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Capítulo 3: Elenor 🩷

La anomalía del amor · por seshat_zu17 · 21 de julio de 2026

Me levanté de la cama con el cuerpo pesado, como si no hubiera dormido nada. Y no lo había hecho. Cada pequeño ruido del edificio me hacía abrir los ojos otra vez, obligándome a mirar a la oscuridad mientras imaginaba pasos detrás de la puerta o a alguien intentando meter una llave en la cerradura.

Entré al baño de manera automática y me quité la ropa en lo que la bañera se llenaba. Prendí el teléfono y dejé que MY WORLD de Conan Gray sonara en el baño, queriendo que la música llenara ese silencio tan denso. Metí las piernas en el agua y apoyé la frente sobre las rodillas. El calor me ayudó a aflojar un poco la tensión de los hombros. Solo un poco.

Cerré los ojos con el vapor empañando el espejo, intentando con todas mis fuerzas concentrarme en la música. En cualquier cosa que no fuera el recuerdo de la noche anterior.

Cuando por fin sentí que podía respirar sin tener el pecho tan apretado, salí de la bañera y me envolví en la toalla. Al abrir la puerta, Kaira apareció de inmediato, girando alrededor de mis piernas y buscando atención.

—Buenos días a ti también —murmuré, agachándome un momento para acariciarle la cabeza.

Abrí el armario, me puse una blusa rosa, unos pantalones negros, me sujeté el pelo con una liga y, sin energía para hacer nada más, terminé acostándome en el suelo junto a ella. El alivio duró menos de un minuto porque un golpe seco sonó sobre nuestras cabezas. Después otro.

Me quedé completamente inmóvil, conteniendo el aliento. Kaira levantó la cabeza de golpe. Se escuchó otro ruido, como algo arrastrándose por el techo, y tragué saliva con dificultad. Quizá eran los vecinos moviendo muebles.

Kaira se puso tensa y empezó a ladrar hacia arriba.

—Oye, tranquila… tranquila…

Pero ni siquiera mi voz sonó convincente; me temblaba un poco. Estiré el brazo y tomé el teléfono. Le escribí rápido a la universidad diciendo que no iría, y después a mi jefa. Me quedé mirando el botón de enviar, dudando demasiado tiempo, antes de presionarlo.

Cuando iba a dejar el celular a un lado, una notificación iluminó la pantalla:

«Estoy camino a tu casa. ¿Puedo quedarme por un rato? Perdón, mi hermano me estaba volviendo loca»

Solté aire por la nariz, sintiendo un peso menos.

«Claro, solo avísame cuando llegues»

La respuesta apareció enseguida:

«De hecho, ya llegué»

Parpadeé, sorprendida.

«De acuerdo… ya voy»

Me levanté del suelo de prisa y abrí la puerta. Cloe entró como si trajera el sol pegado al cuerpo: exhalando perfume dulce, con las mejillas rosadas por el frío de la calle y una energía que contrastaba por completo con mi casa.

—No importa cuántas veces venga, tu departamento sigue pareciendo un maldito paraíso rosa.

No pude evitar sonreír un poco, relajando los músculos.

—Hola a ti también.

Se agachó de inmediato para acariciar a Kaira y la traidora empezó a llenarle las manos de besos.

—Ya que vine, traje una ofrenda de paz — exclamó, incorporándose.

—¿Una bocina?

—Exacto.

La música comenzó a sonar segundos después. Cloe subió el volumen todavía más y me agarró de las manos antes de que pudiera protestar. Terminamos bailando de forma torpe por toda la sala con las canciones de Olivia Rodrigo, las cuales sonaban tan fuerte que hacían vibrar las ventanas.

Por un rato me reí de verdad. Y el cansancio casi me hizo olvidar todo lo demás. Hasta que Cloe se dejó caer en el sofá de golpe y se llevó una mano a la frente, respirando con dificultad.

—Elenor… dejé la insulina en el auto. ¿Puedes buscarla?

—Sí. Claro.

Tomé las llaves y bajé rápido por las escaleras. El estacionamiento estaba demasiado silencioso, de esos lugares donde tus propios pasos se escuchan demasiado. Intenté no pensar en eso mientras abría el auto.

—¿Dónde la dejó…? —Abrí la guantera, buscando a ciegas—. Aquí está.

¡Clic!

Me congelé con el estuche en la mano.

¡Clic!

El sonido metálico volvió a escucharse detrás de mí. Sentí algo helado subirme por toda la espalda. Giré despacio, con las piernas pesadas. Había un hombre al otro lado del estacionamiento, medio oculto. El pañuelo cubría parte de su rostro, pero reconocí perfectamente la forma en que estaba mirándome con la sonrisa torcida dibujándose detrás de la tela.

Mi estómago cayó de golpe. No. No, no, no.

Las llaves resbalaron de mis dedos flojos y tintinearon en el piso. Intenté moverme y mis piernas no reaccionaron al principio, como si se hubieran quedado pegadas al suelo.

“Muévete”.

Me golpeé la pierna con fuerza, obligándome a reaccionar. Agarré el maletín de la insulina, recuperé las llaves del piso y cerré la puerta del auto con tanta fuerza que el ruido retumbó por todo el estacionamiento. Después corrí sin mirar atrás ni una sola vez.

Escuchaba mis propios pasos demasiado rápido en el cemento. La respiración se me rompía en la garganta y me quemaba. Sentía que, si volteaba, iba a verlo justo detrás de mí, estirándose para alcanzarme. Subí las escaleras casi tropezando en los escalones y empujé la puerta del departamento.

—¿Elenor? —La voz de Cloe llegó amortiguada desde la sala.

Cerré con seguro torpemente. Uno. Dos veces. Mis dedos fallaban en la cerradura porque me temblaban demasiado las manos.

—¿Qué pasó? —preguntó, asomándose al pasillo al escuchar el portazo.

No respondí. No podía apartar los ojos de la puerta, esperando que el pomo se moviera.

—Elenor.

Me acerqué a ella a zancadas y le entregué la insulina con manos torpes.

—No salgas —supliqué, con la voz ahogada.

—¿Qué?

—No abras la puerta.

—¿Qué pasó?

Intenté responder, pero el aire simplemente no me entraba bien en los pulmones. Cloe se levantó del sofá, preocupada.

—Hey. Hey, mírame.

Negué rápido, con la vista fija en el suelo.

—No, espera. Solo… cierra las cortinas.

—¿Qué está pasando?

Miré hacia la ventana; sentía una presión horrible en el estómago, como si fuera a vomitar.

—Lo vi otra vez —la voz me salió en un hilo, casi inaudible.

—¿Quién?

Tragué saliva, intentando mantener las manos quietas mientras preparaba la inyección. Pero el pulso no me obedecía.

—El hombre de ayer.

Cloe se quedó inmóvil.

—No puede ser.

—Estaba abajo —mi respiración volvió a quebrarse, perdiendo el ritmo—. Te juro que estaba abajo. Mirándome.

—Elenor…

—¡No estaba loca! —Las palabras me salieron del pecho en un grito ahogado antes de que pudiera detenerlas. Sentí la vergüenza subir inmediatamente después, porque sabía cómo sonaba. Sonaba como una completa loca.

—Hey. Te creo —me agarró las muñecas con firmeza, obligándome a parar.

Negué otra vez, soltando el aire.

—No sé cómo llegó aquí. No sé cómo me encuentra.

Cloe seguía sujetándome. A través de la piel, pude sentir sus propios dedos temblando apenas. Eso fue peor, porque si ella también empezaba a asustarse, entonces la pesadilla se volvía real y dejaba de estar solo en mi cabeza.

—Elenor, respira despacio, ¿sí?

Solté una risa nerviosa. Pequeña. Fea.

—No me digas que respire ahora mismo.

Ella tragó saliva, mirando mi estado.

—Está bien… está bien.

Kaira comenzó a gruñir otra vez, un sonido tenso que venía desde el fondo de su garganta. Las dos miramos hacia la puerta al mismo tiempo; el miedo me atravesó por completo, como una descarga fría. Cloe se levantó de golpe, perdiendo la paciencia.

—Voy a mirar…

—¡No! —La sujeté del brazo más fuerte de lo que pretendía, clavando los dedos en su piel con demasiada fuerza. Ella abrió los ojos, sorprendida por el tirón. La solté enseguida, asustada de mi propia reacción—. Perdón… perdón. No abras la puerta. Por favor.

Mi voz se quebró al final. Cloe miró hacia la entrada, después volvió a verme, y algo en su expresión cambió por completo. Creo que ahí, al ver mi cara, entendió que no estaba exagerando. Que de verdad tenía terror.

Kaira seguía ladrando. Pero no hacia la puerta; apuntaba hacia la pared del pasillo, como si fuera siguiendo el ruido de algo moviéndose afuera, del otro lado del muro.

Un escalofrío me recorrió los brazos, erizándome la piel. Cloe tomó su teléfono, contagiada por la urgencia.

—Voy a llamar a David.

Asentí demasiado rápido, con desesperación. Ella marcó mientras caminaba en círculos pequeños por la sala, frotándose la frente. Yo no podía moverme. Seguía mirando la puerta, esperando escuchar el crujido de la cerradura. Esperando pasos. Esperando el clic metálico otra vez.

—Contesta… contesta… —La voz de Cloe sonó cada vez más nerviosa debido al silencio de la línea. Yo apenas podía escucharla sobre el sonido de mi propia respiración, que era demasiado ruidosa en la sala.

Entonces algo golpeó el otro lado del apartamento, un impacto sordo contra la pared. Las dos dimos un respingo violento. El teléfono casi se le cae de las manos a Cloe.

—¿Qué fue eso?

No respondí, me daba pánico saberlo.

David al fin contestó, y el alivio en su voz fue casi doloroso.

—¡David! —Su voz salió demasiado alta, rota—. Necesito que vengas ahora mismo. Al departamento de Elenor. No, no sé, solo… ven. Por favor.

Me abracé el cuerpo, apretando los brazos contra las costillas para intentar dejar de temblar. No estaba funcionando; el temblor venía desde adentro. 

Cloe colgó y se acercó rápido hacia mí, queriendo hacer algo.

—Viene en camino.

Asentí otra vez, pero mis ojos seguían encadenados a la puerta; tenía la certeza absoluta de que, si apartaba la vista de ella por un segundo, algo iba a pasar.

—Elenor.

—¿Hm?

—Ven acá.

Negué con rigidez.

—No.

—Solo siéntate.

—No quiero sentarme —sentía que, si mi cuerpo se relajaba, no iba a tener las fuerzas para volver a levantarme si pasaba algo.

Ella se acercó despacio, bajando las manos, como si tuviera miedo de alterarme.

—No estás sola, ¿sí?

Escuchar eso, dicho con tanta suavidad, fue suficiente para romper el dique. Me cubrí la boca con la mano porque sentí el nudo en la garganta ensanchándose; iba a llorar. No quería hacerlo; odiaba mostrarme vulnerable frente a otras personas, pero el miedo llevaba demasiado tiempo guardado en mi pecho y ya no cabía.

—Pensé que me lo estaba imaginando… —murmuré, con la voz temblando por el llanto—. De verdad pensé que estaba exagerando.

Cloe negó, pegándose a mí.

—No estás exagerando.

—¿Y si sí? —Solté una risa temblorosa, limpiándome la cara con el dorso de la mano—. ¿Y si solo estoy volviéndome loca?

—No digas eso.

Pasaron quince minutos antes de que Kaira volviera a ladrar, más fuerte esta vez, un ladrido seco que nos hizo callar. Y después… silencio. Uno horrible. Del tipo que hace que la piel se te ponga de gallina y que todo dentro del cuerpo te grite que el peligro está ahí.

Cloe dejó de respirar por un segundo, quedándose inmóvil a mi lado. Yo también me congele. Fue entonces cuando escuchamos unos pasos afuera, nítidos, deteniéndose justo del otro lado de la puerta. 

Tres golpes secos e insistentes irrumpieron, provocando que un escalofrío nos recorriera el cuerpo.

—Chicas, soy yo. Ya está todo bajo control, están a salvo.

—¿Hermano? —soltó Cloe, casi sin aire.

—Perdón por la demora.

Cloe se levantó de golpe, quitó los cerrojos y corrió hacia la puerta, lanzándose a los brazos de su hermano. Sus lágrimas se desbordaron por fin mientras él le acariciaba el cabello con una calma que contrastaba con todo lo anterior.

Me quedé inmóvil, mirando la luz que entraba desde la puerta. Por primera vez en horas, sentí algo parecido al alivio, como un balde de agua fría cayendo sobre el cuerpo ardiendo. Pero algo en mí cedió de golpe.

Mi pecho se contrajo. El mundo dio una vuelta lenta y el suelo pareció moverse. Un cosquilleo insoportable recorrió mis brazos y piernas. Mi respiración empezó a romperse. Mi piel ardía, como si algo me quemara por dentro. El sudor frío me bajó por la frente y mi visión se volvió borrosa, tiñéndose de negro. 

Intenté decir que no estaba bien… pero la voz no me salió. Lo último que escuché, ya muy lejos, fue a Cloe llamándome con desespero.

No recuerdo con claridad lo que pasó estando inconsciente… solo sé que, cuando abrí los ojos y el techo dejó de dar vueltas, Cloe estaba a mi lado, con los ojos rojos e hinchados.

Me incorporé lentamente, apoyándome con la mano en el colchón hasta quedar recostada contra el respaldo de la cama.

—Hugh… —mi sien palpitaba con fuerza. Me llevé una mano a la cabeza, intentando enfocar la vista.

—¿Elenor? —se pegó a la cama de inmediato, asustada.

—Creo que he vuelto… —susurré, sintiendo la boca pastosa.

Me abrazó con fuerza al instante, apretándome tanto que casi me falta el aire.

—Me asustaste muchísimo. No vuelvas a hacer eso, ¿entendido?

—Estoy bien… —intenté calmarla, aunque los dedos me seguían temblando.

—No, no estás bien —me soltó, mirándome muy seria, con los ojos fijos en los míos—. Lo sabías. Lo sabías y no dijiste nada. Si no hubiera ido a tu casa hoy, mi hermano no se habría enterado… Ese hombre… podría haber sido peor. Mucho peor.

—Cloe… ya pasó. No va a volver a acercarse —le aseguré, repitiéndolo más para mí misma que para ella.

—Debí darme cuenta antes —insistió, y la voz se le quebró por completo—. Debí insistir más ayer. Sabía que algo no estaba bien, lo sentía, y aun así me fui…

—Salgamos mañana —la interrumpí, intentando recuperar el control, aunque por dentro seguía temblando—. Me niego a darle ese poder sobre nosotras. Me niego a vivir encerrada.

—¿Estás escuchándote? Esto no es normal, Elenor. No es seguro. Tengo miedo de que te pase algo—

—No me va a pasar nada. Solo… respira. Estamos a salvo ahora.

Cloe se mordió el labio, mirando las sábanas, pero no quiso seguir discutiendo.

—Mi hermano trajo a un doctor mientras estabas desmayada. Dice que tienes que descansar. Así que acuéstate, por favor.

—Agradécele por mi parte… por favor. 

—Lo haré, pero tú no hables más. Descansa.

—Cloe.

—¿Qué pasa?

—Gracias… de verdad.

Ella suavizó la mirada y me tocó la mano con cariño, intentando transmitir una calma que ninguna de las dos tenía todavía.

—Eres mi mejor amiga. Siempre estaré para ti. Yo… iré a tomar algo de agua y vuelvo, ¿de acuerdo? —Salió de la habitación sin hacer ruido.

Al quedarme sola, me deslicé hacia abajo en el colchón y me envolví en las sábanas, cubriéndome por completo. Me mordí el interior del labio, pero las lágrimas empezaron a caer sin control, manchando la almohada.

—Todo está bien… todo está bien… —repetí en voz baja, abrazándome a mí misma mientras me mecía ligeramente.

Ella no debía verme así. Nadie debía verme así. Ni mi familia. Solo los preocuparía más, y odiaba la idea de ser una carga.

Esa noche me prometí entre lágrimas que encontraría la forma de arreglarlo y de sacar a ese hombre de mi vida… sola, sin arrastrar a nadie más. Pero en ese momento, lo único que pude hacer fue llorar hasta que el cuerpo dejó de responder, hasta que el cansancio me vació por dentro. Me quedé dormida así… hecha un ovillo y abrazándome como si eso pudiera protegerme.

 

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