Pasados los días, Káeli se sentía aliviada de todo lo que había pasado, finalmente podía descansar de todo... debajo de un puente. Sí, qué triste es la vida de los extranjeros.
–El acento de esta región es algo curioso, se ve que es algo diferente a lo que decían mis libros; supongo que ese uso de /c/ en vez de /d͡ʒ/ debe ser por el habla rápida, ensordeciéndose el fonema y pasando por un alófono intermedio imperceptible como /ɟ/. Es algo curioso, pero, en fin, no vine aquí para andar de lingüista, pero tampoco es como que pueda dormir bien. Este lugar es muy frío –dijo Xyovka mientras intentaba conciliar el sueño, perdiendo su mirada en el firmamento nocturno adornado con las estrellas, su única compañía en aquella fría noche.
Despertó a la mañana siguiente por los rayos del Sol que le pegaban contra su rostro. No tuvo más remedio que levantarse. Su ropa estaba algo sucia por haber dormido en el suelo, por lo que con un poco del agua que había del río, intentó limpiarse un poco. Era algo sucia, pero no tanto.
–Podría ser peor –dijo Káeli.
Tras levantarse y haberse limpiado levemente la suciedad de su ropa caminó por la ciudad. Debía encontrar un trabajo con el cual, por supuesto, pudiese sobrevivir en su nuevo hogar. El primer lugar donde preguntó fue una biblioteca.
–Buenos días. ¿Necesita alguna bibliotecaria? Tengo experiencia catalogando, archivando y atendiendo lectores.
La encargada levantó la vista apenas unos segundos. –¿Podría dejarme ver su carta de recomendación?
–No tengo una...
–Entonces lo siento.
Káeli asintió con vergüenza y salió del establecimiento. La siguiente parada fue una pequeña librería.
–Disculpe, ¿está buscando personal?
–Lo siento, muchacha. Ya hemos tenido demasiados problemas con gente que desaparece a la semana, estamos mejor así.
–Entiendo... Muchas gracias de todos modos.
Y así, establecimiento tras establecimiento, la terminaban rechazando, aun el sol ya comenzaba a descender.
–Vaya forma de empezar una nueva vida... –murmuró mientras caminaba sin rumbo.
Entonces vio un pequeño cartel colgado en un poste: Se busca personal. A Káeli le brillaron los ojos.
–Al fin...
Anotó la dirección y salió prácticamente corriendo. El empleo que encontró no era ni en lo más mínimo lo que quería, pero estaba dispuesta a hacerlo si con eso se iba ganando un poco de la confianza de algunos de la ciudad. El trabajo era simple: limpiar las celdas y pasillos de la cárcel.
Había gente alrededor claramente no muy amistosa o de fiar y con un olor pútrido. Káeli quería morirse del asco y vomitar, pero no hizo nada e hizo la limpieza. Todo este sufrimiento aguanto nuestra joven soñadora en completo silencio, mas muy asqueada.
–Está bien, Káeli, vos puedes. No importa qué tan pútrida y horrenda sea esta situación: Has pasado por cosas peores –se daba Káeli ánimos para continuar, preparándose mentalmente para trabajar así unos 3 o 5 años... con suerte.
Mientras estaba barriendo, llegó al lado de la celda de Lyontari, quien se había quedado en su celda. Parecía no importarle mucho. Ella volteó a verlo y él le sonrió.
–Vaya, vaya, pero mirad a quién tenemos por aquí, ¡pero si es doña chismes! –contestó Lyontari.
Káeli solo le sonrió y siguió barriendo.
–Oh, vamos, ¿ni siquiera algo me vas a decir, guapa? Después de meterme a la cárcel debes estar muy feliz barriendo en libertad frente a mí, ¿no es así? –dijo Lyontari.
–Podría decirse que sí, pero yo no te encerré, el que dejó que lo atrapasen fuiste vos y nadie más –lo apuntó con su dedo mientras sonreía burlonamente.
–Pues sí, pero no te rías tanto. Eres igual a mí, eres una inmigrante y cuando todos se den cuenta, te darán la espalda. A nadie le gustan los inmigrantes por aquí: Nadie te dará empleo, ni hogar y terminarás haciendo cosas desesperadas como yo para sobrevivir –le respondió Lyontari a Káeli con un tono bastante molesto.
–No sé de qué me hablas, yo soy de aquí. Soy solo una simple maga de tierra, residente de esta ciudad que no ha tenido mucha suerte –le respondió con una sonrisa en su rostro bastante confiada de sí misma mientras movía su mano de forma ondulada. –Vos solo eres, por otro lado, una simple lacra que me robó mi bolsa. Te mereces esto –Káeli lo miró con desprecio.
–Ya te lo dije, hice eso para sobrevivir –contestó Lyontari.
–Y yo igual ayude a atraparte para sobrevivir, no eres el único que lo intenta. Deberías de estar agradecido, gracias a que eres de otro país, no te juzgarán, sino que te mandarán a tu país de origen a ser juzgado –le aconsejó.
–¿Agradecido? ¡No puedo volver a mi país!
–¿Por qué? –le preguntó Káeli.
Respira profundamente Lyontari y le responde. –Si piso un pie allí, moriré dentro de una celda, pues me doblarán la condena probablemente por haber migrado.
–"¡Oh, qué trágico!" Supongo que es el karma de todas tus malas acciones –le responde Káeli con sarcasmo.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué planeas hacer vos? Estás en una situación igual a la mía y no creo que consigas empleo en este lugar fácilmente –la cuestionó.
–No lo sé, pero si me esfuerzo encontraré algo –aseguró Káeli.
–Lo dudo. Aunque...
–¿Qué? –preguntó entonces Káeli de mala gana.
–Yo podría ayudarte a conseguir un trabajo digno, solo necesitas sacarme de aquí.
–¿Y por qué no lo has hecho vos si tan inteligente eres? –le preguntó a Lyontari burlonamente.
–A diferencia de ti, yo no tengo poderes para controlar la tierra. Esa habilidad tuya es la clave.
–Me niego.
–¿Qué? ¿Por qué? –preguntó Lyontari desconcertado.
–No me voy a inmiscuir con un ladrón como vos. Búscate a alguien más para eso.
–Sabes que es una buena oportunidad para tener una vida digna aquí –buscaba convencerla Lyontari.
–Aun así, es imposible que te saque de aquí y menos gracias a que probablemente haya un montón de cámaras aquí y hayan escuchado todo tu plan. ¿No habías pensado en eso, cierto? –le dice Káeli a Lyontari.
–En esta prisión no tienen micrófonos y las cámaras están apagadas; solo ponen las cámaras, pero lo hacen sin las dragonites, es para hacernos pensar que estamos siendo vigilados, pero no hay nadie viéndonos y mucho menos oyéndonos.
–¿Y cómo es posible que sepas tanto de la seguridad de este lugar? –preguntó escépticamente Káeli.
–Aunque no lo creas, yo también trabajé aquí alguna vez, por eso lo sé. Al igual que vos, intenté ser mejor de lo que soy ahora, pero caí rápidamente en los mismos pasos cuando comencé a agonizar de hambre –le respondió y después continuó. –De hecho, puedes fijarte en la pared y encontrarás algo curioso –le señaló con su dedo índice a la pared.
Káeli se voltea y observa algo que la desconcertó, en la parte superior de una de las puertas se podía observar entre lo limpio y el óxido: «Lyontari trabajó aquí»; ni idea de cómo lo escribió, pero se veía algo reciente incluso así... Káeli piensa si es verdad lo que le dice Lyontari y si puede confiar en él.
–¿Y qué se supone que debo hacer? –preguntó Káeli.
–Es muy simple. Aunque sea este un país bastante avanzado, aún están de acuerdo con la esclavitud. Si me tomas como esclavo, podrías sacarme de aquí, pues es una forma de pagar deudas con la sociedad.
–Suena demasiado sencillo..., ¿pero cómo conseguiría yo que te designasen como mi esclavo?
–Vos solo tienes que ir a reclamarme una vez que acabe el procesado por la corte, yo simplemente te aceptaré como mi ama, como mi última voluntad –le responde confiado.
–Suena demasiado fácil, ¿cómo sé que no me vas a atacar por la espalda mientras duermo para escapar con libertad? –lo miró fijamente con desconfianza.
–No te preocupes por eso. Hay varios sellos mágicos que me impedirán hacerte daño. Si no me crees, puedes verificarlo en los términos y condiciones del contrato que nadie lee.
Káeli se quedó pensativa unos minutos mientras analiza la situación. –Está bien, acepto.
Káeli al día siguiente intenta arreglar con los policías la libertad de Lyontari a cambio de su esclavitud, que sorprendentemente fue como adoptar a un perro, aunque se percató que en el contrato se estipulaba que, básicamente, se lavaban las manos ante cualquier responsabilidad o daño que sufra por llevar un criminal como esclavo consigo.
–Bien, ya te saqué de la cárcel, ¿se puede saber el siguiente paso de tu plan? –le pregunta Káeli a Lyontari saliendo de la fiscalía.
–Es muy simple. Si llevas a un esclavo contigo, la gente estará más segura que eres una persona de esta nación y, yendo a la ciudad adecuada, lograremos que consigas un trabajo digno –le responde Lyontari.
–¿Así que fundamentalmente te saqué de la cárcel solo para que me guíes a la "ciudad ideal"?... –dice decepcionada Káeli a Lyontari.
–Básicamente –le responde alzando sus hombros.
–No sé por qué no me sorprende... Aunque no sé qué ganas con todo esto.
–Bueno, supongo que es momento de decirte la segunda parte del plan... –Lyontari se voltea hacia Káeli y la mira fijamente –Para cerrar nuestro trato, necesito que firmes mi libertad y yo con mucho gusto te llevaré hasta allá –le dice Lyontari a Káeli.
–Lo siento, pero el contrato estipulaba como mínimo treinta días –respondió Káeli y sigue caminando.
–Sí, lo sé, pero entonces me harás libre –respondió Lyontari.
–Espero que para entonces vea los resultados de tu plan de conseguir una vida mejor –responde Káeli. –Ahora supongo que necesitamos conseguir un carro o algo para llegar –le dijo a Káeli pensando en cómo se iban a mover.
–De eso no te preocupes, tengo un increíble vehículo que nos llevará en un santiamén hacia nuestro destino –le responde Lyontari.
Káeli y Lyontari van a un pequeño espacio a las afueras de la ciudad y encuentran una impresionante... carreta... movida por burras... Káeli se queda en silencio unos minutos y acto seguido habla.
–¿Qué es esto? ¡Habías dicho que sería rápido! –le reclama a Lyontari.
–Es su automóvil de lujo, su majestad. Un carro estándar impulsado por un motor de dos burros de fuerza, último modelo y el más rápido del este –le responde Lyontari a Káeli, riéndose locamente por dentro.
Káeli contiene sus ganas de gritarle e insultarlo y decide solo subirse a la carroza.
–Vámonos, entre más rápido lleguemos, más rápido acabaremos con esto –le dice Káeli de mala gana.
–Esa es la actitud, pero necesitamos conseguir un poco de alimento para el viaje o se morirán de hambre los burros o nosotros –respondió Lyontari.
–Muy bien... –exhala –Consíguelo.
–Lo siento, pero de eso se va a tener que encargar usted.
–¿Qué? ¿Por qué yo? –le preguntó Káeli en desacuerdo con eso.
–Tiene que recordar que yo soy un famoso ladrón de aquí y no tengo una pizca de dinero, por lo que se me hará imposible conseguir cualquiera de esas cosas por mi cuenta a menos que robe. Por ello, usted, como la mujer decente que es, tendrá que conseguir el alimento para sus imponentes yeguas fornidas –dijo Lyontari.
–Está bien, está bien. Iré por ese tonto alimento. Vos espérame aquí –dijo Káeli de mala gana, bajándose de la carreta y dirigiéndose nuevamente a la ciudad.
Ella tuvo que ir al centro, comprar provisiones y volver ella sola con todo eso... y Lyontari lo disfrutaba sin remordimiento alguno, acostado en la sombra. Con el equipaje listo al igual que las provisiones, nuestros dos nuevos viajeros partieron hacia su destino.