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Capítulo 4: Elenor 🩷

La anomalía del amor · por seshat_zu17 · 21 de julio de 2026

Apenas abandonamos el distrito de departamentos, el bullicio de la ciudad nos envolvió. Paris estaba decorado con luces brillantes y escaparates de tonos rojizos. En el aire frotaba esa fragancia típica de flores, comida recién hecha y perfumes.

Cloe me tomó del brazo y me arrastró hacia el distrito comercial. El peso de la preocupación empezó a aligerarse entre el tintineo de los percheros y el roce de las telas. No le tomo ni un segundo descolgar ropa por montones, entregándomela con una emoción demasiado intensa, tapándome la vista.

—Pruébate esto, te va a encantar —insistió, arrojándome un abrigo tres tallas más grandes y una bufanda de lana amarilla directo al probador.

—Cloe, parezco un minion gigante dentro de esto —proteste desde el otro lado, batallando con el exceso de tela.

—¡Sal de ahí y déjame ver!

Al descorrer la cortina, ver mi propio reflejo ridículo en el espejo y la satisfacción de mi amiga me arrancó una carcajada limpia, la primera en días. Salimos de las tiendas cargando un par de bolsas, con las manos frías pero el ánimo extrañamente renovado.

Me ajusté las solapas del abrigo y me acomodé la bufanda antes de dar los primeros pasos por la acera. Me miré de reojo en el reflejo de una vitrina cercana; me sentía extraña con ropa tan abrigada, pero al menos el atuendo me ayudaba a mimetizarme entre la multitud.

Di un paso al frente, lista para avanzar, pero ella se detuvo en seco a mitad de la calle, apartando la vista del celular por un instante.

—Elenor, dame un minuto —me pidió, alzando una mano.

Me quedé a su lado mientras miraba de nuevo la pantalla. La expresión de su rostro cambio de inmediato.

—Mi hermano acaba de escribirme —comentó Cloe, guardando el teléfono en el bolsillo—. Dice que nos verá directamente en la Torre Eiffel. Prefiere que nos movamos por zonas donde haya mucha gente.

—Está bien. Es lo mejor.

—No creo que ese imbécil se atreva a intentar nada durante el festival —añadió, queriendo sonar convincente.

No respondí enseguida. El silencio pareció flotar un momento entre las dos, cargado del mismo temor que habíamos dejado atrás, como si arrastráramos la tensión del ambiente en cada paso.

—No le des más vueltas hoy —continuó Cloe mientras me miraba con fijeza—. Vamos a intentar distraernos, aunque sea solo por unas horas.

El olor a mantequilla y ajo de un pequeño bistró nos desvió del camino. Nos sentamos en una mesa diminuta de la terraza, casi pegadas a la acera, compartiendo un plato de pasta humeante. 

—Tienes que probar esto antes de que me lo coma todo —cometo, extendiendo su tenedor hacia mi—. De verdad, el chef de este lugar merece un premio.

Entre bocado y bocado, Cloe empezó a imitar el acento exagerado del camarero y a recordar una vieja anécdota de la universidad. Por un momento, el nudo de mi estómago se soltó por completo; el sabor de la comida era real, las risas eran reales, y la paranoia pareció quedar suspendida en algún lugar lejano.

Al terminar, decidimos caminar hacia parque cercano al río para estirar las piernas. El cansancio de las compras nos hizo buscar un lugar donde descansar, así que nos sentamos en una banca de hierro que daba hacia el paseo peatonal, justo debajo de una farola que acababa de encenderse. A un lado, el agua reflejaba las estrellas y las luces de la ciudad como si fueran pedazos rotos de oro flotando en la corriente. Todo se veía demasiado idílico, demasiado pacifico para que el miedo tuviera cabida. Y entonces, la tranquilidad de la noche se evaporo.  

Un escalofrío helado me recorrió la nuca, esa familiar sensación de tener unos ojos clavados en mí. Dejé de escuchar las palabras de Cloe. Alcé la vista, barriendo la acera opuesta del puente entre la marea de turistas que caminaban despacio.

Allí, junto a la base de una farola apagada, una silueta destacaba por su inmovilidad. No llevaba bolsas, no miraba el paisaje, no avanzaba. Tenía la cabeza ligeramente ladeada en un ángulo que me hizo perder el aliento. La iluminación mortecina me borraba las facciones exactas de su rostro, pero la postura, la caída de los hombros y esa fijeza implacable eran inconfundibles.

Era él. El estómago se me vino abajo.

El aire se atoró en mi garganta.

—Cloe.

Ella volteó enseguida.

—¿Qué pasa?

Aparté la mirada rápidamente, clavándola en mis propios zapatos para obligarme a respirar y evitar que él notara que lo había descubierto.

—¿A qué hora llega tu hermano?

—Ya casi está en la Torre, creo.

—Quiero que vayas con él.

—¿Qué? —Cloe frunció el entrecejo.

—Ve primero. Yo voy enseguida.

—Ni loca voy a dejarte sola ahora mismo.

Le agarré la mano antes de que terminara de hablar. El crujido de mis propios nudillos delato la fuerza con la que aprete. 

—Por favor.

Ella me miró en silencio, analizándome, y creo que la urgencia en mis ojos la hizo entender porque dejo de discutir.

—Elenor…

—Solo quiero comprarte algo antes de encontrarnos allá —la excusa sonó hueca, temblorosa en mis propios oídos. 

—Está bien. Pero me escribes apenas salgas de donde sea que entres.

Asentí.

La vi alejarse entre la multitud hasta desaparecer. En cuanto me quede sola, el sonido de los autos y las conversaciones de la calle se volvió extraño, lejano, como si estuviera atrapada debajo del agua.

Gire la cabeza hacia la farola del otro lado, buscando confirmar su posición, pero el espacio junto a la base del poste estaba vacío. Ya no estaba allí. El corazón me dio un vuelco violento: si no estaba ahí, significaba que ya se había movido hacia acá.

El pánico me espoleo las piernas. Me levante de la banca, respire hondo y empecé a caminar a paso rápido, casi trotando, sin un rumbo fijo, devorando la acera mientras miraba de reojo a cada persona que se cruzaba en mi camino.

La fachada de madera oscura de una librería apareció a mi derecha casi por accidente. Empuje la puerta con el hombro, buscando un escondite. El olor a papel viejo y café me golpeo la cara apenas entre. En cualquier otro momento me habría resultado reconfortante, pero ahora la densidad del aire me revolvió el estómago. 

La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave, pero el sonido resonó en mis oídos como un disparo, tensándome la espalda. Mire alrededor de la estancia: los estantes eran altísimos, alineados como muros pesados que amenazaban con cerrarme el paso. Apenas había tres o cuatro personas dispersas en los pasillos, sumergidas en sus lecturas o pegadas a las pantallas de sus teléfonos. 

“Quédate tranquila” me repetí en un eco mental que no lograba estabilizar los latidos en mi pecho.

Intente convencerme de que solo necesitaba ocultarme unos minutos. Eso era todo. Solo unos minutos.

Así fue hasta que escuche una voz a mis espaldas.

—No te vayas.

El frío me recorrió los brazos y mi cuerpo dejó de responder por un segundo.

—Me molesta cuando finges que no sabes que estoy aquí.

No quería girarme. No quería comprobar que era él.

Me acerqué rápido a la empleada, pero la mujer detrás del mostrador apenas levantó la vista.

—Por favor… —mi voz salió demasiado baja—. Él —Sentí una mano en mi cintura.

Mis palabras murieron ahí mismo.

—Cariño, no hagas escenas —habló entre dientes, pegándose a mi espalda

Ella volvió a bajar la mirada. Como si no quisiera involucrarse. Como si de verdad creyera que éramos algo.

No. No, no, no.

Intenté apartarme, pero me sujetó más fuerte.

—No es lo que usted cree —declaré, mirando a la mujer—. Por favor-

—Cálmate —murmuró, cerca de mi oído—. Nadie va a ayudarte.

Sentí ganas de vomitar cuando me agarró de la mano, arrastrándome entre los estantes.

—Suélteme —mi voz se quebró de forma horrible.

—En la cafetería fingías algo distinto.

—Déjeme ir.

Intenté soltarme, pero él me empujó contra una estantería. El golpe me hizo ver puntos blancos un segundo. Antes de poder reaccionar, me agarró del cabello y me obligó a levantar la cara.

—Así me gusta más.

El miedo me dejó paralizada, haciéndome imposible pensar bien. Solo quería salir. Huir de ese lugar, de mi cuerpo. Solo para no regresar jamás. Pero en el momento en el que metió la mano bajo mi camisa todo eso se desvaneció. Comencé a forcejear, empujándolo como pude, pero él atrapó una de mis piernas con la suya.

—Quieta —Su mano bajó lentamente por mi pierna y el asco me subió directo a la garganta.

Le golpeé la entrepierna con la rodilla tan fuerte como pude. Soltó un sonido ahogado y retrocedió maldiciendo por lo bajo.

Intenté correr, pero la bofetada que me dio poco después me hizo girar la cara de golpe. El zumbido en mi oído fue inmediato. Me llevé una mano al labio y la sangre manchó mis dedos.

Volvió a acercarse, más furioso ahora. Sus dedos rozaron mi boca y algo dentro de mí terminó de romperse. No iba a dejar que hiciera lo que quisiera conmigo… sentí cómo la ansiedad comenzaba a extenderse por mi pecho. No quería estar allí. No quería que me tocara. Volví a intentar liberarme, esta vez con más fuerza.

Mi corazón latía tan rápido que apenas podía escuchar otra cosa. Por un instante, el miedo desplazó cualquier otro pensamiento. Todo se volvió confuso: la sensación de estar atrapada, la certeza de que mis palabras no estaban funcionando. Y reaccioné; inclinándome hacia adelante y mordí su mano con toda la fuerza que pude reunir.

Sentí la resistencia de la piel bajo mis dientes y apreté más, impulsada por el pánico y la necesidad desesperada de que me dejara ir.

Apartó la mano de golpe. Retrocedió con una exclamación ahogada, mirando la marca que comenzaba a formarse sobre su mano, pero yo apenas podía prestarle atención. Todavía sentía el recuerdo de sus dedos en mi mejilla, como si la presión siguiera allí.

Me alejé varios pasos sin quitarle la vista de encima, luego recorrí los estantes desesperada, encontrándome con un libro grueso de tapa dura. Lo agarré sin pensar y justo cuando lo sostuve… escuché una voz grave muy cerca de mi oído. Una que no reconocí.

Me congelé, pero no me quedaba mucho tiempo. Golpeé su cabeza con él y un hilo de sangre empezó a bajar por su frente.

El libro se quedó suspendido en el aire, rodeado de una luz azulada que emergió de entre las páginas. Una que parecía tener vida propia. Como si algo respirara del otro lado del papel.

Retrocedí tambaleándome.

Una mano enguantada salió de entre las páginas y lo agarró del cuello violentamente. El hombre pataleó. Arañó la mano intentando soltarse, sin embargo, los dedos se hundieron más en su cuello mientras las páginas se lo tragaban.

—¡¿Qué mierda!? —su voz se cortó de golpe, después desapareció.

El libro cayó al suelo cerrándose con un golpe pesado. El silencio que quedó después fue horrible. Yo seguía sin moverme, escuchando mi propia respiración rota. La sangre seguía bajando desde mi labio.

No entendía qué acababa de pasar. No entendía nada. Pero él ya no estaba. Y esa fue la primera vez, desde hacía días, que pude respirar al menos un poco sin sentir que algo me aplastaba el pecho.

 

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