Explorar novelas

Prólogo

La Balada del Cuervo Negro - Parte 1: Tras la pista de un silbido - Terminado · por Alexander L. Caserez · 21 de julio de 2026

Era pleno otoño.

El sol estaba en su punto más alto.

Cerca de las murallas exteriores de Sköelger, donde el humo industrial no está tan presente en el aire, y donde la naturaleza comienza a reclamar su lugar, había un grupo de personas caminando a las puertas del oeste.

Los ríos cercanos y la brisa del mar generaban una sensación de humedad en la piel, a veces pegajosa para los que no están acostumbrados.

Eran tres personas, tres mujeres. Una anciana, una mujer y una joven de no más de quince años.

Portaban gabardinas, dos de ellas llevaban una mochila en sus espaldas respectivamente.

La que no portaba mochila hizo un gesto con las manos, indicando al guardía de turno que abriera las puertas. Su rostro tenía algunas arrugas por la edad, su cabello comenzaba a mostrar algunas canas.

La más joven tenía el cabello de color azul marino. Se veía brillante y sedoso, como si nunca hubiese sido maltratado.

La otra mujer por su parte, tenía el cabello teñido de negro, sus raíces dejaban ver algunos mechones de color rojizo.

Las puertas comenzaron a abrirse poco a poco.

La joven se quedó cerca de la puerta, parecía estar asombrada de ver el exterior. Comenzó a caminar poco a poco hacia afuera de las murallas.

Un guardía la acompañó, hizo una reverencia cuando ella pasó frente de él.

—Dalia. Acércate por favor —dijo la anciana, aún se encontraba dentro de las murallas.

La mujer se acercó hacia ella.

—Mande —respondió la mujer.

La anciana suspiró antes de hablar.

—Agradezco y valoro mucho que por fin te hayas abierto a experimentar la enorme sensación y honor de guiar y enseñar a los más jóvenes miembros del Aquelarre.

La anciana levantó las cejas.

—Honestamente nunca pensé que lo harías.

Levantó los hombros.

—Ve al grano, Peonía.

Dalia resopló.

—No eres la primera que me dice eso. Y, honestamente ya me estoy cansando.

Se llevó la mano a la barbilla.

—Primero todos me insistían "Eres la única que no ha tenido una aprendiz". Bingo, acepté tener una, ahora todos me dicen "Oh, no esperábamos que aceptaras tener una aprendiz".

Movió la cabeza de izquierda a derecha.

—No los entiendo. Te juro que no los entiendo.

—Ya cálmate, no es para tanto.

La anciana respiró profundo.

—Está bien iré al grano. ¿Leíste el expediente de Zinnia?

—Sí, lo hice. Zinnia. Quince años, nombre real Iria Cronwald. Nunca ha salido de Sköelger, o más allá del barrio de los fundadores y de la academía del Aquelarre.

Torció la boca.

—¿Olvidé algo más maestra? ¿Algo que deba recordar? ¿Aprobé el examen? —dijo con tono burlón.

—No eres graciosa, Dalia.

—No estoy intentando serlo. Estoy siendo directa. ¿Hacen esto siempre con todas las aprendices?

—No, pero pensé que te sería útil para ti dadas tus... habilidades sociales.

La anciana resopló.

—Sólo... cuida bien a Zinnia. Ya sabes como son los Cronwald.

—Lo haré. Va a estar bien. La orden de caza es solo para exterminar a unos podridos cerca de Finisterra, ¿no?

—Sí, solo eso.

—Vamos a estar bien. Te lo prometo.

Se llevó un dedo a los labios.

—Una pregunta... ¿Por qué ella está aquí? El informe decía... bueno ella no iba a ser cazadora.

Se llevó la mano a la nuca.

—¿A qué se debe ese cambio tan súbito? Digo mírela . Ella es... delicada. En todo el sentido de la palabra.

La observaron a lo lejos.

—Le juro que intentaré hacer todo lo posible para que no le pase nada... aunque mirela. Pareciera como si... Al primer golpe su cuerpo se pudiera romper.

La anciana torció los ojos.

—¿Estás juzgando a alguien por como se ve? ¿O la estás juzgando por su nombre y su apellido? ¿Eso no te recuerda a algo?

Dalia no respondió.

—Creo que eres la persona menos indicada para pensar así... ¿No lo crees?

Dalia bajó la mirada.

—Sí, maestra. Tienes razón.

La anciana le puso la mano sobre el hombro.

—Dalia Dalia Dalia. Me pregunto cuál hubiera sido la reacción de Vic al oírte decir algo así. Agradece que él estaba demasiado ocupado para venir a despedirse.

—... Como sea.

La anciana le dio unas palmadas en la espalda.

—Solo cuida a Zinnia. Confío en ti. Todos lo hacemos.

—Gracias, adoro sentir la presión sobre mí.

—Eso ya lo sé. Adelante, buen viaje. ¿Llevan sus máscaras?

—Sí, están en nuestras mochilas.

—Perfecto. Esperemos obtener buenas noticias de ustedes dos pronto.

—Así será. Así será.

Se acomodó una mochila.

—Una última pregunta.

—Pues ya que. Adelante.

—¿Por qué ella? ¿Por qué yo?

La anciana arrugó la frente.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, ella es importante. Eso parece.

Negó con la cabeza.

—No parece, lo es. Es una Cronwald. Lo que quiero decir es... ¿Por qué me la asignaron a mi? Es mi primera vez siendo mentora... no estoy asustada si es lo que crees. Pero también sé que hay mejores mentoras que yo.

Volteó a ver a Zinnia otra vez.

—Ni siquiera sé qué clase de mentora soy o seré. Entonces... ¿Por qué yo?

—Dalia... es porque eres tú.

—No me vengas con esas cosas cursis.

La anciana rió.

—Honestamente, nadie más quiso cargar con esa responsabilidad. Y como tú aceptaste sin más... pues bienvenido sea.

Dalia se quedó observándola, sin decir nada.

—Aparte eres de las mejores en lo que haces, si eso te hace sentir mejor. Además, su padre presionó un poco... quería que fueras tu si la posibilidad existía.

Dalia guardó silencio.

Miró el suelo.

Después habló.

—Mmm. No era la respuesta que esperaba.

—Pero si la que necesitabas oír, no te iba a mentir.

—Gracias, supongo —dijo sin más.

Hizo un gesto con la mano, se despidió y caminó en dirección a Zinnia. Zinnia se estaba poniendo su máscara de búho.

Dalia buscó la suya en su mochila, era una máscara de cuervo.

Se la colocó en el rostro.

Las máscaras cubrían la mitad de sus rostros, dejando al descubierto solo la boca y la barbilla.

Abandonaron las murallas de Sköelger, en dirección al norte. La única dirección en la que podían caminar sin toparse con montañas o con acantilados.

Sentían como sus pasos se hundían en la tierra mojada, sus botas dejaban huellas en el barro.

—Es una lástima que tengamos que caminar —dijo Dalia.

—Pero míralo de esta forma. Tu primera experiencia fuera de la ciudad será más real así. ¿Te molesta eso Zinnia?

—No... No me molesta caminar. Me gusta el aroma de la tierra mojada después de la lluvia.

Contestó Zinnia. Sus mechones de cabello azul se movían al ritmo del viento.

No era un viento fuerte, era leve. Ella parecía sonreír.

Observó sus pies, sus botas estaban llenas de barro y algunas hojas de pasto se pegaban en ellas.

—Supongo que ensuciarse está bien. Es... Parte del trabajo, ¿No?

—Sí. Lo es. La lluvia hizo que las rutas no fueran transitables para las diligencias, al menos por ahora. Tuvimos mala suerte.

Hizo una pausa.

—Es más rápido por aquí, aunque el camino es... Bueno ya lo estás viendo.

Observó hacia el norte, un lago se desvanecía en el horizonte.

—El lago está por allá —señaló con su mano derecha—. Nos deben de estar esperando ahí.

Resopló.

—No es una novatada, si es lo que crees.

No hubo respuesta.

—Es solo que... esperar a que las rutas del Este estén en mejor estado... Es desperdiciar tiempo. Mientras más rápido terminemos con esos podridos mejor.

—No tengo problema con eso.

—Me alegro.

—Esta ruta... No es muy común, ¿o si?

Dalia negó con la cabeza mientras intentaba ahuyentar a los mosquitos de su rostro.

—No. Antes lo era. Pero no es un terreno muy firme para que una diligencia se pueda mover.

Zinnia escuchó con atención, mientras observaba como una rana se comía unas moscas cerca de un pequeño estanque junto a un río cercano.

—Aun así, es la ruta más eficiente, ¿No?

Preguntó Zinnia.

—Para transporte sí. Pero si vas caminando, las rutas nuevas te hacen rodear demasiado por las montañas y evitan acercarse al lago. Caminar por aquí nos va a resultar más rápido. Si esperamos a que las rutas sean transitables... vamos a perder tiempo.

Observaron hacia el este, montañas. Observaron hacia el oeste, más montañas.

—Aunque el lago tiene algunas bifurcaciones y ríos que conectan con algunos pueblos pequeños, a veces es más rápido para la gente usar los viejos métodos.

—Nunca he viajado en bote. A decir verdad... Creo que nunca he viajado realmente.

—Bueno, es tu día de suerte. Puedes agradecerle a la lluvia.

—Gracias lluvia —murmuró.

Al cabo de un rato llegaron a la orilla del lago, en una especie de muelle improvisado se encontraba un enano esperando, con un bote lo suficientemente grande para que apenas tres personas puedan viajar en él.

El muelle parecía haber visto días mejores, se notaba que no era usado muy a menudo.

El enano las observó, hizo un gesto con las manos.

—¡Por aquí!

Gritó, haciendo aspavientos con los brazos.

Ambas saludaron al enano, subieron al bote con precaución.

—Pónganse cómodas. Aunque no hay mucho sitio donde ponerse cómodo realmente.

Se llevó las manos a la cabeza.

—Como sea, espero que disfruten el trayecto.

—Gracias, no sabía si ya estabas aquí. Perdona si te hicimos esperar, hay mucho barro y fango por estos lares.

Resopló.

—Gusto en verte de nuevo Ivor.

—Tranquila, Dalia. No te preocupes. Nos llegó tu carta por la tubería de correspondencia hace poco menos de una hora.

Comenzó a contar sus dedos.

—Hice unos cálculos y al parecer di en el blanco, apenas llevaba esperando diez minutos.

—No pensé que la carta llegaría tan rápido, apenas la había enviado por la mañana.

—Por ahí escuché que mejoraron la propulsión con vapor. O algo así, son cosas que no termino de entender del todo. En mis tiempos las cartas se entregaban a mano, no por medio de tuberías. ¡Qué rápido pasa el tiempo!

—Mmm. ¿Cuántos años tienes? Te ves joven. Honestamente no recuerdo haberte preguntado tu edad antes.

—Oye, ¡No es necesario halagar! ¡Ja ja!. Tengo ochenta años, en invierno cumpliré ochenta y uno.

—Impresionante, no tienes canas en tu barba —dijo Dalia mientras observaba de reojo las montañas.

—Me cuido bien, una vida sana es una vida plena, feliz y duradera. Eso decía mi padre.

—¿Cuántos años tiene tu padre?

—Oh, él murió a los cuarenta —dijo Ivor sin titubear.

—... ¿No se cuidó?

—No, no. No es el caso. Una caldera explotó y él y otros enanos murieron, pero bueno así es el trabajo en las minas.

Levantó los hombros.

Dalia dejó escapar una media sonrisa.

—Irónico.

El enano asintió.

—Alguien tiene que hacerlo. Pero yo no seguí su ejemplo, no me gustan las minas. Prefiero el olor al aire fresco de aquí. Aunque esos podridos andan merodeando por aquí desde hace unas semanas... es bueno saber que ya se harán cargo de ellos. Eso me hace sentir más seguro.

Guardó silencio por un momento, como quien intenta recordar algo, u olvidarlo.

—Bueno, hay otra cosa que me hace sentir no tan seguro.

—¿De qué se trata?

El enano volteó a ver a la joven con máscara de búho.

—¿Cuántos años tienes pequeña?

—Quince.

—Eres muy joven para estar aquí, ¿No?

—Está en la edad, fue su decisión —dijo Dalia mientras observaba a Zinnia.

—Ya veo... bueno. Prefiero mejor no hablar de eso... Al menos por ahora. De todos modos no creo que sea algo en lo que deberían de verse entrometidas. No se trata de monstruos o podridos.

—Aja, sigues sin decirme de qué se trata. Escupelo.

—... Prefiero no hablar de eso.

Dalia se llevó la mano a la frente y resopló fuerte.

—¿Entonces para qué lo pones en medio de la conversación? —lo miró fijamente a los ojos.

—Mi error. Es que no pensé que ella sería tan joven.

—¿Eso qué tiene que ver?

Ivor guardó silencio.

—Debemos darnos prisa, tienen trabajo que hacer —dijo sin mirarla a los ojos. Encendió el mecanismo de vapor en la parte trasera del bote. Después de unos cuantos intentos consiguió poder ponerlo en marcha. El trayecto había comenzado.

—Enanos... O mejor dicho, personas. Qué complicadas son —pensó Dalia.

Zinnia no dijo una sola palabra. Se dedicó a observar el paisaje. A medida que el bote se movía se podía sentir como el viento les golpeaba los rostros, la joven sacó unos tapones de su gabardina, se los puso en los oídos. Parecía que algo le molestaba.

—¿Estás bien?

Preguntó Dalia.

—Sí, es solo que me molesta el ruido, es todo.

Zinnia observó a su alrededor en todas direcciones. Se acercó a la orilla del bote. Podía ver la estela de agua que el bote dejaba a su paso. Se quitó su guante derecho.

Con un movimiento gentil, comenzó a meter lentamente sus dedos en el agua. Parecía disfrutarlo.

Ahí, justo donde termina la muñeca y comienza la mano, se distinguía una marca, parecida a una cicatriz con forma de raíces.

El agua comenzó a salpicar; se quitó la gabardina. Llevaba un vestido de tonos borgoña y marrón oscuro con mangas cortas, apenas le cubrían más allá de los hombros.

En el antebrazo derecho, la marca se revelaba con más claridad, extendiéndose desde el hombro hasta la muñeca.

Ivor notó a Zinnia y a su marca.

—¡Enraizada!

Zinnia se descolocó y dio un salto hacia atrás, tambaleándose peligrosamente al borde del bote.

—¿Disculpa? Hice... ¿Hice algo malo?

—¡No, no! Es solo un... cómo explicarlo. ¿Forma de decir algo que estás viendo? Un amigo y yo solíamos... bueno solíamos decir eso cuando veíamos una Enraizada.

Se quedó pensativo.

—También solíamos decir ¡Elfo! Cuando veíamos uno, o ¡Cazador! Cuando... pues veíamos uno.

Dalia observó sin intervenir, frunció el ceño.

—¿De dónde sacaste esa forma de expresarte? —dijo Dalia cansada.

Ivor se llevó la mano a la nuca.

—Creo... creo que he pasado mucho tiempo con los hacedores, quizás algunas formas de hablar se me quedaron grabadas sin querer. Perdona si te molesté niña, no era mi intención.

Ivor suspiró.

—Solo quería recordar viejos tiempos, es todo. Hace tiempo que se fue, cruzó al otro lado del mar. Espero que esté bien, era un buen tipo.

Zinnia sonrió.

—No hace falta que pidas disculpas. ¡Un enano!

Ivor rió.

—¡Enraizada!

Dalia se llevó las manos a los ojos.

—Qué horror —dijo sin ganas.

Después del júbilo Ivor se tranquilizó, tomó un respiro. Después hizo una pregunta.

—Solo por curiosidad niña, ¿Cuántos años tenías cuando apareció la marca? No tienes que contestar, es solo... soy muy curioso.

—Yo diría entrometido.

Interrumpió Dalia.

—Sí... un poco.

Zinnia tardó en responder.

—Tenía diez años.

El enano alzó las cejas.

—Y... ¿Te dolió?

Zinnia se extrañó.

—Ah... no.

Ivor se llevó la mano a la barbilla.

—Mmm, Dalia tú me habías contado que cuando a ti te pasó el dolor fue muy... doloroso.

Dalia resopló.

—Sí, es diferente. Yo no vivía en la ciudad cuando eso pasó.

Se quedó pensativa.

—Creo que ahora les dan medicamentos para controlar eso. ¿No es así Zinnia?

Zinnia tardó en responder.

—Sí, desde que tengo memoria las tomé, hasta que apareció la marca. Después dejé de tomarlas.

Zinnia se llevó el pulgar a la barbilla.

—No sabía que eran para eso. Alguna clase de analgésico tal vez —dijo sorprendida.

—Eso parece. Dices que cuando apareció no hubo dolor, ¿No?

Negó con la cabeza.

—Pues debe de ser eso. Eres afortunada, no todas corren con la suerte de poder evitar sufrir cuando la marca aparece.

—No... no sabía eso.

—Bueno, para eso estás aquí. Para aprender.

Zinnia asintió.

Después de un rato de navegar, llegaron a la otra orilla del lago. El enano aparcó en un muelle cercano, nada diferente al muelle anterior.

Ambas bajaron del bote con cuidado, el enano permaneció en el bote.

—Bien, es todo por hoy. Sigan todo derecho hacia el norte y llegarán a Finisterra.

—¿No vendrás?

—No, tengo otras cosas que hacer, seguiré río arriba, hoy es día de pesca.

—Ya veo, suerte.

El enano se despidió haciendo un gesto con las manos. Puso el bote en marcha y se fue siguiendo uno de los ríos.

Ambas continuaron caminando, no había barro o fango, las llanuras se extendían hasta donde sus ojos podían ver, acompañadas de las montañas al este y oeste, y algunas zonas boscosas. A lo lejos se podía observar un asentamiento, esa era la dirección que siguieron, el norte.

—Para la próxima quizás sea mejor idea andar a caballo, ¿No lo crees?

—No sé montar maestra —dijo Zinnia tímidamente.

—Mmm, quizás te enseñe luego.

—Eso estaría bien.

Sonrió.

Después de unos cuantos kilómetros más llegaron al asentamiento, Finisterra.

Sin embargo Dalia no dejaba de observar hacia atrás, durante todo el camino desde que se bajaron del bote no paraba de voltear en todos lados de tanto en tanto, como si se sintiera observada.

No dijo una sola palabra al respecto, no quería asustar a Zinnia tan pronto.

Cruzaron las puertas de las murallas del sur, mostraron sus identificaciones a los guardias que custodiaban la entrada.

Dalia mostró la suya primero: "Dalia - E. M. - Cazadora del Aquelarre de Sköelger"

Después Zinnia mostró la suya: "Zinnia - I. C. - Cazadora del Aquelarre de Sköelger - Aprendiz"

El guardia le puso atención a la identificación de la mujer, la reconoció.

—La Dalia Negra, ¿Vienes a por esos podridos, no?

Dalia asintió.

—Genial, adelante pueden pasar.

Atravesaron las murallas sin problemas, caminaron por las callejuelas del lugar. El lugar estaba repleto de personas caminando por las calles, puestos comerciales se extendían entre los callejones aledaños, se podía oler el aroma metal caliente, el calor de las forjas cercanas y el martillar de los martillos golpeando el latón. El vapor no estaba tan presente a diferencia del vapor que se podía ver en Sköelger.

Zinnia no dejaba de voltear en todas direcciones, como si estuviera viendo algo nuevo por primera vez.

El sol comenzaba a ocultarse, la noche estaba por llegar. Ambas continuaron caminando hasta llegar a un edificio en el centro del lugar.

—Quédate aquí —dijo Dalia.

—¿Ah?

—Tengo algo que hacer, no tardaré mucho.

Estiró sus brazos.

—Aquí es donde pasaremos la noche. Ponte cómoda. No tardaré en serio.

Zinnia aceptó sin oponer resistencia. Se despidieron.

Entró al edificio, decidió esperar sentada en una banca cercana a que su maestra regresara.

Pasaron las horas.

Comenzó a preocuparse, pero no se movió del lugar, no quería desobedecer a su maestra.

Durmió en esa banca.

El frío de la madrugada la despertó.

Dalia no regresó.

 

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Alexander L. Caserez en el lector de Culto de Papel. Es gratis.