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Capítulo XIII - Iria Cronwald

La Balada del Cuervo Negro - Parte 1: Tras la pista de un silbido - Terminado · por Alexander L. Caserez · 21 de julio de 2026

—Entonces... es como una fan —dijo Dalia.

—Sí... no solo tuya. De todas en general. Pero eres su favorita.

—Mmm. Interesante, y extraño. ¿Sabrás del porqué?

—Trato de no preguntarle muchas cosas acerca de ti. Ya viste... —resopló—. Bueno, ya viste lo intensa que es.

Zinnia se acomodó los mechones de su cabello detrás de sus orejas. Fruto de los gritos, había aún un tenue zumbido resonando en sus oídos.

Sacudió su cabeza un poco, esperando que el zumbido desapareciera. Pero no fue así.

Simplemente decidió soportarlo.

—Ah, sí... bueno, cuando se enteró de que yo iba a ser tu aprendiz.

—Oh... —murmuró Dalia.

—Bueno, cuando se enteró...

—No. No es necesario que lo digas —dijo con una sonrisa temblorosa.

—No... creo que no quiero saberlo por ahora. Así está bien.

—Sí... así está mejor. Supongo —dijo Zinnia mientras se acariciaba los oídos.

—Ahora que lo pienso... me llamó por mi nombre.

—Te juro que yo no se lo dije. Yo lo supe justo antes de partir a Finisterra. Ya me había despedido de ella —dijo con determinación, mientras veía a Dalia a los ojos.

—Tranquila. Te creo. Es solo que... no sé. Conforme más le doy vueltas al asunto tu hermana me resulta escalofriante.

—Sin ofender —añadió después de una pausa.

—Tranquila. ¿Por qué me ofendería al escuchar una verdad?

Las dos soltaron una carcajada corta.

La serenidad y la calma era algo que Dalia estaba valorando mucho. Nadie gritaba, no había caos.

Tranquilidad.

Una la cual se veía interrumpida cada tres horas para chequeos de rutina.

Zinnia, quien sí se podía mover sin ayuda de nadie, decidió ir a darle un vistazo a su hermana.

Dalia, pese a la extraña primera impresión que le causó Pawn, estaba algo preocupada por saber si tan siquiera la pequeña iba a despertar, o si eso dejaría secuelas.

Se levantó con cuidado de la camilla, procurando no hacer movimientos bruscos que pudieran lastimar a Dalia.

—Suerte.

Fue lo último que le dijo Dalia antes de que Zinnia saliera por la puerta.

Caminó por unos cuantos pasillos, siguió las indicaciones que le habría proporcionado una enfermera para dar con la habitación de Pawn.

Llegó a la habitación. Tocó la puerta, esperando una respuesta.

—Adelante —dijo una voz proveniente del interior de la habitación. No era la voz de Pawn. Era la voz de un hombre, una voz que ella conocía muy bien.

—Ay no... no me digas que... —se llevó las manos a los ojos—. Pues ya ni modos —dijo resignada.

Abrió la puerta, se asomó lentamente.

Ahí se encontraba Pawn, aún dormida. Al lado de ella se encontraba un hombre, su rostro parecía cansado, su cabello y barba tenían algunas canas.

—Ah... hola, papá —dijo Zinnia agachando la mirada.

—Tranquila. Tu madre no sabrá nada de esto.

Zinnia relajó su mirada, dejó escapar un suspiro leve.

—Menos mal. Gracias —dijo apenas. Terminó de entrar en la habitación, cerrando la puerta con cuidado.

—¿Podrías explicarme qué fue lo que pasó? —preguntó su padre.

—Bueno, no tengo opción. Supongo.

Hizo una pausa.

—Pero antes... ¿cómo supieron que estaba aquí?

El papá de Zinnia volteó a ver a Pawn.

—Oh... ya veo. Sí... no me sorprende —dijo Zinnia—. Es toda una... ratita chismosa.

—Iria... no me gusta que le digas así.

—Pero es lo que es, papá. Y a ella no parece molestarle que le diga así.

Hizo un puchero.

—Desde que tengo memoria la llamé así a veces... y nunca se ha molestado conmigo. ¿Por qué tú sí?

—No es... no son los modales que tú deberías mostrar.

—¡Papá! —exclamó enojada. Apretó el puño.

—¿Y hacer un escándalo en un hospital sí son modales? ¿Gritar en una habitación con dos personas heridas son parte de los modales de una Cronwald?

—¡Es una niña! Por todos los cielos, Iria —exclamó su padre mientras se llevaba las manos al rostro.

—Y yo tengo quince años. No soy una adulta. ¿Por qué yo debería de comportarme como una?

—Tú lo dijiste, tienes quince años. Y aún así tú fuiste la que nos rogó para permitirte intentar ser una cazadora —exclamó furioso—. Nos hiciste presionar para que hicieran una excepción y mandarte afuera antes de cumplir la mayoría de edad. Así que no sé, supuse que eventualmente empezarías a comportarte como una adulta.

El ambiente en la habitación se comenzó a sentir pesado, demasiado incómodo. Zinnia hizo un puchero, agachó la cabeza.

Tardó en contestar.

—Mejor me voy.

Se dio media vuelta, sin mirar a su padre. Abrió la puerta otra vez. Su mano temblaba de coraje, frustración y agotamiento.

—¡Iria, detente!

Su padre intentó ponerse de pie.

Zinnia lo escuchó, hizo un gesto con su mano en dirección hacia su padre, empujándolo con una pequeña ráfaga de aire, lo suficientemente necesaria para sentarlo de golpe.

Su padre, confundido, solo pudo observar cómo su hija lo empujaba a la distancia, mientras salía de la habitación.

Terminó de procesar lo ocurrido, miró otra vez a Pawn.

Agachó la mirada.

—¿Por qué esto tiene que ser tan difícil? —murmuró.

Zinnia apresuró el paso, terminó de salir de la habitación.

Cerró la puerta y comenzó a correr, sin levantar la mirada.

Sentía cómo los latidos de su corazón comenzaban a intensificarse.

Su rostro comenzó a pintarse de rojo, mientras algunas lágrimas recorrían sus pómulos.

No le importó nada más, apresuró el paso hasta regresar lo suficientemente rápido a la habitación donde se encontraba Dalia.

No tocó la puerta, simplemente entró en la habitación, tomando a Dalia por sorpresa.

Cerró la puerta de golpe.

Se sentó en el piso, dejando reposar su espalda y cabeza sobre la pared.

Dalia observó con atención el rostro de Zinnia, estaba llorando.

Sintió un nudo en el estómago, mientras notaba cómo la respiración de Zinnia poco a poco comenzaba a ser más errática.

—¿Estás bien? —preguntó sorprendida.

Zinnia negó con la cabeza.

—No... no... no... quiero.

Tragó saliva.

—Quiero irme de aquí.

—¿Del hospital? Yo también... pero aún no puedo caminar. O bueno, no debería.

Zinnia negó otra vez, moviendo la cabeza de un lado al otro mientras intentaba contener su frustración. Sus lágrimas, ahora brotaban con más facilidad.

—No. De aquí. De Sköelger.

Dalia se descolocó, se llevó la mano a la nuca.

—Sí... tenemos mucho que hacer. Pero ahora... bueno yo estoy estancada aquí. No podré... bueno tengo que estar aquí aunque no lo quiera.

Se llevó la mano al vientre.

—¿O acaso tú vas a cargar con mis tripas si se me salen en media cacería?

Zinnia pareció tranquilizarse un poco, hizo un puchero. Agachó la mirada.

—Idiota.

—Ah... ¿de nada?

—Estúpida.

—Zinnia...

—Tonta.

—Sí lo que quieres es que te golpee otra vez... aunque te lo estás ganando con creces.

Observó sus manos.

—No podré cumplir con tus deseos. Al menos no por ahora.

—Eres una estúpida.

—Sí, gracias, Peonía.

—Se supone que estaba enojada, triste. Cansada, no deberías de hacerme reír.

Dalia abrió los ojos de par en par.

—Ah... de... nada. Supongo. ¿Qué?... ¿qué pasó allá? ¿Pawn te hizo sentir así?

—No. Fue mi papá. Siempre lo es.

Dalia la observó por un momento, luego ladeó su cabeza. Cerró los ojos para luego dar un respiro.

Se llevó la mano a la nuca, entrecerrando los ojos por un momento, intentando encontrar las palabras correctas ante la situación.

Muchas posibilidades pasaron por su mente, mientras volvía a ver a Zinnia sentada y cabizbaja.

—Mmm. ¿Qué ocurrió exactamente? —preguntó Dalia.

Zinnia frotó sus ojos. Acomodó los mechones de su cabello de manera que no cubrieran su rostro.

Pensó por un momento antes de contestar.

—Es... bueno. Supongo que tiene muchas expectativas en mí.

Dalia ladeó su cabeza.

—Bueno, eso es normal en los padres, supongo. ¿Qué clase de expectativas?

Zinnia agachó la mirada.

—A decir verdad... creo que ni él lo sabe. Pero si hago algo que le disgusta no tarda en hacérmelo saber de alguna forma.

—Ya veo. Aún así, necesito un poco más de contexto para... bueno ver si puedo ayudar en algo. Estás muy... bueno estabas muy agitada y todo eso. Creo que nunca te he visto así.

—Él estaba en la habitación de Pawn, supongo que la estaba cuidando.

Su voz se empezó a quebrar.

—Una parte de mí no tenía ganas de verlo aún.

Sollozó.

—La otra parte... supongo que se habría alegrado de haber recibido una visita al menos.

Se cubrió el rostro con sus manos, mientras intentaba hablar con normalidad.

—Pero primero fue a ver a Pawn.

Apretó los puños. Sentía un poco de resentimiento, pero rápidamente abandonó esa idea. Aún así, el simple hecho de haber tenido esas emociones la hacía sentir culpable de una forma que no podía explicar.

—Y antes de que lo pienses... no. No intentó culpar a Pawn. Después de todo ella es la más pequeña.

La voz continuó quebrándose, mientras sus manos comenzaban a temblar.

—Ahora ella es la más pequeña.

Dalia escuchó con atención cada palabra de Zinnia. Realmente quería intentar ayudar en algo, aunque las ideas en su cabeza no terminaban de tomar una forma clara.

Se llevó la mano al vientre, el dolor aún persistía, haciéndola quejarse un poco. Con cuidado, levantó su cuerpo de la camilla para sentarse en el borde de esta, dejando sus piernas colgadas.

Comenzó a estirarlas con cuidado, sus tobillos tronaron.

Volvió a ver a Zinnia, parecía cansada. Resignada.

Fue entonces que un recuerdo fugaz la invadió.

Un recuerdo borroso, una mezcla de resentimiento, preocupación, y envidia.

"Parecen preocuparse más por ella. Quizás es porque me lo merezco. Quizás soy mala hija" fueron las palabras que resonaron en su cabeza, palabras que fueron dichas por ella en algún momento, un momento difuso.

Volvió a la realidad, sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Pareció ver una silueta esconderse por el rabillo del ojo, giró rápidamente en esa dirección.

Pero no había nadie más en la habitación, solo ella sentada en la camilla, y Zinnia intentando recomponerse en el suelo, sin éxito alguno.

—No te mentiré. Quizás no soy la mejor persona con la que puedas hablar de esto.

Se miró las manos, extendidas. Observó sus quemaduras. Ardían, levemente, pero la sensación estaba ahí.

—No recuerdo cuándo fue la última vez que mis manos no estaban ardiendo —pensó mientras tocaba las palmas de sus manos con la yema de sus dedos.

—Supongo que para mí siempre se siente así —añadió ese pensamiento.

Resopló.

—¿Siempre ha sido tu padre así?

Zinnia tardó en responder.

—No. Empezó a actuar así desde que perdimos a Inri.

Agachó la mirada.

—Creo que todos cambiamos desde que ella nos dejó.

—Supongo... que cambios para mal.

Zinnia frunció las cejas, afiló la mirada.

—No me digas. ¿Lo dedujiste tú sola?

Dalia parpadeó sorprendida.

—¿Ah?

Tragó saliva.

—Perdona si te hice enojar. Mierda... sólo, sólo quería ayudar.

Zinnia relajó el rostro.

—Lo sé. Lo... lo siento. No sé qué me pasó. Odio estar así.

—Tranquila. Pero solo para que lo sepas... cuida bien cómo me hablas. Empiezas a hablar cada vez más como una adulta.

Zinnia resopló.

—No te voy a pedir que actúes como una, o pienses como una. Sólo... ten cuidado con eso.

—... Pues ya que.

—Va... ¿entonces no pasó nada más? Si no me quieres contar está bien.

—Bueno, dijo algo que me hizo enojar.

—¿Qué cosa?

—Prácticamente me echó en cara que la única razón por la cual salí al campo antes de tiempo es porque ellos presionaron al Aquelarre para no tener que esperar a que cumpliera la mayoría de edad.

Dalia torció los labios.

—Ya veo, supuse que algo así tenía que haber pasado. Siempre me pareciste muy joven para esto.

Zinnia agachó la mirada, arrugó la nariz. Dio un resoplido.

—Pero... lo has hecho bien. Demasiado bien para ser honestos.

Zinnia se mordió los labios, levantó un poco la mirada, sin decir una sola palabra.

—Al menos para tratarse de ti, has estado bien.

Zinnia abrió los ojos. Se puso de pie.

Sentía cómo dentro de ella una caldera de vapor a presión estaba cerca de llegar a su límite.

Tomó aire, lo sostuvo por un momento, después lo exhaló.

Al hacerlo, unas pequeñas ráfagas de aire recorrieron la habitación, haciendo mover las cortinas y revoloteando los mechones de cabello de Dalia.

Se acercó lentamente hasta la camilla.

Observó a Dalia por unos segundos.

Después, la caldera explotó.

—¿Para tratarse de mí? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó exaltada.

Las ráfagas de aire comenzaron a hacerse notar un poco más. El aire alrededor comenzó a sentirse un poco caliente.

—Oye, tranquila... no... no quería hacerte enojar.

—Entonces responde.

—Bueno... ya sabes. Antes de conocerte mejor y eso, solo sabía que eras una Cronwald y poco más. Y bueno, eres muy delicada y fina.

Zinnia torció la boca.

—En el buen sentido... o sea. Tu apariencia y tu físico... eso era lo que reflejabas —dijo mientras por dentro sentía que, al menos esta vez, ser sincera no iba a ser suficiente.

Zinnia agachó la mirada, sus ojos parecieron perder su brillo.

—Eso... pensabas de mí. Realmente pensabas así.

—Sí. Pero fue antes de conocerte. Yo... no tengo ninguna razón para mentirte. Si no confiara en ti no habría razón de ser sincera.

Zinnia sollozó.

—Yo siempre confié en ti. No tuve que esperar nada para hacerlo. Sólo lo hice.

Se dio media vuelta. Comenzó a caminar en dirección a la puerta de la habitación.

Sus piernas temblaban a medida que daba cada paso.

Dalia intentó hablar, pero un nudo en su garganta evitó que las palabras pudieran salir de su boca.

Sin poder decir algo y sin poder reaccionar, Zinnia abrió la puerta y salió por el umbral.

Volteó a ver a Dalia antes de retirarse.

La miró fijamente por unos segundos.

—Confiaba en ti —dijo antes de cerrar la puerta.

Dalia se quedó en la habitación, sola. Acompañada de un sentimiento extraño que le martilleaba el pecho.

Se llevó las manos a la cabeza, su respiración comenzó a agitarse.

Poco a poco, su boca comenzó a temblar.

Frustración.

Culpa.

Intentó gritar, pero no pudo.

Una silueta, una sombra borrosa pareció reflejarse en el vidrio de las ventanas.

Parpadeó, se frotó los ojos, observó en dirección a la ventana.

No había nadie.

Observó de reojo la habitación, estaba sola.

Y por primera vez en mucho tiempo, esta vez no quería estarlo.

 

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