Antes de partir Dalia decidió comprar algunas provisiones para el camino en los puestos locales de Finisterra.
Un lugar cálido, en comparación con el frío de las montañas Yurdir.
Se acercó a un puesto ubicado al lado de un taller repleto de piezas de latón y otros metales que le tenían sin cuidado.
Llamó a la persona encargada del puesto, un jiantun se acercó, en palabras de una niña la descripción sería "un enano grande", por más soso que resulte, esa descripción es muy acertada para algunos.
—¡Ho-la! ¡Una cazadora! ¿En qué te puedo ayudar hoy?
Dalia lo miró extrañada.
—Un hacedor.
El hacedor frunció la ceja.
—¿Eh? —dijo el jiantun confundido.
—Creí que estábamos describiendo lo que veíamos. ¿No va así el juego?
Él rió.
—¡Ja! Creí que no tenían sentido del humor. Lamento si te incomodé con eso —se rascó la barba—. Soy Sreten, este es mi taller. ¿Con quién tengo el gusto?
Zinnia sonrió levemente.
—Soy Dalia.
Extendió la mano hacia el exhibidor y tomó uno de los mecheros para examinarlo.
—Yo Zinnia —hizo una especie de reverencia extraña.
Dalia lo notó.
Sreten rió otra vez.
—En-can-ta-do de conocerlas. ¿Te interesan los mecheros señorita? —dijo mirando a Dalia.
Entrecerró los ojos.
La observó mejor.
Entonces abrió la boca sorprendido.
—¡Oh! Espera... ¡Tú eres la Dalia Oscura! ¿No?
Dalia resopló.
—Es la Dalia Negra, pero sí. Esa soy yo.
Revisó en su gabardina.
—Genial, las monedas siguen aquí —dijo aliviada—. Me llevaré cuatro de estos.
Señaló a los mecheros.
—¿Cuánto por todo?
Sreten rió y negó con la cabeza moviéndola de lado a lado de manera muy rápida.
—Cortesía de la caza señorita. Después de todo están aquí por los reportes recientes de podridos. ¿O me equivoco?
Zinnia asintió.
—Sí, a eso vinimos —dijo tímidamente.
—Ya veo, les deseo buena caza. Y... Yo andaría un poco más con cuidado.
Parecía un poco asustado.
—¿Por qué? —preguntó Dalia.
Sreten pareció dudar.
—Sé que sonará extraño. Pero... Juraría ver a unos Yurdir pasar por las afueras de las murallas hace unas horas. Llevaban cargando una especie de costal.
—Por supuesto que sí. Yo era el costal—pensó para sí misma.
El rostro de Sreten se tensó.
—Quizás era su cena.
Dalia lo volteó a ver.
—Debiste haber visto mal, ellos no andan por aquí. ¿Has dormido bien últimamente?
Sreten se quedó pensando.
—No... Realmente no. Con esos podridos rondando por aquí... Supongo que estar alerta toda la noche me está cobrando factura. Quizás necesito descansar más.
Volvió a sonreír.
—Y será posible porque ustedes van a exterminar a esos engendros. ¡Tomen lo que quieran! Cor-te-sía.
—Bueno, tomaré tu palabra grandote.
Sreten se sonrojó.
—Basta basta, no son necesarios los halagos.
Dalia rió de forma breve.
—Me caíste bien. Pareces... Confiable. ¿Puedo confiar en ti?
Sreten asintió sin dudar.
—¡Por supuesto que desde luego que sí!
—Verás... Por más extraño que suene quizás, solo quizás, una niña pueda llegar a pasar por aquí —dijo cansada.
—Quizás... Da igual. Parece de unos diez años, tiene el cabello blanco y los ojos verdes.
Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro lento.
—Se llama Nyxa. Si la llegan a ver por aquí... ¿Podrían indicarle el camino de vuelta a Sköelger? Ella... Suele perderse muy seguido.
Se quedó pensando un segundo.
—Demasiado seguido.
Sreten frunció las cejas.
—Una... ¿Niña? ¿No es peligroso que una niña esté sola por estos lugares?
—No te preocupes mucho por ella. Se las sabe arreglar. Solo... Dile cómo llegar si pasa por aquí.
Volvió a resoplar.
—Y... No la hagan enojar. Es muy... No sé cómo explicarlo. ¿Especial? Quizás muy directa al hablar.
Hizo un gesto con su cabeza.
—Solo... Muestrenle el camino, ella hará el resto. Supongo.
Sreten aceptó, aunque seguía confundido.
—Vale... Entendido. Creo.
Dalia tomó los mecheros, los guardó en su gabardina. Ambas agradecieron la amabilidad de Sreten y se despidieron para continuar con su objetivo, exterminar a esos podridos.
Comenzaron a caminar, Zinnia mostraba el camino y Dalia la seguía. En cuestión de tiempo Finisterra se iba viendo pequeño a la lejanía.
—... ¿Nyxa? —preguntó Zinnia.
—Sí, Nyxa.
—Oh... no estaba al tanto de esto. Esta vez... ¿Qué pasó?
Dalia sonrió.
—Intenta adivinar.
Zinnia se puso pensativa, tardó en responder.
—Mmm. ¿Intento aprender a nadar otra vez?
Dalia negó.
—No. Un gato.
Levantó los hombros, sin dejar de seguir el camino.
—Intentó rescatar a un gato de una azotea.
Zinnia cerró los ojos y movió lentamente su cabeza de un lado a otro.
—Se cayó de la azotea entonces...
Dalia afirmó.
—Sí. Y fue un buen golpe. La buscamos alrededor y no había rastros de ella... Así que probablemente apareció lejos.
Entonces Zinnia abrió la boca sorprendida.
—Pero.... Pero...
Dalia la interrumpió.
—Tranquila, no había nadie cerca. Nadie se desmayó.
Zinnia pareció tranquilizarse.
—Qué alivio... Entonces por eso hubo un bajón eléctrico cerca del Aquelarre.
—Sí, por eso.
—Bueno... No duró mucho, fueron solo unos segundos.
Hubo un silencio.
—Maestra... ¿No deberíamos de estar preocupadas por lo que creyó ver el hacedor?
—Oh, si. Créeme que lo estoy. Sólo intenté que se tranquilizara un poco.
—Ellos... ¿Andan cerca?
—Ya no. Supongo.
Aceleró el paso.
— Creo que ellos fueron mi método de transporte "rápido". Freya si que sabe tratar a sus invitados.
Zinnia alzó la ceja.
—...¿Freya? Usted... ¿Fue a verla? Sin... Mí.
—Despacio, Zinnia, no es lo que crees. Realmente lo que pasó en términos civiles es que... Fui secuestrada, creo.
Zinnia la volteó a ver con incredulidad.
—¿Pero qué mierda? Es... ¿Es esto alguna clase de novatada que le suele hacer a sus aprendices?
Dalia se sorprendió al escuchar a alguien tan delicada expresarse así.
—Yo... Lo siento maestra. No quise expresarme así... Es solo que.
Dejó escapar un respiro agitado.
—Nada de esto tiene sentido para mí.
Dalia rió un poco.
—Para mi tampoco, Zinnia, para mí tampoco.
La volteó a ver a los ojos, notando que Zinnia estaba algo apenada por la expresión anterior.
—Pero esa es la verdad. No te abandoné antes. Me llevaron a su montaña en contra de mi voluntad.
Puso su mano sobre el hombro izquierdo de Zinnia.
—Lamento no haber podido avisar. Tampoco es como que haya tenido la posibilidad... Perdón si hice que te preocuparas por mí.
Zinnia relajó su rostro.
—Y sólo para que lo sepas. Eres mi primera aprendiz. No hay novatada, supongo.
Zinnia no dijo nada al instante. Dejó pasar unos segundos.
—Entonces es un honor para mí ser su primera discípula. No la defraudaré —dijo sonriendo mostrando determinación en su mirada.
—Eso ya lo sé. De eso no tengo dudas.
Siguieron caminando, adentrándose lentamente en una llanura pantanosa. Se sentía un aroma a humedad en el aire, nada fuera de lo común. El olor progresivamente se fue intensificando hasta convertirse en un olor que comenzaba a sentirse desagradable.
Las botas de ambas comenzaron a llenarse de fango, dejando huellas detrás que poco a poco se perdían entre la niebla de las ciénegas aledañas.
Dalia le dio la indicación a Zinnia de ponerse sus máscaras.
—El olor... Carne podrida —dijo mientras se ponía una máscara de un cuervo negro. No le cubría todo el rostro, su boca estaba desprotegida.
Zinnia también se colocó la suya, pero era de un búho.
—Rastreaste bien.
—Gracias maestra.
Sacó un mechero de su gabardina, lo miró con atención. Hizo un gesto con su pulgar para ver si el mechero encendía.
—Bingo, funciona.
Zinnia se extrañó.
—... ¿No era una mejor idea haberlo probado antes?
—Se me olvidó. Lo importante es que este funciona.
—Ok... —dijo incrédula.
—Supongo que tendré que cuidarla a usted —pensó para sí misma.
Continuaron caminando, Dalia se detuvo. Bajo la mirada al fango, se percató de unas huellas.
Se puso de rodillas para examinarlas.
—Sí, podridos.
Se puso de pie nuevamente.
—Recuerda Zinnia, no dejes que te toquen.
—De acuerdo.
Pensó por un momento.
—Pero... Se supone que sólo esparcen esa plaga si nos muerden, ¿No?
Dalia afirmó.
—Al parecer alguien estudió. Sí, pero tú ropa olerá a carne podrida por semanas.
Soltó una risa corta.
—¿No querrás oler a podrido o sí?
Zinnia negó con la cabeza.
—Lo supuse. Aunque eventualmente... Creo que vamos a oler un poco a carne chamuscada.
Zinnia centró su vista hacia un pequeño árbol, apenas visible por la niebla de la ciénega. No despegó su mirada de ahí, indicó con su mano.
—Creo que ese es el nido.
Dalia fijó su vista hacia la dirección que Zinnia estaba apuntando. Ambas vieron unas sombras moverse, parecían caminar de manera muy errática. Ambas decidieron quedarse quietas y no hacer ruido.
Silencio.
Un grito gutural se escuchó proveniente de esa dirección, apenas audible para ambas.
Zinnia se exaltó, tomó una daga de su cinturón.
Antes de que pudiera correr o moverse Dalia la detuvo.
—¿Qué fue lo que escuchaste?
—Alguien gritando "ayuda" —dijo Zinnia, llevándose una mano al oído, como si el sonido aún le estuviera doliendo.
Dalia aguzó el oído. Solo escuchó el chapoteo del fango y el zumbido de las moscas.
—Yo solo escucho gruñidos.
Zinnia asintió, apretando los labios.
—El viento trae cosas. A veces... trae demasiado. Por eso uso los tapones. A veces me aturde.
—Ya veo... Es bueno saberlo.
Zinnia tardó en preguntar.
—Entonces... ¿Debemos ayudar?
—No —dijo sin titubear.
—Es... ¿Es una trampa? —preguntó con curiosidad.
—No, sólo alguien está desesperado por dejar de sufrir.
Zinnia sintió un nudo en el estómago.
—Eso quiere decir...
Dalia asintió con la cabeza.
—Creo que llegamos a interrumpir su aperitivo.
Zinnia no dijo nada al respecto.
Ambas comenzaron a caminar lentamente, intentando no hacer ruido. Con cada paso la distancia entre ellas y la fuente de aquel grito se hacía más corta, y con ello el olor a carne podrida se hacía más insoportable.
El terreno era irregular, difícil de caminar por el fango y la humedad. El zumbar de las moscas molestaba a Zinnia, más de lo que molestaría a una persona común.
Ambas se detuvieron.
Para Dalia, otro día más de su ajetreada profesión.
Para Zinnia, su primer acercamiento al mundo real, el horror del mundo real.
Debajo de ese pequeño árbol se encontraba un hombre —o lo que quedaba de conciencia de él pues aún parecía estar vivo, aunque no por mucho— siendo devorado por una docena de podridos.
Cadáveres sin piel, su carne al rojo vivo mostrando signos de deterioro y una especie de gangrena, la carne alrededor de sus huesos expulsaba pus.
El aire era tan espeso con el hedor a gangrena y cobre que a Zinnia se le cerró la garganta. Tragó saliva, luchando contra el reflejo de vaciar el estómago sobre el fango.
Sin querer, tropezó y cayó en el fango.
La escucharon.
Intentó ponerse de pie rápidamente, y al levantar la vista los vio dirigirse hacia ambas, a toda velocidad.
El fango la volvió torpe, quizás en mucho tiempo ella nunca se había sentido así de torpe.
Dalia reaccionó al instante. Sacó un mechero de su gabardina, se quitó el guante derecho y encendió la mecha.
La llama era pequeña, pero suficiente. En un movimiento rápido, atrapó el fuego con la mano desnuda. Las llamas se enrollaron en sus dedos y el calor comenzó a morder, pero Dalia apenas frunció el ceño.
Llevaba demasiado tiempo haciendo esto como para no saber exactamente cuántos segundos podía sostenerlo antes de que el fuego pudiese chamuscar le la piel.
Con un gesto seco y veloz, lanzó la bola de fuego hacia los podridos, soltándola justo en ese límite preciso. Aun así, un ligero enrojecimiento ya marcaba su piel, un recordatorio rutinario de que el fuego siempre cobra su precio.
El fuego impactó en el más cercano. Su carne comenzó a consumirse en fuego progresivamente, dejando un olor de en el aire a carne chamuscada, podrida y chamuscada.
Los demás podridos se detuvieron al ver el fuego consumir a uno de los suyos, esas criaturas detestan el fuego.
Pero la repulsión al fuego no era más grande que su hambre por carne fresca. Después de unos segundos ignoraron al cuerpo quemándose y volvieron a centrarse en ellas dos, apresuraron el paso.
Dalia intentó prender el mechero otra vez, pero se le cayó en el fango.
—Mierda.
Metió su mano en su gabardina, intentando tomar otro mechero.
Intentó prenderlo, pero este no funcionaba.
—Carajo.
Zinnia vió como su maestra parecía estar en problemas, recuperó su compostura.
Se puso de pie, pese a que sus piernas tambaleaban y su respiración era agitada. Se quitó sus guantes e hizo un gesto con ambas manos, empujando a las criaturas hacia atrás con una ráfaga de viento proveniente de sus manos, ella también fue expulsada en dirección contraria, cayendo de nuevo en el fango.
Los podridos fueron empujados en dirección al podrido que estaba siendo consumido por las llamas. Dalia lo notó, dejó el mechero de lado. Volvió a hacer un gesto, está vez con ambas manos, esparciendo el fuego entre los demás podridos.
El olor a carne chamuscada se intensificó aún más.
Pasaron unos segundos.
Zinnia volvió a ponerse de pie, se quitó el fango del rostro.
Rápidamente buscó a Dalia, el viento la había hecho retroceder unos cuantos metros hacia atrás.
Corrió, siguiendo el olor a carne chamuscada.
Finalmente la encontró.
En medio de todo el humo, se encontraba Dalia. Traía una daga en su mano, una daga ensangrentada.
Dalia tenía el cuerpo repleto de cenizas, cenizas y sangre.
Zinnia se preocupó, corrió a socorrer la.
—¡Maestra! ¿Por qué está ensangrentada? ¡¿Fue mordida?!
Gritó, mientras intentaba observar si tenía un rasguño.
—Ya no sufrirá más.
Zinnia no dijo nada.
—Aún estaba vivo —dijo mirando hacia ningún lugar exactamente.
—Usé la daga para que deje de sufrir.
El rostro de Zinnia cambió, se puso pálido.
—Incineré su cuerpo. Por si acaso.
Zinnia siguió sin decir una sola palabra.
—Debemos tomarnos un baño, Zinnia, apestamos a carne chamuscada.
Zinnia asintió, sin ganas.