Los días en el hospital parecían no tener fin.
Las enfermeras entraban y salían cada tanto, Shorq iba a visitarla de vez en cuando también.
Le revisaba las heridas con cuidado y gran detalle, mientras de vez en cuando la regañaba también.
Eso no le importó a ella, parecía que nunca le había importado.
La puerta se abría y cerraba más de una vez al día, y sin embargo la persona que esperaba ver atravesar esa puerta no había vuelto.
"Quizás no vaya a regresar nunca más".
"Quizás no sirvo para esto".
Se repetía todo el tiempo, mientras se la pasaba gran parte del día recostada en la cama.
Los días se volvieron semanas, el invierno pronto llegaría, y con ello una estación ya habría pasado.
Solo le quedaban tres restantes, y de pistas tenía casi nada, solo rumores.
Por si no fuera suficiente el hecho de cargar con la responsabilidad de la investigación de un asesino serial transformado, ahora también se le sumaba un nuevo peso sobre sus hombros.
El incendio se extendió por gran parte de los barrios bajos, muchas personas tuvieron que ser desplazadas. Perdieron lo que tenían, o lo muy poco que tenían.
Ahora tenían que convivir con los habitantes de la superficie, en lo que las reparaciones y nuevas construcciones se terminaran, o al menos en lo que les pueden construir un lugar en el cual vivir, aunque sea eso.
El repudio de gran parte de los habitantes no se hizo esperar, ambas partes por igual.
Las calles comenzaron a sentirse más opresivas.
La tensión se podía sentir.
El número de guardias aumentó, así como el despliegue de autómatas para patrullar los perímetros.
Con el incidente del licántropo, se levantaron puestos de control encabezados por milicianos y cazadoras, para evitar que una situación así pudiera pasar otra vez.
Ella recién se había enterado de todo, no se le quiso decir para no agobiarla más, eso fue lo que decidió Peonía.
Sin embargo, eso pareció preocuparle muy apenas.
Ella solo quería salir de ahí.
Se aburrió de ver siempre lo mismo, vendajes, medicinas, inyecciones, enfermeras.
Muchas enfermeras.
Y de vez en cuando algunas siluetas, siluetas que desaparecen en un parpadeo.
No había rastros de Zinnia, y eso la preocupaba más que cualquier otra situación.
Recibió una carta membretada acompañada de un paquete, alguien la había colocado a un lado de su camilla mientras dormía.
El destinatario tenía su nombre, su nombre real.
El remitente simplemente estaba marcado como "La Aristocracia de la Rosa Negra".
Nunca había escuchado algo relacionado a ese nombre antes.
La curiosidad le ganó, o quizás el aburrimiento.
Abrió la carta, no tenía mucho escrito.
Sin embargo, todo lo que había ahí le llamó la atención, y la extrañó por igual.
"Estimada Elizabeth McGill, La Dalia Negra.
Sabemos que necesitas información.
Si necesitas ayuda no dudes en acudir a nosotras.
Ayudaremos en todo lo que sea posible. Siempre y cuando aceptes un par de demandas.
Sabemos que tienes el tiempo en contra, y que estás estancada.
Esperamos pronto recibirte y cooperar mutuamente."
Atrás de la carta venían escritas unas instrucciones sobre cómo llegar al punto de encuentro, un lugar ubicado en el centro de Sköelger, uno un tanto apartado.
Abrió el paquete sin cuidado. Dentro de él había una gabardina de cuero negro, con pequeñas incrustaciones de adornos de hielo negro.
Había una etiqueta con un escrito en ella.
"Te ves diferente sin tu gabardina, espero sea de tu agrado".
Ese gesto la extrañó.
—¿Será una broma de Vic? —murmuró.
Después de pensarlo por unos días, y viendo que no había mucho que perder, decidió que ese sería el primer lugar al que iría una vez pusiera un pie fuera del hospital.
Los días en ese hospital finalmente terminaron.
Fue dada de alta, Shorq le advirtió que aunque ya pudiera caminar sin ayuda, debía de andar con cuidado y no forzarse de más.
Peonía, al tanto de la situación, consiguió levantar una orden marcial.
Dalia tenía prohibido salir de Sköelger durante los próximos cuarenta días. Cada guardia estaba al tanto de esta situación.
Dalia estaba estancada, aún más que antes.
Resignada, y sin mucho más que hacer decidió ir al punto de encuentro.
Comenzó a caminar, después de haber pasado semanas en cama, sentir los pies sobre la tierra la hizo sentir más cómoda.
Con cada paso recorrido, comenzó a notar que había algo diferente, más allá del cambio de clima cortesía del invierno.
Había más personas en las calles, calles donde antes había poca afluencia de gente ahora estaban repletas de carpas improvisadas, personas sin hogar intentando encontrar un lugar en donde estar.
Se sintió incómoda al ver la escena, simplemente agachó la mirada y siguió caminando.
El resto del recorrido no era diferente, las miradas se hacían notar.
No hacia ella, sino entre el resto de las personas.
Para una gran parte de las personas de la superficie, había un prejuicio sobre la gente de los barrios bajos.
Si ellos estaban en esa situación era por culpa de ellos, era el pensamiento que la mayoría tenía al respecto.
La tensión se sentía en el ambiente.
Apresuró el paso.
Llegó hasta un callejón sin salida, ese era el lugar del punto de encuentro.
Dio un vistazo por todos lados, no había mucho alrededor.
Entonces notó cómo sobre una pared, había una puerta de metal con una mirilla en forma de rosa.
Se acercó lentamente a la puerta.
No había pasado ni un segundo desde que se paró enfrente de la puerta cuando la misma comenzó a abrirse lentamente.
Alguien del otro lado la estaba abriendo.
—Pasa —dijo una voz masculina, grave.
Dalia frunció la ceja, dudó en pasar.
—Por favor, te están esperando.
—Ya que.
Se adentró en el edificio, pudo notar que quien estaba cuidando la puerta era un hombre de poco menos de dos metros, llevaba puesto una capucha. Le cubría el rostro.
El hombre, aparte de ser alto, tenía una complexión atlética y muy marcada.
Dalia lo miró extrañada.
—Sigue el pasillo —dijo con autoridad.
Dalia resopló, obedeció.
Dentro del edificio pudo notar que pese a las condiciones en que se encontraban los lugares aledaños en ese callejón, se encontraba en buenas condiciones, al menos en el interior.
El pasillo comenzó a iluminarse poco a poco, algunas velas alrededor se hacían visibles sobre muebles de madera con acabados finos y detallados.
—Mmm. Muy caro para mi gusto —murmuró.
Con cada paso, las velas comenzaron a iluminar cada vez más y más.
Al finalizar el pasillo, había una figura encapuchada, llevaba una especie de túnica.
Dalia se extrañó, aquella figura apenas y medía la mitad de su altura.
—Enanos —pensó.
—Adelante, te estábamos esperando —dijo la figura con una voz un poco chillona.
Dalia dio una mirada a todo el lugar, detrás de la figura se encontraba otra puerta, una de madera.
Al igual que el resto de los muebles, se veía demasiado ostentoso para su gusto.
La figura le abrió la puerta y la invitó a pasar.
—Ella te está esperando.
Dalia levantó la ceja, no entendía exactamente qué estaba pasando.
—Pues ya que —dijo antes de cruzar la puerta.
Del otro lado, había más figuras encapuchadas, todas con una altura similar a la anterior.
Al ver a Dalia, todas las figuras hicieron una reverencia y dijeron al unísono.
—Bienvenido seas, honorable cazadora.
Dalia parpadeó extrañada, observó de reojo el lugar.
Estaba repleto de más muebles, decoraciones de porcelana fina.
Las túnicas que llevaban puestas las figuras parecían ser de seda costosa, no tenían ninguna arruga.
En el centro de la habitación, yacía una especie de trono.
Al observar bien pudo notar que había alguien sentado en él.
Las figuras comenzaron a moverse, hicieron un pasillo en dirección al trono.
—Ya... ya entendí —dijo antes de caminar hasta el trono.
—Qué enanos tan extraños —pensó.
Dio unos cuantos pasos más, hasta que llegó frente al trono.
Ahí sentado, una figura con una túnica negra y una máscara muy familiar estaba sentada.
—Finalmente estás aquí, Dalia. Es un placer que hayas aceptado mi humilde invitación —dijo la figura, con una voz que le resultaba extrañamente familiar.
—Sí. Todo esto es cuanto menos... extraño.
—¿Extraño?...
—Sí... todo esto es... raro. Sobre todo la carta. Cómo... ¿cómo sabes mi nombre? ¿Nos conocemos?
La figura bajó del trono de un salto.
Cayó con agilidad frente a Dalia.
Se quitó la máscara.
—¡Pero por supuesto que sí, tontita!
Dalia guardó silencio al ver a la figura sin la máscara.
Después de durar unos segundos parpadeando, se talló los ojos.
—... ¡¿Pawn?!
—No, no —corrigió—. Permíteme presentarme formalmente. Dónde están mis modales. Permíteme darte la bienvenida a La Aristocracia de la Rosa Negra, todas nosotras en conjunto somos una organización secreta, conocida bajo el nombre vulgar de Las Ratas Chismosas. ¡Y yo soy su líder y fundadora! Tienes ante ti a nada más y nada menos que...
—Tantararán —corearon las demás figuras en la habitación antes de quitarse la capucha. Todas eran niñas.
—Pawn Cronwald, La Rosa Negra. Alias La Sombra Chismosa.
—¡Gloria a la sombra chismosa! —gritaron las demás niñas.
—Ah... tú... rosa... Organización secreta... ¿qué carajos?
—Sí, es nuestro secreto. No le vayas a decir a nadie —observó de reojo a Dalia, se acercó a ella y le susurró—. No quiero que la gente allá afuera sepa que desvió fondos para sostener esta organización.
Dalia parpadeó incrédula.
—Tú... ¿desvías fondos? Amm... ¿de tu familia?
Pawn asintió.
—Oh... ¿cuánto?
—Toda mi mesada.
La nariz de Dalia se arrugó mientras levantaba una ceja y se tapaba el rostro con su mano derecha.
—Pawn... Eso no es desviar fondos.
—¡¡¡¿No lo es?!!! Mmm... bueno. ¿Aún así se escucha genial, no? —dijo mientras una sonrisa se dibujaba de oreja a oreja, dejando ver sus grandes y blancos dientes esmaltados detrás de sus labios.
—Sé que tienes muchas preguntas —dijo mientras la señalaba con su dedo índice, sin dejar de sonreír—. Y te las responderé. Pero antes, ¡Hora del té! ¡Ratitas!
Dio un aplauso seco.
Las niñas alrededor comenzaron a reorganizarse al escuchar el eco del aplauso resonar en toda la habitación.
Algunas comenzaron a traer sillas y mesas, otras cargaban con bandejas llenas de bocadillos.
Unos pasos pesados comenzaron a escucharse provenientes del pasillo, haciendo retumbar un poco las paredes.
Dalia volteó de inmediato, entrando en alerta al instante.
—Quédense atrás —dijo al instante.
—¡He! ¡No! ¡Es Billy! ¡Está trayendo el té!
Del pasillo emergió el guardía de antes, estaba empujando un carrito con vasijas de porcelana fina, acompañado de teteras, tazas y muchas bolsas de té.
Billy estaba sonriendo, no parecía en lo absoluto estar enojado o algo por el estilo.
Acercó el carrito hasta la posición de Pawn.
Las niñas alrededor comenzaron a aplaudirle y ovacionarlo.
—¡Eres lo máximo, Billy! —gritaron al unísono.
Billy agachó la mirada, sus mejillas comenzaron a teñirse de un ligero color rojo.
—Basta, basta —dijo mientras se tapaba la cara con sus manos—. No es para tanto, niñas.
Dio un respiro.
—Pero sí. ¡Soy lo máximo!
Dalia abrió la boca. No dijo ni una sola palabra, no encontraba palabras para describir lo que estaba presenciando.
Pawn se acercó lentamente a ella, se paró de puntillas en sus pies.
Con su mano, alcanzó a darle un empujón al mentón de Dalia, cerrando la boca de Dalia en un santiamén.
—No dejes la boca abierta, ¡podrían entrar moscas!
Dalia llevaba sentada en la mesa de Pawn algunos minutos. Intentando procesar lo que estaba viviendo.
Inclinó su cabeza mientras se llevaba la mano al rostro.
—Solo yo me meto en estas cosas —murmuró.
Comenzó a observar con más atención a su alrededor. Notó cómo la ropa del resto de las niñas era igual de ostentosa que el resto del mobiliario.
Algunos de los atuendos incluso estaban bordados con los escudos de algunas de las familias integrantes del barrio de los fundadores.
—Niñas ricas, y con mucho tiempo libre al parecer —dijo en voz baja.
—¡En eso tienes razón! —se rascó la nariz—. Pero no me culpes de eso. ¿Tienes idea de a cuántas aburridas fiestas de té tuve que acudir con mi madre? ¡No fueron pocas! Los adultos son muy aburridos.
Le dio un trago a su taza de té, la sostenía con una delicadeza que contrastaba enormemente con la forma de ser tan enérgica de Pawn.
—Hay muchos temas interesantes por ahí en las calles, y ellos solo hablan de lo mismo.
Infló las mejillas e hizo una mueca.
—A-bu-rri-do.
—Sí, suelen hablar de cosas... aburridas. Incluso para mí.
Observó a Pawn, le dio un sorbo a su taza de té.
—Al grano, Pawn. ¿Qué es todo esto?
—¡Ya te lo dije! Es una organización secreta.
Miró de un lado hacia el otro, se rascó la nariz. Después se acercó lentamente al oído de Dalia con una sonrisa burlona.
—Aquí entre nosotras, somos unas chismosas —murmuró a su oído.
—Sí... se nota. ¿Y qué es lo que quieres de mí?
—¡Ayudarte con tu investigación! Pero antes, deberás cumplir con una pequeña petición.
—¿Ayudarme? —dijo con sarcasmo—. ¿Cómo lo harías? Después de todo, son solo niñas. Niñas chismosas.
Pawn levantó la ceja.
—¿Me estás retando? —dijo en voz alta.
El eco de su voz resonó en la habitación.
El resto de niñas miraron con asombro lo ocurrido, llevándose las manos a la boca.
—¿Me estás gritando? —respondió Dalia con más fuerza.
Pawn la observó con una mirada penetrante.
Las demás niñas se taparon los ojos, comenzaron a temblar poco a poco.
—No... se va a enojar —murmuró una de ellas.
Pawn no dejó de mirar a Dalia. Tomó algo de aire.
—Va a volver a pasar —dijo una de ellas.
—¡Alguien vaya por Billy! —murmuró otra de ellas tapándose la cara.
Pawn exhaló.
—No... no puede ser. Tú... tú...
Sonrió de oreja a oreja mientras lágrimas brotaban de sus ojos, dejando un rastro de ellas que parecían pequeños ríos atravesando sus mejillas.
—Me volviste a gritar.
Pawn cayó de su silla, parecía inconsciente, pero su rostro reflejaba algo que a Dalia no hacía más que inquietarla aún más.
Parecía estar feliz.
—Oh... mierda —dijo al ver a Pawn inconsciente.
Billy no tardó en llegar, traía consigo una vara de cuarzo energizado, llevaba guantes de goma para manipularla. Algunos destellos y pequeños relámpagos revoloteaban dentro del cuarzo.
Se acercó rápidamente a Pawn, dobló la vara por la mitad. La vara comenzó a desprender un brillo cada vez más intenso.
La acercó rápidamente al cuerpo de Pawn. Un zumbido agudo precedió a un chispazo seco y un olor a quemado que erizó los cabellos azules de Pawn. Su cuerpo comenzó a convulsionar poco a poco, reanimando a Pawn en un instante.
Billy se limpió el sudor de la frente con sus manos. Dejó escapar un respiro, se veía aliviado.
Volteó a ver a Dalia.
—Solo le pido un favor. No... no le grite a la señorita Pawn. Ella...
—Sí... ya vi. No tienes que repetirlo —dijo Dalia interrumpiendo a Billy.
—Por cierto... ¿quién eres? ¿Por qué... por qué te prestas para esto?
Billy suavizó el rostro.
—Soy el mayordomo de la familia Cronwald.
Agachó la mirada.
—Y estoy aquí porque la pequeña Inri me pidió cuidar de sus hermanas antes de... bueno ya sabes —dijo en voz baja.
Dalia guardó silencio.
—También... ¿cuidas a Zinnia? Quise decir... ¿a Iria?
—Lo hacía... pero hasta donde recuerdo... ¿no te ibas a ocupar de eso?
Dalia agachó la mirada. Sus dedos se crisparon sobre la cicatriz de su vientre, sintiendo el peso de las palabras de Billy mucho más que el dolor físico.
—Sí... lo hacía —dijo sin ganas.
—Tú... ¿sabes dónde está? Hace tiempo... hace tiempo que no sé nada de ella.
Billy negó con la cabeza.
—Me temo que no. Lo siento.
Billy se acercó a Pawn, la ayudó a levantarse con cuidado. No parecía que ella se hubiera lastimado.
Pawn se volvió a sentar en su silla, tocándose la nuca con su mano.
—Auch.
Sonrió.
—Valió la pena —dijo mirando a Dalia.
Dalia no dijo nada, seguía cabizbaja.
Pawn lo notó, dio la orden a todas las personas alrededor de abandonar la habitación.
Billy y las demás niñas obedecieron, dejándolas a solas.
—Oye. Hablo en serio, quiero ayudarte.
—¿Cómo planeas hacerlo? Eres... solo una niña con mucho tiempo libre.
—Ponme a prueba, pregúntame cualquier cosa sobre ti y te responderé a la perfección. Cualquier cosa —dijo con tono serio.
Dalia resopló.
—Hmm. No sé qué preguntar.
Pawn hizo un gesto.
—Bueno, sé la razón del porqué usas esa máscara.
Dalia levantó la ceja.
—Mmm, a ver.
—Te gustan los cuervos. Fue petición tuya al segundo año de servicio.
Se hurgaba la nariz.
—No sé realmente cuál fue la razón de que te dijeran que sí. Pero lo hicieron. Eres la única cazadora que no lleva máscara de búho o lechuza.
Dalia entrecerró los ojos.
—Vale. Eso... no prueba nada.
Después le prestó atención con más detalle a la máscara que llevaba Pawn, conforme más la miraba más le resultaba familiar.
La tomó sin pedir permiso, comenzó a examinarla con atención mientras la sostenía en sus manos.
—Esta... esta máscara era mía. Hace un par de años.
—Tú lo dijiste, era. Ahora es mía.
—Creí... que la había perdido.
—Sí... digamos que la perdiste.
Dalia observó a Pawn, sus manos parecían temblar. Pawn desvió su mirada a su taza de té.
—No me digas que tú... ¿me la robaste?
Pawn le dio un sorbo a su taza.
—Tú dijiste que no te dijera. Así que no lo haré.
Dalia resopló. Observó la máscara por un rato más, perdiéndose por un instante en algunos recuerdos vividos mientras la portaba hace un par de años atrás.
Después de ese rato de nostalgia, le regresó la máscara a Pawn.
—Está bien, puedes conservarla.
Pawn sonrió.
—Aún así... no sé cómo es que puedes ayudarme realmente. La máscara solo prueba que... bueno eres algo intensa conmigo.
Se llevó la mano a la cabeza, inclinando un poco su mentón mientras se cruzaba de piernas.
—Bueno, somos chismosas, nos gusta escuchar lo que la gente cuenta —dijo sonriendo—. Eso no quiere decir que toda la información o cosas que escuchemos sea real.
Se llevó la mano a la barbilla.
—Pero nos entretiene, y de entre las cosas más entretenidas que nos gustan están...
Se acercó al rostro de Dalia haciendo una mirada muy extraña.
—Cosas turbias —dijo susurrando.
—¿Turbias?
—Sí, todo lo relacionado a cadáveres encontrados, personas perdidas bajo circunstancias extrañas, avistamientos de cosas en los bosques, todas esas cosas que las personas cuentan y que les dan miedo por el simple hecho de contarlas. Aún si es real o no.
—Ok, entonces... ¿han escuchado algo acerca de un loco chiflado que está asesinando a los no-humanos por estos lados?
—Mira, te seré honesta. Nuestra red de recopilación de información solo tiene alcance en todo Sköelger, ni de chiste nos dejarían poner un pie afuera de las murallas.
—Entonces...
—Lo que quiero decir, es que toda la información que tenemos es de gente que está aquí, o que estuvo aquí.
—Ok, entonces no hay forma de que sepan cosas más allá de la ciudad.
—Algo así, pero sí, si el rumor o el chisme pisa aquí... ten por segura que ya lo sabemos, o lo podemos saber.
Le dio otro sorbo a su taza de té.
—Y con respecto a tu chiflado. Sí, hemos escuchado cosas. Por ejemplo, sabemos que una persona jura haber visto un extraño espantapájaros colocado en un lugar donde no estaba anteriormente.
—Espantapájaros...
—Sí, dijo que no estaba antes.
—No veo que eso sea una pista.
—¡Espera! ¡No esperes que te lo cuente todo de golpe! ¡Hay que dramatizar un poquito! —dijo mientras movía los dedos de las manos imitando a una araña caminando.
—Pawn, ve al grano.
—Ok, ya entendí. Bueno, resulta que en el lugar donde vio al espantapájaros poco tiempo después cerca de ahí un cuerpo fue encontrado, un elfo.
Dalia guardó silencio, un silencio que la incomodaba. Parecía que lo que Pawn estaba contando era una descripción bastante acertada de lo que ella estaba investigando.
—El espantapájaros era algo... extraño. Eso fue lo que dijo.
—¿Raro en qué sentido?
—Bueno, llevaba una calabaza en la cabeza. Eso no es lo raro, creo que la mayoría de espantapájaros lleva una, ¿no?
Dalia guardó silencio, levantó la ceja.
—Ah, sí... es normal.
—Bueno, dijo que se veía muy real. Aunque no se quiso acercar, dijo que sentía que era algo tétrico. ¡Me hubiese gustado verlo! Como sea. Llevaba puesta una gabardina, como si fuera un cazador de aquí.
Dalia abrió los ojos de par en par. Comenzó a notar que lo que Pawn le estaba contando era similar a lo que Sreten describió en el relato de los enanos cuando ella y Zinnia estaban en Finisterra. Intentó disimular su sorpresa, ya que ella no le había contado esos detalles a Pawn.
—¡Oh, sí! Dijo que sus manos también se veían reales, aunque solo pudo ver una de ellas.
—¿Solo una? —preguntó nerviosa, mientras comenzaba a dibujar un mapa mental en su cabeza.
—Sí, parecía que le faltaba un guante.
Dalia se quedó callada por un instante. Pawn la notó.
—Oye, ¿todo bien?
—Sí... es solo que. Bueno, creo que tengo que tomar más en serio.
—¡Oh! ¡Hurra! ¿Por qué?
—Bueno... lo único que teníamos como pistas era solo un rumor, y un estúpido guante. Ahora... bueno ahora todo parece conectar mejor.
Pawn levantó la ceja.
—¿Teníamos? ¿Quién?
—... Tu hermana y yo.
Relajó el rostro, agachó un poco la mirada.
—Tú... ¿sabes dónde está? Llevo... llevo semanas sin verla. Quisiera saber si está bien.
Pawn negó lentamente.
—No... no lo sé. Mi papá me dijo que discutieron o algo así... pero incluso esto me parece algo exagerado. Ella no es así.
—¿Crees que está bien? —dijo mientras su rostro comenzaba a pintarse con melancolía.
—Hmm, eso espero. Algo es seguro, ella sigue aquí.
—¿Estás segura?
—Sí, sé de buena fuente que no ha cruzado las murallas. Los guardias la hubieran visto de ser así.
Le dio otro sorbo a su taza de té.
—Y la única forma de salir de aquí sin pasar por las puertas de las murallas es por una cloaca que conecta con un riachuelo a las afueras.
—¿Cómo sabes eso?
Pawn sonrió.
—Somos ratas chismosas.
Dalia rió.
—Claro... lo son. ¿Sabes dónde queda la cloaca?
—¡Sí! ¿Por qué la pregunta?
—Bueno, tengo prohibido salir de aquí por un tiempo. Así que entre más rápido salga de aquí mejor.
Pawn hizo una cara extraña, comenzó a reírse para sí misma mientras jugaba con sus dedos.
—Te mostraré el camino. Pero solo con una única condición.
—¿Cuál?
Agarró su máscara, con sus manos temblorosas.
—Podrías... firmar la máscara... ¿por fis? —dijo sin mirarla a los ojos.
—Claro... claro.
La miró a los ojos.
—Nunca creí... que una niña fuera capaz de hacer todo esto.
—No me gusta aburrirme.
—¿Tu hermana sabe de... todo esto?
—¡No! ¡Ni se lo digas! Tienes que guardar el secreto.
—¿Por qué debería?
—Porque entraste aquí, eso te vuelve parte de La Aristocracia de la Rosa Negra, y la única regla de La Aristocracia es no hablar de la Aristocracia con personas que no son parte de ella.
—Hmm, pero tú me pediste que viniera... y yo no conocía nada al respecto.
—Corrección, no te hablé de ella, lo escribí. ¿Tenemos un trato?
Dalia le dio un vistazo alrededor de toda la sala. Se quedó pensando por un momento antes de responder.
Aquella experiencia era algo tan extraño e irreal. Sentía que debía contárselo a Zinnia, si había una persona que pudiera creer lo que Dalia estaba viviendo con Pawn, definitivamente tenía que ser Zinnia.
Observó a Pawn, su mirada era seria, reflejando seriedad en el asunto.
Resopló.
—Pues... ya que. Supongo. Por La Aristocracia de las Ratas Chismosas.
Pawn soltó una risita. Extendió la mano, esperando a que Dalia correspondiera el gesto.
Dalia tomó la mano de Pawn, cerrando el trato.
—Una última pregunta... ¿por qué de repente estás buscando chiflados?
—Bueno... larga historia. Lo prometí, contra mi voluntad pero lo prometí.
—Oh, ya veo. Es solo que... bueno, tú te dedicas a eliminar monstruos y bestias. No a perseguir personas.
Dalia guardó silencio.
—Bueno, supongo que a veces las personas pueden ser peor que un monstruo —añadió al final.