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Capítulo VIII - Tabernas y un poco de té

La Balada del Cuervo Negro - Parte 1: Tras la pista de un silbido - Terminado · por Alexander L. Caserez · 21 de julio de 2026

Llegaron cansadas, con la pequeña aún dormida sobre la espalda de Zinnia. Se registraron en la posada, nada ostentoso, pero lo suficientemente cómodo y grande para que las tres pudiesen descansar después de un día tan ajetreado.

Pusieron a la pequeña Pandora en la cama más grande, durante todo el trayecto no paró de roncar, una vez recostada sobre la cama eso no cambió.

Zinnia la recostó con delicadeza, acomodando su cabeza en la almohada para no despertarla. Tomó una cobija del armario, un armario que parecía poner empeño en romper el silencio y la paz en la habitación, sus puertas rechinaban, como si tuviese la intención de despertar a Pandora.

Pese al ruido, Pandora no se despertó. Continuó durmiendo. El rostro de la pequeña reflejaba paz, una tranquilidad que le resultaba extraña a Zinnia.

La tapó con la cobija, por si le daba frío.

Dalia vio la escena sin decir una sola palabra.

Zinnia se sentó sobre un viejo sillón, no sin antes quitarse la gabardina.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Dalia, mientras se quitaba la gabardina.

Tomó una silla, la colocó cerca de Zinnia. Se sentó, mientras esperaba la respuesta de Zinnia comenzó a quitarse las botas.

Nada fuera de lo normal, hasta que se quitó la bota izquierda, fue entonces cuando Zinnia lo notó.

En lugar de pie, había metal, una prótesis de latón y otras aleaciones. Se extendía desde donde debería haber un tobillo de carne y hueso.

Zinnia abrió la boca, pero no dijo nada. Se quedó callada por unos segundos, Dalia lo notó.

—Ah. ¿Esto? —dijo mientras sonreía levemente, dejó escapar un suspiro lento—. Es... parte de mí, supongo. De lo que soy, o de lo que no fui.

Zinnia cerró la boca.

—¿Quieres saber? No tengo problemas en contarte, pero solo si tú quieres.

La miró a los ojos, sonrió.

—Ah... no sabía que tú... —dudó—. Que tú no estabas... ya sabes. Completa.

—Completa... mmm. No lo había visto de esa manera. Quizás tengas un punto.

Zinnia comenzó a jugar con sus dedos, sin dejar de ver a Dalia.

—Entonces... ¿cómo te pasó eso? —hizo una pausa—. Y sí, estoy bien. Gracias por preguntar.

Dalia asintió.

—Me alegra escuchar eso.

Se relajó un poco, después bajó la mirada a su pie de metal.

—Si te soy sincera no recuerdo mucho de esto.

Zinnia frunció las cejas, hizo un gesto torciendo la boca y la nariz.

—¿Ah? Eso es... raro, ¿no?

—No, realmente no lo es. Honestamente de ese momento no recuerdo mucho, todo está borroso, lleno de humo.

—¿Qué momento? —preguntó Zinnia confundida.

—Cuando mis padres murieron —dijo Dalia mientras observaba hacia ningún lugar.

—Todo es tan borroso. Vic y su padre me encontraron en una cabaña hecha cenizas, junto con los cuerpos de mis padres.

Observó su prótesis.

—Mi pie izquierdo tenía quemaduras muy graves. Por eso lo amputaron.

Hizo una pausa. Zinnia guardó silencio, con el rostro relajado pero cansado.

—No está claro qué pasó. Al menos para mí, pero ya tenía la marca en mi brazo derecho.

Alzó los hombros.

—Recuerdo que cuando apareció el dolor fue horrible. Solo ocurrió, sin previo aviso.

Se llevó la mano a la cabeza.

—Mis padres discutían mientras yo me retorcía en el suelo. Es lo único que puedo recordar cuando la marca apareció.

Abrió sus ojos, levantó la mirada. Observó el techo de la habitación.

—Si te soy honesta, no me siento culpable por creer que fui la responsable de la muerte de mis padres.

Zinnia suspiró.

Dejó que Dalia siguiera hablando.

—Me siento culpable por sentirme aliviada de que ellos murieran.

Agachó la mirada al suelo.

—¿Está mal sentirse feliz por la muerte de tus padres?

No levantó la mirada.

Zinnia no podía verla de frente, pero notó cómo el silencio se rompía por el sonido húmedo de algo cayendo sobre la madera del suelo.

—¿Eso me hace mala persona? ¿Me hizo ser una mala hija?

Dalia se llevó las manos al rostro, cubriéndolo por completo.

Antes de que pudiera reaccionar su cuerpo se sintió arropado. Levantó la mirada mientras sus manos temblaban.

Zinnia estaba rodeándola con sus brazos, apretando fuerte sin intención de soltarla.

Intentó recomponerse, pero no pudo. Finalmente pudo decir algo.

—¿Qué... qué estás haciendo? —dijo temblorosa.

—Te estoy abrazando, idiota.

—... Yo no te lo pedí.

Zinnia negó moviendo su cabeza, mientras le daba palmaditas en la espalda a Dalia.

—Sí lo hiciste.

Dalia volvió a bajar la mirada, mientras Zinnia seguía abrazándola, esta vez un poco más gentil. Sacudió su cabeza ligeramente en contra del pecho de Zinnia, en un intento pobre de secar sus lágrimas para que Zinnia no la viera a los ojos de esa manera.

—No. No recuerdo haberlo pedido —murmuró sin despegar la cara del cuerpo de Zinnia.

Zinnia no se inmutó.

—Tranquila. Entonces me disculpo por haber interpretado mal las cosas. Y también me disculpo porque no te voy a soltar.

Pasó la mano por el cabello de Dalia, frotando su cabeza de una forma delicada. Hizo ese movimiento de forma involuntaria.

—Cuando mi hermana menor se sentía triste así la calmaba.

Dalia no contestó.

—Podía durar todo el tiempo que fuera necesario haciendo esto hasta que ella finalmente caía dormida.

Dalia continuó sin contestar. Zinnia podía sentir cómo la respiración de Dalia parecía ser un poco más tranquila, menos errática.

Continuó repitiendo el mismo movimiento sobre la cabeza de Dalia, conforme pasaba el tiempo, los sollozos de Dalia eran cada vez menos frecuentes, hasta que finalmente se detuvo.

Poco a poco, los ojos de Dalia comenzaron a cerrarse. No hubo resistencia alguna, abrazó la oscuridad poco a poco. Una oscuridad que no duraría mucho.

Sin quererlo, Dalia había caído dormida. Zinnia no se movió, permaneció en esa posición por un rato más.

No quería despertarla.

Pasaron las horas.

Una tenue luz se asomaba por una de las ventanas, parecía que había amanecido.

La intensidad de la luz aumentó gradualmente, iluminando el rostro de una pequeña niña.

Una luz muy incandescente.

La pequeña niña pelirroja se encontraba dormida, se despertó al recibir de lleno la luz en los ojos.

—Mmm, ya amaneció.

Bostezó. Se frotó los ojos, y se acercó a la ventana, la cortina estaba abierta. A medida que se acercaba la luz era cada vez más fuerte, no podía ver con claridad.

Al estar enfrente de la ventana notó que la luz no dejaba de brillar, como si el exterior fuera el mismo sol mostrándose ante ella a través de su ventana.

—Mmm, tengo que dejar de comer antes de dormir.

Acomodó la cortina, cubrió la ventana de tal forma que los rayos de luz no podían entrar en su habitación.

—Aún tengo sueño. Volveré a dormir —dijo entre bostezos.

Entonces al otro lado de la habitación una luz comenzó a hacerse presente, entrando por la otra ventana.

—¿Ah? Qué extraño. Esa cortina estaba cerrada.

Una vez más, los rayos de luz comenzaron a penetrar en la habitación, cada vez más incandescentes, pero esta vez había algo más, se comenzaba a sentir calor en la habitación.

—Mmm. ¿Cómo es que el sol se movió de lugar tan rápido?

Dijo mientras se frotaba los ojos otra vez, intentando procesar lo que estaba pasando.

—Definitivamente tengo que dejar de comer antes de dormir.

Comenzó a sudar poco a poco. El calor comenzó a aumentar.

Hasta que se volvió insoportable.

Después, un grito proveniente de afuera de la habitación hizo retumbar las paredes, un grito gutural, desesperado, cargado de dolor. Y con algo más, con ira.

—¡ELIZABETH!

El grito se intensificó, seguido de quejidos y lamentos que hacían eco por toda la habitación.

La niña comenzó a agitarse.

Se llevó la mano al pecho. Se podía notar en su brazo una marca, con forma de raíz que se extendía por todo su pequeño y delgado brazo derecho. Desde el hombro hasta donde termina la muñeca.

El sudor recorría todo el rostro de la pequeña, mientras su mano temblaba de pánico.

Abrió su boca, pero no pudo hablar.

—¡ELIZABETH! ¡VEN YA! —gritó de nuevo esa voz.

La niña se armó de coraje, se comenzó a acercar lentamente hacia la puerta de donde provenían los gritos.

—Pa... papá. ¿Qué... qué pasa? —dijo temblando.

No hubo respuesta de inmediato.

Los gritos cesaron. La luz dejó de estar presente.

La niña pareció calmarse, su respiración comenzó a ser más tranquila.

Hasta que una voz gutural inundó la habitación, resonando por todos los lugares, aturdiendo a la pequeña.

—Todo es tu culpa. Siempre lo fue.

Parecía la voz de un hombre.

La niña cayó al suelo, comenzó a temblar otra vez.

—Fuiste un error, uno de tantos más que cometí —dijo una voz masculina, cansada.

—No le digas eso, es solo una niña —añadió la voz de lo que parecía ser una mujer.

La pequeña se llevó las manos a los oídos.

—¡Espera! ¡Mira! ¡Se está retorciendo!

—¿Y eso te alegra? ¡Eres un monstruo!

—¡No! ¡Mira! ¡Su brazo! Es la misma marca que tiene la matriarca.

—Oh... es verdad. Es igual.

Hubo un silencio. La niña intentó ponerse de pie. Tropezó.

Después las voces volvieron a aparecer.

—¡Ahora! ¡Hazlo! ¡Igual que la matriarca!

Intentó volverse a poner de pie, pero no pudo, no dejaba de temblar.

—No... no sé cómo se hace eso —dijo una voz temblorosa, infantil.

—¡HAZLO!

—¡Déjala en paz! ¡Suelta esa maldita botella! ¡La estás asustando!

—Es culpa tuya, es igual de inútil que tú.

—Yo no tengo la culpa de que ella sea una inútil —contestó la voz femenina.

—He intentado hacer que aprenda a leer, pero no aprende. Si ella es una estúpida es por tu culpa, por tu culpa y por ser un maldito borracho.

—Lo voy... Lo voy a intentar —dijo la voz infantil, intentando no romperse.

Hubo un silencio.

La niña comenzó a ponerse de pie. Intentó salir de la habitación, se acercó a la puerta.

La abrió con cuidado y la cruzó.

Una luz la dejó cegada, una luz y un calor infernal.

Las llamas comenzaron a devorar todo a su paso.

Un grito desesperado ocasionó un estruendo que hizo retumbar el suelo.

—¡¿QUÉ CARAJOS HICISTE?! ¡HAY FUEGO POR TODOS LADOS!

Pudo ver con atención, a través del fuego, del humo y de las cenizas.

Se encontraban dos cuerpos, un hombre y una mujer. Estaban siendo consumidos por las llamas, todo el lugar estaba siendo reducido a cenizas.

El aire impregnaba a carne chamuscada y hierro caliente.

La figura del hombre, con la piel expuesta y llena de quemaduras, comenzó a arrastrarse hacia la niña. La vio a los ojos.

—¿Qué mierda hiciste, Elizabeth?

La niña intentó contestar, pero su cuerpo no ayudaba, no paraba de temblar. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Después dejó escapar un grito desgarrador.

La niña cayó de rodillas.

La mujer, más parecida a un esqueleto con algo de carne que a una persona de carne y hueso, se arrastró también hacia ella.

La volteó a ver a los ojos, solo quedaba un ojo en las cuencas del cráneo.

La niña pareció perderse en el vacío profundo de esa cuenca.

—No debí dejar que nacieras —dijo la mujer, o lo que quedaba de ella.

—Habríamos estado mejor sin ti.

La niña comenzó a llorar, su cuerpo se llenó de espasmos, no era capaz de controlar su llanto o lo que su cuerpo estaba haciendo. Poco a poco el fuego comenzó a acercarse, hasta rodearla por completo.

Agachó la mirada, ahí se encontraban el hombre y la mujer, ambos la tomaron de las piernas, extendiendo las llamas hacia el cuerpo de la niña.

Un calor insoportable ascendía desde las plantas de sus pies descalzos, quemándose poco a poco, dejando todo a cenizas.

—Por favor. Yo no quise hacer esto —dijo llorando, moviendo la cabeza de lado a lado de una manera muy violenta y visceral.

El fuego siguió recorriendo su pequeño cuerpo. Su carne se quemaba, su piel ardía en llamas, el dolor era demasiado intenso, un solo pensamiento pasó por su mente.

—Por favor. Mátenme.

Cerró los ojos, se dejó consumir por las llamas.

Oscuridad.

Finalmente los gritos se habían silenciado. El fuego había sido consumido, dejando cenizas a su paso.

La niña, cansada y con el cuerpo quemado por las llamas, respiraba sin ganas. Su piel expuesta palpitaba, dejando ver la gravedad de las quemaduras.

Con el último aliento que le quedaba, dejó escapar una sonrisa.

—Finalmente, ha terminado todo. Al fin.

Cerró los ojos.

Un estruendo sacudió el espacio, la oscuridad comenzó a desaparecer de forma abrupta, del suelo emergieron las dos figuras de antes, esta vez con un aspecto más grotesco.

Ese oscuro abismo comenzó a verse consumido por un fuego infernal, un fuego color carmesí, más parecido al color de la sangre.

Dos cuerpos, unidos por el torso, ambos cosidos el uno al otro con lo que parecía ser hilos de metal al rojo vivo.

Tenían espasmos violentos, ambas cabezas se sacudían de un lado para el otro. Prestó atención, presa del pánico. Los rostros estaban vendados con lo que parecía ser piel chamuscada, unida a su cara con grapas de metal.

—Mamá... papá —dijo llorando, intentando soportar el dolor que le causaban las quemaduras en todo su cuerpo.

Cada vez que su boca exhalaba aire sentía cómo su garganta ardía en las brazas infernales del fuego de ese abismo.

—Tú nos hiciste esto. Elizabeth. Nunca podrás descansar en paz, nunca lo harás, y cuando el momento llegue nos volveremos a ver.

La representación de sus padres hizo una pausa, pareció dudar.

—¿Lo sabes, no? Tú no irás al mismo sitio que ella. Tú vendrás aquí con nosotros, esa es tu realidad.

La niña comenzó a llorar otra vez, pero esta vez parecía llorar sangre.

—Por favor... ya déjenme en paz. Yo no quise hacerlo.

Sintió cómo una mano pequeña la jalaba hacia el suelo, al bajar la mirada la vio.

Una niña más grande que ella, casi carbonizada, con unos ojos negros que representaban el mismo abismo.

—Hermana. ¿Por qué me odiabas? Yo te amaba —dijo, mientras su cuerpo se iba transformando en cenizas.

Gritó. Un grito tan desgarrador que hizo retumbar la habitación de la posada.

Zinnia, quien se encontraba en el recibidor, escuchó el grito. Subió las escaleras corriendo como si su vida dependiera de ello, se tropezó en el último escalón.

Rápidamente se puso de pie y se dirigió hacia el cuarto donde había dejado a Dalia dormida.

Cuando abrió la puerta Dalia se encontraba en la cama, parecía estar teniendo una pesadilla.

Se retorcía entre las sábanas, estaba sudando. Dejaba escapar unos gritos desesperados de vez en cuando.

—YO NO FUI. NO QUISE HACERLO —repetía una y otra vez.

Zinnia intentó tranquilizarla, pero fue inútil.

Se acostó junto con ella, intentó abrazarla para evitar que siguiera moviéndose de esa manera tan errática.

—¡Tranquila! Yo... yo... —tartamudeaba producto del pánico— Dalia, Elizabeth. Despierta. Aquí estoy.

Parecía que Dalia había abierto los ojos, comenzó a voltear a mirar hacia todos lados.

Después de una pausa, volteó lentamente hacia Zinnia, la miró a los ojos.

—¿Tú también lo ves o me estoy volviendo loca?

Zinnia levantó las cejas.

—... ¿Ver qué cosa?

Dalia señaló hacia una esquina de la habitación.

—Ahí, hay un hombre. Su rostro es... inquietante.

Tragó saliva.

—Su monóculo no deja de mirarme.

Zinnia volteó a ver a la dirección donde Dalia estaba señalando.

—Dalia... ahí no hay nadie.

Dalia parpadeó. Observó el lugar de nuevo. No había nadie. Se frotó los ojos, empapados de sudor.

Guardó silencio.

—... ¿Estás bien?

Dalia la miró a los ojos, su respiración era agitada. Su rostro estaba empapado en sudor.

—No. No lo estoy.

Se llevó la mano al rostro.

—Creo. Creo que tuve una pesadilla. Fue horrible.

Intentó recuperar la calma.

—... ¿Quieres que te abrace?

Dalia asintió, sin pensarlo se lanzó a los brazos de Zinnia.

Zinnia la contuvo.

—Tranquila. Fue solo eso... una pesadilla.

El silencio y la tranquilidad tardaron en regresar. Después de unos minutos Dalia se veía más tranquila, su respiración ya no era tan errática.

Poco a poco comenzaba a sentir un alivio en el pecho, parecía que la realidad regresaba poco a poco.

Se sentó sobre el borde de la cama. Bajó la mirada para ver el suelo.

—Ya no hay humo.

Giró su cabeza, observando toda la habitación.

—Dalia... Aquí no había humo.

Dalia asintió.

—Lo sé. Lo sé.

Alzó la mirada, centrándose en el techo.

—Creo que ya estoy de vuelta al mundo real.

Zinnia sintió cómo un escalofrío recorrió su espalda, sus manos comenzaron a temblar.

—¿A qué te refieres con eso?

Dalia relajó el rostro, se tocó la frente. Comenzó a frotarla lentamente.

—Es... algo que suele pasarme cuando tengo pesadillas.

Suspiró.

—Es como si... yo estuviera aquí, pero una parte de mis sentidos y mi mente estuvieran allá aún, sin despertar.

Volteó a ver a Zinnia a los ojos.

—¿Nunca te ha pasado algo así?

—No... creo que no.

—Bueno, espero que nunca te pase algo así. Es aterrador.

Se comenzó a tallar la sien.

—Aún estoy un poco desorientada.

Volteó en todas las direcciones, como si hubiese pasado algo por alto.

—¿Dónde está Pandora?

Zinnia se acercó a ella.

—Pasó... algo extraño.

Dalia la volteó a ver, sus dedos comenzaron a temblar un poco.

—Extraño... ¿De qué forma?

Zinnia guardó silencio por un instante. Torció la boca.

—Estábamos caminando, íbamos en dirección al centro de diligencias. Antes de llegar había unos guardias hablando con un sujeto.

—El sujeto... ¿Parecía sospechoso?

—Ah. No... estaba buscando a Pandora. O bueno... lo mandó su abuela.

—Su... ¿abuela? ¿Mandó a alguien a buscarla?

—Sí... es extraño. ¿Te suena el apodo de Nana Greenwood?

Dalia se quedó pensativa por un momento.

—Mmm, no realmente.

—Bueno, ella es su abuela. Al parecer no se dio cuenta cuando Pandora se perdió. Buscó por todos lados en Albaz. O eso fue lo que dijo el sujeto.

Dalia apretó el puño.

—Y... ¿La dejaste ir?

—Sí.

Zinnia dio un suspiro.

—Yo no quería hacerlo. Pero ella me dijo que tenía que ir y obedecer.

Agachó la mirada.

—Dijo que es lo que las niñas buenas hacen, portarse bien y hacer caso.

—Pff, eso es... bueno... no sé qué decir.

—Yo tampoco —se quedó callada por un momento—. Creo que su abuela... quizás... bueno no lo sé. Siento que hay algo raro con ella.

—¿Por qué?

—Bueno... me dijo que la razón por la que se tiene que portar bien es porque su abuelo y sus padres están en un lugar mejor. Y su abuela le dijo que a ese lugar solo van las personas que se portan bien en vida.

—Eso suena como... chantaje.

—Lo sé... pero no pude... —su voz se comenzó a quebrar— no pude romperle esa ilusión.

Comenzó a llorar poco a poco.

—Ella realmente quiere conocer a sus padres, nunca los conoció. Y por eso ella se porta bien —dijo sonriendo, mientras las lágrimas corrían por su rostro.

—Ella a pesar de todo... es feliz. ¿Está bien dejarla ser feliz a costa de dejarla vivir en una fantasía?

Dalia la abrazó.

—Tranquila... yo... yo no sabría qué hacer en esa situación. Siento que hiciste lo correcto.

Resopló.

—Después de todo... quizás ella es feliz así. ¿Qué te parece si después de terminar con toda esta mierda la visitamos?

Zinnia se talló los ojos.

Asintió sin decir nada más.

—Hay algo más.

—¿Qué cosa?

—Me dijo que no quería hacer enojar a su abuela. Que las cosas no eran bonitas cuando se enojaba.

Hizo una pausa.

—Aunque creo que eso es normal. Mi padre suele ser así.

—Oh. Ya veo.

Agachó la mirada.

—Supongo que hay personas que no toleran mucho a los niños. Aún cuando son suyos —dijo Dalia, mientras observaba hacia la nada.

Su mente comenzó a nublarse poco a poco. Una voz se podía escuchar en su cabeza, no se podía entender del todo.

—Papá... —murmuró sin darse cuenta.

Zinnia lo notó. Decidió quedarse callada. No se apartó de Dalia, aún la estaba abrazando. Zinnia podía sentir cómo la respiración de Dalia comenzaba a ser cada vez más errática.

Decidió abrazarla también, no dijo nada más. Solo lo hizo.

Dalia tardó en reaccionar, cuando se dio cuenta ambas estaban abrazándose.

No se quitó, decidió dejarse permitir ese momento.

 

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