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La Venida de la Bestia, Parte 3

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 26 de julio de 2026

No quería ponerme demasiado nervioso, pero, por si acaso, busqué mi pistola, como era costumbre. Revisé con cuidado mi cadera y bajo las axilas, pero nada; no tenía mi pistola en ninguna de las pistoleras. Estaba indefenso ante cualquier extraño que se hubiera metido en la cabina...

Pese a todo, respiré hondo, perjurándome que no era nada y lentamente abrí la puerta de la cabina para echar un vistazo dentro.

Para mi sorpresa, la cabina estaba vacía. No había nadie. Además, las ventanillas estaban cerradas, así que, en caso de ser cierto, tampoco había escapado. 

Con algo más de valor, terminé de abrir la puerta y entré, pero el resultado fue el mismo: nadie. No había nadie. Preocupado, miré en todas las direcciones, buscando algún lugar donde alguien pudiera esconderse. Salvo por alguna caja pequeña o la caldera, no había sitio alguno para hacerlo.

— ¿Habrán sido imaginaciones mías por la oscuridad? Tal vez debería volver a la cama a dormir... —pensé en voz alta, rascándome la nuca antes de girarme hacia la puerta.

Antes de salir, eché un último vistazo a mi alrededor, la ansiedad me podía por momentos, pero no vi nada. 

Resignado a que no era más que una ilusión mía, me di la vuelta para irme. Justo en el último instante, antes de abrir la puerta, escuché un pequeño ruido de interferencia, como si algo no estuviera bien sintonizado. Al instante me detuve, y miré hacia atrás por encima del hombro. La radio seguía encendida... Varias luces titilaban, y las barras que indicaban la frecuencia estaban movidas. Frente a ella había una foto junto a un gran papel escrito.

Con algo de escepticismo, me acerqué y levanté ambas cosas.

La foto llamó mi atención al instante; incluso me inquietó. Era muy vieja, tomada hace varios años, y estaba maltratada por el paso del tiempo. Sin embargo, me resultaba extremadamente familiar. La había visto antes, muchas veces, incluso.

Rascándome la cabeza con fuerza, miré cada detalle de la imagen hasta que lo entendí: era una vieja foto que nos habíamos hecho mi abuelo y yo hace años. Estaba tan desgastada que no lo reconocí al principio, no fue hasta que vi un fragmento con el número "602" de la carbonera de Edelweiss, que recordé su origen.

¿Pero qué hacía esto aquí? Perdí muchas de estas imágenes con el tiempo o se deterioraron hasta ser irreconocibles. ¿Qué hacía esta frente a la radio?

Por otro lado, la hoja era un mensaje recibido por aquel telégrafo raro... No tenían conexión directa entre sí: la imagen era demasiado antigua, y la hoja parecía recién escrita, podía sentir el olor a tinta fresca, como si hubiera sido escrito hace muy poco.

El remitente del mensaje era el ERENOR.

Mensaje urgente

Buenas noches, Bullet.

Debido a las fuertes tormentas que están azotando gran parte de las Regiones del Norte, nuestro método de comunicación con ustedes será mediante el telégrafo hasta nuevo aviso.

Paso a darte el informe de situación:

Luego de nuestra última comunicación por radio, hace dos días, el departamento meteorológico confirmó que una serie de tormentas de nieve azotarán la zona céntrica del continente. Estas tormentas han provocado que las comunicaciones por radio caigan parcialmente; de ahí el cambio al nuevo método.

Intentaremos comunicarnos con ustedes dos veces por día, mañana y noche respectivamente, para saber su situación y transmitirles nueva información según vaya surgiendo.

El informe de los grupos de exploradores en toda la ruta señala que los Gran Colmillo se han acercado a ustedes. No sabemos la distancia exacta, pero estipulamos, por registros previos, que aprovecharon las tormentas para avanzar mientras los exploradores se resguardaban. Creemos que están a cuatrocientos o quinientos kilómetros de su posición. Por la distancia recorrida en tan poco tiempo, estimamos que se mueven a una velocidad de noventa o cien kilómetros por hora.

El plan sigue siendo el mismo: atravesar las montañas hasta llegar a la fortaleza. Personalmente, no creo que las tormentas afecten demasiado a esas bestias; es más, algo me dice que tienen relación con ellas. Lo estoy investigando por mi cuenta.

Un último punto: no harán más paradas. Seguirán casi sin detenerse hasta llegar a destino. Hemos dispuesto varios puntos de repostaje en lo que queda de la ruta.

Los Altos Mandos están preocupados. Temen que no lleguen a tiempo o que las crías se pierdan, como ocurrió la última vez.

¡Esta vez tienen que llegar, por la integridad de toda la Federación!

En el momento en que recibas este mensaje, estaré viajando junto a varios escuadrones hacia la misma fortaleza de destino por una ruta diferente. Pase lo que pase, cumple con el plazo y no dejes que los Gran Colmillo te alcancen.

Atentamente,
Mayor Grant.

— Se están acercando demasiado... —suspiré, arrugando el papel con la yema de mis dedos mientras releía el mensaje.

No era bueno. Viajaban casi a nuestra misma velocidad y nos estaban comiendo distancia. Parecía que no se detenían a descansar como nosotros, o si lo hacían, era por muy poco tiempo.

De repente, mientras pensaba eso, un sentimiento de urgencia me invadió. El vago recuerdo de la última vez que enfrenté a esas criaturas cruzó por mi mente como un relámpago, iluminando la oscuridad de mi mente. 

Hace años, cuando esas bestias nos atacaron, fue como si surgieran de la nada, apareciendo como un viento fugaz para azotarnos con la fuerza de una tormenta antes de desaparecer en las montañas.

Para cuando lograbas ver sus pelajes blancos y sus ojos rojos, ya era demasiado tarde. Arremetían contra nosotros sin aviso y luego desaparecían, solo para volver a atacar en cuanto bajábamos la guardia. Recordar esos momentos me erizaba la piel y me daba escalofríos. Solo pensar que Tália y yo podríamos enfrentarnos a esas bestias me abrumaba...

— ¡Debemos comenzar a movernos rápido! —concluí, dejando el papel sobre la mesa y sintonizando de inmediato la frecuencia de la estación.

Giré las perillas de la radio con brusquedad, moviéndolas de un lado al otro, hasta que finalmente sonó el timbre de conexión con la estación.

— Tren 602 a la estación —me comuniqué de inmediato—. Solicito el acoplamiento del convoy de vagones acorazados número (...) y permiso de salida.

La radio permaneció en silencio unos instantes. 

Cada segundo que pasaba sentía cómo los Gran Colmillo se acercaban más, y mi cuerpo me lo hacía saber. Mis manos sudaban, y la ansiedad me provocaba un ligero tic en el pie. Los recuerdos y miedos me invadían sin cesar. No quería vivir un segundo incidente, pero si no respondían rápido, algo me decía que uno de los dos, ellos o nosotros, no terminaría este viaje...

Finalmente, tras unos segundos de puro silencio, la radio emitió una respuesta brusca:

— 602, acabamos de recibir el informe del ERENOR y del Gremio de Comercio. Tienen permiso para salir. Diez minutos es lo que le pedimos y habremos completado el acople y los preparativos para su partida. Hay una tormenta afuera; ténganlo en cuenta antes de salir.

No respondí, ya había logrado lo que quería. Dejé el micrófono sobre la radio y salí corriendo de la cabina hacia el vagón dormitorio para despertar a Tália. Al salir, vi cómo varias luces del edificio principal de la estación se encendían de golpe, y un grupo de operarios salía rápidamente por una de las puertas laterales hacia el convoy de vagones acorazados detenido en una esquina de la estación.

Parecía que se estaban tomando mi petición en serio. Movilizaban un gran contingente de personas y maquinaria pesada para cumplir con el plazo de diez minutos.

Sin detenerme a observar por más tiempo, atravesé la carbonera y llegué al vagón dormitorio. Abrí la puerta de golpe y me acerqué corriendo a la litera donde Tália dormía profundamente. No me detuve ni un segundo a considerar cómo estaba durmiendo; simplemente me acerqué y comencé a moverla bruscamente del hombro.

— ¡Tália! —la empujé sin cuidado—. ¡Tália, necesito que te levantes! —La volví a empujar con más fuerza—. ¡Es urgente, necesito que te levantes!

Ella apenas reaccionaba a mi voz; estaba profundamente dormida. Ante la falta de respuesta, agarré las mantas y las destapé de un solo movimiento, dejando que el calor acumulado se perdiera en apenas segundos.

Por suerte, cuando la acosté antes, no le quité casi nada de ropa, así que seguía vestida. Solo necesitaba que se levantara; estaría lista para la acción.

— ¡Vamos, Tália! —insistí, empujándola con más fuerza—. ¡Necesito que me ayudes, no es momento de tener resaca! —La levanté hasta dejarla sentada sobre la cama.

Apenas podía mantenerse en esa posición sin caerse. La acomodé como pude con un par de almohadas y fui a buscarle un vaso de agua. Rebusqué dentro de la despensa y los cajones de la cocina en busca de un vaso limpio, pero los nervios no me dejaban pensar bien. No lograba concentrarme ni recordar dónde estaban los vasos. Saqué, tiré y revolví todo lo que encontraba dentro, ¡pero ni aun así di con uno!

Cansado y frustrado, cerré la despensa de golpe y tomé una botella de agua. Me acerqué a la aún dormida Tália, mojé mi mano y le humedecí la cara con la esperanza de despertarla.

—¡Por el amor a la Diosa, Tália, despierta de una vez! —Le pasé la mano mojada por toda la cara—. ¡Tália!

—¡Ogghhh! —gruñó ella de repente, despertándose de golpe y atragantándose en el proceso.

— ¡Al fin despiertas! —la felicité con urgencia, ofreciéndole una toalla.

Todavía somnolienta y con un mal humor más que justificado, se secó la cara antes de lanzarme la toalla húmeda a la cara.

— ¡¿Qué demonios te pasa?! ¡No puedes despertar a alguien así, menos si tiene resaca! —gritó mientras se paraba de golpe, llevándose una mano a la frente—. ¡Dime, ¿Qué sucede?!

Respiré profundamente varias veces antes de responder:

— Tenemos que salir ahora. Recibí un mensaje de la Mayor Grant: los Gran Colmillo están muy cerca. Si nos quedamos hasta la mañana, nos alcanzarán. —tomé su mano, apretándola con urgencia—. Necesito tu ayuda para poner en marcha a Edelweiss. Tenemos diez minutos antes de que se abran las puertas para salir.

— ¿Cómo que los Gran Colmillo están cerca? —sus ojos se abrieron de par en par, y sus orejas se levantaron alerta—. ¡Pero si son leyendas, folklore o como quieras llamarlo!

— Leyendas o no, nos están persiguiendo, y eso es lo único que me importa. Ya te puse en peligro trayéndote aquí sin saber qué era lo que transportábamos, y te prometí que verías Ymir. ¡Por favor, ayúdame a mover a Edelweiss! —le rogué con la mirada.

— Nunca dije que no te iba a ayudar, Bullet —respondió con algo de confianza mientras me tendía la mano—. ¡Vamos, ayúdame a levantarme!

Sin pensarlo dos veces, afirmé mi agarre y tiré de ella con fuerza, quizá demasiada, porque terminó casi cayendo sobre mí, abrazándome con uno de sus brazos.

— ¡Discúlpame, Tália! No era mi intención —me excusé con vergüenza, separándome rápidamente.

 —No hay problema, no me molestó... —respondió, sonriendo levemente, aunque parecía algo avergonzada—. Es más, se sintió muy bien abrazarte... ¡Pero ese no es el punto!

— ¡Entonces sígueme! —la tomé de la mano y la llevé conmigo.

Ambos salimos del vagón rápidamente y atravesamos el oscuro túnel de la carbonera hasta estar frente a la puerta de la cabina. Una vez allí, me volví hacia Tália.

— Tália, una vez que entremos, te pido que actúes rápido y no temas. Haré todo lo que esté en mi poder para sacarnos de aquí —expliqué, mostrándole una leve sonrisa, intentando tranquilizarla, aun sabiendo que el que lo necesitaba era yo—. Pero necesito que me ayudes ¿si? No puedo hacer esto solo...

—No hay problema —afirmó ella de inmediato, devolviéndome la sonrisa, apoyando sus manos sobre mis hombros—. Todo va a estar bien, tranquilo, Bullet...  

Con su respuesta afirmativa y un montón de dudas nublando mi corazón, entramos a la cabina, uno más nervioso que el otro...

 

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