Cruzaron las murallas, aquellas que dividían Sköelger de la zona institucional del Aquelarre, con sus propias calles y edificios.
Ahí dentro, cerca del Instituto de Arcanología y Ciencias de la Raíz, varias jóvenes cruzaban la calle con prisa. Algunas llevaban guantes especiales. Otras cargaban pequeños contenedores metálicos donde se almacenaba energía elemental para los experimentos del día.
Zinnia las vio pasar a lo lejos, mientras seguía a Peonía con paso firme.
Un grupo de aprendices discutía acaloradamente sobre algo mientras uno de ellos intentaba explicar por qué su último artefacto había explotado, intentando justificar lo chamuscado de su atuendo y la falta de cejas sobre sus ojos.
A unas calles de ahí, frente al edificio del Aquelarre de la Escuela de los Búhos y las Lechuzas, varios cazadores entrenaban en el patio. El sonido de los golpes contra los muñecos de práctica se mezclaba con el metal de las armas y el murmullo de los instructores.
Peonía guió el paso a través de aquel edificio. Se adentraron entre sus paredes.
Subieron algunas escaleras, hasta llegar a su despacho. Mientras caminaban por los pasillos Zinnia no dejó de admirar los distintos cuadros y obras de arte colgados en las paredes.
—Algunos fueron hechos aquí mismo —dijo Peonía—. El arte puede venir de todos lados, o eso solía decir un antiguo miembro de nosotros.
Peonía agachó la mirada.
—Es una lástima la forma en que murió, tenía talento.
Zinnia escuchó con atención, levantó la ceja.
Peonía hizo un gesto con las manos.
—Lo siento. Me distraje un poco. Ya casi llegamos a mi despacho.
Se tronó los dedos.
—Muero por una taza de té —dijeron ambas al mismo tiempo.
Las dos se vieron a los ojos.
Ambas rieron.
Finalmente llegaron a su despacho, antes de que Peonía pudiera reaccionar Zinnia le abrió la puerta, cediendo el paso.
Peonía agradeció el gesto.
Ella estaba a punto de hacer lo mismo.
—Si tus padres se enteran de que permití que su hija mayor hiciera esto...
Guardó silencio por un segundo.
—Bueno realmente no sabría qué pasaría. ¿Cómo son ellos? No he convivido mucho con ellos.
Levantó la ceja.
—Y tampoco quiero hacerlo. La política no es lo mío.
—Mis papás son... personas muy ocupadas. O eso dicen.
—Mmm. Supongo que sí.
Peonía se quitó su túnica. La colocó en un perchero.
Hizo un gesto con su mano derecha, bajó un interruptor.
Al hacerlo, la pared aledaña comenzó a moverse, dejando ver una habitación con un pequeño balcón. Tenía algunos estantes colgados y repisas alrededor. Ahí en el balcón había una mesa de madera, con acabados de metal.
Zinnia se detuvo en seco, sus ojos se abrieron al ver la madera tallada.
—Oh. Esa mesa... ¿viene del otro lado del mar, no?
Peonía asintió.
—Sí, fue un regalo. ¿La has visto antes?
—Sí, es similar a una que tiene mi madre. Me dijo que la trajeron del otro lado del mar, en la isla de Balmur.
—Sí, la madera de esa isla es exquisita.
Zinnia frunció el ceño.
—¿Ah? ¿Eso qué quiere decir?
Peonía sonrió.
—Nada, solo soy muy fan de los muebles de madera. Me recuerda a mi infancia.
Zinnia se acercó al balcón. El viento soplaba de manera gentil, podía sentir cómo su cabello se movía un poco al ritmo de las pequeñas ráfagas.
Toda la zona institucional del Aquelarre se podía ver desde ahí, hasta donde terminaban las murallas.
—Es una excelente vista —dijo Peonía mientras tomaba una tetera de una estantería—. ¿Algún té que quieras en específico, Zinnia?
—Mmm, me gusta mucho el té rosa crepuscular.
Peonía hizo un gesto con su cabeza, mientras silbaba una melodía.
—Vaya, la niña sí que tiene buenos gustos. Ese era el favorito de mi abuela.
Zinnia se descolocó al ver ese gesto, después de procesarlo soltó una risa corta.
Peonía colocó agua en la tetera. Hizo un gesto con sus manos, encendió una llama sobre su palma.
Con la mano izquierda sostenía la tetera, justo arriba de la palma derecha.
En cuestión de pocos segundos la tetera comenzó a silbar.
Cerró el puño, apagando la llama.
Zinnia quedó sorprendida.
—¿Cómo...? ¿Cómo hizo eso? Eso... eso no nos lo enseñan en clases.
—Sí, lo sé. Yo fui quien prohibió enseñar eso. Son muy jóvenes aún.
Tensó el rostro.
—Y si puedo evitar que su vida corra peligro mientras aprenden a dominar la raíz... pues que así sea.
—Dalia... ¿Dalia sabe hacer eso?
—Eso y más, al igual que muchas otras veteranas. Aprendió desde muy joven a escuchar a su cuerpo, y sabe cuándo parar.
Hizo una pausa.
—De todas las veteranas ella es la más joven.
Comenzó a servir el agua hirviendo en dos tazas de porcelana.
Respiró hondo.
—Es peligroso para los más jóvenes, como tú, más peligroso aún para las niñas más pequeñas.
Zinnia torció los labios.
—Ya sabes, son más caóticas e inestables.
—Como... ¿Freya?
Peonía agachó la mirada.
—Freya es... un caso especial. Muy especial.
Su rostro pareció tensarse. Guardó silencio por un momento, mientras colocaba las bolsas de té en cada una de las tazas.
Se acercó a Zinnia, con delicadeza colocó las tazas en la mesa de madera.
La invitó a sentarse.
Zinnia tomó asiento sin pestañear, aprovechó para quitarse la gabardina y la máscara. Colocó su máscara sobre la mesa, y dejó tendida la gabardina en el respaldo de su silla.
Peonía tomó asiento, después dejó escapar un suspiro.
—Freya... bueno es una lástima. ¿Qué te ha contado Dalia?
Cruzó las piernas, acomodó su cabeza sobre su puño izquierdo, dejando reposar su rostro. Algunos mechones le cubrieron el rostro. Hizo un gesto con la nariz, una tenue ráfaga de viento le acomodó los mechones, dejando libre su rostro.
Se quitó los tapones de sus oídos.
—Me habló sobre Felizha, y sobre el orfanato. Poco más.
—Mmm —se quedó pensativa por un momento—. Ella no suele hablar de Felizha muy a menudo. Es un tema que no le gusta tocar.
Zinnia relajó el rostro.
—Fue lo más cercano a una figura de autoridad a la cual admirar.
—¿Cómo una madre?
—No, más bien como una especie de hermana mayor.
—Ya veo. Eso explica muchas cosas.
—¿Cuáles cosas?
—Su relación con Freya, creí que solo era... bueno la hija de una amiga para ella.
Arrugó la nariz.
Peonía tomó su taza de té. La movió un poco, con movimientos delicados. Se llevó la taza a la boca.
—Pero ahora creo que es diferente. Ya veo por qué... bueno por qué no parecía molesta cuando la secuestró.
Peonía escupió el té, mojando su túnica.
Zinnia dio un pequeño salto hacia atrás. La silla se comenzó a tambalear, ella pudo reaccionar a tiempo para recuperar el equilibrio antes de caerse.
Peonía reaccionó algo tarde, su atuendo estaba empapado. Relajó el rostro, respiró profundo.
—¡TIENES QUE DECIRME QUÉ ES LO QUE ESTÁ PASANDO! —gritó.
Zinnia se llevó las manos a los oídos. No esperaba ser aturdida en un momento como ese.
—Está bien, pero por favor... no grite.
Cerró los ojos mientras intentaba recomponerse.
—Los gritos me aturden. Se lo... se lo agradecería mucho.
Peonía se dio cuenta de lo que había hecho, apenada y antes de poder decir algo, Zinnia la interrumpió.
—Y no, no es una orden. Es solo una petición.
Peonía agachó la mirada.
—Sí... Lo siento. Me dejé llevar.
Recuperó la compostura.
—Es sólo que... no esperaba que Freya hiciera algo así.
Agarró la taza de té, y le dio un sorbo al poco té que quedaba en ella.
—Amo este té. Es una lástima haberlo desperdiciado así... Ahora que lo pienso, quizás Freya se había tardado en hacer algo así.
Dirigió su mirada hacia Zinnia.
—Pero mi pregunta es, ¿por qué lo hizo?
—Es... por el guante.
Comenzó a morderse los labios. Sus pies comenzaron a temblar un poco.
—Ella quiere encontrar el dueño del guante. Aunque creo que será difícil... He visto muchos guantes similares. No veo que tenga algo en especial. Sólo es un guante de cazador, hay varios de estos aquí en el Aquelarre.
—Niña... ve al grano. ¿Por qué quiere encontrar al dueño del guante?
—Bueno... digamos que ella cree que el dueño del guante es responsable de un...
Guardó silencio.
Respiró hondo, agachó la mirada.
—Ella está convencida de que el dueño del guante mató a Yörn.
Peonía ladeó la cabeza, su mirada bajó.
—Pero... ¿no fue un suicidio? —dijo visiblemente confundida.
—Dalia me dijo que es lo que Freya quiere que crean... ya sabe para poder encontrar al responsable. No sé mucho de estas cosas, pero no entiendo la razón de eso. ¿Usted tiene una idea del porqué?
Peonía guardó silencio. Se quedó pensando un momento, mientras observaba su taza de té. Al cabo de un instante se puso de pie, y caminó hacia el balcón.
Reposó sus brazos sobre la baranda del balcón. Le indicó a Zinnia que se acercara, con un gesto.
Zinnia se puso de pie, no sin antes darle un sorbo a su té.
Caminó hasta estar a un lado de Peonía. Del mismo modo, dejó reposar sus brazos sobre la baranda.
—No me gusta la política, niña. Freya deberá de tener un motivo para pensar así... después de todo es muy joven.
Se llevó la mano al rostro.
—Sigue siendo una niña después de todo. Una niña aislada, rodeada de trolls. Temida por todos.
—Bueno, no creo que niña sea el término correcto, ya es una adolescente, tiene doce años si no estoy mal —dijo Zinnia.
Peonía resopló.
—Para mí Dalia es una niña también, y ella le dobla la edad a Freya. Dalia es una niña, una niña adulta, y Freya... una niña a secas.
Hizo una pausa.
—Una niña que perdió a su mejor amigo. Debe de ser muy duro para ella cargar con todo eso a su edad.
Peonía agachó la cabeza, reposando su frente sobre la barandilla.
—Siento que soy la responsable de eso.
—¿Por qué cree eso? —dijo Zinnia con voz tímida.
—Bueno... yo fui quien tomó la decisión de que ella no podía estar aquí.
La volteó a ver a los ojos. Los ojos de Peonía parecían cansados, pero no por la edad.
—Era lo mejor para la ciudad, quizás no lo mejor para ella pero... bueno, la decisión ya está tomada.
Guardó silencio.
—En ese entonces ella tenía siete. Tú... ¿conviviste con ella, cierto?
—Sí, poco. Antes de que ella se fuera.
Relajó la mirada.
—Me gustaría verla, han pasado muchos años. Quizás le vendría bien un abrazo.
Peonía rió, no de mala manera.
—Si lo haces... probablemente te congeles, niña.
Zinnia no entendió.
Peonía se alejó de la baranda del balcón. Se quitó su túnica. Levantó su camisón. Se dio vuelta, dejando ver una quemadura que abarcaba toda su espalda, desde el cuello hasta la parte inferior. Tenía un tono azulado muy tenue; algunas cicatrices parecían estar cristalizadas, acompañadas de un salpullido que parecía escarcha.
Zinnia se llevó las manos a la boca.
—Esta es una quemadura. Pero no por fuego. Por hielo.
Guardó silencio.
—Hielo de Freya.
Zinnia intentó hablar, pero no pudo.
—Yo sí la abracé —añadió Peonía, cabizbaja—. Intenté aliviar su dolor... fue un desastre.
—Ella... ¿estaba sufriendo?
Peonía asintió.
—Como te dije, Freya es... un caso especial. Nunca había visto algo así. Su marca despertó, pese a los medicamentos que le dimos desde que era una bebé —tragó saliva—. No sirvió de nada, su despertar fue doloroso. Creo que ha sido el peor que he presenciado.
Respiró profundo, se bajó el camisón. Tomó asiento nuevamente.
—Dalia estaba ahí también. Ella intentó... intentó tomar su dolor.
—¿Tomar?
—Sí... extraerlo. Tomarlo para sí misma, para que Freya no sufriera tanto.
Zinnia se quedó pensando un momento.
—¿Cómo es eso posible? Eso... eso no nos lo enseñan aquí.
—Yo tampoco lo sabía. Lo aprendió con una anciana en un bosque, eso fue lo que dijo. Hace algunos años.
—Y... ¿funcionó? —preguntó escéptica.
—No... no del todo. Dalia cayó inconsciente cuando lo intentó. Tardó en despertar dos días.
Zinnia palideció.
—Por lo que ella sabe... si el cuerpo toma un dolor ajeno y no es capaz de reconocerlo... el resultado es ese. O podría ser peor.
—No... creo que no entendí.
—En otras palabras, si tu cuerpo no ha experimentado un dolor similar... pues eso pasa.
Zinnia tragó saliva. Tardó en hablar, sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Después de eso ella prometió no intentar hacerlo nunca más.
Peonía levantó la mirada, torció la boca.
—Pero no terminó ahí para Freya. Al ver a Dalia inconsciente en el suelo entró en pánico. Fue ahí que me acerqué a abrazarla. Quería tranquilizarla... al principio funcionó.
Dejó escapar un suspiro profundo, cansado. Su frente se arrugó.
—Pero como te dije antes, Freya fue un caso especial. Su raíz floreció justo después de despertar.
Un silencio absorbió la habitación.
—Freya floreció, en una flor de hielo... y mi espalda recibió el florecimiento.
Peonía comenzó a llorar, pese a sus intentos de esconder sus lágrimas.
—Pero no fue su culpa... ella nunca me quiso hacer daño. Tampoco a Dalia.
Volvió a agachar la mirada.
—Nunca quiso hacer daño. Pero a veces no basta con la intención.
Alzó la cabeza, sonrió.
—Sabes. Me importa una mierda. He vivido lo suficiente. Creo que después de todo... no dudaría en abrazarla otra vez.
El viento seguía entrando por la ventana, como si quisiera escuchar la historia. Movía ligeramente las hojas de los árboles del exterior, trayendo consigo algunas hojas dentro del balcón.
Peonía preparó otra taza de té. Aún tenía algunas preguntas, al igual que Zinnia.
Fuera de las murallas del Aquelarre, ahí en los barrios bajos, en un callejón poco iluminado cerca de la taberna, se encontraba una mujer herida, recostada sobre la pared.
—Mierda —dijo Dalia jadeando, mientras intentaba hacer presión sobre su vientre, tenía una herida en él. Parecía un zarpazo.
La sangre terminó de teñir poco a poco su ropa de rojo carmesí.
—Bajé la guardia...
Enfrente de ella, se encontraba un contenedor.
Apestaba a muerte.
Dentro de este había algunos cuerpos, entre ellos el del hombre de la barra de la taberna.
—Puto licántropo —dijo antes de desvanecerse en el suelo.
El tiempo en el despacho de Peonía pasó relativamente tranquilo. Más de una taza de té fueron compartidas por ambas.
Poco a poco, el ambiente se comenzó a sentir más cálido.
El viento que entraba a través del balcón se comenzaba a sentir un poco caliente.
Siguieron conversando, una plática muy amena.
Zinnia aún tenía muchas preguntas por hacer, tanta era su curiosidad que por unas horas había olvidado por completo todo lo relacionado al guante.
—Lo había olvidado —murmuró ella.
—Entonces... ¿de quién cree que pueda ser el guante?
—Honestamente, podría ser cualquiera. No tiene nada de especial —dijo Peonía mientras lo veía de cerca.
—Mmm. No hay mucho que hacer con esto.
Se llevó la mano a la cabeza.
—Pero si Freya cree que el responsable de todo eso es el dueño de este guante... hay muchas posibilidades. Y ninguna certeza.
—¿Cómo cuáles posibilidades?
—Simplemente alguien encontró los guantes y los usó, o quizás solo los robó para inculpar a alguien.
Cerró los ojos.
—Quizás solo alguien que quiere desviar la atención.
Colocó el guante sobre la mesa.
—Y sabes... de todos modos no soy de mucha ayuda para esto. Siento mucho no poder ser de mucha ayuda, Zinnia —dijo cabizbaja.
—No tiene por qué disculparse.
Tomó el guante y lo guardó en su mochila.
—Aun así... Tengo curiosidad por otras cosas. Y otras preguntas también. Si no es mucha molestía para usted.
—Adelante, he de admitir que no me incómoda del todo tu compañía. Eres... bueno, no eres lo que esperaba.
—Y... ¿eso es bueno o malo?
—Diferente. Supongo que es bueno.
—Lo tomaré como un cumplido.
Peonía sonrió.
—Y bien, ¿qué más quieres saber?
—Bueno... mmm, ¿cómo terminó Freya en las montañas?
—Fue decisión de ella —dijo mientras observaba por el balcón.
Poco a poco el aire comenzaba a sentirse cada vez más caliente.
No de golpe, progresivo.
Una especie de vapor parecía asomarse por el paisaje.
No le dio importancia por el momento.
—Después de que ella floreció... decidió que no quería hacerle daño a nadie más. Era una niña, quizás es lo más triste de todo. Congelaba la mayoría de las cosas que tocaba, sin querer.
Le dio un sorbo a su taza de té.
—No lo podía controlar. Aunque ella lo intentó.
Soltó una risa.
—Congeló a Nyxa un par de veces.
—Oh. Fue accidental. Supongo.
—Meh, algunas veces sí. Nunca se terminaron de llevar del todo bien.
Zinnia parpadeó, sorprendida, y se llevó la mano a la boca como si la respuesta hubiera sido demasiado.
—Ya veo...
Apartó la mirada hacia la ventana, buscando tiempo para procesar.
Poco a poco el vapor del exterior comenzaba a hacerse más presente a través del balcón. Cada vez dejaba de verse como vapor, y comenzaba a verse como humo.
Zinnia lo notó.
—Mmm. Eso parece humo.
Algunas gotas de sudor provenientes de su frente comenzaron a recorrer su rostro.
—Eso me recuerda, ¿aún no ha vuelto Nyxa, verdad?
—No. Aún no hay rastros de ella.
Peonía relajó el rostro.
—Eventualmente regresará. Si no... bueno que Dalia se encargue.
Peonía comenzó a agitarse, el calor cada vez era más intenso. El humo comenzó a hacerse cada vez más visible. No había duda, no era vapor.
Era humo.
Ambas se pusieron de pie, se acercaron al balcón para observar mejor.
Fue entonces que notaron cómo algunos estudiantes y aprendices corrían en dirección a las afueras de las murallas del Instituto.
Notaron preocupación en los rostros de algunos.
Otros sólo parecían tener prisa.
—Esto se ve mal —dijo Peonía.
Sin tiempo de reaccionar, ambas salieron a toda prisa de su despacho. Corrieron por los pasillos hasta salir del edificio.
Siguieron la multitud.
Peonía detuvo a una cazadora.
—Aurora, ¿qué ocurre? ¿A dónde van todos?
Aurora se veía preocupada, su respiración era irregular.
—Peonía —jadeó—. Hubo un incendio grande en los barrios bajos.
Comenzó a toser.
—Vengo de allá. Vine por ayuda. Hay demasiado humo.
Intentó recomponerse.
—El fuego ya fue controlado. Pero estamos rescatando a los supervivientes.
Su rostro palideció.
—Al parecer... Había un licántropo alimentándose de la gente que vivía ahí.
—¿Qué? ¿Cómo?... ¿Por qué nadie nos lo contó?
—No tengo los detalles. Pero creo saber quién puede saber todo.
—¿Quién?
Agachó la mirada.
—Bueno... Dalia estaba ahí.
Zinnia entró en alerta.
—¿DALIA? —exclamó Peonía exaltada—. ¿Qué hacía ahí?
—No... no lo sé. Aún no despierta. Parece grave.
Tragó saliva.
—Tiene una herida en su vientre. La bestia le dio un zarpazo.
Zinnia sintió cómo su corazón comenzó a latir más rápido, con una desesperación que no había sentido antes.
Comenzó a temblar. Se llevó las manos a los oídos.
Los nervios la consumieron. Comenzó a tambalearse de un lado al otro.
Después, en un brote explosivo de ansiedad comenzó a jalarse mechones de su cabello, con mucha fuerza.
—¡Hey! ¡Zinnia! ¡¿Qué haces?! —dijo Peonía mientras intentó evitar que ella se siguiera lastimando de esa forma.
—No, no, no, no.
Repitió Zinnia exaltada, mientras su respiración cada vez era más errática.
Peonía intentó sujetarla del hombro, pero Zinnia la empujó sin darse cuenta.
Peonía se tambaleó, Aurora alcanzó a sostenerla, evitando que cayera al suelo.
—¡No, no, no! —jadeaba—. Yo la dejé sola.
Comenzó a agitarse cada vez más.
El aire se volvió un zumbido en sus oídos, demasiado chirriante. Lo pudo sentir aun con sus tapones puestos.
Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, reemplazando el sudor en su rostro.
—Es mi culpa. Todo es mi culpa. Todo es mi culpa. Todo es mi culpa.
Se repitió una y otra vez.
Se apretó la cabeza con ambas manos, como si quisiera detener el ruido.
—Yo... yo... —las palabras se quebraban—. No puedo... no puedo...
El aire no le alcanzaba a subir por la garganta.
Peonía vio aterrorizada la escena.
Ráfagas de aire comenzaron a salir expulsadas alrededor de Zinnia.
Su nariz y sus oídos comenzaron a sangrar sin que ella se diera cuenta.
Aurora en un movimiento ágil, se abalanzó sobre ella sin que Zinnia pudiera reaccionar.
La tomó con fuerza del cuello, rodeándola con sus brazos.
Zinnia intentó zafarse, pero no pudo. La fuerza de Aurora era más que lo que ella podía resistir.
En cuestión de tiempo, las ráfagas comenzaron a disiparse.
Aurora sostuvo el cuerpo de Zinnia, inconsciente.
Peonía estaba en shock.
—Lo... lo siento, Peonía. Tuve que hacerlo.
Soltó el cuerpo de Zinnia y se desplomaron juntas, jadeando en el suelo.
—No... no siento mis brazos. Estoy cansada.
Peonía, aún jadeando, se inclinó sobre ellas.
Alrededor, algunos se acercaban con miedo, sin saber cómo ayudar.
El rostro de Zinnia estaba cubierto de sudor, lágrimas y sangre; los tapones en sus oídos teñidos de carmesí. Su piel, pálida, comenzaba a tomar un matiz violáceo en la frente.
Peonía se quedó petrificada, procesando la escena.
—Gracias. Gracias, Aurora.
Tomó el rostro de Zinnia con manos temblorosas. Aún respiraba.
—Si no lo hubieras hecho... —tragó saliva— se habría... se habría asfixiado ella sola.
Su rostro se tensó.
—Dalia... ¿Qué le has hecho a esta pequeña?
Los aprendices ayudaron a Aurora a ponerse de pie. Aún jadeaba, pero no apartó la mirada de Peonía.
—Peonía... Fue idea tuya. No lo olvides. —Escupió al suelo—. No todo siempre será culpa de Dalia.
Los aprendices retrocedieron, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—¿Quieres decir que todo esto es culpa mía, Aurora?
Aurora negó, observando el cuerpo inconsciente de Zinnia.
—No. Solo digo que no es culpa de ella.
Se acercó, clavando los ojos en Peonía.
—¿O acaso es culpa de Dalia que esta niña no sepa controlar sus emociones?
Peonía apretó la mandíbula, sin apartar la mirada.
—Y lo siento si pareció que te falté al respeto... —respiró hondo—. Pero no quiero que Dalia cargue con más cosas que no le pertenecen. Ya debe estar cansada de eso.
Bajó la mirada.
—Aunque nunca lo admita.
El silencio se extendió entre ambas, más pesado que el caos exterior.
Peonía relajó el rostro y apoyó la mano sobre la cabeza de Aurora.
—Tienes... algo de razón. —Resopló—. ¿Dónde está Dalia?
Aurora levantó la mirada, aún agitada.
—Vic y los demás la llevan al hospital de Shorq. Él no quiere que muera.
Hizo una pausa.
—Moverla es difícil. Temen daños internos. La llevan despacio, con cuidado.
La tristeza se dibujó en el rostro de Peonía, sin intentar ocultarla.
Entonces las voces regresaron. Un eco la atravesó, cortando el aire.
"Está inconsciente. Puede que tarde algunos días en despertar."
"—Deja de culparte, Elizabeth. Honra su memoria."
"—Entonces llegaste a la conclusión de trabajar sola.
—Sí... no puedes perder a nadie más si estás sola. Si fallo... bueno. La única baja seré yo."
Volvió al presente, con la respiración pesada.
—¿Puedo pedirte un favor?
Aurora apenas asintió.
—Trae el cuerpo de Zinnia.
—Claro... solo deja que me recupere. ¿A dónde la llevaremos? ¿Con sus padres?
—Carajo, no. No deben enterarse. La llevaremos al hospital de Shorq. Así podremos cuidarlas a las dos.
Aurora asintió, cansada.
—Está bien... solo que, si algo le pasara a Morgan, me gustaría que me avisaran.
—Ya te dije que no.
—Ok... solo decía.