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La Venida de la Bestia, Parte 5

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 26 de julio de 2026

De repente...

"¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!!"

Aquellos estruendos me sacudieron hasta los huesos. Apenas giré hacia Tália para pedirle que intentara reconectar la frecuencia, los golpes resonaron nuevamente, brutales, seguidos por temblores que hicieron vibrar las paredes al otro lado de la estación, desprendiendo enormes cascotes del techo como una lluvia de escombros.

Cada impacto era más feroz que el anterior. Lo que fuera que estuviera al otro lado de esas paredes no solo era enorme; era monstruoso. Mis pulmones se vaciaron golpe a golpe, como si la sola presencia de aquello aplastara el aire a mi alrededor.

Miré a Tália; estaba inmóvil, su cola erizada como si el aire estuviera lleno de estática y sus orejas tensas, intentando escuchar todo lo que sucedía más allá de aquellas gruesas paredes. Sus ojos carmesí reflejaban el terror más puro, moviéndose frenéticamente entre las sombras de los escombros que caían. En un momento me miró y yo a ella.

— ¡Tália, ve por el rifle! ¡Ya! —rugí, desenfundando mi pistola, forzándome a no titubear.

Ella no lo dudó. Con un destello de miedo y determinación en el rostro, atravesó la carbonera como un rayo, casi arrancando la puerta del vagón dormitorio al entrar.

— Gracias al cielo que la tomé antes de venir... —murmuré, revisando la recámara de la pistola y su cargador. Pero incluso con un arma en mano, sentía que cualquier intento de defendernos sería como disparar piedritas a un coloso.

Mientras Tália buscaba el rifle, volqué toda mi atención a Edelweiss. Abrí las válvulas de la caldera al máximo, el vapor hacia chirriar las tuberías, moviéndose con una fuerza descomunal a través de la caldera. Mi corazón se estremecía y mis manos sudaban, lentamente mi cuerpo comenzaba a dar los primeros signos de agitación. Incapaz de detenerme, tiré del inversor de potencia varias veces, rezando oír el gutural rugido del acero moviéndose.

"¡Clack... Clack! ¡Clack... Clack...!"

— ¡Vamos, maldita sea, muévete! —grité con desesperación. Una vez más tomé el inversor de potencia, rezando mientras lo acariciaba con el nulo tacto que podía concederle, esperando que por fin reaccionara.

El vapor comenzaba a llenar los pistones, las tuberías se hincharon audiblemente y el metal chirrió una vez más, pero Edelweiss seguía inmóvil, aferrada al andén como un animal terco y cansado. Estaba demasiado vieja, la entendía, sin embargo... 

— ¡No es momento para descansar, no ahora! —exclamé, impotente, observando a través de la ventanilla, los pedazos de piedra y ladrillo caer— ¡Tienes que reaccionar, Edelweiss tienes que hacerlo, por mí, por Tália...! ¡Hazlo por ella al menos...!

Edelweiss seguía exhalando densas nubes de vapor, como si luchara con toda su alma por obedecerme. Pero no era suficiente.

"¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!!"

Los golpes volvieron, más rápidos, más letales. El ruido era ensordecedor, un retumbar que no solo se escuchaba, sino que se sentía en el cuerpo, en los dientes, en las entrañas, en lo más profundo de mi alma. Cada estruendo era seguido de una lluvia de pequeños escombros, la estación entera parecía caerse a pedazos, las columnas de piedra vieja, desprendían el polvo acumulado tras décadas de eterna vigilia. Resistían, pero no sabíamos por cuanto tiempo, menos las paredes que eran azotadas con la furia de un demonio y la fuerza de un cañón

Miré hacia la fuente del caos. Los operarios y soldados intentaban desesperadamente reforzar los muros al otro lado de la estación, empujando cajas, barriles, cualquier cosa que encontraran. Una sección de la pared, sin embargo, estaba perdiendo la batalla. Cada impacto le arrancaba pedazos más grandes, dejando grietas abiertas que parecían heridas, laceraciones enormes en la piedra y ladrillo. La nieve comenzó a ingresar a la estación. Su frio glacial y fuertes vientos, hicieron caer a varios operarios y soldados.

"¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!!"

Con un último golpe, las cajas y barriles de la barricada improvisada volaron por los aires, los restos de madera y metal, se dispersaron cual metralla por los alrededores. Algunos operarios cayeron al suelo, ilesos por suerte, mientras otros gritaban de dolor al ser golpeados por los escombros. Las primeras gotas de sangre se derramaban en el suelo, corriendo como finos hilos carmesíes entre los restos, mezclándose así con el polvo.

— ¡Vamos, Edelweiss, muévete! ¡No me dejes solo, no luego de todo lo que hemos pasado juntos—rogué con mis manos se aferradas a las palancas, el dolor era la única razón por la que no las había arrancado de la caldera ya.

Entonces lo vi.

Un fragmento enorme de la pared se desplomó tras un fuerte azote de aquella bestias, dejando entrever una abertura en medio de la polvareda. Entonces apareció: una garra negra, descomunal y afilada. Se movía con precisión y deseo. En un instante, atrapó a un operario que no tuvo tiempo ni de gritar antes de ser partido en dos. Su sangre brotó en un arco grotesco, cubriendo a los aterrados sobrevivientes que corrían lejos. El horror y desesperanza en sus rostros me estrujó el corazón. Era mi culpa y no podía hacer nada...

Mis pulmones se cerraron, impidiéndome respirar. Esas garras... eran iguales a las que mataron a mi abuelo. Podía ver su sangre gotear, aquel líquido oscuro que parecía querer teñirlo todo. El olor ferroso, mezclado con polvo y añejado por el carbón, recorría mi garganta, trayendo consigo horribles recuerdos que golpeaban mi mente sin piedad. Por un instante, me paralicé; mis músculos estaban rígidos, congelados como aquella vez. No podía hacer nada salvo mirar, mirar impotente como los demás mueren...

No. No ahora. No debía recordar. Pero era imposible no hacerlo. La imagen de su cuerpo despedazado se materializó en mi mente como una mancha imborrable de mi pasado, capaz de arrancarme cualquier resquicio de control sobre mi cuerpo. El pánico me invadió: mis manos comenzaron a temblar, mientras que mis ojos se llenaban de lágrimas. Quería moverme, reaccionar, pero el miedo y los recuerdos no me dejaban. Apenas podía sostener la palanca, y mucho menos hacer avanzar a Edelweiss.

"¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!!"

La pared estaba al borde de colapsar. Solo quedaban unas pocas vigas y restos de hormigón entre nosotros y esa cosa. Una ventisca blanca azotaba el exterior y tras ella, aquella letal bestia extendía sus garras como herramientas de muerte.

— El próximo golpe... —murmuré, sintiendo el frío del exterior penetrando mis huesos—. El próximo golpe la derribará...

De entre las grietas apareció su rostro: un Gran Colmillo. Su mandíbula cubierta de sangre se movía con lentitud, exhibiendo dientes tan largos como cuchillas. Sus ojos, inyectados en sangre, buscaron algo, o a alguien, y luego se fijaron en nosotros. Apenas crucé miradas con él, una presión inconmensurable tomó posesión de mi pecho. Era como si su sola mirada, fuese capaz de congelar mis pensamientos, sacando a flote mis más oscuros recuerdos...

— ¡Bullet, volví! ¡Tengo el rifle! —La dulce voz de Tália me sacó del trance. Como si jalara de mi con todas sus fuerzas, entró en la cabina abrazando el rifle. Su pecho subía y bajaba, y sus manos tenían pequeñas heridas, se había lastimado buscando—. ¿Qué hago? —preguntó en seguida, ignorando su propia agitación y heridas.

La miré, aún con el eco de los recuerdos rondando mi mente y ahora con vistas a aquellas heridas en sus manos, pero su presencia en sí me devolvió un ápice de claridad.

— Tú sigue intentando mover a Edelweiss. Yo me encargaré del rifle —dije con firmeza. Indudablemente Tália era capaz de poner en marcha a Edelweiss.

— Pero... —vaciló por un instante, intentando levantar un dedo, sus ojos se llenaron de incertidumbre y miedo, aun así, en un parpadeo, borró toda emoción y asintió—. Bien... ¡Bien, lo haré! ¡La pondré en marcha, cúbreme! —exclamó, entregándome el rifle y colocándose frente a las palancas.

— A partir de aquí, confía en tu instinto, Tália —le dije, cargando el rifle y verificando el cerrojo. Una pesada bala asomó en la recamara y en cuanto la vi, cerré el cerrojo—. Cuando tengas suficiente vapor, suelta los frenos y tira lentamente del inversor. Si no funciona, vuelve al punto cero e inténtalo de nuevo.

— ¡Entendido! —asintió ella con firmeza, pero su voz tembló al final. No podía culparla—. Saco frenos, doy potencia, y si no, espero más vapor.

— ¡Exacto! —asentí, palmeándole enérgicamente la cabeza, tratando de infundirle la calma que a mi me faltaba—. Confío en ti. Nos sacarás de aquí, estoy seguro.

Finalmente me giré hacia la ventanilla y me apoyé el rifle cerca de la mejilla, tomando una posición de disparo. Respiré hondo varias veces, cerrando los ojos por un instante.

"¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!! ¡¡¡PUM!!!"

Los golpes resonaron en mi cabeza. Pude ver la pared siendo embestida en mi mente... Por un segundo me negué abrir los ojos, jurándome a mi mismo que esto era una pesadilla, pero finalmente, lo sentí.

"¡¡¡PUM...!!!"

El último golpe hizo añicos lo que quedaba de la pared, sus restos cayeron violentamente al suelo, esparciendo una densa nube de polvo que bloqueó la visión a todos. Un gutural rugido siguió al estruendo, llenando la estación con el grito de la muerte misma.

Cuando abrí los ojos y levanté la mirada, el Gran Colmillo estaba allí, erguido, con su imponente figura blanca bañada en sangre. Su pelaje hondeaba con violencia debido a la ventisca que entraba por el enorme hueco en la pared. Sus ojos, rojos, como dos perlas de sangre me miraban con un hambre voraz, calculando el momento exacto para lanzarse sobre nosotros.

— Defenderé esto. Defenderé a Tália. —murmuré para mi mismo, apretando mis dientes mientras ajustaba la mira de hierro del rifle—. No importa lo que cueste ¡La defenderé...!

Apretando los dientes y sintiendo mi corazón latir con la fuerza de una tormenta, clavé la mira del rifle en su pecho. Durante un breve segundo, el mundo entero quiso detenerse ante mí. Entonces: "¡¡¡Pafff...!!!" el rugido del rifle rompió el aire, devolviéndome a la realidad. El retroceso me sacudió los brazos, incapaz de quitar mis ojos de aquella bestia. Con un movimiento rápido, tiré del cerrojo, expulsando el casquillo humeante. 

El olor a pólvora quemada y sangre me hizo entenderlo. La batalla por nuestras vidas había dado comienzo...

 

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