Oscuridad.
Humo.
Cenizas.
Un dolor punzante la trajo de vuelta, acompañado de un ardor en sus manos.
Abrió los ojos.
Todo parecía estar quieto.
Borroso. Demasiado borroso.
Una luz tenue se empezó a hacer visible, iluminando la habitación.
Ahí estaba postrada en la camilla.
Desorientada. Confundida.
—Estás muerta —dijo una voz masculina.
—Mmm. Es una lástima.
La voz comenzó a reír, cansada.
—O eso parece, siempre haces lo mismo. Es como si estuvieras muerta en vida, nada te importa.
Suspiró.
—Dalia Dalia. Es tiempo de que entres en razón.
Pudo ver con claridad, era un doctor.
—Esta vez casi mueres en serio. No había ninguna sanadora disponible... así que tendrás que descansar hasta que te recuperes.
Se rascó la nariz.
—Tus heridas fueron muy profundas —dijo mientras sostenía una carpeta—. Si te fuerzas... bueno que no te sorprenda tener que cargar con tus intestinos con tus propias manos.
Se sentó junto a la camilla.
—No sé si lo hiciste con esa intención pero... bueno funcionó. Supongo que la que causó todo el fuego fuiste tú.
Observó las manos de Dalia, se encontraban enrojecidas, acompañadas de algunas ampollas. El fuego dejó cicatrices.
—Y dado el estado de tus manos... supongo que sí fuiste tú. Como sea, no sé realmente qué pasó, pero ese fuego cauterizó un poco la herida. ¿Creaste la llama cerca de la herida?
Dalia tardó en responder, observó sus manos.
Rojas, ampollas palpitantes.
—Creo que sí —dijo sin ganas.
—Mmm, tuviste suerte. Eso te ganó algo de tiempo.
Respiró hondo.
—Pero... eventualmente esa suerte se va a terminar, Dalia. ¿Por qué te esfuerzas tanto? Tu cuerpo está al límite ahora. Tendrás que descansar.
Dalia escupió hacia un lado.
—¿Qué se suponía que iba a hacer? ¿Dejar que ese licántropo siguiera alimentándose de la gente de los barrios bajos?
Agachó la mirada.
—Odio esta sensación.
El doctor levantó la ceja.
—¿La de estar cercana a la muerte?
Se quedó pensativa.
—La sensación de siempre llegar tarde. Y ese puto olor, cómo lo odio.
—¿Qué olor?
Guardó silencio, volvió a observar sus manos.
Recuerdos, humo, cenizas.
—Olor a muerte.
El doctor guardó silencio.
—Sí, me imagino que sí. También odio ese olor.
La miró a los ojos.
—Aún así... deberías de empezar a preocuparte más por tu integridad.
—Tal vez.
—¿Tantas ganas tienes de morir?
Dalia no contestó.
—Mmm. Sé que no es así. Si ese fuera el caso... bueno ya lo habrías hecho.
Se llevó la mano a la nuca.
—No logro comprenderte.
—No quiero morir. No aún, tengo cosas pendientes.
Agachó la mirada.
—Gente que me importa.
El doctor resopló.
—Ahí está.
Dalia frunció las cejas.
—¿Qué?
—Te preocupas por los demás. Los demás también se preocupan por ti. Y el problema es... que parece ser que tú no te preocupas por ti misma.
No respondió.
—Dalia... si mueres, la gente que te importa va a sufrir.
—Eventualmente tengo que morir. Así es la vida.
—Eres un caso perdido. Aunque sea... no sé. Disfruta de la vida, no toda tu existencia tiene que ser una justificación para matar monstruos.
Relajó el rostro.
—¿Hay alguna otra cosa que te gustaría hacer? Suponiendo... suponiendo que te gusta eso de arriesgar tu vida para cazar bestias.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Carajo... —suspiró—. Al menos... no sé. No lo hagas sola.
El doctor frunció las cejas, se quedó pensativo.
—¿Qué tú no tienes ahora una aprendiz?
Dalia asintió lentamente.
—¿Dónde está ella?
—No lo sé. Pero espero que esté bien.
El doctor tomó el rostro de Dalia con sus manos, la miró frente a frente.
—Escúchame, estúpida, estoy harto de esta mierda. ¿Cómo crees que reaccionará tu pupila al enterarse de que casi mueres?
El rostro de Dalia se tensó, se quitó las manos del doctor con un cabezazo brusco.
—No metas a Zinnia en esto —dijo cabizbaja.
—Tú la estás metiendo en esto. Tú la estás arrastrando a esto —dijo cansado, se dejó desplomar sobre la silla de antes—. No puedes... carajo. Para que lo entiendas, Dalia, trataré de decirlo con palabras que tu poca inteligencia emocional pueda procesar.
Respiró profundamente.
—Primero estás tú. Luego lo demás.
—No entiendo.
—Carajo... lo que quiero decir es... Pfff. Que para estar bien con los demás tienes que estar bien contigo misma... no puedes preocuparte por los demás y descuidarte a ti. Tú también importas, al menos para ellos. Quizás para ti no... pero para ellos sí.
La volteó a ver a los ojos.
—Al menos... si no lo quieres hacer por ti. Haz el intento de cuidarte un poco más por ellos.
—Es lo que hago. Te lo juro. Solo que... bueno esta vez bajé la guardia. Eso es todo.
—Si tú lo dices.
Sacó un cigarrillo de su bolsillo, Dalia chasqueó los dedos, lo encendió en un instante. El doctor levantó la ceja, agradeció el gesto. Se llevó el cigarrillo a la boca.
—Gracias.
—No hay de qué. Con tal de que dejes de hablar tanto... no hay de qué.
El doctor le dio una calada al cigarrillo.
—Por cierto. ¿Dónde está tu gabardina? ¿Fue el licántropo?
—No, ya estaba muy maltratada. La dejé en un basurero.
Recostó su rostro sobre la camilla, su cabello cubrió la mitad de su cara.
—Creo que necesito una nueva.
—No, lo que necesitas es descansar.
Volvió a su cigarrillo.
—¿No te duele?
Dalia asintió.
—Sí, pero quejarse no hará que el dolor se vaya.
Sintió un pinchazo en su espalda.
—Auch... ¿qué fue eso?
El doctor guardó una jeringa en su bata.
—Es para que no intentes nada estúpido.
Comenzó a sentir los ojos pesados.
—¿Qué?... ¿qué mierda me hiciste? Me siento... somnolienta.
—Es un sedante.
Le dio otra calada al cigarrillo.
—Vas a descansar sí o sí. Quieras o no.
Dejó escapar el humo por su boca.
—Tan pronto como salieras de esta habitación te ibas a ir. Al menos... al menos así descansarás un poco.
—Hijo... de... pe...
Cayó rendida.
—De nada —tiró el cigarrillo al suelo. Lo pisó—. Idiota. Y gracias otra vez. Descansa.
Recogió sus cosas, colocó una manta sobre el cuerpo sedado de Dalia. Apagó las luces de la habitación. Salió sin hacer mucho ruido, antes de cerrar la puerta la observó por última vez.
—Me lo vas a agradecer. Yo sé que sí.
Cerró la puerta lentamente.
Comenzó a caminar por el pasillo del hospital, centró su atención en su carpeta.
Chocó con un hombre, los papeles quedaron desperdigados por el suelo.
—¡Oh, lo siento! Permítame ayudarle, doctor.
El doctor se descolocó un poco, después reconoció al hombre.
—Ah, Vic. Eres tú. Vienes a verla... ¿cierto?
Vic asintió entusiasmado y nervioso.
—Ella... ¿está bien?
El doctor torció los labios.
—Lo estará, tuve que sedarla.
Señaló hacia la habitación.
—Ella está ahí. Solo... no hagas ruido. No quiero que la idiota se despierte e intente irse.
—Seré cuidadoso... gracias. Por todo.
—Es mi trabajo. Si se despierta... bueno ya sabes dónde encontrarme.
Terminó de recoger los papeles, hizo un gesto con la mano, se despidió.
—Cuídate, Vic.
Vic caminó hacia la puerta de la habitación donde Dalia se encontraba sedada.
Con cada paso sentía cómo los latidos de su corazón se aceleraban, sus piernas poco a poco comenzaban a temblar.
La puerta estaba frente a él. Respiró profundo. Se armó de valor.
La abrió con cuidado.
La vio, recostada en la camilla. Cubierta con una sábana.
Cerró la puerta con delicadeza.
Se acercó, cuidando de no hacer ruido.
Se sentó al lado de la camilla.
Pudo ver su rostro, parecía cansado.
Respiraba con relativa tranquilidad.
Pasó la mano por su frente, quitando los mechones de cabello de su rostro.
Tomó su mejilla izquierda con cuidado.
—Me alegra que estés viva —murmuró.
Relajó el rostro.
Apartó las manos de ella.
Agachó la mirada, observó el suelo.
Comenzó a contar los segundos.
Se quedó ahí sentado. Sin hacer ruido.
Después de un tiempo, cayó dormido.
Sintió un jalón brusco en su muñeca, se despertó en alerta.
Dalia se encontraba despierta.
Hizo contacto visual.
—Oh. Despertaste.
Agachó la mirada.
—Hola.
Dalia no dijo nada.
—Perdón por... bueno estar aquí sin avisar y eso... tampoco es como que pudiera hacerlo.
Siguió sin decir nada.
—¿Pasa algo? ... ¿Estás bien?
Dalia intentó abrir la boca, su rostro comenzó a sudar poco a poco.
—Vic... puedo... ¿puedo pedirte algo?
Él asintió.
—Solo... no me vayas a juzgar. O a reírte —dijo mientras agachaba la mirada, evitando verlo a los ojos—. Te prometo que no lo haré.
Dalia tragó saliva.
—Me... ¿me puedes abrazar?
Vic se quedó sin aliento.
Tardó en procesar la petición.
Sentía como su corazón era martillado con una intensidad que nunca había sentido antes.
—... ¿Estás segura? No... no nos abrazamos... desde que éramos niños.
Dalia asintió, torpemente.
—Sí... no sabes cuánto lo he extrañado.
Sin que pudiera darse cuenta, Vic la estaba rodeando con sus brazos, con cuidado de no lastimarla.
—Te... te abrazaría más fuerte... pero estás herida.
Dalia se estremeció.
—Yo... también lo haría... pero tengo mis manos llenas de ampollas.
Dejó recostar su cabeza en el pecho de Vic.
—Pero... ¿con esto es suficiente? —preguntó sin verlo a los ojos.
—Si para ti lo es... entonces para mí también —respondió sin soltarla.
—Te he extrañado —murmuró Vic.
Dalia se quedó paralizada por un segundo al escuchar eso.
—Idiota.
Le pellizcó la espalda a Vic, con un gesto muy infantil.
—Yo también —admitió al fin.
Vic comenzó a sentir el aroma del cabello de Dalia impregnando su nariz. Un aroma extraño.
Olfateó un poco.
Dalia lo notó.
—¿Qué haces? —preguntó ella confundida.
—Es que... te estaba oliendo. Tienes un aroma a...
Dalia le colocó la mano sobre la boca, impidiendo terminar la frase.
—Como te atrevas a decir olor a carne chamuscada yo...
Respiró profundo.
—Pff... qué más da —dijo después de resoplar.
Quitó la mano de la boca de Vic.
—Mejor... mejor no digo nada.
—Respondió Vic con una sonrisa en su rostro.
—Por cierto. ¿Planeas visitar a Zinnia?
Dalia parecía sorprendida, parpadeó rápidamente.
—¿Ah?
—Oh, Shorq no te contó...
El rostro de Vic comenzó a sudar, su respiración comenzó a agitarse poco a poco. Dalia lo observó con una mirada penetrante.
—¿Contar qué? —dijo tajantemente.
—Ah... bueno, bueno —se acomodó los anteojos—. Zinnia colapsó cuando se enteró de que tú pues... bueno.
Hizo una pausa.
—Debe de estar en alguna habitación por aquí cerca. O eso fue lo que Peonía dijo.
Dalia agachó la mirada. Vic comenzó a sentir cómo los brazos de Dalia comenzaban a temblar, parecía volverse frágil.
—Yo... yo... yo... —dijo sollozando— ¿yo le hice esto?
Levantó la mirada.
Vic quedó helado.
Intentó consolarla, pero no dijo una sola palabra.
Solo la siguió abrazando.
Hacía mucho tiempo que no veía a Dalia llorar.
El silencio no duró mucho.
Pero ambos mantuvieron contacto visual.
Intercambiaron las miradas sin decir una sola palabra, el silencio de la habitación lo transmitía todo.
Los ojos de Vic parpadeaban muy rápido, parecía un tic nervioso, temiendo lo que Dalia pudiera hacer.
—No... no lo vas a hacer.
—No me vas a detener —dijo al instante.
—Yo... no dejaré que te levantes. No darás ni un solo paso. Tienes que reposar. No voy a permitir que des un solo paso fuera de esta habitación.
Bajó la mirada, observó el vientre vendado de Dalia, las vendas aún estaban manchadas de sangre.
—No permitiré que te vayas. Y tú sabes bien que cumplo con mi palabra —dijo con determinación mientras la tomaba de los hombros.
Dalia agachó la mirada por un momento, intentó apretar sus puños, ignorando por completo las ampollas y las quemaduras de sus palmas.
Vic reaccionó al instante, la tomó por las muñecas. La sujetó firmemente.
Dalia comenzó a mover su cabeza de un lado al otro, poco a poco parecía exaltarse.
—¿Qué es lo que te pasa? Terminarás haciéndote más daño... por favor descansa.
—Necesito verla.
Sus manos comenzaron a temblar. Sin darse cuenta comenzó a arrugar la punta de su nariz muy rápidamente, como si de un tic nervioso se tratase.
—Ella estará bien. Preocúpate por ti por favor. No... —la soltó con cuidado—. Por favor.
—Vic. Yo, yo, yo... yo le hice esto. No fue mi intención.
Su respiración pareció calmarse.
Vic vio su rostro. Por primera vez la vio de esa forma, vulnerable, intranquila.
Poco a poco la mirada de Dalia comenzó a verse más cansada, los párpados parecía pesarle, al punto que era incapaz de ver a Vic a los ojos.
Ella comenzó a sentirse extraña, pero de alguna forma se sentía segura de que él fuese la persona que la pudiera ver así.
Su mente estaba preocupada por la condición de Zinnia, pero su corazón parecía poco a poco sentirse relajado mientras más tiempo pasaba al lado de Vic.
Una sensación que ella pensaba que era peligrosa, simplemente porque era una emoción que nunca pensó poder permitirse experimentar.
Sin pensarlo, una sonrisa tenue se dibujó en su rostro.
Vic se puso de pie. Sin que Dalia lo pudiese anticipar y ante todo pronóstico, colocó su brazo derecho detrás de la espalda de Dalia, mientras su brazo izquierdo lo pasaba con cuidado debajo de las piernas de ella.
Dalia se descolocó un poco, su corazón comenzó a palpitar con un ritmo que nunca antes había experimentado.
Sin que ella pudiera oponer resistencia, simplemente dejó que todo fluyera.
Abrió la boca, confundida.
—¿Qué?... ¿qué estás haciendo, Vic?
Vic, con delicadeza, tratando de levantarla con cuidado para no lastimar el cuerpo de ella, comenzó poco a poco a levantarla en sus brazos.
Lo hizo despacio, como si estuviera cargando a una niña indefensa.
Dalia jadeó, su cuerpo comenzó a sentir dolor al momento de ser cargada, sin embargo decidió soportarlo.
Un recuerdo leve pasó por la mente de ambos, el día que se conocieron.
Dalia lo quería olvidar.
Vic nunca lo pudo hacer, ni lo intentó.
La escena se repitió para ambos, pero ahora los protagonistas no eran ellos cuando eran niños.
Era el presente.
—Te prometí que no te dejaría dar un solo paso fuera de la habitación... y es lo que haré —dijo con voz temblorosa, su corazón estaba siendo martillado—. Te llevaré cargando a verla... ¿te parece bien?
Dalia tardó en responder, su cuerpo parecía no responder a lo que ella quería hacer.
Quería soltarse, y golpearlo en la cara.
Pero no lo hizo, simplemente asintió bajando la mirada, intentando ocultar el enrojecimiento de sus mejillas. Sin darse cuenta, rodeó el cuello de Vic con sus brazos.
Un pensamiento estaba presente en ese momento en la cabeza de ambos.
Pero no dijeron nada.
Recostó su rostro en el pecho de Vic, se dejó cargar sin oponer resistencia.
Entonces pudo escuchar con atención el golpeteo de su corazón.
Ella abrió los ojos, se mordió los labios sin darse cuenta.
—Él... está... está... latiendo así... ¿por mí?
Pensó en ese momento, no pudo verlo a los ojos de nuevo. Hundió su rostro en el pecho de Vic.
El corazón de Vic reaccionó por sí solo, como si una caldera estuviese siendo sometida a una gran presión.
Trató de mantenerse tranquilo.
Serenidad.
Era lo que él pensaba con cada paso que daba mientras Dalia estaba en sus brazos.
Se acercaron a la puerta, Dalia por fin pudo ordenarle a su cuerpo qué hacer sin oponer resistencia.
Soltó el cuello de Vic con un brazo. Abrió el picaporte de la puerta.
Vic se disponía a salir de la habitación con cuidado.
Dalia volvió a agachar la mirada.
Reaccionó.
—Oye, Vic. ¿Habrá mucha gente afuera en los pasillos?
Vic se congeló por un segundo.
—Ah... no lo sé.
Dalia sonrió.
—Bueno. No me importa.
Volvió a recostar su cabeza en su pecho.
—Después de todo, no puedo moverme por mí misma.
Comenzaron a caminar por los pasillos. Las pisadas de ellos eran acompañadas por los ecos de las demás personas en las habitaciones cercanas.
Una enfermera estaba saliendo de una habitación cercana. Vic se acercó a ella con cuidado.
La enfermera los volteó a ver, se extrañó al ver a ambos en esa situación.
Después de ver con más atención reconoció a Dalia. Abrió la boca sin darse cuenta, se pellizcó.
Después comprobó que no era un sueño. Lo que estaba viendo era real.
Tardó en reaccionar.
—Am... ¿puedo ayudarles en algo?
Dalia resopló.
—Sabes... ¿dónde está Zinnia?
—¿Zinnia?
—Sí... quince años. Cabello azul. Parece frágil. Debería de tener unos tapones puestos en los oídos.
La enfermera se llevó la mano a la cabeza.
—Zinnia... ¡Ah! ¿Iria Cronwald?
—Sí. Iria, Zinnia. ¿Dónde está?
—Déjame revisar.
Sacó su bitácora, comenzó a pasar las páginas una a una.
—Habitación 302. Es la última habitación de este pasillo.
—Gracias —dijo Vic.
Dalia volvió a esconder su rostro.
—Andando, Vic —dijo apenada.
Vic se dirigió con paso lento pero seguro hasta el final del pasillo.
Pacientes, enfermeras, algunos doctores.
Todos parecían murmurar algo al verlos, todos tenían la misma expresión en el rostro.
—No sé por qué todos nos están viendo... me siento... raro.
—¿Te... te molesta traerme cargada? —preguntó Dalia.
—¿Qué? ¡No! Es solo que... bueno no estoy acostumbrado a que las personas me miren.
La respuesta le dio tranquilidad a Dalia, su corazón pareció calmarse.
—Pero... yo te miro a veces —murmuró Dalia.
—Sí. Y eso me gusta.
Ambos abrieron los ojos de golpe.
Vic, al poco tiempo se dio cuenta de lo que había dicho.
Su corazón comenzó a latir cada vez más rápido.
Hubo un silencio incómodo alrededor de ellos.
En un intento de escapar de esa sensación, Dalia parecía intentar enterrarse en el pecho de Vic, con tal de que no pudiera ver su rostro.
—Eres... un idiota.
Vic tragó saliva.
—Lo... lo sé.
—Pero me gusta que lo seas.
Volvió a abrir los ojos, eso último lo dijo sin querer.
Hubo otro silencio incómodo.
—Solo... camina. ¿Sí? Quiero... ver a Zinnia.
Vic asintió.
Llegaron al final del pasillo. Se encontraban delante de la puerta.
Dalia tocó despacio, no hubo respuesta.
Lentamente giró el picaporte.
Abrió la puerta con cuidado. Entraron en la habitación.
Ahí en la camilla, se encontraba Zinnia. Descansando.
Vic notó que había algo diferente en la habitación, se veía más grande que la habitación donde estaba Dalia. Incluso la camilla era más grande.
Dejó de darle importancia.
—Creo... creo que está dormida —dijo Vic nervioso. Su corazón aún latía con fuerza.
—¿Puedo pedirte algo?
—Amm. Sí.
—¿Puedes acostarme con ella? Si no es mucha molestia.
Vic asintió.
Se acercó lentamente a la camilla. Con cuidado, colocó a Dalia en la camilla junto a Zinnia, cuidando de no lastimar a Dalia y de no despertar a Zinnia.
Dalia se recostó al lado de ella.
—¿Podrías dejarme aquí? Por favor...
—Ah. Sí... Espero que descanses.
Dalia asintió.
Vic se dio media vuelta.
Antes de salir de la habitación la volvió a ver.
Ella le regresó la mirada, con una sonrisa.
—Ah y Vic... gracias por todo.
—Sabes que no tienes que agradecer... lo sabes bien.
—Lo sé. Aún así... gracias.
Salió de la habitación, cerró la puerta con cuidado.
Se sentó en el pasillo, recostó su cabeza sobre la pared.
Respiró profundo.
Ella por su parte, recostó su cabeza sobre la almohada, se dio media vuelta.
Con cuidado, abrazó a Zinnia.
—Vic... —murmuró ella.
—Elizabeth... —murmuró él.
—Después de todo. Tú eres mi razón de ser.
Murmuraron los dos, sin darse cuenta de ello.