos no habría forma de resistir. El acero resistía pero ellos eran más fuertes, más rápidos, más... íbamos a morir...
Mi abuelo sospechaba algo. Sus ojos, viejos y cansados brillaban, como tenues antorchas en una tormenta. Quise creer que todo se solucionaría. Que la pesadilla terminaría... Fui demasiado ingenuo.
— Él se bajó y no sé por qué lo seguía. Pude haberme refugiado, hacerle caso, pero no, no lo hice.
Tenía gravado a fuego el frio en mi cuerpo, el viento que nos golpeaba como un enemigo más, la oscuridad y las sombras moviéndose frente a nuestros ojos. La nieve nos cegaba, pero a ellos... a ellos solo parecía enfurecerlos más. Saltaban, se movían, se escurrían como las hojas entre los arboles.
— En un momento... —Tomé aire, observando a Tália temblar a mi lado. Se parecía tanto a mí en ese momento— Un Gran Colmillo apareció entre la ventisca, su pelaje ondeaba al viento, sus ojos rojos, profundos, como dos abismos de sangre, estaban fijos en mí, listo para morderme.
Fue un despiste de mi parte. No lo vi a tiempo, no podía hacer nada salvo palidecer y asumir mi destino.
— Mi abuelo... —Sonreí, mi voz entrecortada, pesada y densa—. Él no lo iba a permitir. Disparó y gritó, tenías que verlo. —murmuré con un deje de orgullo, mirando hacia la nada mientras mordía el labio, recordando lo idiota que era él... tanto como lo soy yo ahora—. No le importó el tamaño de esas bestias. Corrió sobre la nieve como si fuera nada y logró empujarme lejos de los enormes dientes...
Él había gritado algo, una advertencia, un insulto, pero para mí solo fueron palabras desesperadas. Su rostro había perdido el color y aun así sonrió. El muy maldito sonrió...
— Caí sobre la nieve como una bolsa de piedras, no podía moverme. Mis manos no respondían, menos mis piernas que golpearon el borde de metal de un vagón... —El dolor no llegó, nunca llegó, no hasta que fue demasiado tarde—. Vi cómo aquella mandíbula monstruosa, dirigida a mí, lo atrapaba. Lo mordió, hundiendo sus colmillos en él...
El recuerdo era nítido, no necesitaba cerrar los ojos para revivirlo. Mis lagrimas lo reflejaban todo; las imágenes de aquel día y lo sucedido en la estación se entrelazaban, confundiéndome más.
¿Qué era real y qué no?
— La sangre voló, grité, grité a todo pulmón, arañé la nieve, me arrastré, luché, intenté alcanzarlo.
Los pájaros alzaron vuelo, y los cuervos negros, negros como la noche azabache, aparecieron.
— No dejó de luchar, no señor —afirmé, lleno de orgullo, mis manos apretadas al igual que las suyas en ese momento—. Miró a los ojos al Colmillo y siguió disparándole mientras lo insultaba por haberme atacado... Los disparos fueron estruendosos, pero nada comparado con mis gritos...
Desgarré todo, hasta el aire mismo, la tormenta se detuvo solo para oírme gritar desesperado, como un verdugo antes de una ejecución. El tiempo se detuvo por una fracción de segundo. Lo vi a los ojos. Compartí mirada con él, pero ¿Qué podía hacer? Nada. Una vez más no pude hacer nada.
— Al final, esa bestia lo sacudió como a un muñeco de trapo hasta que se cansó.
La impotencia que sentí en ese momento, al verlo tirado contra un árbol, fue indescriptible. Estaba lleno de sangre, y yo... yo, yo no podía hacer nada más que verlo morir frente a mis ojos.
La nieve a su alrededor se fundió con el charco denso y rojo que se extendía bajo su cuerpo. Se iba... se estaba yendo... él moría y yo seguía vivo...
No tuve fuerzas para seguir. No quería revivirlo, no, no podía hacerlo.
Algo cálido me envolvió de repente, rompiendo el gélido ciclo y recuerdo que atrapaba mi cuerpo. A mi costado, Tália luchaba para cubrirme con su brazo. Su mano aterciopelada recorría tímidamente mi espalda, delineándola con una suavidad que era incapaz de devolver. Solo pude seguir, seguir adelante, se lo había prometido.
— Moribundo, aquel viejo levantó la desgastada pistola con la que me había defendido... y me apuntó. No con intención de dispararme, sino con otra... —murmuré, bajando la voz, quebrándome poco a poco, fragmentando mis emocionas cada vez más—. Balbuceó algo entre tanta sangre que escapaba de su boca, pero no hicieron falta palabras para entender lo que quería.
Mi cuerpo se estremeció al recordarlo.
— Con temor y aguantando un mar de lágrimas, tomé la pistola... Su brazo cayó a plomo en cuanto se la arrebaté, pero me dedicó una sonrisa. Sangrienta, pero llena de calma. —Por algún motivo sonreí... sonreí... ¡¿Por qué sonreí?!
— ¿Tú... lo...? —intentó hablar Tália, pero sus palabras se atascaron, al igual que mi voz en ese momento.
— Sí —asentí con pesar, sacando mi pistola de debajo de mi axila—. Apunté con esta misma pistola al hombre que me enseñó todo lo que sé, a quien le debo la vida. Aquel por quien juré salvar a los demás, aunque me costara la vida...
El sol comenzaba a asomarse en el horizonte. Su luz dorada iluminaba dos siluetas en la montaña: una, apoyada a duras penas contra un árbol; la otra, con el brazo a medio extender, temblando de miedo mientras apuntaba directamente a la cabeza de la primera.
— Apenas pude mirarlo a los ojos, no me atreví —continué, tragando saliva. Mi boca reseca, aun con el regusto ferroso de la sangre en mi paladar—, pero, de lo poco que vi, recuerdo que brillaban como el fuego de la caldera de Edelweiss. Fue... fue... ¡fue horrible! —exclamé, rompiendo a llorar.
Casi por acto reflejo, levanté la pistola y jalé del gatillo.
"¡¡¡Pafff!!!"
El sonido del disparo retumbó en mi memoria como un eco eterno, que se perpetuaba cada vez que disparaba esta misma pistola.
— La muerte y el nacimiento de una persona... —murmuré, mirando el cañón de la pistola—. Desde ese día, y hasta hace menos de una semana, he viajado solo. Intentando salvar a los demás, pero nunca lo he logrado. Solo soy una bala que daña a todo aquel que toca. ¡Ja! Eso significa mi nombre, ¿no?
— ¿A qué...? ¿Qué quieres decir? —preguntó Tália, llorosa, sus ojos apenas brillaban, la curiosidad la podía, sus orejas se levantaron, aturdidas aun por el disparo.
— Mi nombre, en la más antigua Lengua del Norte significa "bala"... —afirmé, secándome las lágrimas con el brazo, aguantando apenas mi llanto—. Mi abuelo me puso ese nombre cuando me encontró. Asumo que esa será la razón: soy como una bala, allí donde apunto, solo causo daño.
— ¡Yo no creo eso! —exclamó Tália de repente. Su voz firme y extrañamente clara entre la tormenta que nos envolvía—. Según lo que me contaste, tu abuelo te quería muchísimo, tanto como para dar su vida. No creo que te haya puesto ese nombre por eso. Aunque te niegues a verlo, has salvado vidas. —Me tomó de la mano—. Mira bien mi mano. ¿Qué ves?
La miré por un instante, incapaz de ver algo más allá del hecho.
— No tiembla —afirmó ella tras unos segundos—. Hasta hace un momento, no podía dejar de temblar por lo que sucedió en la estación. Pero contigo... mira. —Apretó mi mano con fuerza, levantándola frente a nosotros—. No tengo miedo si estoy contigo. Todo está en tu cabeza. Eres tú quien se niega a reconocerlo.
Sabía que tenía razón, pero eso no cambiaba el hecho de que no había podido salvar a mi abuelo, ni a las personas de la estación, ni siquiera a mis padres.
— Lo que te ata es tu pasado —dijo, señalando con tristeza mi pecho—. Te esfuerzas por redimirte, pero... —Se detuvo, respirando con esfuerzo, mirándome, moviendo tímidamente su peluda cola sobre el suelo.
Con delicadeza se colocó frente a mí, sus pecosas mejillas enrojecidas mientras se forzaba a mirarme a la cara.
— ¿Qué harías si te diera un motivo nuevo? Uno sin ataduras, donde puedas ser feliz viviendo por y para ti.
— Viniendo de ti, lo consideraría —respondí sin pensar.
Sus palabras despertaron algo en mí. Era como si una pequeña llama hubiera encendido un rincón oscuro de mi mente.
— ¿Entonces lo harías? —preguntó, reafirmando su agarre sobre mi mano. Sus mejillas ahora tan rojas como su pelo.
— ¿Por qué te sonrojas? —Noté el rubor en su rostro, pero rápidamente sacudí mi cabeza, volviendo a la conversación—. Pero sí, lo haría.
— Perfecto... —dijo con una sonrisa tímida, aliviada, desviando la mirada, mientras movía inquieta sus orejas. Finalmente me miró, escudriñándome como si hubiera encontrado algo—. Por cierto, tienes sangre seca en la boca.
— ¿Eh? ¿Dónde? —respondí, confundido, llevándome instintivamente la mano a la boca.
— Aquí... —Señaló mis labios, cerró los ojos y sin darme tiempo a pensar, se abalanzó sobre mí como una Loba hambrienta.
Una sorpresiva calidez envolvió mis labios. El beso me tomó completamente por sorpresa. En un principio intenté alejarme, pero ella no me dejó. Sus brazos me rodearon con fuerza, y poco a poco, el impacto inicial dio paso a algo que no podía describir con palabras.
Mis pensamientos me decían que debía apartarme, pero mi corazón latía descontrolado, diciéndome que no lo hiciera. Con cada movimiento, delineaba mis labios con una mezcla de dulzura y pasión, y su fragancia mentolada me envolvía, nublando mi mente. Estaba a su merced, y ella a la mía.
Cuando finalmente aflojó su agarre, aproveché para retirar mi cabeza.
Ambos quedamos frente a frente, con nuestras respiraciones agitadas y nuestros corazones latiendo con un ritmo desenfrenado.
Su cabello pelirrojo estaba completamente despeinado, sus orejas se movían inquietas, y sus ojos carmesí, con las pupilas dilatadas, me miraban como si no terminara de entender lo que acababa de hacer. Sus mejillas estaban completamente ruborizadas, salpicadas por sus hermosas pecas.
— Queso, orégano y menta... —dije casi sin pensar, relamiéndome los labios mientras seguía mirando los suyos.
— ¿Es ese motivo suficiente? —preguntó con timidez, acercándose y apoyándose suavemente en mis piernas—. ¿Soy motivo suficiente para que quieras vivir? —susurró, recostándose con delicadeza sobre mi pecho.
Aún en estado de shock por el beso, la rodeé con mis brazos casi de forma instintiva. Al bajar la mirada, vi cómo intentaba esconder su rostro entre mi chaqueta. Sus orejas se levantaban y caían, reflejando su indecisión, pero sus ojos tímidos seguían buscándome mientras se refregaba, impregnándome con su olor. Como si por instinto se obligara a marcarme.
Su cola se movía suavemente sobre el suelo, con una delicadeza que contrastaba con su habitual energía.
Verla así, tan vulnerable y decidida al mismo tiempo, hizo que mi corazón latiera aún más rápido.
Quería abrazarla con más fuerza, protegerla, y al mismo tiempo, sentía un deseo creciente por ella. Pero tenía que controlarme. No podía permitir que mis emociones me dominaran... no ahora...
— ¿Por qué lo hiciste...? —pregunté, intentando distraerme de mis pensamientos.
— Mi madre dice que, para tratar con un loco, hay que hacer locuras. Eso fue lo que hice. —Su respuesta tenía una mezcla de orgullo y timidez, aunque su sonrisa boba me robó la poca cordura que me quedaba.
— ¿Me estás diciendo que estoy loco y que por eso me besaste? —pregunté, asombrado por sus palabras.
— ¿Quién más que un loco tendría un pensamiento tan noble y justo ante la muerte? —respondió, apretándose más contra mi pecho.
"Tuck-Tuck-Tuck... Tuck-Tuck-Tuck..."
El sonido de mi corazón resonaba con fuerza, casi ahogando mis pensamientos.
— ¿Así que un loco, eh? —sonreí levemente, incapaz de separar mis ojos de ella—. ¿Y qué hizo este "loco" para merecer semejante acto de cortesía?
— Has hecho muchas cosas para ganarte mi cortesía. —Su voz se suavizó mientras seguía restregando su rostro contra mi pecho, enfrascada en marcarme—. Me salvaste de ser apaleada cuando nos conocimos en la estación. Poca gente hubiera roto una ramita por una mestiza como yo. Incluso fuiste herido para protegerme. Tu cicatriz es prueba de ello. —afirmó con timidez, acercando su dedo a mi rostro, delineando delicadamente la marca junto a mi ojo.
— Ni siquiera sabía que eras una mestiza hasta después de la pelea —confesé, intentando no sonar a la defensiva.
— ¡Pero luego de eso no me abandonaste a mi suerte! —dijo, poniendo demasiado énfasis en ello—. Me llevaste a tu tren, me diste mantas, frazadas, y me cuidaste hasta que desperté. Curaste mis heridas sin prestar atención a mi pelaje... No entendía por qué alguien como tú haría tanto por mí.
— Al principio, debo admitir que esperaba algo a cambio. —Le interrumpí con algo de vergüenza—. Pensé que me ganaría algún favor como lo fue el galpón de tu padre... y lo logré. Me diste cabida en la posada de tu madre.
— ¡Era lo mínimo que podía hacer por ti! —respondió con un tono que mezclaba indignación y gratitud, apretándome con más fuerza.
— Incluso durante mi estancia, jamás me juzgaste. Ni por cómo comía, ni por mi pelaje. Me dejaste tu pistola para que la revisara, aunque ya la habías limpiado antes. Cuando me quedé dormida en tu cama, ni siquiera me despertaste. —Se detuvo, y su voz se quebró ligeramente—. Te dormiste en el suelo a mi lado...
— Sí... —asentí, recordándolo con algo de vergüenza, pero rápidamente cambié mi actitud—. ¡Aunque a la mañana siguiente me encontré en mi cama casi desnudo...!
— ¡¿Y qué querías que hiciera?! —preguntó, sacando la cara de entre mi chaqueta, mirándome con un tono que era mitad reproche y mitad justificación—. No iba a dejarte en el suelo toda la noche. Además, ya me habías cuidado a mí. Era lo mínimo que podía hacer por ti.
No pude evitar reírme ante su respuesta, aunque una sensación cálida comenzó a llenar mi pecho.
— ¿Es que no lo entiendes? —preguntó, con una mezcla de seriedad y ternura—. Te he estado probando desde que te conocí.
Sus palabras me golpearon como un tren a toda velocidad, rompiendo la fachada de mi corazón como una bala.
— ¿Probándome...? —mi voz salió más débil de lo que esperaba—. ¿Entonces todo este tiempo... nada fue real?
— No pienses eso... —dijo rápidamente, poniendo una mano sobre mi hombro y otra en mi mejilla. Acercó su frente a la mía, mirándome a los ojos. Estaba pegada a mí—. Ninguna de mis acciones hacia ti fue falsa. Cada vez que me mostraba vulnerable, era porque sentía que podía hacerlo contigo. Fue egoísta, lo sé. No debía haberlo hecho, pero quería... —Sus ojitos bajaron hasta mi pecho—, quería saber si lo que sentía era real. Si podía confiar verdaderamente en alguien.
Su sinceridad me golpeó más fuerte que cualquier zarpazo de los Gran Colmillo y, aun así, no pude enojarme, no con ella y menos ahora...
— ¿Entonces no quedé como un idiota? —pregunté con timidez, tomándola con delicadeza, agachándome hasta su altura.
— Ni por un segundo. —Sonrió suavemente, saltando sobre mí para besarme de nuevo.
Esta vez lo sentí diferente, el beso era diferente. No tenía la energía del primero, pero rebosaba pasión. Nuestros labios se encontraron con una delicadeza que me hizo perderme en el momento.
"Tuck-Tuck-Tuck... Tuck-Tuck-Tuck..."
Nuestros corazones parecían sincronizarse con cada segundo que pasábamos conectados en ese dulce beso.
"Tuck-Tuck-Tuck... Tuck-Tuck-Tuck..."
Nuestros corazones seguían latiendo al unísono, y con cada instante que transcurría, sentía cómo mi mundo entero se concentraba en Tália.
Era un sentimiento nuevo para mí, algo que nunca había experimentado, ni siquiera antes de la guerra. Un amor tan dulce y adictivo que nublaba mis pensamientos, haciendo que solo pudiera pensar en ella y en nadie más.
Quería que ese momento durara para siempre. Quería quedarme así, abrazándola en la cabina de Edelweiss, o incluso en el vagón dormitorio, o en cualquier lugar donde pudiéramos estar juntos. Pero la vida no es tan justa, y ambos lo sabíamos.
Aún había problemas que resolver, heridas que sanar, y un futuro incierto que enfrentar. Los Gran Colmillo seguían siendo una amenaza, y hasta que no llegáramos a la fortaleza, estos momentos serían efímeros...
Nos quedamos quién sabe cuánto tiempo recostados en el suelo rígido de la cabina, disfrutando de la calidez del otro. Nunca permití que Tália se recostara sobre el frío suelo; la sostuve en mis brazos, dejándola descansar completamente sobre mí, inhalando aquel adictivo olor que me había atraído desde que la conocí.
Su aroma mentolado y el calor de su cuerpo me brindaron una paz que no había sentido en años.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí verdaderamente feliz. No solo porque Tália me había dado un motivo para seguir viviendo, sino porque ella misma era ese motivo. Sin embargo, al darme ese propósito, también me despojó del último que había tenido desde la muerte de mi abuelo.
Me sentía perdido. No sabía cómo afrontar este nuevo camino que ella me ofrecía. Había pasado tanto tiempo luchando con el remordimiento y la culpa que ahora no sabía cómo avanzar.
— Tália... —murmuré, acariciando suavemente sus orejas—. Ya no sé qué hacer ahora que te tengo a ti...
Ella no respondió. Solo se acurrucó con más fuerza contra mi pecho, dejando escapar un pequeño quejido juguetón antes de volver a su respiración tranquila.
Los minutos pasaron en ese silencio reconfortante, hasta que el transmisor de la radio comenzó a emitir un pitido constante. Tália permanecía sobre mí, refregándose, jugando con mi ropa... No quería separarme de ella pero extrañamente, cuando la tomé de los hombros, ella no se movió, simplemente me miró y sonrió hasta empalagar mi corazón.
La recosté sobre unas viejas frazadas, las mismas en las que la había envuelto cuando la encontré herida por primera vez.
Me levanté lentamente, aún sintiendo el calor de su cuerpo en mi pecho, y me acerqué al transmisor para tomar el mensaje.
Era de la Mayor Grant...
El papel en mis manos temblaba ligeramente mientras lo leía. Fuera lo que fuera, sabía que el contenido del mensaje determinaría nuestros próximos pasos y posiblemente nuestra supervivencia.
Volteé hacia Tália. Su cabello desordenado caía sobre su rostro mientras me miraba ansiosa, su cola moviéndose mientras se refugiaba bajo las mantas.
Por un instante, deseé poder quedarnos así para siempre. Sin guerra, sin enemigos, sin obligaciones. Solo ella y yo, en este pequeño espacio que habíamos hecho nuestro refugio.
Pero la realidad no espera, y el camino que teníamos por delante era inevitable.
Respiré hondo y abrí el mensaje...