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Capítulo 1: Elenor 🩷

La anomalía del amor · por seshat_zu17 · 19 de julio de 2026

La universidad estaba más ruidosa de lo habitual. Corazones de papel, cupidos torpemente recortados y guirnaldas de flores colgaban de las paredes, balanceándose cada vez que una carcajada atravesaba los pasillos. El aire olía a perfume dulce, café recién hecho y azúcar glas; una mezcla empalagosa que anunciaba San Valentín incluso antes de mirar los decorados.

Me detuve frente a la pizarra de anuncios, observando el cartel de la feria de repostería y artes. Las letras rojas estaban rodeadas de pequeños dibujos de fresas con cintas doradas. Abrí la libreta de apuntes y empecé a escribir las ideas que se acumulaban en mi cabeza.

Éclairs rellenos de chocolate. Hojaldres de vainilla. Macarrons de fresa. Mont–Blanc. Soufflé de chocolate. Crème Brûlée.

La punta del bolígrafo se deslizó demasiado rápido en la última palabra. La tinta se corrió, dejando un trazo rosado que manchó la página justo cuando alguien chocó con mi hombro. 

La frustración me subió por el pecho con la rapidez de una chispa. Cerré los ojos un instante, apretando el bolígrafo entre los dedos mientras el murmullo del pasillo parecía hacerse todavía más insoportable.

Cerré la libreta de golpe, guardándola dentro del bolso con más fuerza de la necesaria. El sonido seco de la cubierta al cerrarse apenas logró calmar el fastidio que me quemaba la garganta.

Me giré, lista para reclamarle al causante, pero la luz del sol atravesaba los ventanales del pasillo de lleno. El resplandor cayó detrás de la figura, envolviéndola en un halo dorado que me obligó a entrecerrar los ojos. Durante un instante, todo lo que pude distinguir fue una silueta alta y oscura recortada contra la claridad, como si las sombras se aferraran deliberadamente a su rostro para ocultarlo.

El bullicio alrededor continuó —risas, pasos apresurados, el crujido de bolsas de papel—, pero por alguna razón aquella figura parecía aislada del resto del mundo, quieta en medio del caos. Y eso solo consiguió irritarme más.

Respiré hondo, tratando de calmarme. No puedo dejar que algo tan pequeño me afecte. Después de todo, puedo arrancar la página más tarde y volver a escribirlas en otra limpia. No era el fin del mundo. 

—Perdón. No te vi —respondió.

—Está bien, solo ten más cuidado la próxima vez.

Él ajustó las herramientas de tallado que tenía bajo el brazo y cerró mejor la carpeta de bocetos.

—Lo tendré— asintió, dando media vuelta y perdiéndose entre el flujo de estudiantes.

Me quedé inmóvil durante unos minutos, mirando mi mano aún cerrada alrededor del bolso. 

Una sensación ominosa me erizó la piel antes de que unas manos cubrieran mis ojos.

—¿Quién soy? —canturreó junto a mi oído.

Solté un suspiro apenas audible.

—Déjame adivinar… ¿Cloe?

Las manos se apartaron de inmediato.

—¡Oye! Eso fue demasiado rápido. Se supone que debías equivocarte al menos una vez.

—Perdón, pero sigue siendo divertido —señale el cartel —. ¿Lo viste?

—¿La feria? Si, pero estoy pensando en algo mejor que estar todo el día oliendo a azúcar glas.

—¿Cómo qué?

—¡Día de chicas! Tengo todo planeado, ver películas, chismear, hacer galletas e incluso masajes.

—Me encantaría, pero…

—No. Me niego. No lo digas —Cloe apartó la vista, negando con los brazos cruzados, fingiendo indignación.

—Tengo que trabajar en la semana.

—¡Elenor! No puedes hacerme esto, hace tiempo no salimos —me reprocho, alzando una ceja.

Junté las palmas de las manos e incliné un poco la cabeza, en un intento silencioso de pedir disculpas.

—Lo siento.

—Bien… pero me debes unas donas.

—Te daré todas las que quieras.

Bajé la mirada hacia mi reloj. Las manecillas marcaban las 4:00 en punto.

—Hablando de trabajo, tengo que irme. No puedo llegar tarde.

—No olvides mis dulces.

—No lo haré. Nos vemos mañana.

Me despedí de Cloe con un gesto de la mano y bajé las escaleras apresurando el paso.

El bullicio se fue quedando atrás, reemplazado por el ruido distante de autos y el murmullo de la brisa fría de la tarde. El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados cuando llegué al estacionamiento.

Apenas entre al auto, subí la radio más de lo necesario, intentando ahogar el ruido de las bocinas y los gritos que se mezclaban afuera. El tráfico volvió a detenerse una vez que crucé la avenida principal.

—¡No se metan en el medio, van a provocar un accidente! —gritó una señora desde el auto de al lado, golpeando el volante con frustración.

Cambié la canción por otra todavía más escandalosa, como si el volumen pudiera aplastar la presión que sentía acumulándose en mi pecho. Seguí golpeando el volante sin ritmo fijo.

Quince minutos después, estacioné frente a la cafetería. Respiré hondo antes de entrar, forzando una sonrisa pequeña. Nadie quiere que le sirvan café con cara de tragedia.

Cuando crucé la puerta, el calor y el murmullo del local me envolvieron de inmediato. El aroma a café recién molido, vainilla y pan horneado era tan intenso que casi lograba ocultar el cansancio. Casi.

—¡Elenor, gracias al cielo! —Estela apareció desde la barra con el cabello algo desordenado y una bandeja entre las manos—. Esto ha sido una locura desde hace horas.

Miré alrededor. Las mesas estaban llenas, las cajas de regalo se acumulaban cerca del mostrador y varias parejas reían mientras compartían postres. Algunas personas tomaban fotos; otras discutían por pedidos atrasados.

—Déjame dejar mis cosas y salgo enseguida.

Me recogí el cabello, me puse el delantal y respiré hondo una vez más antes de volver a la barra. Una bandeja estuvo a punto de resbalarse apenas salí.

—¡Cuidado!

La sostuve antes de que cayera al suelo.

—Te debo la vida —murmuró Estela, soltando una risa nerviosa.

No respondí. Honestamente, yo también necesitaba este trabajo más de lo que quería admitir.

La subgerente salió de la cocina revisando una libreta repleta de anotaciones.

—Mesa tres sigue esperando. La cinco quiere cambiar el latte. Y alguien reponga el azúcar antes de que vuelvan a quejarse.

Su voz atravesaba el ruido incluso por encima de la máquina de café.

—¿Qué mesa tomo? —pregunté, acomodando unas tazas.

—La cuatro y la seis. Y por favor salva la siete antes de que nos dejen una reseña horrible.

Las órdenes comenzaron a acumularse una detrás de otra.

—¿Puede salir rápido?

Claro. Porque aparentemente éramos magos escondidos detrás de una barra de café.

Entré y salí de la cocina tantas veces que terminé perdiendo la cuenta. El calor comenzaba a pegarme el cabello a la frente, pero seguía sonriendo igual.

—La siete pidió un latte de vainilla con pastel de chocolate —recordó la subgerente, esta vez mirándome directamente.

Asentí y preparé el café con cuidado, intentando que al menos la espuma quedara perfecta. Necesitaba que algo saliera bien hoy.

Coloqué el pedido sobre la bandeja y me acerqué a la mesa.

El hombre levantó la vista apenas llegué, como si hubiera notado mi presencia desde antes.

—Aquí tiene.

—Gracias —su voz era tranquila, demasiado tranquila en comparación con el ruido alrededor.

—Debe ser agotador trabajar aquí en estas fechas —comentó después de unos segundos, observando el local antes de volver la mirada hacia mí.

—Un poco —respondí con una sonrisa educada—, pero ya estamos acostumbrados.

—Aun así… lo manejas bastante bien.

No supe qué responder de inmediato. Había algo extraño en la forma en que sostenía la mirada; no era descarado, pero sí demasiado fijo.

Coloqué la taza frente a él. Sus dedos rozaron los míos apenas un instante al tomarla. Fue mínimo, pero, aun así, sentí un escalofrío incómodo subir por mi nuca.

—Tiene un ambiente agradable aquí —opinó, sin dejar de verme —. Aunque supongo que algunas personas destacan más que otras.

—Disculpe… debo seguir trabajando —di un paso atrás, acomodándome el delantal.

Él sonrió. Una sonrisa pequeña que no alcanzó sus ojos. Y cuando me alejé de la mesa, tuve la incómoda sensación de que seguía observándome entre todo el ruido y las luces cálidas de la cafetería.

Pasaron varias horas entre pedidos atrasados y estrés extremo hasta que el sol fue reemplazado por la luna.

—Elenor, puedes irte. Me encargaré de cerrar—informó la subgerente esta vez, con menos dureza.

—Nos vemos —asentí con una sonrisa cansada.

Tomé mis cosas del cuarto de descanso y salí arrastrando los pies hasta el estacionamiento.

Me dejé caer en el asiento del conductor. El silencio dentro del auto se sintió casi irreal después de tantas horas escuchando máquinas de café, platos chocando y clientes hablando al mismo tiempo.

—Necesito vacaciones… —murmuré, apoyando la cabeza contra el asiento—. O una dona gigante y tres días enteros de sueño.

Le di un vistazo a mi reloj; ya eran las 2:00 am, la probabilidad de que quedara alguna tienda abierta era mínima.

Me resigne. Acomode el espejo retrovisor, encendí el auto y me mire en el reflejo. Me pase la mano por el rostro, deteniéndome un segundo en las profundas ojeras y en ese cansancio pesado que se me había pegado al cuerpo antes de arrancar.

Las farolas iluminaban las calles húmedas de París mientras avanzaba entre los autos. El tráfico seguía lento, aunque mucho menos caótico que en la tarde. La lluvia reciente había dejado reflejos dorados sobre el asfalto y pequeñas gotas deslizándose por las ventanas.

Apreté un poco más el volante, solo unos cuantos semáforos más y podría tirarme en la cama para no moverme nunca más.

Minutos después, estacioné frente al edificio y subí las escaleras arrastrando los pies al mismo tiempo en que buscaba las llaves dentro del bolso.

—¡Kaira, llegué! —solté la mochila en el suelo, arrodillándome antes de que llegara.

El sonido de patitas rápidas resonó enseguida por el pasillo. Un ladrido emocionado, luego otro todavía más fuerte acompañado del tintinear de su placa.

Kaira se lanzó sobre mí, lamiéndome las mejillas como si hubiera estado fuera durante meses.

La levanté entre mis brazos y escondió la nariz fría en mi cuello.

—Mi pequeña niña…

Le serví sus croquetas y me quedé observándola comer feliz, moviendo la cola como si el mundo fuera simple. Como si la vida se resumiera en comida, cariño y alguien esperándote al final del día. Ojalá pudiera vivir así.

Me quité los zapatos apenas entré a la habitación. Dejé la ropa sobre la silla, soltándome el cabello, que cayó pesado sobre mis hombros.

El vapor caliente del baño me envolvió poco después, llevándose poco a poco el olor a café. El silencio del apartamento resultaba extrañamente reconfortante después del caos de la cafetería.

Cuando salí, me puse la ropa de dormir y me dejé caer sobre la cama, mirando las pequeñas luces en forma de estrellas pegadas al techo. La habitación permanecía oscura y tranquila. 

Las gotas de lluvia golpeaban el cristal de las ventanas, pero Kaira dormía con la barriga hacia arriba con total despreocupación, pareciendo una pequeña nutria marina. El olor a tierra húmeda llenó el cuarto poco después, haciendo que todo se sintiera cálido, aflojando mi cuerpo hasta que el sueño al fin me arrastró con él.

 

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