El viento soplaba con violencia. Su paso a través de las cercanas montañas del monte Yurdir hacía resonar un eco, como si quisiera aullar por algún motivo.
El ambiente se sentía tenso dentro del castillo de hielo, ubicado en lo alto de la montaña más alta.
Los Yurdir tenían visitas.
No les gustaban las visitas, aunque fuesen por órdenes de Freya.
Hacía apenas unas semanas que se había celebrado la ceremonia de despedida del príncipe Yurdir.
A través de los pasillos del castillo, una mujer se acercaba a la habitación principal, escoltada por dos trolls de hielo. No apartaban la vista de ella, pese a que Freya había dado la orden de que la trajeran lo más rápido posible.
—Hemos llegado. Freljärd está detrás de esa puerta, no olvides hacer reverencia —dijo uno de los escoltas mientras se metía un dedo en la nariz.
—Lo tendré en cuenta... Ahora sí, si me disculpan, tengo que ver por qué he sido secuestrada y traída aquí —dijo la mujer, mientras miraba a su alrededor.
—Freljärd nos pidió personalmente traerte aquí. Nosotros lo cumplimos. Fin —contestó el mismo escolta, sin descuidar su nariz.
—Ajá... Vaya métodos.
Abrió la puerta y caminó, dejando a los escoltas atrás.
En la habitación principal se encontraban dos sillas ostentosas, fabricadas de hielo. Un humano no podría sentarse ahí; quizás tres juntos sí, pero uno solo no cabría ni loco.
Sentados en cada una se encontraban el rey y la reina Yurdir, el troll y la troll de hielo más fuertes de todas las montañas, respectivamente.
—Mmm, ¿ella es la que Freljärd nos ha pedido traerle? —dijo el rey, mientras sostenía una especie de garrote de hielo oscuro.
—Así parece, cabrón. No nos habremos confundido... ¿o sí? —contestó la reina, un poco nerviosa.
—¿Cómo te llamas, cazadora? —preguntó con intriga.
—Dalia. Es un honor... Supongo —contestó la cazadora. Su rostro parecía cansado, sus mejillas se encontraban coloradas por el frío.
Su vista se centró en la reina, y notó algo peculiar. A su alrededor parecía caer una escarcha.
—¿Dónde está Freya? Tengo un par de quejas con respecto a su... método para traerme aquí.
El rey inhaló lentamente; el viento del exterior fue atraído hacia el interior de la habitación en un instante, como si sus pulmones hubiesen aspirado las corrientes cercanas.
Exhaló.
—Es Freljärd.
Después se llevó la mano a la cara.
—Pero haré una excepción, sólo esta vez. No vuelvas a faltarle el respeto, no permitiré que nuestra diosa sea tratada como algo mundano.
—Sí... lo tendré en cuenta —dijo sin inmutarse.
La reina señaló hacia el balcón.
—Ahí está. No la hagas esperar, por favor, cabrona.
Dalia levantó una ceja.
—Ah... ¿Gracias?... ¿Cabrona?
La reina asintió, sonriendo.
Dalia se acercó al balcón caminando con cuidado. El frío de las montañas congelaba las pestañas. Era difícil caminar sin resbalar en el intento.
Sentada allí, se encontraba una niña de no más de doce años, observando el cielo estrellado.
—Hola, Dalia. Has venido —dijo la niña con tono cansado.
—Hola, Freya. Sí... Contra mi voluntad.
Sonrió levemente.
—Pero sí, he venido. No me imaginé que nos fuéramos a ver de nuevo... así.
Freya dejó escapar un suspiro sin apartar la vista del cielo.
—Yörn ha muerto, Dalia.
Dalia se acercó lentamente a ella, intentando no invadir del todo su espacio.
—Lo sé... Es una pena que se haya suicidado. No... No parecía esa clase de...
Antes de que Dalia terminara la frase, Freya la interrumpió.
—Yörn no se suicidó —dijo tajante mientras se volvía hacia ella.
Fue entonces cuando Dalia vio sus ojos. No eran como los recordaba. Estaban rojos. De sus pestañas colgaban pequeñas estacas de hielo y tenía ojeras propias de quien no ha dormido en días.
—Freya... ¿Qué te pasó? —dijo Dalia, incrédula al verla así. Por un instante incluso olvidó cerrar la boca.
—Es la versión que se esparció, pero no... él no se suicidó. ¿Es lo que se cuenta, no? Fue suicidio —preguntó con una sonrisa antinatural.
—Ah... Sí. Es lo que dicen —respondió Dalia.
Freya soltó una risa.
—Pero sabes... necesito que esa versión exista. Al menos por ahora.
Dalia dudó.
—Ah... ¿Por qué? Digo... mentir sobre la muerte de alguien tan importante... no encuentro lógica.
Parpadeó levemente.
—Te juro que estoy intentando encontrarle lógica a tu forma de pensar.
Freya exhaló, la respiración proveniente de su boca creaba cristales de hielo, algunos copos de nieve también. Revoloteaban al compás del viento.
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste por aquí?
Hizo memoria.
—Pues... Desde que limpiamos la región hace unos años. Desde entonces no he puesto un pie por estos lugares.
—Ya veo. De nada.
—Ah... Cierto. Olvidé darles las gracias.
Freya sonrió, una sonrisa retorcida, como quien intenta contener un grito.
—Sin nosotros ustedes no habrían podido terminar de limpiar la región de todas esas aberraciones. Inútiles.
Más qué un insulto, parecía un berrinche.
—Tontos.
Parecía un reclamo.
—Ya entendí, mocosa.
Hizo una pausa.
—¿Podrías dejar de ser tan insolente por un momento y decir que carajos quieres de mí? —dijo molesta, mientras apretaba el puño.
—Ya no tienes siete años, Freya. Ya no estás en el orfanato. Ya no soy tu niñera. Ahora eres... una diosa o algo así para estos trolls. Compórtate como una.
Freya no respondió, parecía perdida en un limbo.
—¿Qué? ¿Nadie en este lugar te habla así?
Freya comenzó a temblar.
—No... Ya no. Ahora está muerto.
Agachó la mirada.
Su rostro se suavizó y comenzó a llorar lentamente. Sus lágrimas no duraban más de un segundo sin convertirse en hielo.
Dalia evitó verla, no quería verla llorar. No recordaba cuándo fue la última vez que la vio llorar.
—Carajo... Solo yo me meto en estas cosas —pensó en voz baja—. Yo y mi estúpida boca.
Freya no titubeó.
—Vayamos adentro con los reyes. Te contaré todo.
Dalia asintió.
—Perfecto. Pero quiero que sepas que deberías probar otros métodos para reunirte con la gente... No todos van a reaccionar igual que yo.
Freya sonrió.
—Lo sé. Perdón por eso. Y precisamente por ser tú es que... bueno supongo que se me olvidó ser gentil.
Dalia apretó el puño, intentando controlar el enfado.
—Serás... cabrona.
Freya rió.
—Yo también te quiero.
Dalia resopló.
—¿Es... una especie de halago aquí?
Freya negó con la cabeza.
—No. Solo la reina lo hace. Es... su forma de ser amable.
Ambas regresaron a la habitación principal. El rey y la reina seguían ahí sentados, esperando a que Freya hablara.
Dalia solo se dedicó a observar, esperando a que alguien rompiera el silencio.
Se sentía asfixiada por la incertidumbre, una parte de ella quería que por un instante Freya fuese más directa, otra parte de ella recordó que solo es una niña. Una niña con una gran responsabilidad sobre ella, una que ella no había elegido.
—Oh, Freljärd —dijo el rey—. Si no es mucha molestia, ¿podríamos preguntarle algo a la enclenque?
Ella dejó escapar un suspiro cansado y asintió.
—Cuéntanos, enana. ¿Es cierto que Freljärd nació de una flor de hielo caída desde el mismo cielo durante una tormenta?
La expresión de Dalia lo decía todo: confusión.
—Ah... ¿No?
El rey rio.
—¡Lo sabíamos! ¡La Flor del Hielo Eterna! ¡Larga vida a Freljärd!
Freya se llevó una mano al rostro, intentando ocultar la vergüenza que le hacían pasar.
—No entiendo —dijo Dalia, mientras observaba cómo el rey parecía estar en júbilo. La reina tuvo que calmarlo dándole un golpe en el rostro.
—Compórtate, cabrón, Freljärd tiene visitas.
—Hmm.
El rey no dijo nada más, solo se calmó. Volvió a guardar silencio.
Freya volteó a ver a Dalia, respiró cansada antes de hablar.
—No importa la respuesta que les des. Tratándose de mí... ellos escuchan lo que quieren escuchar.
Dejó escapar una sonrisa tenue.
—Ya me acostumbré con los años.
—Ellos... ¿Saben que no eres Freljärd?
—Sí. Pero también eligen creerlo de algún modo. Y si ellos son felices... pues qué se le va a hacer. Supongo que la felicidad va acompañada de ser un poco cabezahuecas y testarudos.
Se acomodó la tiara, una tiara que apenas y podía sostenerse en su pequeña cabeza sin caerse.
—Rey, por favor, haga que los duendecillos traigan el cofre —dijo con voz solemne.
El rey asintió, se puso de pie.
—¡Duendecillos, traigan el cofre!
Gritó, un grito que hizo retumbar toda la habitación. Freya no se inmutó ante el ruido, Dalia sí lo hizo, quedó aturdida por un segundo.
Unos duendecillos bajaron de las escaleras que se encontraban al oeste de la habitación principal, cargando un cofre no muy grande.
Lo colocaron delante de Freya. Hicieron una reverencia.
Antes de irse volaron cerca de la reina.
—¿Se han portado bien, cabroncillos? —preguntó la reina, sonriendo.
Los duendecillos asintieron con mucha energía.
—Muy bien, carajillos. Se merecen un postre.
Los duendecillos comenzaron a recoger la escarcha que se encontraba en el suelo, cerca de los pies de la reina. Parecían estar entusiasmados. Recogieron todo lo que pudieron con sus manos y se retiraron de la habitación.
Dalia pudo notar cómo en el trayecto los duendecillos iban comiendo la escarcha como si fuera la última comida de sus vidas.
Después de que el último duendecillo abandonara la sala, observó el cofre con extrañeza.
—¿Qué hay ahí?
Freya no respondió.
—Claro —dijo Dalia. Se acercó al cofre y lo abrió. En su interior se encontraba una daga, una daga ceremonial Yurdir, fabricada con hielo eterno. Pese a ser una daga, en las manos de un humano parecía más un espadón. Y había también un guante, un guante negro un tanto desgastado, uno familiar, uno que le daba mala espina.
Dalia examinó el guante, sus sospechas eran ciertas. Era un guante de cazador, de un lobo para ser exactos. Pese al desgaste se podía distinguir la marca de la ciudad de Sköelger bordada en la piel.
—Esto... Es de Sköelger. De un cazador al parecer.
Freya pareció molestarse.
—No te traje aquí para que me dijeras lo que ya sé. Lo que quiero es que encuentres de quién es este guante, y lo traigas aquí con vida.
Dalia seguía intentando analizar el guante que tenía sobre sus manos.
—Sigo sin entender... Aunque creo que ya sé por dónde van las cosas.
Freya se relajó, intentó hablar sin romperse.
—Ese guante y la daga fueron encontrados cerca del cuerpo de Yörn, entre otras cosas sin importancia. Su asesino es uno de los tuyos, y si no lo es... quizás se está haciendo pasar por uno.
Se acercó lentamente hacia ella, la tomó del hombro y de un movimiento la puso de rodillas sin que ella pudiera reaccionar.
—Y lo vas a traer aquí, no me importa lo que tengas que hacer. O lo haces...
Dalia se enfadó.
—¿O qué? Mocosa.
Los ojos de Freya se abrieron, la mano en el hombro de Dalia comenzó a temblar, Dalia pudo sentir cómo poco a poco su hombro comenzaba a sentir entumecimiento por el frío gélido proveniente de las palmas de Freya.
—Díganle adiós a ese corredor de mercancías que quieren hacer alrededor de sus montañas. Y esperen ver a mis Yurdir más a menudo por toda la región. Si nadie más va a hacer justicia... La haremos nosotros.
Soltó a Dalia.
Dalia se llevó la mano al hombro, sentía un frío antinatural. Frunció las cejas.
—Además... Es lo menos que pueden hacer. Sin nosotros se habrían tardado más limpiando la región de esas cosas. ¿Entendido?
Dalia se puso de pie, la miró a los ojos.
—Sabes, a mí me da igual todo lo que tenga que ver con ese corredor. Entonces si digo que no... Realmente el problema no es para mí.
Freya sonrió, levantó una ceja.
—Eso lo sé, a ti eso te da igual. Siempre te ha dado igual.
Hizo una pausa.
—Pero a Vic no, a él sí le importa... ¿No es así?
La sonrisa de Freya se volvió tétrica, no dejó de mirar a Dalia a los ojos, como quien ha ganado una discusión desde antes que comenzara.
—Ca... cabrona —dijo frustrada, derrotada.
Bajó la mirada.
—Carajo... ¿Cuánto tiempo tengo?
Freya rió.
—Solo no me hagas esperar tanto... Quiero que el responsable pague por lo que hizo. Pero... —respiró lentamente— también sé que estás ocupada con tu trabajo. Y por lo visto ahora tienes una aprendiz o algo así.
Dejó escapar una risa cínica.
—Lo cual me parece raro tratándose de ti... Creí que te gustaba trabajar sola.
Hizo un gesto con la cabeza.
—Como sea... Tienes cuatro estaciones.
Relajó el rostro.
—Por favor, no ignores mi petición. No quiero poner presión sobre ti pero... Podrías ser la responsable de que ese corredor entre las montañas sea una realidad o no.
Dejó escapar una risita.
—Y con ello Vic se pondrá triste... o feliz. Tú decides.
Dalia resopló.
—... Pues ya que.
Los reyes se pusieron de pie. A su lado Freya parecía un bebé recién nacido, y Dalia parecía una niña.
—Tráenos a ese zángano —dijo el rey, con una voz rasposa y gutural, más parecida al gruñido de una bestia que a palabras. Hizo eco en toda la habitación, resonando en los tímpanos de Dalia.
—Y antes de que lo pienses, cabrona, la única razón por la que no lo hacemos nosotros es por órdenes de Freljärd —añadió la reina, algo furiosa.
—No... No queremos hacer que ella se enoje con nosotros. No necesitamos más problemas —dijo un poco más calmada.
—Pues... Ya acepté. Estoy jodida. Lo haré. Solo una pregunta.
—Adelante —dijo Freya mirándola a los ojos.
—¿Cómo voy a salir de estas montañas?
Freya rió.
—No te preocupes. El trayecto será más rápido de lo que crees.
Levantó el pulgar.
La reina asintió.
—¿Cómo que será más rápido? —dijo Dalia sin poder anticipar lo que iba a pasar.
La reina noqueó a Dalia de un movimiento.
—Díganle a los escoltas que la regresen a dónde la encontraron. Y por favor... Sin hacer mucho ruido.
—Como ordene Freljärd.
Oscuridad, fue todo lo que alcanzó a ver Dalia cuando cayó al suelo.
—Ca... cabrona.
Fue todo lo que alcanzó a decir antes de terminar de caer inconsciente al suelo gélido del castillo.
Una voz se escuchaba muy tenue, apenas reconocible.
—Maestra.
No había respuesta.
—Maestra, despierte. ¿Dónde se había metido?
Dalia parecía recuperar la conciencia, después abrió los ojos. Ya no estaba en las montañas, parecía estar en un asentamiento que le resultaba familiar. Su mejilla estaba roja, aún podía sentir el frío del suelo golpear su rostro.
—¿Dónde... Dónde estoy? —dijo mientras sentía cómo su cabeza le daba vueltas.
—Estamos en Finisterra, maestra. O bueno... a las afueras de las murallas. Dijo que regresaría pronto y... bueno. No regresó. Creí... creí que me había abandonado aquí.
Bajó la mirada.
—Estuve preguntando si alguien la había visto, me dijeron que la última vez que la vieron fue por estos lugares.
Dalia pudo observar con más claridad, era Zinnia.
—Ah... Zinnia. Eres tú.
Se puso de pie.
—Carajo.
Se llevó la mano a la cabeza.
—¿A dónde? ¿A dónde se había ido?
Dalia resopló.
—Digamos que fui a visitar a una vieja amiga... Contra mi voluntad.
Zinnia no dijo nada.
—Creo que estaremos algo ocupadas... Más de lo que esperaba.
Entonces fue que su aprendiz notó la marca de un golpe cerca de la nuca de Dalia. La examinó con cuidado, y se percató de un detalle particular, acompañado al moretón habían restos de escarcha.
Zinnia intentó quitarla con sus manos, pero al mínimo contacto sus dedos sintieron un frío extraño.
—Maestra. ¿Le duele? ¿No siente frío?
—Mmm... No. ¿Qué es?
—Bueno, parece un moretón —revisó nuevamente—. Lo es, y tiene escarcha sobre él.
—Ya veo... Bueno. Supongo que me encargaré de eso después. Quizás necesite unos cuantos duendecillos...
Zinnia abrió los ojos.
—No entiendo.
—Te cuento en el camino. ¿Pudiste rastrear a los podridos que rondaban por aquí?
Zinnia afirmó, aunque por dentro estaba preocupada. No llevaba mucho tiempo bajo la tutela de Dalia, y del poco tiempo que llevaba conociéndola sabía que si a su maestra algo la tenía sin cuidado, entonces ella debería de intentar también no darle mucha importancia, aunque con el tiempo había llegado a la conclusión de que Dalia se preocupaba más por terminar un trabajo que por salir ilesa de él.
—Sí, no son muchos. Debería ser fácil acabar con ellos —dijo Zinnia intentando no pensar en la escarcha, el moretón, y los días que duró Dalia desaparecida.
Dalia suspiró.
—Niña, solo... No dejes que te toquen. El cuero de las gabardinas debería ayudar un poco, igual no te confíes.
Zinnia asintió otra vez.
—Vamos a ello.
Zinnia indicó el camino.