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Capítulo IV - Zinnia

La Balada del Cuervo Negro - Parte 1: Tras la pista de un silbido - Terminado · por Alexander L. Caserez · 21 de julio de 2026

El aire de la noche en Finisterra olía a leña, a cerveza rancia y a polvo. Para Zinnia, en ese momento, era el perfume más dulce del mundo. Era el olor de la normalidad.

Hacía apenas una hora, el estruendo de unas herraduras había anunciado la llegada del escuadrón de exploración de Sköelger. No traían prisioneros, ni botín. Solo una camilla cubierta por una lona empapada en un líquido oscuro y viscoso que ya comenzaba a atraer a las moscas.

Dalia ni siquiera había parpadeado. Con esa frialdad profesional que a Zinnia le costaba comprender, su maestra se había acercado, lista para levantar la tela e inspeccionar los restos del enano.

Zinnia, en cambio, había sentido cómo el estómago se le revolvía violentamente. El recuerdo de la ciénega, de la carne chamuscada y los gritos, aún estaba demasiado fresco en su piel.

—Voy a tomar un poco de aire —había murmurado, escapando hacia la puerta antes de que Dalia pudiera objetar.

Comenzó a deambular por las calles.

—Dijo que me iba a aburrir... —miró el cielo estrellado—. Sí, suena aburrido. Y lo prefiero así.

Mientras caminaba, volvían a su cabeza los recuerdos del tiempo que pasó sola ahí, esperando obtener alguna pista que le indicara qué le había pasado a Dalia.

"Así que estamos buscando al asesino de Yörn. Vaya primera semana he tenido" —pensó, mientras procesaba todo lo que Dalia le había explicado recientemente.

Una brisa de viento se hizo sentir alrededor de las callejuelas y encrucijadas del lugar. Faroles y luminarias acompañaban los alrededores. Centró su atención en las murallas que rodeaban Finisterra, en la arquitectura del lugar y sobre todo en su gente. Desde que Dalia había desaparecido no prestó atención alrededor, tenía miedo. Se sentía intimidada.

Toda su vida había vivido en el Barrio de los Fundadores de Sköelger, una burbuja de protección puesta por su familia. Para ella ese barrio representaba casi quince años de una realidad aislada. Y ahora finalmente pudo empezar a experimentar, y a vivir fuera de esa burbuja.

No de la manera que ella quería, pero de una forma al fin estaba viviendo en el mundo real, el mundo en el que viven Dalia y los demás.

Recordó las palabras de Dalia: "Aquí tu apellido no importa".

Tardó en comenzar a creerse eso.

Una duda, o mejor dicho una incertidumbre.

Si su apellido no importaba, entonces ¿qué quedaba de ella?

Esa pregunta no se iba, seguía ahí, como un puñal acariciando la piel de manera peligrosa, sin intentar hacer daño pero haciéndote sentir vulnerable.

Mientras más recorría, más pareció darse cuenta de la magnitud del lugar. No era tan extenso como Sköelger, pero no era para nada pequeño. No como ella recordaba, aunque realmente es que no prestó atención.

—Tengo que dejar de ser distraída —dijo mientras observaba una torre de vigilancia en una de las entradas de Finisterra.

Las murallas de piedra caliza se extendían por todo el área del asentamiento. Notó algunos guardias patrullando las cercanías, algunos estaban inspeccionando a quienes iban entrando y saliendo con mercancías. Ella no parecía entender por qué tenía tanta seguridad el lugar, si es que eso se le puede llamar seguridad.

Se acercó al área de inspección, a pocos metros de una de las entradas de Finisterra, al norte para ser precisos.

Un guardia la vio, se extrañó un poco pero no le hizo más caso.

El guardia continuó con su trabajo, inspeccionando carretas y cajas junto a sus demás compañeros. Estaban tan centrados en lo suyo que no se percataron de que Zinnia estaba a la par de ellos, solo observando.

—¿Necesitas algo? —preguntó el capitán. No parecía molesto, solo extrañado. El casco era diferente al de los demás guardias, tenía adornos de plumas. Portaba un revólver y una cimitarra en su espalda, una armadura que se veía pesada, con acabados de cuero, latón y otros metales. No parecía un equipamiento que te permitiera ser ágil en un terreno irregular.

—Oh. ¿Lo incómodo? Solo estoy... observando. Parece interesante.

El capitán la volteó a ver, parecía no entender.

Soltó una risa.

—¡Ja! Si lo dices. Hacemos esto todos los días, deberías ver cuando las cosas se ponen más interesantes.

—¿Eso es posible?

—Claro que sí, hay algunos idiotas que se quieren hacer los listos e intentan perturbar la ley.

Hizo un gesto con la mano, indicando al conductor de la carreta bajo inspección que podía retirarse. Se sentó en una silla de metal cercana.

—¿Para eso son las armas? —preguntó Zinnia.

El capitán negó.

—No, es por si aparecen bandidos o algunos alborotadores. La violencia siempre tiene que ser la última opción.

Observó a Zinnia.

—Pero... las cazadoras no se pueden permitir ese lujo con las bestias, ¿no?

Zinnia tardó en responder.

—Supongo que no. Apenas es mi primera semana, pero creo que la respuesta es no.

El guardia prestó atención en el equipamiento de Zinnia.

—¿Hay alguna razón por la que no usen protección? No parece ser que toda esa ropa pueda resistir el impacto de un corte de metal, o de una bala.

—Es por agilidad —no tardó en responder—. Las bestias son muy erráticas, no son como las personas. No piensan, solo siguen instintos. Ellas no tienen miedo.

Suspiró.

—Eso es lo que nos dicen en la academia. Y puedo decir que están en todo lo cierto.

—Tiene sentido. Una vez, mientras escoltamos una caravana, unos acechadores se acercaron a merodear alrededor. Eran más o menos las diez de la noche, quiero pensar que solo pudimos detenerlos porque éramos más.

Se llevó la mano a la nariz.

—Tampoco eran tan grandes, pero se movían muy rápido. Nadie pudo darles un tiro. La oscuridad tampoco ayudaba.

—¿Eliminaron a los acechadores?

El capitán negó con las manos.

—No, se fueron corriendo de regreso a la maleza. Supongo que tuvimos suerte.

Se giró, mostrando la parte trasera de su armadura. Ahí se encontraba un zarpazo de cinco garras, del tamaño de una cabeza humana aproximadamente.

—Uno de esos malnacidos consiguió golpearme. Caí en el suelo, esta armadura es muy pesada así que pensé que no me iba a volver a parar fácilmente.

Señaló al resto de su escuadrón.

—Pero ellos estaban ahí y no me dejaron solo, somos un equipo después de todo.

—Supongo que esa armadura no es buena para combatir bestias entonces —dijo Zinnia sorprendida.

—Así es, supongo que es por eso que solo tratamos con... personas y no con bestias.

Zinnia comenzó a observar sus muñecas, los moretones aún estaban ahí.

Eso le resultó interesante al capitán.

—Friedrich DeVore.

Extendió su mano.

Zinnia tardó en captarlo.

—Zinnia C... —se detuvo—. Zinnia, la Zinnia Cerulea.

Extendió su mano también, culminando el saludo formal.

—Mmm, bonito nombre. Cerulea... ¿Es por el color de tu cabello?

Zinnia asintió.

—Así es. ¿Me queda bien?

Sonrió tímidamente.

—Yo diría que sí, no es un color muy común de ver. Pero a ti te queda.

Guardó silencio por un momento.

—¿Todas las cazadoras tienen apodos relacionados con flores y colores?

Zinnia dudó en responder, finalmente asintió con un movimiento gentil con su cabeza.

Relajó los hombros. Alrededor todo estaba quieto, personas caminaban con normalidad, algunos iban a la taberna, otros aún trabajaban a esas horas de la noche, se podía escuchar el martillar de los talleres de hacedores haciendo eco por las calles más solitarias, algunos enanos y elfos se dejaban ver también.

—¿Vienes con la Dalia Negra? —preguntó Friedrich.

—Sí, es mi maestra. O bueno, lo intenta, hacer lo mejor que puede.

—Claro, es solo que me extraño, ella suele trabajar sola. O al menos es de lo poco que sé de ella.

—Sí, es también de las pocas cosas que sé de ella.

—¿Es buena maestra?

—Mmm, lo intenta. Creo... que es lo que cuenta. No intenta ser la mejor, pero intenta ser una.

—¿Tú eres buena alumna? —preguntó con curiosidad.

—... Lo intento, es lo que cuenta —dijo sonriendo levemente.

Continuaron conversando mientras la noche transcurría con normalidad. Llegaron más carretas, algunas diligencias, demasiadas cajas.

Zinnia se ofreció a ayudar con la inspección, los guardias y Friedrich no pusieron resistencia ante las ganas de ayudar y la curiosidad de una joven aprendiz de cazadora.

—¿No es peligroso que las diligencias viajen de noche? —preguntó curiosa.

—Lo es, a veces. Hace un par de años que las rutas son más seguras, no hay tantas bestias como antes. Aún hay algunos bandidos y gente que le gusta causar problemas. Algunas diligencias y carretas llevan guardias por si acaso.

Se llevó la mano a la cabeza.

—Las diligencias que transportan personas, esas sí evitan viajar de noche.

Se limpió el sudor.

—Aparte hay lugares de paso donde pueden descansar, este es uno. Pero supongo que algunos llevan prisa. Y como pudiste observar la mayoría llevaban algunos guardias con ellos.

—Sí, creo que no lo había notado bien.

—Antes también era común que cazadoras sirvieran de escoltas, por si aparecían algunas bestias en el camino. Aunque ahora todo está más tranquilo, supongo que es menos trabajo para ustedes.

Pasaron un buen rato. Zinnia se despidió y agradeció por haberla tratado bien.

Por primera vez y sin la necesidad de que Dalia estuviese presente, ella fue tratada de manera diferente, los guardias no esperaron que ella tuviera etiqueta, que fuese formal o la más recta. Simplemente la escucharon y compartieron con ella tiempo real, inspeccionando cajas, compartiendo anécdotas.

La vida real a veces no es tan cruda, a veces solo es simple. Y en la simpleza viven momentos genuinos y llenos de paz.

Recordó cómo una de las cosas que más disfrutaba hacer con su hermana era cultivar flores, pasaban horas contando los pétalos, contando los días hasta que el florecimiento ocurriera de nuevo.

Días tranquilos que ya no existían.

Y sin embargo, cada vez que los recordaba, una parte de ellos seguía viva.

Continuó observando, conociendo un poco más del día a día de las personas normales. Ella no estaba acostumbrada tampoco a estar a altas horas de la noche caminando por las calles.

Recordó la angustia que sintió cuando se quedó sola, el día en que Dalia desapareció. No comió de la preocupación, tampoco se movió mucho de lugar, esperando a que Dalia apareciera. No conocía mucho el lugar, acababan de llegar.

Todo fue un caos interno para ella, así lo sintió.

Sin embargo, ahora se sentía diferente.

Pese a lo cruel y crudo que resultó su experiencia con los podridos, al menos guardaba la esperanza de que no pudiese haber algo peor que eso.

Realmente no sabía si se encontraría con algo peor, pero mientras tenga algo en que aferrarse ella lo tomaría.

Decidió regresar a encontrarse con Dalia, quizás ya había terminado.

Ya habían sido demasiadas emociones fuertes por un día, aunque sabía que si quería cumplir con el sueño de su hermana tarde o temprano tenía que acostumbrarse a ello.

Recordó lo que las personas decían acerca del Dios árbol, una región envuelta en misticismo, ubicada en lo más profundo de la Aphalatia central, un lugar donde los bosques y las cordilleras parecen eternos, donde la fauna y flora no está del todo documentada.

En palabras de algunos exploradores veteranos y miembros de cuerpos de expedición: una jungla donde perderse es tan fácil como ver al dios árbol a lo lejos.

En Finisterra no es visible a simple vista, dada la cercanía el Monte Yurdir ocupa casi todo el panorama si uno intenta centrar su vista en dirección a la ubicación del Dios árbol.

Quizás desde el castillo de Freya se pudiese observar con más claridad, era el pensamiento que aparecía a veces en su cabeza, encontrar al responsable del presunto asesinato del príncipe Yurdir, y de paso tener la posibilidad de visitar el castillo de Freya, saludarla después de mucho tiempo de no verla, y ver aunque sea a lo lejos el último deseo de su hermana menor.

"Supongo que si me preparo para lo peor... Nada puede tomarme por sorpresa" —pensó, mientras imaginaba las cosas que debería enfrentar ella misma, quizás sin Dalia presente, valerse por sí misma.

 

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