Y así fue como nuestros dos héroes empezaron a viajar hacia el sueño que toda persona ha tenido: tener una mejor vida en un lugar nuevo. Aunque el viaje fuese lento, pues iban en una carreta jalada por burros, era un viaje seguro... o eso esperaba Káeli.
Mientras se encontraban avanzando, se percató Lyontari de un viejo lugar para él conocido, una taberna propiedad de Ÿiros. –Ey, Káeli, creo que encontré un buen lugar para pasar la noche.
–¿En medio del bosque? ¿Qué clase de lugar podría haber por aquí?
–Aunque no lo parezca, yo conozco lugares interesantes por aquí –dice presumidamente. –Por aquí hay un lugar ideal donde poder relajarse.
–Pues..., la verdad es que estoy algo cansada, así que... voy a aceptar. ¿Seguro que está cerca?
–¡Por supuesto que sí! No te preocupes, está a la vuelta de la esquina –diría Lyontari redirigiendo a las burras en dirección a la taberna.
–Está bien, intentaré confiar en ti... –responde Káeli.
Ambos viajeros entraron a la taberna, Káeli no es exactamente una chica que tome mucho, pero en este momento cualquier silla más cómoda que los de la carreta serían mejores que nada, por otro lado tenemos a Lyontari, quien está a un pelo de convertirse en alcohólico y ha pasado mucho tiempo sobrio.
Káeli pudo divisar al cantinero Ÿiros entonces: piel blanca, cabello bastante rizado color rubio, carente de barba y bigote, con ojos carentes de melanina color carmesí con nariz recta y puntiaguda, portando una camisa larga fajada en un pantalón de vestir oscuro, acompañado de un cinturón monocromático, además de tener gran robustez que destacaba sus hombros y sus orejas poseían lóbulos.
–¿Cómo está, mi viejo anarquista favorito? –le dijo Lyontari a Ÿiros.
–Muy bien, Qasad. Hace mucho que no te veía –respondió Ÿiros a Lyontari con un tono algo serio, pero alegre.
Káeli habría notado el cambio de nombre de su compañero por el que dijo Ÿiros, pero supuso que era o su apodo o su endónimo (su nombre original en su lengua natal).
–Ya sabes, me he estado metiendo en líos y terminé en una revuelta con esta tipa que ves.
–Ya veo... –dijo Ÿiros. –¿Sabes? El chisme por aquí no se hace esperar. Es tu ama, ¿no es cierto? –alzó una ceja.
–Sí... –respondió Lyontari no muy orgulloso.
–Vaya lío en el que te has metido –respondió Ÿiros logrando que Lyontari se encogiese.
Lyontari pidió una cerveza bien fría mientras que Káeli descansaba en los sillones cómodamente. Lyontari quería despejar su mente del hecho que era propiedad de alguien.
–Ey, pero tu amiga no solo puede estar por ahí sentada, si no pide nada, debe quedarse afuera –le dice Ÿiros a Lyontari.
–Claro, claro... –Lyontari se voltea en posición a Káeli. –Ey, querida. Necesito que pidas algo o tendrás que irte –le dice Lyontari a Káeli quien se levanta para responderle.
–¿Cómo por qué? Con lo alcohólico que de seguro eres, beberías prácticamente la parte que me correspondería.
–Lo siento, querida, políticas del lugar –le responde Lyontari con una sonrisa burlona en su rostro alzando los hombros.
–Vale, dale... Que me dé una piña colada –dice Káeli.
–No hay –responde secamente Ÿiros a Káeli.
–¿Coñac?, ¿cosaco?, ¿vino tinto? –pregunta Káeli mientras Ÿiros solo sigue respondiendo que no. –Ay, no sé... Una cerveza no es de mi agrado, ¿no tendrá hidromiel? –le pregunta Káeli a Ÿiros con esperanza de que haya algo que tomar... que no sea cerveza.
–Bueno, tenemos un poco, pero le advierto que es muy cara –le advierte Ÿiros a Káeli.
–Mientras no sea cerveza, está bien para mí –responde Káeli.
Ÿiros entonces entra con un tarro y vuelve con él lleno de hidromiel. Káeli lo ve no muy bien, pero toma el tarro y comienza a tomarlo de a poco.
Káeli no es que sea muy refinada con el alcohol, simplemente no le gusta, especialmente la cerveza. Pero se acostumbró al sabor de algunas bebidas en específico, como el coñac, el vodka y el vino; aunque cualquier jugo es mil veces mejor para ella
–Y dígame, ¿de dónde viene?
–Soy de por aquí, me ofende la duda.
–Señorita, hasta un sordo lo notaría. Se nota que no es de por aquí, aunque sinceramente, nunca había oído su acento por aquí antes y eso que recibo mucha gente a diario.
–¡Con un demonio! Si sigo sin aprender bien el acento no podré mezclarme con los demás sin ser tratada como una extranjera –pensó Káeli. –Bueno, lo cierto es que vivo un poco lejos de aquí, pero esa es información privada.
–Apuesto a que es de otro reino que busca refugio. No se preocupe tanto, Lyontari también lo es, está a salvo aquí –dijo Ÿiros.
Káeli dio un suspiro. –Lo siento, señor, intento mezclarme aún con el resto de personas... –contestó Káeli.
–Se nota. Así que dígame, ¿de dónde viene?
–Soy del Reino del Aire, de Afrodisyakós.
–Conque de Afrodisyakós... Está justo al sur de aquí. ¿Y qué le trae por acá?
–Creo que es muy obvio..., las condiciones de mi tierra natal son un asco... y esperaba poder encajar aquí.
–Ya veo. ¿Me cuenta un poco más? Me interesa saber la condición exacta de ahora.
–Claro... Actualmente ha empeorado su situación económica... y si a eso le agregamos una semidictadura, pues...
–Una pena la verdad... El Reino del Aire hace muchos años era la capital en desarrollo tecnológico y el trabajo abundaba –decía Ÿiros sumándose al sentimiento de Káeli.
–Sí lo fue..., pero de eso van años y de sus años de oro, van siglos... –dijo Káeli desilusionada comenzando a tomar del tarro con hidromiel. –El alcohol nunca me había sabido tan bien... –dijo Káeli disfrutando de su bebida como ninguna otra por el sentimiento que le daba.
Ÿiros solo observa cómo su nueva clienta ahoga sus penas en alcohol.
–Debo admitir que la situación actual parece un asco, pero siempre debes intentar verle el lado positivo a las cosas. No eres una marginada de la sociedad que está en peligro que la maten por solo salir a la calle por ser diferente.
–No, no creo que mi situación se aleje tanto de lo que dice... –dijo en voz baja.
–¿A qué te refieres?
–Lo siento, solo son palabras sin sentido que digo por el alcohol. No les dé importancia –responde Káeli y después le acerca el tarro a Ÿiros. –Rellénelo, por favor.
Esa noche, Káeli bebió mucho. Ella conversó toda la noche con Lyontari y Ÿiros; mientras este último le contaba porqué decidió que su taberna fuese completamente anárquica como respuesta al gobierno, Lyontari entonces se comenzó a abrir.
–Cuando era pequeño... vivía en el campo, éramos muy pobres. Jamás pude ir a la preparatoria porque era más importante el trabajo para mi familia que esas cosas –dijo Lyontari mientras tomaba otro sorbo grande a su cerveza. –«No te enseñan nada, ve a tu hermano, tan inútil como siempre» es lo que siempre decían.
–¡Pero si la escuela es muy importante! –protestó Káeli que tenía la lengua más suelta.
–Ellos no lo ven así... Fue así como llegué aquí. Un amigo me ayudó a llegar aquí, ahí fue donde conocí al viejo –Lyontari se refería a Ÿiros.
–¿Qué pasó con tu amigo? –preguntó Káeli intrigada por ello.
–Pues..., al principio..., ambos intentamos conseguir trabajo, pero él siempre había estado inclinado por el mal camino –dijo Lyontari y terminó su cerveza. –Ya tenía mala fama de ser un ladrón en nuestro pueblo, pero no había mucho que robar; donde se lució fue aquí, siempre decía que dejaría de hacerlo tras conseguir un trabajo, pero... cómo sabrás, ese día nunca llegó y..., después de intentar varios trabajos mediocres, pues... ¿por qué no? –empezó a sonreír mientras giraba su cabeza de un lado hacia el otro.
–La xenofobia de la gente de aquí es horrible... –dijo Káeli.
–No sé que es eso, pero estoy seguramente de acuerdo, porque todo lo que viene de la gente de aquí es horrible.... –dijo Lyontari mientras volteaba al techo y continuó su relato. –Pero me alejé cuando comenzó a hacer crímenes peores. Al principio solo eran robos menores, después me incitó a usar mi labia para realizar estafas, hasta que un día llegó con una persona amordazada..., aún me siento culpable de cómo la madre rogaba por la vida de su hija mientras yo le pedía dinero a cambio... –Lyontari se perdió en el techo.
Lyontari no habló más, pero Káeli ya sabía que después de eso fue que Lyontari decidió alejarse de él y dedicarse a robos menores, hasta que de la nada volvió a hablar.
–Ahora tengo mi esperanza puesta en ti –dijo Lyontari sonriendo.
–¿En mí?
–Eres mi pase de entrada a una vida mejor, nos ganaremos la confianza del pueblo gracias a tu magia –explicó Lyontari con una gran sonrisa atontada que combinaba con sus ojos a punto de cerrarse.
Káeli se quedó confundida en lo que había dicho Lyontari, pero comenzaba a empatizar más con él.
–Solo te ayudaré si me prometes no volverte a meter en malos pasos.
–Lo que digas, lindura –dijo riendo Lyontari para luego levantarse.
Lyontari no pudo aguantar mucho estar despierto, por lo que le pidió a Ÿiros las llaves de una habitación y se fue a dormir; por su parte, Káeli se quedó un poco más hasta que empezó a vomitar por la cantidad excesiva de alcohol y después se fue a dormir en una de las sillas de la barra.
A la mañana siguiente, Lyontari despertó a Káeli quien apestaba a alcohol. –Si sigues apestando así, pensarán que vos eres la criminal y no yo. Anda, ve a bañarte.
–Está bien... –Káeli iría al baño y tomaría una ducha mientras que Lyontari se encargaría de preparar la carreta y los burros para salir.
Káeli saldría finalmente de la ducha e iría a cambiarse mientras observaba el cielo estrellado de la madrugada, a lo lejos, un lucero que iba hacia el norte y que le daba esperanza de seguir en su camino.
Káeli no es que fuese la persona con el mayor interés sobre el espacio exterior, pero le era imposible no admirar la Luna junto a los luceros y estrellas cada que no estaba en la ciudad. Le recordaban al cielo despejado de cuando era niña.
Kaeli finalmente terminó de arreglarse y cambiarse y bajó junto a Lyontari para pagarle a Ÿiros por todos los servicios que les había dado. Káeli se despidió de Ÿiros salió junto a Lyontari a su viaje nuevamente. No sabía qué cosas le esperaban, pero solo sabía una cosa: Ella iría a donde aquel lucero que apunta al norte la guiase.
Aunque mientras iban en la carreta, vieron a una peculiar persona, rara, con una apariencia medianamente similar a la de un soldado y que se dirigía a la taberna, aunque sus rasgos no eran divisibles fácilmente por la obscuridad.
Káeli le preguntó a Lyontari al respecto, pero él solo respondió. –Ÿiros sabe cuidarse solo, además... seguro solo es un cliente un poco... estrabagante...
–Se dice «extravagante» –le corrigió Káeli.
–Lo que sea... Sigamos adelante, que me muero de frío aquí –respondió Lyontari.
Y así fue como ambos partieron al norte de la península finalmente.