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Capítulo 2: Elenor 🩷

La anomalía del amor · por seshat_zu17 · 21 de julio de 2026

Los primeros rayos del sol se filtraron a través de las cortinas, iluminando el cuarto. Me escondí bajo las sábanas en cuanto la luz me hizo cosquillas en los párpados, negándome a aceptar que ya era de mañana. El departamento estaba tan silencioso que resultaba extraño. Saqué apenas la cabeza, encontrándome con Kaira. Me cubrí casi al instante, pero ella trato de destaparme con sus patitas.

—Ya voy… solo cinco minutos más —murmuré.

En lugar de rendirse, se puso a mordisquear una esquina de la sábana.

—Está bien, está bien, ya me levanto…

Me dio un beso baboso en la frente y dio un salto fuera de la cama.

Estiré la mano hacia la mesa de noche y agarré el teléfono. Incorporándome de golpe al ver la hora. 

—¡La universidad! ¡Voy tarde! Gracias, corazón… supongo.

Quince minutos después, me trence el cabello frente al tocador. Luego tome una cantidad pequeña de loción para el cuidado de la piel, colocándola en las manos y el rostro. También fue para camuflar las marcas de la almohada que tenía en la mejilla.

Una extraña sensación opresiva en la nuca hizo que me detuviera, gire la cabeza con rapidez hacia la puerta, pero no encontré nada raro, solo estábamos Kaira y yo en aquel departamento. Era imposible que hubiese otro con nosotras, a pesar de saberlo, se me revolvió el estómago con solo pensarlo.

—Qué tontería… —murmuré, dejando el envase sobre la mesa.

Prepare unas tostadas para el camino, me acomode el bolso en el hombro y salí del departamento todavía intentando despertar por completo. El aire frío de la mañana me golpeó el rostro apenas crucé la entrada del edificio.

El trayecto en auto sirvió para despejar los últimos rastros de sueño y, treinta minutos después, ya me encontraba estacionándome frente al campus de la universidad. El bullicio habitual de los estudiantes comenzaba a llenar el ambiente.

—¡Elenor! —escuché un grito a mis espaldas—. ¡Ya iba a darte por muerta!

—Perdón, perdón —respondí, girándome con una sonrisa de disculpa hacia Cloe—. Ayer el turno en el trabajo se alargó muchísimo.

Comenzamos a caminar juntas hacia las aulas. En el camino, sentí un súbito calor subir a mis mejillas al cruzarnos con una pareja que se devoraba a besos a un lado del camino; las manos de él se movían con tanta intensidad que resultaba incómodo mirar. Desvié la mirada al instante, aclarándome la garganta.

—Vaya… —murmuró Cloe, dándome un codazo juguetón—. Parece que la primavera se adelantó por aquí.

—Bueno, al menos alguien está teniendo un inicio de día emocionante —bromeé, apresurando un poco el paso.

—No te burles. Algún día yo tendré a alguien esperándome en la entrada con un ramo gigante de flores —aseguró, cruzándose de brazos con una sonrisa soñadora.

Sonreí, imaginándomelo. Sabía de sobra que Cloe no se conformaría con menos.

—Yo con menos drama me arreglo —comenté—. Me basta con que me miren como si fuera lo más bonito del mundo.

—Amiga, si no te mira así, lo dejamos en la calle a los cinco minutos —sentenció ella con total seriedad.

—Trato hecho.

Riendo por la ocurrencia, empujamos las grandes puertas de cristal y nos adentramos en el edificio de repostería. El cambio de ambiente fue instantáneo: el frío del exterior quedó atrás, reemplazado por un aroma cálido a mantequilla, vainilla y azúcar caramelizada que nos envolvió por completo. Siempre olía de esa forma a primera hora, con los hornos ya encendidos a toda marcha…

Antes de pisar las cocinas, pasamos por los vestidores para ponernos el uniforme de chef. Dejamos las mochilas en los casilleros, cambiamos la ropa de calle por las filipinas blancas impecables, nos recogimos el cabello con la redecilla que por poco no lograba contener algunos mechones rebeldes y nos atamos el mandil a la cintura. Una vez abrochados los botones y puestos los zapatos cerrados, entramos al taller principal.

Filas de mesas de acero inoxidable ocupaban casi todo el espacio. Algunas ya estaban cubiertas de harina; otras tenían mangas pasteleras o bandejas llenas de pruebas a medio terminar.

El profesor apareció poco después, posicionándose al frente del salón con una carpeta bajo el brazo. 

—Como ya saben, las prácticas de hoy decidirán qué postres serán seleccionados para la feria del sábado —anunció—. No quiero recetas bonitas. Quiero técnica, precisión y personalidad. Si alguien prueba su postre, debe recordarlo incluso después de irse.

Varias conversaciones murieron al instante.

—Tienen tres horas. Trabajen como si estuvieran en una cocina real. Porque, créanme, allá afuera nadie esperará a que reciban instrucciones. Aprendan a trabajar bajo presión o no logaran llegar tan lejos.

Algunos estudiantes rieron con nerviosismo. Otros comenzaron a moverse de inmediato.

Limpié la superficie de trabajo con un paño y desinfectante antes de organizar cada utensilio. No me gustaba improvisar a mitad de un servicio, así que preparé mi mise en place meticulosamente: mangas pasteleras, boquillas, espátulas, bandejas listas y el chocolate pesado al gramo.

Me enfoqué primero en la masa choux. Vertí el agua y la mantequilla en la cacerola, esperando el punto de ebullición exacto antes de volcar la harina de golpe. El brazo empezó a dolerme mientras removía la mezcla con la cuchara de madera sobre el fuego, trabajando el panade hasta que se despegó por completo de las paredes y formó una capa fina en el fondo.

A mi alrededor, la cocina era un hervidero de movimiento: el zumbido constante de las batidoras, el golpe sordo de las puertas de los hornos y el aroma cítrico de una tarta de limón flotando en el aire denso.

Tras dejar templar la masa para no cocinar los huevos, los fui incorporando uno a uno, vigilando que absorbiera cada adición hasta lograr esa textura lisa, brillante y en forma de “pico de pato” que garantizaba el éxito. Debía quedar lo bastante firme para mantener su estructura. Mientras la mezcla reposaba en la manga pastelera, adelanté el relleno y la cobertura. El chef siempre repetía que la uniformidad era la mitad de la nota, así que escudillé los éclairs sobre la bandeja cuidando el pulso, buscando que tuvieran el mismo largo y la separación perfecta. Directos al horno.

La masa debía inflarse, quedar hueca y dorarse sin una sola grieta. Me mantuve pegada a la mirilla, vigilando el volumen mientras el calor del salón aumentaba. Tras los primeros quince minutos de cocción fuerte, abrí un poco el tiro del horno para liberar el vapor, bajé la temperatura y dejé que se secaran por completo.

A unos metros de mí, el caos habitual del taller estalló: alguien dejó caer una bandeja, un estudiante maldijo en francés y otro discutía en voz alta porque su crema pastelera se había cortado. La cocina de la universidad siempre parecía sobrevivir al borde del desastre.

Aproveché los últimos minutos para templar el glaseado de chocolate. Una vez que los éclairs salieron y se enfriaron en la rejilla, los rellené con cuidado desde la base. Con la espátula pequeña, extendí el glaseado buscando una capa espejo, puliendo los bordes y retirando cualquier exceso antes de que el chocolate cristalizara.

El chef se acercó a mi estación de trabajo. Su silencio siempre imponía respeto. Examinó la bandeja sin tocarlos, juzgando a simple vista la simetría y el brillo del glaseado. Luego, tomó uno, lo cortó a la mitad con un cuchillo de sierra para evaluar el alveolado interior y probó un bocado.

Contuve la respiración, intentando ignorar el bullicio de la clase y el latido acelerado en mis oídos.

Él asintió levemente, anotando algo en su carpeta antes de mirarme.

—La estructura es correcta y el glaseado está impecable, Elenor —sentenció con tono firme pero aprobatorio—. Monta una presentación limpia y llévala al edificio de artes visuales; hoy colaboramos con ellos y los profesores evaluarán el maridaje en su evento de esta tarde. Espero este mismo nivel de excelencia el sábado. Buen trabajo.

—Sí, chef —una sonrisa apareció en mi rostro antes de que pudiera detenerla.

Él se alejó de inmediato hacia otra estación, donde el humo delataba que alguien estaba quemando el caramelo. Solté el aire que contenía en los pulmones, sintiendo cómo los hombros se me relajaban. Todo había salido perfecto. Ahora solo tenía que llevar las porciones listas al edificio de artes visuales.

—Bueno, cariño —Cloe chocó su hombro contra el mío de forma juguetona, interrumpiendo mis pensamientos—. Vamos a endulzarle el día a la gente de allá.

—Eso se nos da bien —respondí, devolviéndole el gesto mientras tomaba la bandeja de presentación.

Dejar atrás la densa presión de las cocinas fue como volver a respirar, pero el ambiente se transformó por completo al cruzar al edificio vecino. El aire aquí era distinto: más fresco, impregnado de ese aroma áspero y característico de la pintura al óleo, el toque húmedo de la arcilla y el rastro volátil del polvo de mármol. 

Los enormes ventanales filtraban una luz dorada y densa que cortaba el espacio de forma oblicua, haciendo brillar las motas que flotaban suspendidas sobre los lienzos y las mesas atestadas de espátulas y pinceles manchados de colores variados.

Avanzamos con cautela, equilibrando las bandejas, mientras mis ojos iban de una obra a otra. Había algo fascinante en el desorden del lugar; texturas rugosas de yeso secándose contra la pared, el brillo opaco del agua turbia en vasos donde reposaban herramientas olvidadas cubiertas por telas ligeras que jugaban con las sombras.

Sin embargo, toda esa distracción se evaporó cuando vi una escultura de arcilla al fondo del salón. Era un cráneo coronado, rodeado de rosas negras y tulipanes rosados que parecían brotar con una fuerza orgánica del propio barro endurecido. La delicadeza del trabajo era casi hipnótica, tanto que ni siquiera me di cuenta del momento en que Cloe me dejo atrás. 

Mi atención estaba en cada uno de los pétalos que presentaban grietas ínfimas y dobleces tan realistas que desafiaban la rigidez del material, e incluso la corona mostraba relieves diminutos, una filigrana imposible que exigía ser tocada. Transmitía una solemnidad pesada, gélida, y una punzada de algo extrañamente familiar me recorrió la nuca, tensándome los hombros.

—¡Elenor, ven aquí! —El grito de mi amiga disolvió el magnetismo del momento.

—En un minuto —respondí, parpadeando para sacudirme esa repentina rigidez antes de llegar hasta la mesa de catering. Con manos firmes, acomode mis éclairs junto a sus mont-blanc.

En cuanto terminamos, Cloe me tomó del brazo, jalándome hacia la salida mientras hilaba un monólogo interminable. No pude evitarlo; giré el rostro una última vez en dirección al fondo del taller. 

A unos pocos pasos de la pieza un chico de espaldas parecía estar terminando de trazar algo. Con un movimiento pausado, dejo reposando junto a las rosas de barro una pequeña tablilla de madera antes de dar un paso atrás sin darme la oportunidad de ver su rostro. La distancia y el movimiento me impidieron descifrar.

Cloe se detuvo en seco bloqueándome el paso.

—Por cierto, corazón. Te quedaste en pausa hace un segundo. ¿Te encuentras bien?

Trague saliva, guardándome las palabras. Sonaba ridículo confesar que una simple obra de arcilla me había golpeado con un déjà vu tan nítido y perturbador.

—Creo que ya sé que sucede. ¿Viste a ese chico? —insistió ella, alzando una ceja con una sonrisa cómplice. 

—¿A quién? ¿El de la escultura? —desvié la mirada hacia el campus con nerviosismo —. No mucho.

—Ay, aja. Aunque no vayas a admitirlo respóndeme una cosa —me apunto con el dedo, ampliando su sonrisa —. ¿Te interesa?

—No. Bueno… solo un poco.

—Es bastante atractivo—admitió con descaro —. Y esos tatuajes lo hacen ver todavía mejor. ¿Quieres saber de qué eran?

La miré de reojo.

—Espera, ¿cómo sabes que tiene tatuajes?

Cloe se llevó una mano al pecho.

—¿De qué hablas? Yo no he visto nada.

Rodé los ojos.

—Claro.

Ella soltó una risa y volvió a engancharse de mi brazo.

—¿Quieres saber qué decían o no? Porque si no me dejas contarlo voy a explotar.

—De acuerdo. Habla.

—Así se habla, hermana. Bueno, tenía uno en el dedo anular de la mano izquierda. Parecía un anillo con un pequeño tulipán en el centro. Y en el cuello llevaba otro que decía domitus.

—¿Tienes ojos de halcón o qué?

—Eso es otro tema que podemos discutir después. Dime, suena antiguo, ¿cierto?

—Si, a decir verdad, el idioma suena bastante antiguo. 

—¿Viste? Es raro que alguien se tatúe algo así hoy en día.

—Si lo hizo, seguro significa algo importante para él.

Cloe se encogió de hombros.

—También estaba muy concentrado. Ni siquiera creo que nos haya escuchado entrar.

Guardé silencio unos segundos, aunque la imagen de aquella escultura seguía clavada en mi cabeza.

—Lo estuve pensando así que dime… ¿te apetece un café?

—Acabas de cambiar de tema, pero no importa —respondió, con una sonrisa—. El chef mencionó que podíamos irnos después de entregar las muestras. Y yo jamás le diría que no a un buen café.

Salimos del edificio entre risas y el aire frío de febrero nos golpeó el rostro, disipando de golpe el calor de los hornos.

Al alejarnos del campus, la ciudad se abrió ante nosotras envuelta en un exceso casi ridículo de romanticismo. San Valentín se respiraba en cada esquina: las floristerías rebosaban de personas impacientes buscando arreglos de última hora, mientras que baladas de amor escapaban de las cafeterías y boutiques con las puertas abiertas. En las aceras, el ambiente era una postal andante. Las parejas caminaban tomadas de la mano, algunas familias llevaban a sus hijos al parque y, frente a la entrada del museo, un chico sostenía un ramo enorme de rosas mientras esperaba nervioso, mirando el reloj a cada momento.

Todo se reducía a una única razón.

El amor.

—Es un mal momento para admitir que estamos solteras, ¿cierto? —murmuró Cloe—. En estas fechas todo cuesta más si tienes pareja. Las ilusiones aumentan, pero no pagan la cuenta.

—Eso fue sorprendentemente profundo.

—Gracias, soy una poeta incomprendida.

Solté una pequeña risa.

—Quizá deberíamos resignarnos.

Cloe suspiró con dramatismo, fingiendo limpiarse una lágrima invisible.

Me resultaba irónico escucharla decir eso. Ambas habíamos nacido en París, la ciudad del amor. Y, aun así, todo aquello seguía pareciendo un cuento al que todavía no pertenecíamos. Uno hermoso. Cálido… Pero distante.

—Ver todo esto está empezando a hacerme sentir un poco sola —admitió.

—Siento lo mismo.

La alegría de los demás era contagiosa, casi mágica, pero un regusto amargo trepó por mi garganta. Una punzada pequeña e incómoda.

—Vámonos. Tal vez al otro lado de la calle encontremos algo menos empalagoso.

Cloe revisó su teléfono y su expresión cambió.

—Eli… dejemos la salida para mañana. Mi hermano va a traer a mi sobrina y tengo que cuidarla.

—No pasa nada. Saluda a la pequeña Nahia de mi parte.

—En serio lo siento. Te escribiré más tarde, ¿sí?

—Claro. Ve con cuidado.

Nos despedimos rápido, pero no tenía ganas de volver a casa de inmediato, así que entré al supermercado para perder un poco el tiempo y comprar un par de cosas. Cuando salí, el cielo ya se había teñido de un azul oscuro y profundo.

Busqué las llaves dentro del bolso mientras caminaba a paso rápido hacia el auto. El tintineo metálico resonó con demasiada fuerza en el silencio del estacionamiento, y un escalofrío repentino me recorrió la espalda. Apreté el llavero entre los dedos y aceleré el paso; la desconcertante sensación de que alguien avanzaba pisándome los talones me aplastó el pecho. Con las manos temblorosas, logré quitar el seguro de la puerta del conductor, entré de golpe, pasé el cierre centralizado y arranqué sin pensarlo dos veces.

Si alguien realmente me estaba siguiendo, lo primero que haría al llegar sería atrancar cada ventana del departamento. Revisar la cerradura dos veces. Tal vez tres.

Encendí la radio intentando ahogar los nervios, pero la música sonaba como un eco lejano. Mi respiración seguía siendo errática y acelerada. De pronto, la pantalla del teléfono iluminó el espejo retrovisor.

Papá.

Quise deslizar el dedo para responder, pero el miedo pegado a mi garganta me impidió articular palabra. Dejé sonar la llamada, paralizada, hasta que la pantalla volvió a oscurecerse.

Solo cuando por fin crucé el umbral y cerré la puerta del apartamento tras de mí, sentí que el aire regresaba a mis pulmones.

—¡Kaira! Ven aquí —llamé en un susurro.

La pequeña Cavalier apareció enseguida, trotando hacia mí. Pero al detenerse junto a mis piernas, dejó de mover la cola por completo. Olfateó el ambiente, tensa, y luego alzó la cabeza en dirección a la puerta de entrada, soltando un gruñido sordo y furioso que jamás le había escuchado. El lomo se le erizó por completo.

El terror me heló la sangre.

—Shh… guarda silencio —le supliqué.

La cargué en brazos y corrí hacia mi habitación. Le acaricié la cabeza en un intento desesperado por calmarla mientras cerraba la puerta del cuarto; el clic de la cerradura resonó como un disparo en el piso silencioso. Me desplomé contra el suelo, apoyando la espalda en la madera, y marqué el número de mi padre con dedos torpes.

Contestó al tercer tono.

«¿Elenor? Cariño, ¿estás bien? No sueles tardar tanto en responder, nos tenías preocupados»

—Sí… es solo que…

Un golpe seco y metálico resonó desde el otro extremo del departamento.

Me quedé inmóvil, conteniendo el aliento. Al otro lado de la línea, mi padre también lo oyó.

«¿Qué fue eso?»

Tragué saliva, obligándome a estabilizar la voz.

—No ha sido nada. Estoy bien. Quizá sean los vecinos nuevos, las paredes son muy delgadas.

«¿Quieres que vaya? Puedo estar allá antes de que te des cuenta. Solo dímelo, Elenor»

Negué con la cabeza, aunque él no pudiera verme, apretando a Kaira contra mi pecho.

—No. Quédate cuidando a mamá, por favor. Dale un abrazo de mi parte.

Su voz se suavizó, impregnada de esa calidez familiar que tanto necesitaba.

«Lo haré, mi niña. Pero si nos necesitas, una sola llamada y salgo para allá»

Sentí un nudo apretado en la garganta.

—Gracias, papá.

«De nada, cielo … estamos esperando tu visita, ¿de acuerdo?»

—Sí… Iré pronto. Lo prometo.

«Adiós, Eli. Te queremos»

—Adiós, yo también los quiero —suspiré.

Al colgar, la pantalla se apagó y la habitación volvió a quedar en penumbra. Bajé la mirada hacia Kaira; se había acurrucado y quedado dormida sobre mi regazo, como si el peligro se hubiera esfumado. Sin embargo, el frío del miedo seguía perfectamente instalado en mi pecho, bloqueándome el aire.

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