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Capítulo X - Amabilidad con amabilidad se paga

La Balada del Cuervo Negro - Parte 1: Tras la pista de un silbido - Terminado · por Alexander L. Caserez · 21 de julio de 2026

Dalia continuó su visita en La Última Nota.

El ambiente en el lugar era extraño, incluso para ella.

Sin embargo no le dio importancia, su mente estaba concentrada en la información que acababan de recolectar.

No era mucho, pero ya era más de lo que sabía antes de llegar.

—Entonces... ¿no te gusta el alcohol?

—Ya te dije que no. ¿Quieres otro puñetazo?

El hombre de la barra retrocedió, intentó calmarla haciendo un gesto con las manos.

Se agachó por un momento. Sacó un tarro de la parte inferior de la barra.

—¿Qué tal una infusión? ¿Te gusta el té?

Dalia levantó los ojos, vio cómo el hombre sostenía el tarro con la mano. Afiló la mirada, el hombre al darse cuenta comenzó a temblar.

—¡Sólo trato de ser cortés! Y me siento raro al no verte tomar nada.

Recuperó la compostura por un momento.

—Después de todo... es una taberna.

Dalia resopló.

—Está bien. Te acepto el té.

Lo observó nuevamente.

—¿Y por qué un tarro?

—¿Tú traerías un juego de té a este lugar? —respondió el hombre.

—Mmm.

Dalia guardó silencio, lo ignoró por un rato.

—Con todo esto. Se me había olvidado... ¿qué hay con el tipo del pasillo?

El hombre se arrugó la nariz.

—Mmm, me distraje por un rato. Él estaba hablando con un hombre, algo mayor. No les presté atención.

Comenzó a servir el agua en un contenedor.

—Creo que estaban discutiendo.

Dalia levantó la ceja.

—¿Un anciano le dio una paliza a ese tipo? Wow...

El hombre intentó encender la mecha de una pequeña estufa de gas que tenía a escasos metros de la barra.

Dalia vio cómo el hombre parecía estar batallando para lograr encenderla.

Le pidió el contenedor de agua. El hombre se lo dio en las manos.

Tomó el contenedor con una mano, chasqueó los dedos. Generó una pequeña llama en su dedo índice, después lo colocó lentamente dentro del contenedor.

El agua comenzó a hervir.

—Si Peonía me viera preparar té así le daría un infarto —murmuró en voz baja.

El ambiente en la taberna seguía igual, aunque había algo que a Dalia no había notado y que le resultó extraño.

Casi no había nadie en la taberna.

Al menos en los barrios bajos, "La Última Nota" siempre ha estado llena de borrachos casi a diario. Sin importar la hora del día.

Eso la extrañó, más que el hombre inconsciente del pasillo.

—¿El negocio va mal? —preguntó Dalia.

—Ah. No... bueno. Algo así.

El hombre comenzó a servir el té.

—La cosa es que casi nadie quiere salir.

Una vez servido el té, le colocó el tarro a Dalia enfrente de ella.

—Estos días ha estado desapareciendo gente —dijo sin preocupación—. Y bueno, la taberna literalmente es mi casa. Yo vivo arriba, así que me da un poco igual.

Dalia levantó las cejas.

—Entonces... ¿dirías que ahora es peligroso?

—Tal vez. La gente prefiere no salir. Y a los de arriba les da igual. Solo ocurre aquí en estas cloacas.

Dalia se quedó pensativa.

—Mmm, quizás debería de ir a ver al viejo de antes.

El hombre le dio un sorbo a su tarro.

—¿Qué viejo? —preguntó extrañado.

—Un viejo veterano. Le di unas monedas, parecía no haber comido en días.

—Mmm, ¿podrías describirlo?

—Bueno, le faltaba un pie. ¿Es suficiente?

—Oh... vaya. Qué curioso.

—¿Por qué?

—Creo que él fue el que golpeó a nuestro bello durmiente. De lo poco que recuerdo es que con quien estaba discutiendo nuestro desafortunado amigo, llevaba una muleta.

Dalia le dio un pequeño sorbo a su té.

—Las apariencias engañan al parecer.

Volvió a su té.

—Aunque ahora que lo piensas. ¿No es raro? ¿Qué hace un veterano de guerra aquí?

Dalia continuó escuchando, siguió tomando su té.

—Digo, Sköelger no ha participado en alguna guerra reciente. Al menos hasta donde yo recuerdo —eructó después de dar otro trago—. No era el mejor en clases de historia, pero creo recordar que no nos hemos involucrado activamente en conflictos. ¿Me he equivocado?

Dalia colocó el tarro sobre la barra.

—Ahora que lo dices... tienes razón.

Estiró los brazos.

—Quizás es un refugiado de alguna otra ciudad. Ya sabes... la hospitalidad de Sköelger.

El hombre soltó una carcajada.

—Corrección, la hospitalidad del mundo superior de Sköelger.

Dalia asintió.

—Para qué te digo que no si sí.

Se puso de pie.

—Pero ahora tengo curiosidad de ver qué está pasando aquí.

—¿No crees que se trate de tu Silbón, o sí?

Dalia negó.

—No. No parece ser lo mismo.

Centró su mirada en el hombre inconsciente.

—A mi Silbón le gusta llamar la atención. Este parece intentar pasar más desapercibido.

El hombre levantó la ceja.

—Ahora que lo pienso. ¿Por qué haces esto? ¿No se supone que ustedes se dedican a erradicar engendros bestias y todos esos monstruos?

Dalia resopló.

—Larga historia. Es parte de una deuda que tengo.

—¿Deuda? ¿Qué tan mal les pagan?

Dalia negó con la cabeza.

—No, ese tipo de deuda, idiota —dijo cansada—. Es una deuda conmigo misma.

El hombre no dijo nada. Guardó silencio.

Dalia se acercó al hombre en el suelo.

Le tomó el pulso, seguía con vida.

Lo tomó con delicadeza de la quijada, moviendo su cabeza suavemente de un lado hacia a otro.

Respiraba.

Chasqueó los dedos de su mano derecha, hizo una chispa. Generó una pequeña llama. Apretó su puño.

Después, escupió sobre la palma de su mano izquierda. Apretó el puño también.

Se concentró por unos segundos, después abrió sus manos.

Acercó lentamente sus palmas al rostro del hombre, en la palma de su mano izquierda, una fina capa de hielo se había hecho presente, y en la mano derecha, parecía estar siendo devorada por unas pequeñas llamas.

El hombre de la barra intrigado, se acercó con curiosidad a observar más de cerca.

—¿Qué haces?

Dalia seguía concentrada.

—Shock térmico. Quiero que despierte.

Colocó sus manos en el rostro del hombre. Comenzó a hacer presión con sus palmas.

Poco a poco, el hombre comenzó a sudar.

Después de unos segundos, abrió los ojos y soltó un suspiro.

Se levantó de golpe, empujó a Dalia sin querer.

Dalia se resbaló con la sangre que estaba en el piso, no logró recuperar el equilibrio y terminó dándose un golpe en su cabeza con el borde de la pared.

Comenzó a ver borroso, después de unos instantes se desmayó.

Oscuridad.

Tardó en despertar.

Recuperó la conciencia. Pero había algo que la descolocó.

La taberna estaba vacía.

Miró en todas direcciones, buscando a los dos hombres de antes.

No había ningún rastro de ellos.

Dalia se puso de pie, se llevó la mano a la cabeza.

Percibió un olor, un olor familiar.

Esta vez más fuerte, olor a sangre.

Agachó la mirada, y ahí vio que había un gran rastro de sangre.

Se llevó la mano al cinturón, tomó su navaja más filosa.

Dalia siguió el aroma, parecía conducirla hacia un callejón aledaño a la taberna.

El rastro de sangre también parecía seguir el mismo camino.

—Joder, ¿cuánto tiempo estuve inconsciente? —pensó mientras se frotaba la cabeza.

El golpe aún le dolía.

Apresuró el paso, sin soltar su navaja.

Se abrió paso hasta el callejón. El olor estaba cada vez más presente, más fuerte. Más insoportable.

Después lo olió.

Olor a muerte.

Ahí, en el callejón cerca de un contenedor, se encontraba el viejo veterano de antes. Parecía estar hurgando entre la basura.

Pero había algo diferente, se veía diferente. Más alto, con un poco más de masa muscular visible, aún portaba su muleta.

El hombre se percató de la presencia de Dalia, no la volteó a ver, pero podía escuchar a Dalia caminar poco a poco hacia él.

—Aléjate, por favor —dijo el viejo. Aunque esta vez su voz no era la de antes, era una voz más gruesa, más bestial.

Dalia no hizo caso, levantó la navaja en mano y siguió acercándose.

—Por favor aléjate. No me lo hagas repetirte una vez más.

—Y si no lo hago... ¿qué? —dijo sin tapujos. Aceleró el paso.

El viejo se dio la vuelta. Lo pudo ver mejor.

Ahora parecía medir dos metros, su cuerpo estaba lleno de pelo por todas sus extremidades. Sus manos, ahora garras filosas, sostenían una pierna humana destazada.

Sus ojos eran negros, sus pupilas estaban tan dilatadas que sus ojos parecían cuencas provenientes del más profundo y oscuro abismo.

Un licántropo.

—Te dejé vivir —dijo la bestia—. Aléjate, por favor.

—Sabes que no lo haré.

—Estoy tratando de ser amable contigo. Amabilidad con amabilidad se paga.

La bestia respiró hondo.

—Desde que llegué a este basurero.

Soltó la pierna de sus garras.

—Has sido la única persona que fue amable conmigo.

La bestia negó con la cabeza.

—Por favor. Te lo suplico. Aléjate, déjame solo.

Dalia enfundó su arma.

—Ya veo... que así sea entonces —dijo la bestia antes de atacar.

Sin que Dalia pudiera reaccionar a tiempo, la bestia se abalanzó sobre ella, mandándola a volar de un zarpazo.

Dalia cayó sin oponer mucha resistencia.

Observó su herida, era una herida profunda. Poco a poco comenzó a perder sangre.

La bestia retrocedió.

—Tú me hiciste hacerlo. Yo no quería.

La bestia resopló.

—No me dejaste opción.

Se dio la vuelta, comenzó a alejarse de Dalia.

—No te voy a comer.

Pareció negar con su cabeza.

—Lo siento mucho pequeña.

Se llevó las garras a la cabeza, parecía intentar controlarse. No quería caer en sus instintos.

—Amabilidad.... amabilidad... Miklos .... hijo... hijo—decía entre gritos.

Dalia se llevó la mano a su herida, la sangre no paraba de salir.

Puso ambas manos sobre su sangre, hizo un cuenco juntando ambas manos, recolectó algo de su sangre.

Alzó las manos, hizo un gesto chocando sus dos pulgares, generó una chispa.

Se concentró, la bestia comenzó a ver cómo a su alrededor se comenzaba a iluminar, cómo el calor comenzaba a hacerse presente en su piel.

Se dio la vuelta.

Dalia tenía sobre sus manos una bola de fuego, no como el fuego que usó recién para calentar el té. Un fuego violento, hambriento por consumir todo a su paso.

Sus manos, envueltas en las llamas, parecían poco a poco sufrir algunas quemaduras.

La bestia se dirigió hacia ella, se abalanzó con determinación.

Con la poca fuerza que le quedaba, Dalia se puso de pie. Tomó impulso.

Lanzó la bola de fuego.

La bestia vio la bola de fuego dirigirse hacia ella, no venía con gran velocidad.

Detuvo su embestida, se quedó quieto.

Suspiró, un suspiro tan profundo que hizo revolotear los mechones de cabello de Dalia.

Permaneció inmóvil, mientras la bola de fuego venía en su dirección.

Abrió los brazos.

—Gracias por haber sido amable conmigo —dijo antes de recibir la bola de lleno en todo su cuerpo.

El fuego comenzó a consumirlo poco a poco, pero no parecía inmutarse ante el dolor. Simplemente se desplomó en el suelo.

Dalia se acercó lentamente al contenedor.

Apenas podía caminar sin tambalearse.

Cada paso la acercaba a una verdad, una verdad que ella quería que no fuese realidad.

Pero ya sabía qué era lo que se iba a encontrar ahí.

Ahí los vio.

Entre restos de desperdicios y bolsas de basura, estaban los cuerpos de los hombres de antes.

El que peor parte se llevó fue el hombre inconsciente, estaba destazado de todas sus extremidades, a excepción de la cabeza.

En su rostro tenía una expresión de terror combinado con desesperación.

Dalia ya había visto esa expresión antes, alguien que murió mientras su cuerpo era despedazado, estando aún con vida.

Una expresión que ella desearía olvidar de su mente.

Por otro lado, el dueño de la taberna tenía una herida en el cuello.

Murió degollado por una garra, desangrado.

Sintió un vacío al ver a aquel hombre.

Hace poco tiempo estaba vivo, compartían dos tarros de té.

Ahora, estaba muerto.

Sintió como si hubiese recibido otra herida. Una profunda, más profunda que las heridas causadas por el zarpazo.

Tragó saliva.

—Ni siquiera supe cuál era tu nombre.

Agachó la mirada.

—Lo... lo siento. Yo, yo... no debí haberte golpeado.

Apretó el puño, tomó fuerzas.

Se golpeó en la cara, unas gotas de sangre comenzaron a escurrir desde el interior de su nariz.

Retrocedió unos cuantos pasos.

Volteó a ver a la bestia, ahí seguía. Siendo consumida por las llamas.

Poco a poco el aroma de sangre, terminó siendo acompañado por un aroma que le resultó familiar, uno que ella no extrañaba.

Sangre.

Muerte.

Carne chamuscada.

Su mente se vio envuelta en pensamientos y recuerdos, llenos de un humo negro y espeso.

Se llevó la mano izquierda a su cabeza, comenzó a agitarse poco a poco.

Fue ahí cuando creyó ver una figura, una figura de un hombre, parecía llevar algo en el rostro. Un monóculo.

No pudo distinguir bien, la figura era borrosa.

Apenas y la pudo ver por el rabillo del ojo.

Se dio la vuelta.

No había nadie.

Cansada, se dejó caer en el suelo.

—Mierda —dijo Dalia jadeando, mientras intentaba hacer presión sobre su herida, justo en el vientre. El zarpazo le había dado de lleno.

—Bajé la guardia...

Dijo mientras comenzaba a cerrar sus ojos.

—Puto licántropo.

Terminó desvaneciéndose en el suelo.

Las llamas terminaron de consumir a la bestia.

Pero no parecía que se fueran a detener ahí.

Se comenzaron a propagar a los alrededores.

Poco a poco, La Última Nota comenzó a ser devorada por las llamas.

 

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