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La Venida de la Bestia, Parte 4

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 26 de julio de 2026

A pesar de mi actitud decidida frente a Tália, al entrar me bloqueé por unos instantes. No sabía bien qué hacer. Sabía que debíamos calentar la caldera lo suficiente para que el vapor acumulado permitiera que los pistones generaran potencia y nos movieran, aunque fuera lo mínimo. Pero la pregunta era: ¿cómo?

Este proceso toma horas, y en algunos casos, hasta medio día. ¡Pero nosotros debíamos hacerlo en menos de diez minutos! Una auténtica proeza ferroviaria. Jamás en mi vida imaginé tener que hacer esto, ni siquiera con mi abuelo presente. ¿Qué demonios haríamos para tener a Edelweiss funcionando en tan poco tiempo?

La lógica indicaba que tendríamos que arrojar tanto carbón como fuera posible en la caldera, aumentando la temperatura a niveles extremos para generar grandes cantidades de vapor. Sin embargo, eso era inviable: llegado a cierto punto, estar frente a la puerta de la caldera podría causarte insolación en segundos, y repetirlo varias veces te haría desmayar. El peligro de las quemaduras también estaría presente. 

Además, la caldera tenía un límite, tanto en la cantidad de carbón que podía quemar al mismo tiempo como en el tiempo necesario para que este se consumiera.

No era ni remotamente viable intentarlo. Pero algo teníamos que hacer...

— Tália —la miré, esperanzado, confiando en que ella pudiera darme una respuesta—, tú eres buena con las artesanías y esas cosas, ¿no? —No la dejé responder—. ¿Qué se te ocurre para llenar la caldera de vapor en tan poco tiempo?

— Ehhh... —Escudriñó sus ojos, observando cada rincón de la cabina mientras se llevaba los dedos al mentón—. ¿Cómo podríamos hacerlo...? —Empezó a moverse por la cabina, pensativa. Sus orejas se alzaron, atentas a todo, y el ligero balanceo de su cola indicaba que no quería perder ningún detalle. Finalmente, se detuvo frente a la ventanilla, escudriñando aún más sus ojos.

— ¿Qué viste? —pregunté, ansioso por la respuesta—. Dime qué nos puede servir.

Fuera de la cabina, varios operarios corrían de un lado a otro. Algunos se metían entre los vagones acorazados, y otros acompañaban a una pequeña locomotora que maniobraba para enganchar los vagones y acercarlos a nosotros. No había nada más aparte de las personas corriendo y esa locomotora diminuta.

— Bullet —me llamó Tália, mirándome con una extraña complicidad mientras sonreía orgullosa—, ¿tienes la misma idea que yo?

— Ehhh... ¿Quieres que esa locomotora nos arrastre hasta que podamos calentar la caldera? —respondí, desconcertado. Seguramente esa no era su idea, pero no perdía nada preguntando.

— ¡No, idiota! —Me golpeó el hombro y señaló hacia la locomotora pequeña—. ¡Usaremos el vapor de su caldera para llenar la de Edelweiss!

— ¿Y cómo piensas hacerlo? —pregunté, alternando mi mirada entre ella y la locomotora que se acercaba junto a los vagones.

Tália se quedó pensativa unos segundos y luego comenzó a examinar con atención las válvulas de la caldera de Edelweiss. Las rozaba con sus dedos, acariciándolas, como si eso fuese la clave para resolver nuestro problema. Se movió lentamente entre las válvulas hasta detenerse en una.

— Dime, la válvula de emergencia —dijo, señalándola con una mezcla de escepticismo y confianza—, genera un canal abierto entre la caldera y el exterior, ¿no?

— Correcto —respondí con firmeza, evaluando una de las válvulas de la caldera con la mirada—. ¿Qué tienes en mente?

Una hermosa sonrisa llena de orgullo se formó en el rostro de Tália, recorriéndolo de mejilla a mejilla sin perderme ni un segundo de vista. Sus ojos brillaron, y mi corazón latió un poco más fuerte. Ella tenía una idea, y yo, por algún motivo, sentí el irrefrenable impulso de confiar en ella...

— Conectaremos ambas locomotoras por ahí —exclamó ella, juntando sus manos en un fuerte aplauso—. Luego, usaremos la alta presión de la otra caldera para llenar la nuestra. Aunque transfiramos una cantidad mínima de vapor, será suficiente para avanzar unos minutos. Solo necesitamos que las ruedas motrices comiencen a girar. Una vez en marcha, un suministro constante de vapor propio podrá mantener el movimiento.

Quedé boquiabierto con su solución. Nunca se me habría ocurrido algo así. Tália no había pasado ni una semana junto a Edelweiss, y ya se le ocurrían este tipo de ideas que yo, alguien con años de experiencia como maquinista, jamás habría tenido... ¿Conectar las dos calderas mediante las válvulas de emergencia...?

— ¡Jejeje! Tália, eres una prodigio —afirmé, extendiendo mi mano hacia su cabeza y palmeándosela con cuidado. El tacto de su cabello y orejas fue demasiado cálido para mí—. No me arrepiento de haberte despertado... —murmuré, incapaz de dejar de sonreír—. ¡Hagámoslo!

Mientras la locomotora pequeña se acercaba, nos pusimos a preparar todo lo demás para la partida. Tália, con entusiasmo, arrastró un cajón de carbón hasta la carbonera y comenzó a llenarla con grandes paladas. Mientras tanto, yo encendía la caldera con el poco carbón que ya tenía dentro y revisaba las válvulas y la presión.

Como era de esperar, la temperatura inicial apenas superaba los cien grados, lo justo para generar algo de vapor. La presión era casi inexistente. Una extraña sensación me recorrió el pecho al imaginar nuestra enorme caldera llena de agua y sin vapor. Había que tener demasiado cuidado al calentarla para evitar daños. Pero con solo diez minutos, habría que arriesgarnos.

Arrastrando ruidosamente el cajón lleno de carbón, Tália regresó, completamente sudada y agitada, pero manteniendo su sonrisa de oreja a oreja. Estaba claro que le encantaba realizar estas pequeñas tareas para poner a Edelweiss en marcha.

— ¡Ufff! —resopló pesadamente, tomando una enorme bocanada de aire—. Se veía más fácil cuando te veía hacerlo a ti...

— Ya te acostumbrarás —respondí sin apartar la mirada de las válvulas—. Es práctica. Para ser de tus primeras veces paleando carbón, lo hiciste mejor que yo cuando empecé en esto.

— ¡Pero si lo hice fatal! —exclamó, sorprendida, secándose el sudor de la frente con su brazo—. ¿Tan malo eras?

— Bueno, estaba muerto de hambre en ese entonces —alegué, llevándome la mano al estómago—. No se puede hacer nada bien con hambre.

— ¡Tienes razón! —asintió, sacando un trozo de pan mordido de su bolsillo—. Todo este ejercicio me dio hambre. ¿Quieres un poco? —Lo partió y me ofreció la mitad, aunque sus manos estaban ennegrecidas por el carbón.

Aunque dudé al principio, no pude negarme al ver cómo ella se lo comía sin reparo. Lo acepté por cortesía y, sin pensarlo mucho, me lo llevé a la boca. A pesar del ligero sabor a carbón y tierra, predominaban el queso y el orégano del pan.

— ¿Te gustó, Bullet? —preguntó con una sonrisa inocente, sacando otro pedazo de su bolsillo—. ¿Quieres más?

Su sonrisa, tan genuina, me hizo dudar por unos segundos, pero otra parte de mí me dijo que no, que le dejara ese pedazo de pan a ella.

— Estaba rico, pero no, gracias —me negué, levantando las manos—. Además, tenemos que seguir preparando todo.

Ella asintió, pero no sin antes meterse el último trozo en la boca, llenándose los cachetes como una ardilla.

Cuando miré por la ventanilla, vi a los operarios y guardias acompañando a la locomotora pequeña junto con el convoy acorazado. Uno de los operarios me vio y levantó cinco dedos.

— Cinco minutos... —deduje, levantando la mano para señalar que lo había entendido. Luego, me volví hacia Tália—. En cinco minutos salimos. Estate atenta para pasar el vapor a la caldera de Edelweiss.

— ¡Claro! —respondió ella con entusiasmo, saliendo corriendo de la cabina.

Desde la ventanilla, la vi bajar con energía, usando las barandillas de la carbonera para llegar al andén. Una vez ahí, se colocó justo debajo de la ventanilla, esperando. Su inquietud era evidente: su cola se movía frenéticamente de un lado a otro, golpeando las grandes ruedas motrices de Edelweiss y produciendo un ligero sonido metálico, similar a un martillo, cada vez que lo hacía.

Por un momento, al verla tan emocionada, olvidé que los Gran Colmillo nos estaban persiguiendo. Era una sensación extraña; mirarla así me llenaba de una inmensa calma y felicidad, algo que rara vez sentía.

— Quiero que esto dure más tiempo... —murmuré mientras la observaba desde la ventanilla.

Instantes después, un ruido metálico seco recorrió todo el tren. Me asomé para ver cómo la locomotora pequeña había terminado de enganchar los vagones acorazados a Edelweiss. Luego, se movió a la vía paralela hasta quedar a nuestro lado.

El maquinista, un lupino de pelaje gris y hocico alargado, se asomó por su ventanilla y me hizo señas para hablar.

— ¡Joven, ya está listo! ¿Qué más necesitan? —gritó mientras consultaba un viejo reloj de bolsillo.

Me acerqué a mi ventanilla para responderle de la forma más clara posible.

— ¡Necesitamos alinear la caldera de tu locomotora con la nuestra y transferir vapor! —Señalé las válvulas—. ¡Conectaremos las válvulas de emergencia para pasar vapor de una caldera a la otra! ¿Entendido?

El anciano miró las direcciones que le señalé. Después de meditarlo unos segundos, arrugando la cara varias veces, comenzó a reír.

— ¡Jajaja! Lo entiendo, chico. No sé a quién se le ocurrió un plan tan extraño, pero parece sencillo, y eso me gusta. —Volvió a asomarse, esta vez en busca de sus muchachos—. Dame unos segundos para que los muchachos lo preparen. Antes de que te des cuenta, estarás surcando las vías.

— ¡Perfecto! Cuando esté todo listo, abriré las válvulas. —Me volví hacia la otra ventanilla—. Tália, rodea a Edelweiss y ayuda a los operarios del otro lado.

— ¡Bien! —asintió enérgicamente y corrió hacia el otro lado del tren.

Mientras ella ayudaba, me dirigí al telégrafo para enviar un mensaje a la Mayor Grant. Tomé la hoja con el mensaje previo y comencé a teclear en aquella "máquina de escribir".

"Mayor Grant,

Le escribo para informarle que recibí su mensaje.

De acuerdo con sus instrucciones, estamos por partir al momento de escribir esto. Hemos encontrado una solución para reponer el vapor de la caldera, por lo que estaremos en marcha en unos minutos.

Entiendo su preocupación y la de sus superiores, pero recuerde que tanto la vida de Tália como la mía también están en peligro. Para evitar disputas, acataré la orden de no detenernos salvo para repostar. Según mis cálculos, llegaremos a la fortaleza en uno o dos días, siempre que no enfrentemos tormentas fuertes ni otros imprevistos.

En cuanto a los Gran Colmillo, según sus informes, se mueven casi a nuestra misma velocidad y apenas descansan. Temo que puedan alcanzarnos antes de salir de las montañas. Le reitero que, en caso de emergencia, y siguiendo las medidas de seguridad establecidas, haré volar la caldera. No pondré en riesgo la vida de Tália.

Espero verla si llegamos sanos y salvos a la fortaleza.

Cordiales saludos, Bullet y Tália."

Terminé de escribir y releí el mensaje, asegurándome de que fuera lo suficientemente claro. Aunque la máquina marcaba que el mensaje se había transmitido mediante una placa circular verde en una esquina, dejé otra hoja sobre la máquina por si acaso y guardé una copia en el pequeño armario junto al transmisor, solo para asegurarme de que el contenido no se perdiera.

Un fuerte chirrido metálico interrumpió mis pensamientos. Al mirar hacia afuera, vi a Tália sosteniendo unos tubos metálicos que dejaban escapar enormes nubes de vapor. Parecía que había abierto hábilmente las válvulas de emergencia desde abajo. No se le escapaba nada...

Llevaba guantes gruesos y un traje gris para protegerse del vapor. Cada segundo que sostenía las tuberías, luchaba contra la inmensa presión, mientras el medidor de presión de Edelweiss comenzaba a subir:

20%... 26%... 29%...

El anciano lupino observaba desde una distancia segura, claramente sorprendido por la determinación de Tália. Ni siquiera se movió cuando ella perdió momentáneamente el equilibrio o cuando tuvo que cambiarse un guante quemado por el calor.

Finalmente, el medidor marcó 34.5%, y el chirrido cesó. Tália dejó caer las tuberías, exhalando aliviada mientras estas rebotaban ruidosamente sobre el húmedo suelo. Se quitó los guantes y el traje protector, entregándoselos al anciano sin mirarlo siquiera. No hubo intercambio de palabras ni miradas. Sin embargo, cuando Tália me vio en la ventanilla, su expresión cambió radicalmente.

— ¡Lo hice, Bullet! —gritó desde el andén, sonriendo de oreja a oreja. Su cola se movía frenéticamente mientras trotaba hacia la cabina.

— ¡Muy bien hecho, Tália! —le respondí, devolviéndole la sonrisa—. ¡Sube, es hora de irnos!

— ¡Voy! —respondió, echando a correr hacia la cabina.

El anciano lupino la observó fijamente durante todo su recorrido hacia la cabina. Parecía molesto y murmuraba algo en voz baja que no logré entender. Aunque su actitud me intrigó, decidí no darle importancia y me dirigí a él para hacer una última pregunta.

— ¡Viejo, cuánto falta para nuestra salida?!

Sin mirarme, levantó un único dedo, el del medio, y luego se fue, desapareciendo entre las nubes de vapor que salían de su locomotora.

Me quedé perplejo.

— Y yo que pensé que era buena gente... —murmuré, volviendo mi atención a Tália, que acababa de entrar en la cabina.

Su ropa estaba completamente húmeda por el sudor y el vapor, pero su característico aroma a menta seguía presente, como si se resistiera a ser opacado. Se secó la frente con el brazo, ató su melena rojiza en una coleta improvisada y se quitó el abrigo, quedándose en una camisa de tirantes que dejaba ver el pelaje de sus brazos y espalda.

Fue un instante, solo un instante, pero todo desapareció. Ahí estaba Tália frente a mí, radiante. No pude evitar observarla. La musculatura de sus brazos acentuada por los rollitos de su abdomen... Mi corazón comenzó a latir más rápido, y mi mente se nubló.

Se veía increíblemente atractiva. Su aroma mentolado, mezclado apenas con su sudor, me resultaba embriagador y a la vez energizante. Por un momento, los Gran Colmillo dejaron de importarme; solo podía ver cómo Tália se acercaba felizmente a mí.

— ¿Bullet? —me llamó ella, chasqueando los dedos frente a mi cara—. ¿Bullet, sigues ahí?

No respondí. Estaba perdido en ella, atrapado por un hechizo inquebrantable que me impedía apartar la mirada.

— ¡Bullet! —dio una fuerte palmada frente a mí, despertándome de golpe—. ¡¿Me escuchas?!

Fue como si recibiera un golpe en el estómago. El aire escapó de mis pulmones, y parpadeé varias veces, tratando de recomponerme. Incluso me abofeteé suavemente las mejillas con ambas manos.

— ¡Estoy! —exclamé, nervioso—. ¡No pasa nada, estoy bien! ¿En qué estábamos? —Intenté desviar la mirada hacia cualquier otro lugar, pero era imposible dejar de mirarla.

— No lo sé. Entré y, para cuando me di cuenta, ya estabas así —explicó Tália, confundida, mientras se inclinaba hacia mí, mirándome atenta. Extendió su mano—. ¿Seguro que estás bien?

— ¡Sí, estoy bien! —afirmé, apartando con delicadeza su mano cuando intentó tocar mi frente—. ¡En serio, no te preocupes!

Ella me escrutó con la mirada por un momento más, luego se encogió de hombros y sonrió. Por algún motivo, ese tipo de respuestas, que me dejaban actuar con libertad en lugar de presionarme, eran lo que más me llamaba la atención de ella.

— Bien, si tú lo dices. Es hora de irnos, ¿no? —me recordó, retirándose unos pasos hacia atrás.

— Sí —asentí rápidamente, aún tratando de evitar mirarla directamente—. No podemos permitir que esos Gran Colmillo nos atrapen...

El peso de la realidad volvió de golpe: los Gran Colmillo seguían ahí afuera, y cada segundo que perdíamos les daba ventaja.

— Tália, necesito que hagas una última cosa antes de irte a cambiar —le dije, manteniendo la vista fija en las válvulas—. Palea carbón en la caldera mientras pongo en marcha a Edelweiss. Después de eso, tendrás tiempo para descansar.

— Sin problema. —Estiró los brazos y agarró la pala con confianza. Cada uno de los músculos de sus brazos se contrajo, marcándolos de una forma que me hizo perder el aliento—. ¿Así como me enseñaste, verdad?

— Exactamente. Hazlo como te enseñé —respondí por inercia, obligándome a mirar hacia otro sitio.

Ella asintió y comenzó a trabajar. Agradecí no tener que mirarla directamente; mi mente todavía estaba algo dispersa. A medida que ella paleaba, me concentré en abrir las válvulas lentamente y liberar los frenos progresivamente.

La caldera desprendía un calor infernal. Poco a poco, sentí cómo las ruedas motrices querían comenzaban a girar, aunque aún no se movían del todo.

— Tália, necesitamos más vapor, un poco más —le pedí, revisando las válvulas nuevamente.

— Entendido. —Arrojó enérgicamente más carbón, aunque su fatiga empezaba a notarse con cada paleada.

A pesar del esfuerzo conjunto, las ruedas no lograban completar una vuelta.

— Un poco más... Edelweiss, sé que puedes... Vamos... —murmuré casi como una plegaria hacia la locomotora.

— ¡Bullet, me estoy cansando! —se quejó Tália, dejando caer la pala tras la última palada de carbón.

— Está bien, descansa. No necesitamos más por ahora —le indiqué, señalándole que se sentara.

Justo cuando sentí que las ruedas estaban por girar completamente, la radio emitió un crujido.

— Tália, contesta, por favor. ¿Sabes cómo hacerlo, verdad? —le pedí mientras ajustaba las válvulas.

— Te he visto hacerlo antes, no parece complicado —respondió, tomando el micrófono con decisión—. Aquí tren 602, ¿Quién habla?

Solo se oían interferencias al principio, y por más que Tália giró las manecillas de un lado al otro, apenas captó algo. Pero cuando lo hizo, me congelé en seco.

—Hu... yan... —se escuchó finalmente, apenas inteligible entre la estática.

—Repita, no lo oímos —Tália intentó ajustar la frecuencia, acercando su oreja al transmisor—. Repita, por favor...

—¡Huyan! —gritó alguien al otro lado—. ¡Se acer...! —La conexión se cortó de repente, dejando una estática constante y el eco de su voz ahondando en nuestras cabezas.

Tália y yo nos miramos en silencio, tratando de procesar lo que habíamos escuchado.

—¿Huyan? —repetí, perplejo—. ¿Pero de quién? Los Gran Colmillo están a más de cuatrocientos kilómetros...

No parecía posible que hubieran avanzado tanto en tan poco tiempo. Un escalofrío recorrió mi espalda al pensar en lo que podría estarse acercando...

 

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