Abandonó el hospital.
Simplemente pareció desaparecer.
Se colocó su máscara, se escondió en su gabardina, caminó sin mirar atrás.
Comenzó a recorrer las calles, sin rumbo alguno. Solo quería caminar y dejar de pensar.
Pero no podía simplemente ignorar ese sentimiento, se llevó la mano al pecho, sentía los latidos de su corazón, con un ritmo irregular. Agachó la mirada, se vio sus manos.
No dijo nada más, solo limpio las pocas lágrimas que aún brotaban de sus ojos.
Algunas personas parecían verla un tanto asustadas. Otras simplemente la ignoraban.
No sabían quién era, y para ella eso le bastaba.
Un impulso estúpido tal vez. O simplemente curiosidad.
Caminó hacia los barrios bajos.
Nunca había ido a ese lugar, pero llegar le fue fácil.
Caminó hasta ver los daños del incendio.
A medida que se acercaba más al origen, las estructuras aledañas parecían tener cada vez más y más daños.
Los pocos edificios construidos con madera parecían haber sido reducidos a carbón.
Con cada paso dado, pudo ver con más detalle la magnitud de los daños, no solo daños materiales.
Diferentes personas escapaban del lugar, repletos de cenizas y llenos de hollín en el rostro. Sus ropas no estaban en las mejores condiciones, pero no parecía que fuese por los daños del fuego.
En todo el tiempo que pasó divagando por Sköelger nunca había visto personas vestidas con esa clase de harapos y trapos.
Ni siquiera la mujer del parche en el ojo con quién se topó anteriormente se veía así de deteriorada.
Sintió un profundo pesar, evitó ver a esas personas.
Las víctimas vieron como ella simplemente caminaba sin dirigirles la mirada, como si ellos no importaran en lo más mínimo.
Pasó al lado de unos niños, los niños le escupieron la gabardina, dejando escapar algunos insultos.
Su corazón se aceleró, aceleró el paso.
Se llevó la mano al pecho, temblorosa.
Cada paso iba acompañado de la sensación de ser observada, juzgada.
Sin saber cómo, con los pensamientos nublados, sus pies la llevaron a un edificio un tanto peculiar, en medio de un callejón.
Parecía ser un teatro abandonado, o eso pensó ella.
A lo largo del callejón se podía percibir cómo el olor cenizas y a humo se impregnaban en los callejones a medida que se acercaban a los barrios bajos.
Analizó la fachada, parecía haber visto mejores días. Las paredes estaban en pésimas condiciones, las ventanas estaban tapadas con tablones de madera.
Sintió como su brazo derecho comenzó a palpitar, una sensación que no había sentido nunca.
Se recogió la manga derecha. Ahí estaba su marca, palpitando levemente, como si estuviera indicando algo extraño.
Después guardó silencio por un momento, creyó escuchar algo.
Se quitó los tapones de sus oídos, se concentró para escuchar mejor.
Parecía provenir desde dentro del edificio abandonado, una melodía.
Un piano siendo tocado con una delicadeza que podía relajar tu alma, acompañado de un violín.
Decidió ignorar cualquier aviso que su brazo intentaba hacerle.
Quizás el edificio no estaba tan abandonado como parecía.
Se acercó a la entrada principal, intentó girar el picaporte. Fue inútil, la puerta estaba atascada.
Dio un pequeño vistazo alrededor, intentando encontrar una forma de entrar. Una de las tablas de madera se veía en mal estado cerca a una ventana en la planta baja.
Tiró de ella, la madera cedió.
Asomó su cabeza por la ventana, no parecía haber rastro de nadie, al menos por ahora.
El sonido del piano no se detenía, seguía ahí. Tenue, delicado. Una armonía que sólo podría ser ejecutada por manos prodigiosas.
Recordó cómo en su infancia sus padres la solían llevar a ella y sus hermanas a distintos eventos sociales. Siempre se decantó más por las obras de teatro, mientras que Inri y Pawn preferían los shows de ballet.
Se armó de valor, entró con cuidado por la ventana, intentando no hacer demasiado ruido al mover los restos de madera vieja que se encontraban desperdigados por el suelo.
Se detuvo por un momento, analizó el lugar con más atención. Apenas y la luz del exterior iluminaban los pasillos del lugar.
Buscó entre su mochila algo que la pudiera ayudar a iluminar, hasta que encontró un mechero.
Dio un suspiro, mientras sus labios hacían una mueca.
Lo encendió, comenzó a explorar, intentando rastrear la fuente de aquella melodía.
Lo único que la acompañaba eran la luz de ese mechero, y los pensamientos que revoloteaban por su mente.
El pesar que sentía no hizo más que intensificarse mientras más observaba el mechero.
—... ¿Por qué me siento así?
Murmuró mientras caminaba por los pasillos.
Siguió por aquel pasillo hasta que llegó a una puerta entreabierta.
Al pasar por aquella puerta se encontró con lo que antaño parecía un recibidor, con sus respectivas taquillas para adquirir los boletos para la función.
El mobiliario estaba lleno de polvo, acompañado de algunas viejas telarañas.
No parecía que el lugar estuviese habitado.
En el centro del recibidor se encontraban unas escaleras, las cuales parecían conducir hasta el escenario. Todo parecía perdido en el tiempo.
Zinnia dudó en continuar, pero la melodía comenzó a intensificarse.
Con ayuda del mechero, iluminó algunas paredes, examinando las pancartas de algunas de las últimas funciones que se presentaron, las fechas de las funciones estaban borrosas.
Dos le llamaron la atención.
"Función estelar del payaso salibón, el amigo de todos"
Sintió un nudo en el estómago al observar el cartel. Por un instante tuvo la sensación de que la mirada del payaso seguía cada uno de sus movimientos.
—Claro... payasos.
La segunda tenía gran parte del texto ilegible, apenas y se distinguían dos nombres
".....ista..........Norna y Moira"
—Mmm. Bonitos nombres.
Su voz provocó un pequeño eco, que pareció extenderse por los pasillos.
—Oh... espero no haber llamado la atención.
Murmuró en voz baja.
Después de un momento, el piano comenzó a sonar cada vez más fuerte, como si hubiese respondido a la voz de Zinnia.
Decidida, apresuró el paso. Quería saber de dónde venía el sonido.
Parecía venir del escenario. Se armó de valor y siguió caminando.
Atravesó las escaleras con cuidado, hasta llegar a la entrada de la sala del escenario.
Las sillas se encontraban vacías, sin embargo a un costado del escenario, en el foso de la orquesta, parecía encontrarse una figura sentada enfrente de un piano.
La raíz en el brazo de Zinnia comenzó a palpitar con más fuerza.
Zinnia sintió un escalofrío, intentó dar media vuelta sin hacer ruido.
—Hola.
Dijo la figura a lo lejos.
—No esperaba tener visitas.
La voz parecía de una mujer con cierta edad, el tono de su voz no parecía representar hostilidad en sus palabras.
Zinnia no contestó, sus labios temblaban.
—Mmm. Que descortés... Supongo que no te enseñaron modales.
Zinnia parpadeó sorprendida, aún no dejaba de temblar. Sin embargo, esa declaración pareció encender una pequeña mecha dentro de ella.
—Lo... lo siento. No era mi intención molestarla.
Dijo apenada.
—Perdón si la interrumpí, es solo que... estaba caminando justo enfrente de este teatro y escuché a alguien tocar el piano.
Agachó la mirada.
—Sonaba muy bonito.
—Ah, la niña tiene un buen gusto. Y un buen oído también.
Contestó aquella mujer.
—Gracias... supongo. ¿Por qué está aquí? Este lugar... bueno luce abandonado.
—Este lugar es mi hogar. Aquí fui feliz gran parte de mi vida. Le debo mucho.
Continuó tocando el piano.
—No puedo irme aún así. Aunque lo quisiera... no puedo.
—Oh... ¿Puedo saber la razón?
La mujer guardó silencio, inclinó su cabeza mientras observaba a Zinnia. Le hizo un gesto con su mano, indicando que se acercara un poco más a la zona del foso de la orquesta.
Zinnia observó el escenario, estaba completamente vacío, parecía que las decoraciones de la última función aún se encontraban ahí, aunque en pésimo estado.
La utilería estaba llena de polvo, el telón se encontraba repleto de agujeros y costuras por todos lados.
Zinnia no dijo una sola palabra, aquella mujer continuó tocando el piano.
Parecía solo concentrarse en eso, como si por un momento Zinnia no existiera.
Zinnia la observó con más atención, no parecía peligrosa, sin embargo su brazo derecho no dejaba de pulsar.
Inconscientemente comenzó a caminar, como si la melodía la estuviera atrayendo, trayendo consigo un eco difuso que nublaba su mente.
A medida que se acercaba, el brazo comenzaba a latir con un ritmo más acelerado, una sensación que nunca antes le había pasado, ni siquiera en el corto periodo de tiempo que pasó en la academia.
Volvió en sí, detuvo la marcha.
Observó su brazo, meditó por un breve momento.
Se armó de valor, hizo una pregunta.
—¿Usted me hará daño?
La mujer se detuvo en seco, tocando un acorde fuera de tono.
—¿Qué te hace pensar eso?
Zinnia agachó la cabeza, apenada. Comenzó a jugar con sus dedos sin darse cuenta.
No respondió.
La mujer pareció notarlo.
—¿Te han lastimado recientemente?
Preguntó mientras retomaba su interpretación en aquel piano.
—...
—Ya veo.
Observó el brazo de Zinnia.
—Hmm. Ya veo. Eres una de esas. Eso explica algunas cosas.
Zinnia parpadeó rápidamente, sintió como el aire a su alrededor comenzaba a sentirse diferente, como si una extraña presión comenzara a rodearla.
—¿Una de esas? —preguntó Zinnia extrañada.
—Hmm, tu brazo. Eres una bruja.
—... ¿Bruja? No... no.
Alzó el brazo derecho, mostrando su marca con forma de raíz a lo largo de este.
—¿Lo dice por esto?
La mujer asintió.
—Hmm, la marca de la bruja.
—¿Bruja?... ¿Cuál bruja?
La mujer no respondió, ladeó su cabeza de un lado para el otro.
—Mmm. ¿Qué año es?
Zinnia se mordió los labios.
—Amm, 304. Después del brote.
—Oh... cuánto tiempo ha pasado entonces.
Zinnia palideció.
Guardó silenció.
—Usted... ¿Es real?
—Eso creo. ¿Me veo real?
Dudó responder.
—Bueno, para mi si. Es solo que todo esto es... extraño.
Volvió a ver su brazo.
—Marca de la bruja... es la primera vez que escucho eso.
—¿Cómo la llaman ahora? —preguntó mientras apresuró la melodía.
—Bueno, Raíz. Nos... nos llaman Enraizadas. Creo que el nombre le queda... ¿Usted no lo cree?
—Hmm, suena mejor que bruja.
Se llevó la mano al brazo.
—Entonces... ¿usted sabe por qué palpita?
—Hmm, no. ¿Y tu Moira?
—¿Moira? —murmuró Zinnia.
—Mmm, ni idea.
Contestó una voz proveniente de un palco.
Zinnia dio un salto hacía atrás al escuchar la voz.
—¡¿Quién anda ahí?!
—Qué pésimos modos los tuyos Norna, y te quejas de los modales.
Respondió la voz.
—Lo siento, estaba ocupada tocando el piano.
Respondió Norna.
—Ah... Hola. Mucho gusto entonces... Amm. Yo soy Zinnia, es... un placer conocerlas.
Hizo una reverencia.
—Una chica con clase, es digna de admirar.
Dijo Moira.
—Y con buen oído, le gusta como toco el piano —añadió Norna.
—Pfff, eso no es nada señorita. Sí... Norna es buena tocando el piano, pero sus melodías son muy delicadas... El arte no siempre es delicado.
Una melodía, proveniente de un violín, comenzó a hacerse presente.
—Nada como la intensidad y la sutileza de las cuerdas siendo acariciadas con fervor y dedicación.
—Oh. Es el violín de antes.
Dijo Zinnia sorprendida.
—En efecto. ¿Te gusta niña?
—Sí... suena caótico... pero hermoso.
—Así es la vida niña, igual que el arte. Caótico, hermoso. Impredecible.
Respondió Moira entregándose de lleno al acto.
Zinnia sonrío. Dejó escapar una risa.
Volvió a hacer una reverencia.
Sus piernas y sus brazos comenzaron a moverse por sí solas, siguiendo la melodía del violín.
Moira apresuró la marcha, intensificando la melodía caótica proveniente de su violín.
Zinnia pareció no darse cuenta de que su cuerpo no respondía por su propia cuenta, parecía dejarlo fluir mientras bailaba al ritmo de la música.
—Que extraño, yo nunca fui buena bailando.
Murmuró con una sonrisa.
Norna intensificó los acordes de su piano.
—Moira...
Moira no le prestó atención, continuó tocando a un ritmo muy rápido, haciendo que los pasos de Zinnia comenzaran a igualar la intensidad y rapidez de las notas.
—¡MOIRA!
Gritó Norna dejando presionado un acorde completamente desafinado, con una intensidad que hizo un eco en toda la sala.
Moira se desconcertó, hizo un gesto con la cara, paró de tocar el violín.
—Me hiciste... perder el ritmo.
Dijo visiblemente molesta.
—Moira... te estabas pasando. Mira a la pobre chica.
Zinnia se encontraba recuperando el aliento, su cara estaba repleta de sudor. Intentó dar un paso, pero su cuerpo cayó cansado en el suelo.
—Qué... qué... —dijo jadeando.
—Mira lo que has hecho Moira....
Dijo Norna visiblemente preocupada.
Moira relajó la expresión.
—Sí... creo que quizás me pase un poco. Me deje llevar por mi interpretación. Que te puedo decir, soy artista de método.
Zinnia dejó escapar un respiro.
—Qué... qué divertido fue eso.
Dijo entre jadeos, completamente agotada.
Una sonrisa se dibujó de oreja a oreja en la cara de Moira.
—Oh... tú sí que sabes apreciar un buen show. Tienes mucha clase señorita.
Norna continuó tocando con normalidad, mientras Moira solo se dedicó a observar en silencio.
Al cabo de un rato Zinnia terminó de recuperarse, apenas y se pudo poner de pie, sus piernas temblaban como si hubiese corrido un maratón.
—Entonces... no pueden salir de aquí.
—No. Si damos un paso afuera de esta sala, volvemos aquí.
Contestó Moira.
—Oh... entonces están atrapadas.
—Sí, tenemos que soportarnos. No sé qué cosa es peor.
Dijo Moira mientras reía.
—Oh... ya veo. Bueno, creo... creo que tengo que irme. ¿Puedo hacerlo?
—Claro que sí, gente con un gusto tan exquisito como el tuyo debería ser la norma y no la excepción.
Zinnia sonrió.
—Oh... gracias, supongo. Quizás... quizás pueda intentar sacarlas de aquí, solo si quieren.
Dijo convencida.
Moira alzó la ceja.
—Eso sería... interesante cuanto menos. ¿Y si no puedes hacerlo?
Zinnia relajó el rostro.
—Supongo... que volvería por otra función.
Moira sonrió.
—Así se habla.
Se despidió de aquellas dos extrañas mujeres, tenía más dudas que respuestas, pero por alguna razón se sentía bien.
Se dirigió al pasillo por el cual había entrado al edificio, a medida que se alejaba del escenario, la melodía del piano parecía volverse más tenue, y con ello la palpitación de su brazo parecía comenzar a disminuir.
Salió por la misma ventana de antes.
Sintió que algo había cambiado, pero no parecía entender del todo qué.
Regresó al pasillo de antes, pero había algo que le llamaba la atención, el olor al humo y los rastros del incendio parecían haberse ido.
—Mmm... que extraño. El humo... ya no hay humo.
Observó nuevamente alrededor. Se llevó la mano a la cabeza.
—Tampoco huele a cenizas.
Se llevó las manos a los hombros.
—Hace... algo de frío.
Agachó la mirada, observó nuevamente el mechero. Sintió un poco de remordimiento.
—Creo... que quizás me deje llevar un poco.
Suspiró.
—Quizás debería regresar... ella no podía ir detrás de mí.
Abrió los ojos de par en par.
—Oh... Y... !¿Y si si lo hizo?!
Su respiración comenzó a agitarse, comenzó a correr de regreso al hospital.
No prestó atención, solo corrió.
Tropezó con unas cajas que se encontraban a mitad de un callejón, no recordaba que estuvieran ahí antes.
Se recompuso de inmediato y continuó corriendo a toda prisa.
—Mierda... quizás intentó ir detrás de mí.
Dijo jadeando.
—Quizás... se cayó.
Negó con la cabeza.
—No, no. Ella no haría algo tan tonto.
Parpadeó rápidamente, apresuró más la marcha.
—Claro que sí lo haría, mierda.
Después de correr por algunos minutos, evitando chocar con las personas que se atravesaban, finalmente consiguió regresar al hospital de Shorq.
No pidió permiso, simplemente se abrió paso corriendo por los pasillos del hospital.
Shorq la notó, sorprendido, comenzó a seguirla.
—¡Zinnia!
Gritó preocupado.
Ella no lo escuchó, se abrió paso hasta la habitación donde se encontraba Dalia, esquivando pacientes y enfermeras a través de los pasillos.
Finalmente llegó a la habitación, abrió la puerta de golpe.
—¡Elizabeth!
Gritó mientras jadeaba.
La habitación estaba vacía.
—¿Eh?
Observó a su alrededor, no había rastros de ella.
—¿Dónde está?
Shorq finalmente la alcanzó, la tomó del brazo con fuerza.
—¡Zinnia!
—¿Dónde está Dalia?
Shorq frunció la ceja, se llevó la mano a la cabeza.
—¿Ella? ¿Dónde estabas tú?
—Yo... perdón. No debí irme sin avisar.
—Responde.
—Ah pues... solo salí a caminar.
—¡¿Por más de un mes?!
Zinnia palideció, sus manos comenzaron a temblar poco a poco.
—Más... ¡¿Más de un mes?!