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Capítulo V - Piecitos descalzos

La Balada del Cuervo Negro - Parte 1: Tras la pista de un silbido - Terminado · por Alexander L. Caserez · 21 de julio de 2026

Continuó caminando, no se dio cuenta de que, inmersa en sus pensamientos, tropezó con una pequeña niña.

No la vio hasta que su cuerpo cayó sobre ella.

—¡Auch! ¡Quita, quita! —gritó la pequeña, que tenía ojos azules y el cabello rubio.

Zinnia se apartó de ella rápidamente.

—Oh, lo siento, niña. ¿Estás bien? No fue mi intención.

La niña la miró extrañada, no parecía molesta. Le sonrió.

—Mmm, es solo un golpe. Creo que estaré bien.

Zinnia se extrañó al ver a una niña sola a altas horas de la noche. Echó una mirada de reconocimiento a su alrededor, y se extrañó más: estaban en un callejón solitario. Agachó la mirada para verla a los ojos, no parecía tener signos de haber sido violentada o algo por el estilo. No se veía desnutrida. Se veía normal, y eso le resultaba inquietante.

—Tú... ¿qué haces sola a estas horas? ¿Dónde están tus padres?

La niña no respondió, agachó la mirada.

Hubo un silencio incómodo, hasta que después habló.

—Me perdí, estoy buscando a mi abuela —dijo sin verla a los ojos.

—No tienes padres, ¿verdad? —dijo Zinnia con tono melancólico.

A la niña no pareció importarle el comentario.

—No, no tengo. Mis abuelos me criaron desde que recuerdo.

Se quedó observando a la nada.

—Me perdí intentando buscar un regalo para mi abuela.

Levantó la cabeza.

—Pero también perdí el regalo.

Su expresión cambió, parecía triste.

—Y ahora estoy perdida. No sé cómo regresar a casa.

Zinnia se puso de rodillas, intentando estar a la altura de la niña. La vio a los ojos, algo en su mirada le llamaba la atención.

—Tú... ¿sabes dónde vive tu abuela?

La niña asintió.

—¿Dónde?

—Pues, en su casa —dijo con inocencia.

Zinnia intentó no reírse.

—No, no... Me refiero a... ¿en qué pueblo vive tu abuela?

La niña dudó.

—Ah. En Albaz.

—Albaz... No sé dónde queda eso. Pero quizás conozco a alguien que pueda saber. ¿Entonces te perdiste? ¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Pues... Solo caminé.

—¿Por cuánto tiempo?

—Mmm... No mucho. Llegué aquí antes de que anocheciera.

Se rascó la nariz.

—¿Te puedo contar algo?

Zinnia se extrañó, pero no se negó.

—¿Me creerías si te dijera que no recuerdo exactamente cómo fue que me perdí?

—¿Eh? Pero... Dijiste que solo caminaste.

—¡Y así fue! Pero... Es que solo recuerdo estar caminando hasta terminar aquí, y antes de eso solo recuerdo que intentaba conseguir un regalo para mi abuela.

Se rascó la cabeza.

—No recuerdo nada más. Todo está borroso.

—Mmm, quizás tienes amnesia. ¿Te golpeaste?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Ahorita, cuando te tropezaste conmigo.

—No, no... Me refiero a si te golpeaste antes.

—¡Ah! No.

Negó con la cabeza.

—Y si pasó... No lo recuerdo.

Observó a Zinnia fijamente.

—¿Puedo preguntarte otra cosa?

Zinnia asintió.

—¿Cómo te llamas?

—Zinnia. Mucho gusto. ¿Cuál es tu nombre, pequeña?

—Me llamo Pandora, aunque a mi abuelo no le gusta mucho ese nombre, él me llama Pina.

—¿Pina?

—Sí, dice que creceré fuerte como un pino. O bueno decía, hace mucho que no lo veo.

—Oh... ¿Puedo saber por qué?

—Mi abuela no me deja verlo mucho. Recuerdo que a veces lo dejaba esperando durante horas frente a la puerta antes de abrirle. Otras veces ni siquiera lo dejaba entrar. Dice que es mala influencia.

—¿En qué sentido?

—Mmm... Bueno, dice muchas malas palabras, no suele ser tan amable con las personas. Le gusta llamarme renacuajo. Aparte no sé bien qué hizo mi abuelo. A veces se pone triste cuando habla con mi abuela, y mi abuela dice que no puede perdonarlo.

Zinnia levantó la ceja, se sintió incómoda con eso. Aunque tenía curiosidad por saber el motivo, no lo preguntó.

—Vaya, tu abuelo sí que es... Peculiar.

—¿Cuál nombre te gusta más?

—¿Ah?

—Sí, ¿Pandora o Pina?

—Mmm, los dos son bonitos. ¿Cuál te gusta más a ti?

—A mí me gusta Pandora, a mi abuela también. A él le gusta Pina, pero si tuviera que escoger un nombre bonito sería el de Eilara.

—¿Eh? Pero... ¿de dónde sacaste ese nombre?

—Oh, mi abuelo solía contarme cosas cuando me visitaba, él trabaja en un orfanato. Ayuda a los niños que no tienen padres, ¡como yo! Y me habla mucho de Eilara, dice que es una persona especial.

—¿Especial en qué sentido?

—Mmm... Déjame recordar... ¡Ah, sí! Es buena arreglando cosas, ¡como su brazo!

—¿Su brazo?

—Sí, es de metal. ¿No es genial?

Zinnia frunció la ceja.

—Ah... Claro, supongo.

Se tocó las muñecas, dolía menos. Al hacerlo dejó al descubierto las marcas de raíz y sus moretones alrededor de su muñeca derecha. Pandora notó las marcas y los moretones, se acercó a ver más de cerca.

—Parecen raíces de árboles. ¿Te convertirás en un árbol?

Zinnia rió. Negó lentamente.

—Ah, no. No realmente. ¿Nunca habías visto una marca como esta antes?

Pandora movió la cabeza de izquierda a derecha, de una forma algo torpe.

—No.

Hizo una pausa.

—A decir verdad hay muchas cosas que no he visto.

—¿Cómo qué cosas? —preguntó Zinnia curiosa.

—Nunca he visto un pato. O un perro. O un brazo de metal —se quedó pensando un momento—. Tampoco he visto un lago. Creo que no he visto muchas cosas.

Zinnia se extrañó al escuchar eso, incluso ella, protegida en su burbuja, había visto algunas de esas cosas que Pandora nunca había visto, eso le pareció muy extraño.

—Oh... Esas son cosas muy comunes. ¿Realmente no has visto nada de eso?

—No. Mi abuela no me deja salir de casa, dice que afuera es peligroso. ¡Aunque mira! No tengo ni un rasguño. No creo que sea peligroso aquí afuera, ¿o sí lo es?

Zinnia suspiró, volvió a mostrarle los moretones.

—¿Ves esto?

—Sí, ¿te duele?

—Me duele menos, pero sí. ¿Quieres saber cómo me hice esto?

—Ah... Bueno, sí —dijo dudosa.

—Bueno... Amm, soy una cazadora. ¿Sabes qué es eso?

Pandora negó con la cabeza.

—Tú... realmente no sabes nada. Qué raro.

—Oye... me la paso todo el día en la casa de la abuela. Me gusta jugar con mis peluches. No es mi culpa... que me cuide mucho.

El rostro de Zinnia se relajó.

—Claro... tiene sentido. ¿Eres su única nieta?

—Sí, lo soy. ¿Crees que sea por eso que me cuida mucho?

—Mmm, supongo que tal vez. Tú... ¿extrañas a tus padres?

—¡No! ¿Cómo puedo extrañar a alguien que nunca conocí? ¿Tú extrañas a los tuyos?

Zinnia agachó la mirada, pensó por un momento.

—No, la verdad es que no. Ahora me siento más... libre.

—Mmm, creo que yo también. Pero necesito regresar con mi abuela, si pudiera ver un pato o un perro sería genial.

Hizo una pausa.

—No me gusta estar sola —dijo cabizbaja.

—A mí... tampoco me gusta. Es aburrido.

—Sí, lo es.

Volvió a levantar la mirada.

—Entonces, ¿qué es una cazadora?

—Ah, sí, bueno... digamos que... no sé cómo explicarlo. Allá afuera hay monstruos y bestias peligrosas, nosotras nos encargamos de que no les hagan daño a las demás personas.

—Oh, eso suena valiente. Entonces ¿esos moretones te los hiciste peleando con monstruos?

—Sí, algo así.

Pandora abrió los ojos con entusiasmo.

—¡Wow! ¡Eres muy valiente! ¿Y cómo eran esos monstruos? —preguntó la pequeña, se podía ver un interés genuino en su expresión.

—Ah, pues... olían muy mal. Y eran... feos.

—Mmm, apestosos.

Zinnia asintió.

—Sí, lo eran.

Pandora sonrió.

—Así que ahora esos monstruos no le harán daño a nadie. ¡Eres genial!

Entonces el recuerdo regresó, la ciénega, el olor. La muerte.

Zinnia tardó en responder.

—Sí. Ya no le harán daño a nadie más. Al menos por ahora. ¿Eso es suficiente?

—Mmm, creo que sí. ¡Sí! ¡Lo es! No más apestosos entonces.

—Sí, por ahora —pensó para sí misma—. Me encargaré de que no puedan hacerle daño a nadie más, o al menos lo voy a intentar. Eso... ¿es suficiente?

Pandora pareció perderse en sus pensamientos por un momento, antes de responder.

—Creo que sí. Aunque para mi abuela... bueno, es complicado.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, siempre se quejaba de mi abuelo, decía que aunque él intentara ser mejor nunca era suficiente.

—Oh...

—Pero es algo que yo no entiendo. Siempre fue bueno conmigo, eso es suficiente para mí. Así que supongo que lo que tú haces también es suficiente para los demás.

Se metió el dedo en la nariz.

—Eso creo yo. ¿Es suficiente para ti?

—Bueno, por el momento... creo que sí. Pero estoy segura de que puedo hacerlo mejor —dijo dudosa.

—¡Sí! ¡Eso decía mi abuelo también! No te preocupes, yo no soy como mi abuela. ¡Inténtalo!

Zinnia dejó escapar una sonrisa sin querer. Había algo en esa niña que le resultaba extraño, raro. Incluso hasta incómodo, pero en el fondo sólo era una niña actuando como lo haría cualquier niña.

Le recordaba un poco a su hermana menor, solo un poco. Quizás por eso comenzó a preocuparse por ella.

—Oye, Pandora. ¿Necesitas ayuda para regresar con tu abuela? Yo... bueno no me molestaría ayudarte.

Pandora abrió los ojos de la emoción.

—¿En serio lo harías?

—Sí, necesitas ayuda. No puedo dejar que estés aquí sola. ¿Has hablado con alguien más?

—No. Mi abuela me dice que no hable con extraños.

—Pero... estás hablando conmigo.

—¡Tú me hablaste primero! Jiji, ella no dijo nada de no responder —dijo con una risa infantil, algo torpe pero genuina.

Por un segundo se perdió en esa risa, le resultaba reconfortante, un respiro de inocencia y humanidad.

—Sí, creo que en eso tienes razón.

Ambas rieron.

—Ahora, sígueme. Tenemos que regresar con mi maestra.

—¿Maestra? ¿Vas a la escuela de noche?

Zinnia negó mientras reía.

—No, no. Es diferente. Es otro tipo de maestra, somos un equipo. Y estoy aprendiendo de ella cómo cuidar de los demás.

—Hmm, entiendo. ¿Dónde está?

—No está lejos, supongo que ya terminó de hacer... bueno lo que tenía que hacer.

Volvió a observar a la niña. No había notado que estaba descalza.

—Oh. ¿Quieres que te lleve en la espalda? Solía hacer eso con mi hermana pequeña. Sólo pensé que estabas cansada de tanto caminar descalza.

—Sí, me duelen mis piecitos —dijo mirando sus dedos del pie.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó.

Zinnia tardó en contestar.

—Yo no tengo hermanas, o hermanos. ¿Se siente bien tener uno?

—Sí... se siente bien.

Hizo una pausa.

—Mi hermana... bueno ella está en un lugar mejor —dijo sonriendo.

—Oh, quizás está con mi abuelo.

Zinnia la volteó a ver, sintió un escalofrío subir por su espalda.

—¿Tu... tu abuelo? Ammm —dijo temblando—. Tú sabes... bueno. ¿Sabes qué significa un lugar mejor?

—Sí, es un lugar donde ya no estás triste y eres feliz.

Zinnia no supo qué decir en el momento.

—¿Sí es eso? —preguntó Pandora con inocencia en su mirada.

—Sí, supongo que sí.

Se puso de rodillas en el suelo, subió a Pandora a su espalda y comenzaron a caminar.

Con cada paso más preguntas le venían a la cabeza. Pensó en preguntarle a Pandora más cosas, pero una parte de ella creía que quizás no fuese buena idea. Pandora se veía feliz, extraña. Pero feliz al fin y al cabo.

Decidió no preguntar más, por precaución.

En medio del recorrido Pandora comenzó a tararear una melodía.

—Lirilirila, lirilirila.

Tarareaba mientras movía la cabeza de izquierda a derecha, con un ritmo algo torpe.

Zinnia sonrió.

Al cabo de un rato llegaron al edificio donde Dalia se encontraba. Parecía encontrarse aún dentro.

Para evitar que Pandora viera algo que no debiera ver a su edad, la dejó sentada en una banca cerca de la entrada principal.

—Espérame aquí. ¿Sí? Adentro... bueno no sé bien qué hay ahí adentro. Y no quiero que veas... bueno algo que no te va a gustar.

—¿Hay sapos?

—Ah... no.

—Es que no me gustan los sapos.

—Bueno... te apuesto a que tampoco te gustará lo que puede haber dentro.

—Oki, te espero aquí.

Después de dejarla sentada ahí, entró al edificio.

Caminó por los pasillos, intentando encontrar a Dalia. Escuchó algunas voces provenientes de una sala cercana. Siguió las voces.

Dentro de la sala se encontraba Dalia, acompañada de algunos exploradores y unos enanos.

Rápidamente notó a Zinnia.

Zinnia la saludó haciendo un gesto con la mano.

Dalia le hizo señales para que entrara.

Zinnia dudó en hacerlo.

—Tranquila. El cadáver... no está aquí. Está en otra sala. Perdón por haber tardado. Me entretuve un poco. ¿Estás bien?

—Sí, lo estoy.

—Me alegro. Después de todo... bueno sí me alegro.

Comenzaron a charlar, le contó con detalle todo lo que había hecho mientras estaba sola. Se veía entusiasmo en su cara cuando hablaba, hasta que llegó a la parte de Pandora.

Le explicó la situación, y la respuesta que le dio Dalia la dejó devastada.

—No la podemos ayudar... Lo siento.

Zinnia no entendía bien su respuesta.

Tartamudeó al hablar.

—¿Po-po-por... ¿por qué no?

Dalia intentó tranquilizarla.

—No es que no la quiera ayudar... es solo eso. No nos compete a nosotras.

Zinnia agachó la mirada.

—Solo... recuerda lo que somos. Lo que tenemos entre manos, más allá de las bestias. En serio... ¿Quieres exponer a una niña así a algo como esto? ¿Cómo crees que lo va a procesar ella? Digo... bueno mírate cómo estabas hace rato.

Intentó hacer contacto visual con Zinnia.

—Mírame.

Tomó su rostro con sus manos, obligándola a verse cara a cara.

—Puedo intentar hacer lo mejor para mantenernos a ambas con vida. Eso es algo que ya me decidí después de... bueno tus golpes. Pero cargar con una niña... es peligroso para ella. Y para nosotras.

Zinnia abrió la boca un poco, pero solo respiraba lentamente.

—El camino que vamos a seguir es... no es un camino que una niña debería seguir.

Zinnia siguió sin decir nada.

—Lo... lo siento mucho. Pero creo que en el fondo sabes que tengo razón, ¿no?

—Pues ya que.

Dijo sin más. Salió de la sala con paso rápido, Dalia no pudo decir nada más, sólo observó cómo se dirigía hacia la salida.

Dalia sintió un vacío, uno que no había sentido en mucho tiempo. Una sensación muy extraña.

 

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