–Mi nombre es Káeli, Káeli Xyovka –dijo una chica de cabello azulado, ojos con iris violeta y una piel bronceada, similar al naranja, en una sala donde se encontraba el presidente, vicepresidente y aun más gente. –Yo soy la legítima heredera al trono, la que verdaderamente debería gobernar esta nación, la eugobernadora –continuó diciendo la chica.
El grupo de personas se puso rápidamente escéptico, mirándola con suma extrañeza, mas con curiosidad por sus afirmaciones.
–No estoy disparatando. Yo no nací en tiempos actuales, nací durante los apogeos de este reino, el Reino del Aire, lo que hoy en día es una supuesta república, supuesta, pues de república tiene muy poco –dijo la chica contraponiéndose a su escepticismo.
El público al que iba dirigido el discurso parecía haberse finalmente interesado por lo que la chica decía, escuchándola con atención.
–No tengo ningún inconveniente con las repúblicas, al contrario, he visto que desde siempre han llevado en algunas ocasiones mejor gobierno que la tradicional monarquía, pero si lo que ocurre es la inexistencia de la misma, haciéndose pasar solamente por ella, entonces no estoy de acuerdo con ello; no soy la única en tener este pensamiento, todo el pueblo está de acuerdo conmigo: de seguir así, el reino entero caerá, como muchos países más, en la desgracia. Por eso he venido hoy a interponerme sobre lo que se ha impuesto: Regresar a la Corona Real a su sitio y desvanecer su Coroneta –dice Káeli terminando con su discurso.
Poco después de las declaraciones de la chica, se echaron a reír a carcajadas todos en la susodicha sala, y entonces, Káeli despertó de su profundo sueño: Todo esto ocurrió mientras ella se encontraba dormida, soñando todo lo anterior..., aunque se sintió, extrañamente, totalmente real.
Agitada su respiración, le fue inevitable soltar unas lágrimas de la desesperación y vergüenza que había pasado en aquel lugar. Intentó contenerse, pues no quería despertar a nadie en el lugar en el que vivía.
–Maldita sea... –dijo entre dientes. –...Lo peor es que no está muy lejos de la realidad eso... Quisiese poder saber qué hacer... Necesito algo con lo que validar mi puesto, pero no sé qué..., ...no puedo llegar nada más así, ...podría llegar a ir hasta la cárcel... –dice para ser interrumpida por una de sus vecinas.
–¡Deja dormir al prójimo! ¡Maldición, Xyovka! ¡Los sueños son como el socialismo: no funcionan!, ¡deja de llorar, marica! –dijo su vecina gritándole, la cual se encontraba en el edificio de enfrente.
Káeli de inmediato guardó silencio y se recostó nuevamente en su cama.
–Olvidaba el buen oído que tiene Elafê –dijo en sus pensamientos e intentó conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, Káeli se despertó presurosa hacia su trabajo. Káeli durante el trayecto pasó por al lado del lugar donde solía haber una estatua bastante vieja del rey Rehens Jikán Panikós Pumu, ahora siendo reemplazada por el anterior presidente.
–Si tan solo tuviese pruebas o alguna forma de quitarle el trono..., lo haría sin dudarlo y rápido. Quizá no pueda ser una reina muy buena, pero ¡ey!, puedo hacer un mejor trabajo que ese papanatas –reflexionaba Káeli. –¡Maldición! Aún no me creo que en serio basó toda nuestra economía en la exportación de gas.
Káeli finalmente llegó a la biblioteca, se acercó a su escritorio e hizo su silla hacia atrás un poco para ver el techo en el que había un mapa colgado con todos los reinos. Ella se le quedó viendo fijamente al Reino del Metal, especialmente a la Jadetit Penínsulam, el territorio más cerca de donde estaba después del mar.
–Quizá sea buena idea irme a esa nación vecina..., seguramente que en el Reino del Metal podría tener una mejor vida, después de todo, tengo habilidades de magia de tierra y metal –dice Káeli para después iniciar a acomodar unos papeles.
Pasaron los días y Káeli se enteró de que la mayoría de los libros de varias bibliotecas serían quemados; ahora serían impresos nuevos libros dirigidos por el Estado. Káeli no pudo soportarlo más, por lo que decidió que ya era momento de irse de aquella nación que tanto amó; Káeli pasó observando el reloj de la misma manera en la que un estudiante espera la hora de la salida el día de su graduación: ansía que termine y al mismo tiempo desea que dure un poco más. Finalmente, abandonó la biblioteca dejando una nota con su despedida y cerró una de las ventanas que iban a la calle antes de irse.
–Siempre el viejo insistía en que la mantuviese cerrada porque si el aire se juntaba, podría romperla, pero eso nunca pasó –pensó y se retiró a casa.
Al llegar, no perdió tiempo y cambió su atuendo a uno más apropiado con unos pantaloncillos cortos de mezclilla algo ajustados que le llegaban arriba de las rodillas, una camiseta gris de fondo, una ombliguera de una tonalidad pálida obscura encima de la camiseta y unas botas largas de color gris, azul pálido y amarillo como el níquel, pero que le llegaban abajo de las rodillas.
Káeli, tras estar lista, abrió una caja que tenía adentro de un cajón, de la que sacó un collar con un diamante amarillo en forma de estrella de cuatro picos; se lo puso por debajo de la ropa, evitando que se pudiese ver. En una bolsa grande empacó más cosas, especialmente ropa, dinero y algunos bienes, aunque el más preciado era ese amuleto, que tenía desde bebé.
Káeli finalmente salió de casa, sabía que tenía la renta pagada por si se arrepentía, pero realmente no esperaba volver a su patria nuevamente. Antes de irse, volteó hacia el edificio de departamentos que tenía enfrente, ahí estaba aquella muchacha que le había gritado la noche anterior. Pensó en que quizás debería comentarle que se iría, pero sabía que probablemente ese día estaría trabajando y no estaría en casa. Pensó en dejar alguna carta, pero tenía miedo de que le reclamase que no se lo dijo a la cara. La indecisión de Káeli finalmente la llevó a no decirle nada e irse, pues a ese paso perdería el último tren del día y sabía que tenía poco tiempo, pues desde otoño comenzaban a dejar de haber barcos en el mar.
Tomó el tren directo de la ciudad Reál Ufteró, que era la capital del Estado Afrodisyakós, a la ciudad con puerto Ciklóniko Ecṅa. Káeli estuvo aburrida casi todo el viaje, jugueteando con su cabello durante todo el recorrido, solo pensando en qué haría al llegar al nuevo territorio.
–Bueno, no puede ser tan malo, espero... –pensaba Káeli mientras se movía por el tren.
Pasaron aproximadamente unas seis horas, antes de que pudiese bajar del tren. Una vez que bajó, estuvo caminando por un largo tiempo, hasta encontrar el puerto, de ahí subió a un barco que la llevaría directo al Reino del Metal.
Hacía ya tiempo que una amiga le había hablado de este barco y le había conseguido las "palancas" para poder ir, de esa manera no tendría que pagar la desorbitada cantidad de dinero que pedían por entrar al Reino del Metal indocumentadamente.
–Vaya que eso fue "sencillo" –pensaba Káeli. –Bueno..., solamente espero que esto no sea como cambiarse de camarote en un barco hundiéndose... –dijo pensando seriamente, mientras llevaba su bolso puesto en las piernas.
Tardó trece días en la bodega del barco junto a otros inmigrantes, pero finalmente, casi al atardecer, Káeli bajó del barco, había llegado a Verác Pverto, un pueblo del virreinato de la Jadetit Penínsulam.
Káeli se incorporó poco a poco en el pueblo, era un lugar bastante bonito y el calor del verano sí se apreciaba. Las calles en su mayoría eran estrechas y en varias había pequeños puestos con baratijas que solo a un turista podrían gustarle..., justo el tipo de persona que era Káeli.
Ella sabía que sus habilidades de crear metales en ese lugar no le servirían como en su tierra natal, por lo que tenía que buscar trabajo rápidamente, pero poco después, mientras Káeli estaba viendo unos amuletos, sintió cómo su bolso resbalaba de su brazo con fuerza.
–¡Maldita sea! –gritó con rabia Káeli. –¡Solamente esto era lo que me faltaba! –Káeli fue a la comisaría para intentar reportar el incidente con su bolso, y no fue tomada en cuenta.
Se hacía de noche, y tenía que dormir, así que no le quedó de otra que intentar lograr que le permitiesen dormir en algún lado, un hotel, una casa, lo que fuese.
–Por favor, se lo imploro, déjeme dormir en su morada solamente esta noche –imploraba Káeli a una señora.
–¿Morada? –responde desconcertada.
–Casa, pues –responde Káeli.
–Ah, pues qué palabras tan raras usas, ¿eh, hija? Pues mira, no tengo espacio para que te puedas quedar, así que lo lamento, pero no, no puedes quedarte. Lo lamento, muchacha –responde con un tono apenado hacia la joven.
–Oh, vamos. Puedo dormir en un huequito, solamente déjeme pasar la noche bajo techo –insiste Káeli.
–Lo siento, pero no insistas. La última vez que dejé pasar a un desconocido en esta casa, terminé con un hijo que es ahora testigo de no sé qué. Buenas noches y suerte –la señora cerró la puerta entonces.
–Bueno. No queda más opción –dijo Káeli resignada.
Káeli se dirigía a un hotel, intentaría convencer a uno de los del lugar para que le permitiese dormir en el lugar.
–¡Venga, amigo, le chuparé el pito si es necesario, lo necesito! –dijo Káeli refiriéndose al silbato del portero que tenía lleno de tinta.
–Vale, eso sonó muy mal, pero lo siento, pero no puedo hacer eso –dijo el hombre a Káeli.
–¿Raro?, ¿por qué?
–Porque dijiste que me chuparías el pito –contesta el hombre con énfasis en «pito».
–Sí, ¿y luego?
–No eres de por aquí, ¿cierto? –infiere el hombre.
–Supongo que debe ser algún tipo de modismo raro o de doble sentido de esta región. Joder, debo aprender rápido el dialecto de aquí, o pasaré más vergüenzas –pensó Káeli. –Claro que lo soy, ...es solo que..., no estoy de acuerdo con los juegos de doble sentido, ¿me comprende?
–Entiendo.
–Como sea, ¿piensa dejarme quedar, por favor?
–Lo lamento, señorita, pero reglas son reglas y aquí son muy estrictas.
–Entiendo..., aunque –iba a terminar de decir algo, cuando fue interrumpida por la aparición de una fuerte nube de humo. –¿Qué ocurre? –pregunta Káeli mientras tose y mueve sus manos haciendo que el humo se disipe de a poco.
Entre el humo, Káeli solamente pudo divisar una sombra familiar, la de aquel sujeto que le robó el bolso y, efectivamente, traía su bolsa consigo.
–No hay duda de que es él –Káeli hace que todo el denso humo desaparezca, pero es inútil, aquel hombre ya no estaba, al igual que los muebles que se encontraban en esa sala.
–¿Qué? –se pregunta el hombre al ver su alrededor. –Oh, no. Me matarán por esto –de inmediato, el hombre llama por teléfono a la policía.
–¿Cuándo hizo todo eso? Jm... –se pregunta Káeli.
La policía llega e interroga al portero, y a Káeli, además de buscar una descripción gráfica por parte de la última de cómo es el tipo.
–Sí, parece que ya conocemos al tipo. Su nombre, que conocemos hasta el momento, es Lyontari, un hombre del Reino de Fuego, muy bueno en el camuflaje. Va bien con su nombre –dijo uno de los policías.
–Por supuesto que ya lo conocían, hace unas horas fui a reportaros mi caso, pero no les importó en lo absoluto –dijo Káeli en sus pensamientos.
–Seguiremos investigando. Gracias por su cooperación –respondió otro de los policías y se retiran.
–«"Siguirimis invistinguindi"» –dice Káeli entre dientes. –Como sea, em..., lamento lo sucedido, pero retomando el tema... –dice Káeli insistiendo para ser interrumpida antes de siquiera hablar y ser negada una vez más por el portero. –Diablos...
Káeli decidió finalmente rendirse, y quedarse cerca del callejón que había al lado de un banco. Entonces, lo oyó, unos pasos rápidos, más el sonido de una llama que creó bruscamente humo. Káeli entonces, decidió levantarse, y correr al dichoso lugar.
–がゎコエンかゎ –rápidamente lanzó una ráfaga de aire haciendo que el humo se disipase demasiado y ahí estaba, su mal empiezo en su nueva historia en esa región. –¡Devuélveme mi bolso! –gritó Káeli.
–El que se lo encuentra se lo queda y yo lo encontré en tu brazo –le guiña el ojo y corre.
Káeli refunfuñó y comenzó a perseguirlo mientras le gritaba. –¡Ven aquí! –Káeli lo acorrala hasta un callejón sin salida. –Mi bolso –extiende su mano.
–¿Vos y cuántos más? –Lyontari le preguntó a Káeli, encendiendo su mano con un hechizo de fuego que iluminó el lugar.
En aquel momento, Káeli pudo observar con detalle las facciones del ladrón: tenía el cabello rubio, de un tono bastante natural, con la parte superior peinada con una raya al medio y un largo que llegaba hasta las orejas, mientras que la parte inferior le caía un poco más allá de los hombros, con las puntas ligeramente rizadas hacia arriba; llevaba una barba pelirroja, aunque sin bigote, y sus ojos eran de un verde intenso, como esmeraldas. Vestía un pantalón de mezclilla azul (bluyín), una camiseta blanca y una sudadera negra; sus orejas estaban pegadas al rostro y su nariz era recta, sin una punta pronunciada.
–Nosotros –respondió un hombre y los policías acorralaron a Lyontari. –Bien, bien. Parece que al final, nos has sido de ayuda, jovencita –responde el hombre nuevamente.
–Por cierto, ¿se podría saber qué hace alguien del Reino del Aire en estas tierras? –preguntó el hombre.
–¿Yo? Disculpe, señor, pero yo soy de aquí –respondió Káeli.
–¿Y tu hazaña con el viento? –preguntó escéptico aquel hombre con gran interés.
–Oh, vamos –Káeli levantó una roca con su magia. –¿No es suficiente con esto? Aunque tuviese magia del Aire, solo un residente del Reino del Metal tendría la magia de la tierra.
–Jm. Interesante. Bien, nos vemos, ¿señorita...? –dijo el hombre esperando que le autocompleten.
–Káeli Xyovka.
–«Káeli»; lindo nombre. Buenas noches –dijo y se retiró el hombre.
–Joder..., eso estuvo cerca. «"Káeli, deja de estudiar la magia de los terrenos esos, no te servirá de nada, no tienes herencia, solamente te haces ver más rara de lo que eres»", ¡ja!, lo que vos digas, Elafê –pensó Káeli con gran alegría.