Las ramas desnudas de un árbol arañaban la ventana con violencia, como si algo del exterior quisiera entrar en la estancia donde Viktoria yacía inmóvil. El viento desbocado azotaba la noche mientras la tormenta se derramaba sin misericordia sobre el techo. En la penumbra, el goteo obstinado de una filtración marcaba el paso del tiempo desde un rincón olvidado del aposento. A través de los muros empapados se colaba el que Viktoria creía, era el ronquido profundo del Sacerdote; un gruñido pesado y animal que la sacudía justo cuando estaba a punto de rendirse al sueño.
Suspiró con desaliento y arrastró una almohada sobre su cabeza, queriendo sepultar con ella el mundo. La presión contra sus oídos no logró sofocar el ruido que la rodeaba. Llevaba horas intentando dormir en aquel entorno hostil, saturado de sonidos que no concedían tregua. El alcohol, ya casi extinguido de su sangre, la había abandonado sin piedad y en su retirada dejó una garganta abrasada y unos labios cuarteados, resecos, suplicantes de agua.
Se incorporó gimoteando con esfuerzo y un dolor proundo en la nuca la hizo vacilar. Avanzó con pasos cautelosos, el rostro contraído en una mueca silenciosa, procurando no despertar el quejido de la madera antigua bajo sus pies. Cada tabla parecía al acecho, dispuesta a delatarla.
La jaqueca y la sed se evaporaron de golpe cuando sus dedos giraron la perilla del cuarto y la puerta se negó a ceder. No estaba atascada: estaba cerrada con llave desde el exterior.
Una risa breve y seca, sin humor alguno, se le escapó entre los labios agrietados.
—Que se jodan.
Golpeó la madera con el puño, cada nuevo impacto que daba estaba más cargado de rabia que el anterior.
—¡Hey! —gritó—. ¡Estoy atrapada! ¡Me encerraron aquí!
El sonido rebotó en el pasillo, sin respuesta.
—¿Cómo no se dieron cuenta que estaba en esta habitación? —añadió con la voz ya quebrada por la furia—. ¡Despierten, maldita sea!
Nadie acudió. La única contestación fue el ronquido profundo del Sacerdote filtrándose desde la otra estancia; denso, grotesco, parecía burlarse de ella.
Viktoria apoyó la frente contra la puerta, moviendo su pie izquierdo de arriba abajo, inquieto. El frío de la madera se le clavó en la piel, pero no intentó apartarse.
—Mierda, tengo sed.
Cerró los ojos con fuerza en medio de la oscuridad de esa habitación desconocida, fría y con un olor terroso y rancio que evidenciaba la humedad apoderándose del espacio. ¿Qué estaba haciendo allí? Todo gracias a que la subestimaban, la dejaban de lado, la aislaban de las situaciones importantes.
Una presión súbita en el pecho la sorprendió, un nudo que le ascendió por la garganta. Sintió el ardor familiar detrás de los ojos y se tensó de inmediato, ordenando a su propio cuerpo a detenerse.
«No ahora...»
Las lágrimas ignoraron su petición, brotando torpes y espesas. Traicioneras se deslizaban por su rostro antes de que pudiera comprenderlas. Un sollozo breve se le escapó del vientre, hondo. Escucharse así fue lo que terminó de quebrarla. Se dejó caer al suelo arrastrando la espalda por la madera, hasta quedar acurrucada junto a la puerta cerrada. Las rodillas contra el pecho, se rodeaba con los brazos como si intentara impedir que algo dentro de ella se desbordara.
—Estúpida... —murmuró apretando los dientes.
Era Doctora. Había pasado años observando grietas ajenas, diagnosticando síntomas. Sin embargo, allí encerrada, no lograba analizarse. No, simplemente no quería hacerlo pues sabía lo que encontraría.
Siempre al margen de casos importantes. Útil, pero no indispensable. Valorada, pero no lo suficiente, no lo que ella creía que merecía. ¿De verdad lo valía?
—No soy invisible...—se susurró intentando calmarse—. No lo soy.
El llanto volvió a crecer más fuerte y descontrolado, la sacudía desde el vientre, expulsando una cólera que llevaba años contenida. Esa puerta cerrada, en su interior, le recordó las veces que se le había negado el derecho a ser vista, escuchada y respetada. Ya había aceptado demasiadas puertas cerradas antes de esta.
Su mirada se dirigió a la ventana donde la lluvia golpeaba sin clemencia. Se enjugó las lágrimas con los dedos y se levantó con fuerza al divisar una salida alternativa. Entonces empujó la ventana, la madera crujió con un quejido bajo sus manos y, al instante siguiente, la noche la devoró.
La lluvia la golpeó de lleno, frenética, helada en la piel, empapándole el cabello y la ropa en segundos. El agua le corrió por el rostro, por la espalda, y sin embargo, no se estremeció como había esperado. El llanto reciente le había dejado el cuerpo encendido, una tibieza que persistía bajo su piel.
Pensó que la lluvia le vendría bien a sus labios secos y sonrió con ironía. Cayó al suelo exterior con torpeza, hundiendo los pies en el barro, y avanzó hacia la entrada principal sorteando charcos y raíces. Probó la puerta pero estaba cerrada. Soltó una risa breve.
—Todo esto... por un vaso de agua—murmuró, pasándose la lengua por los labios.
Ya rendida, levantó el rostro hacia el cielo oscuro y abrió la boca, dejando que la lluvia le mojara la lengua, que le resbalara por la garganta seca. Bebió así, como un animal, sin vergüenza.
Al volver pasó frente a la ventana de cuarto donde dormía el Sacerdote. Dudó apenas un segundo y luego golpeó la madera con los nudillos.
—¡Padre! —llamó—. ¡Necesito que me abra!
No hubo respuesta, por lo que golpeó otra vez, más fuerte. Otra vez sin resultados, se decidió a abrir un poco la ventana. En ese instante un relámpago rasgó el cielo y la luz blanca inundó el interior de la habitación por un segundo. Estaba vacío. La cama intacta, ninguna sombra moviéndose, ningún cuerpo respirando en la penumbra.
El estómago se le contrajo y retrocedió un paso. Empapada, con el corazón golpeándole las costillas, pensó en el ronquido. Ese sonido profundo que la había acompañado toda la noche. Su mente lógica reaccionó rápido, descartando cualquier alternativa de otro mundo. Quizás era otro miembro de la casa, el sonido de una habitación más lejana que viajaba por los muros. Quizás estaba exagerando.
Pero entonces, ¿dónde estaba el Sacerdote? Ni siquiera sabía su nombre, pensó preguntárselo por la mañana y de momento, sólo preocuparse por encontrarlo. Rodeó la casa, asomándose a la pequeña ventana que daba a la sala. Oscuridad, ninguna figura reconocible o eso creía ya que la noche no le permitía asegurarlo.
«El establo».
Una idea absurda, no tendría por qué estar allí, pero ya había revisado todo lo demás. A pesar de que su mente le decía que probablemente el hombre se encontraba en el baño, sus pies descalzos la encaminaron hacia el establo. Cuando llegó, se detuvo en seco.
Los caballos no estaban, ninguno. Las riendas colgaban sueltas, inútiles y la carroza estaba destrozada. La madera partida, las ruedas torcidas, como si alguien se hubiera desquitado con ella. El miedo le subió por la espalda.
En medio del caos, de pie, estaba el Sacerdote. Empapado, serio, lanzando agua bendita en amplios gestos, murmurando oraciones en voz alta que se perdían entre la lluvia.
—¡¿Qué demonios pasó aquí?! —gritó Viktoria, avanzando hacia él, la rabia se le mezclaba con la confusión—. ¡¿Qué paso con los caballos?! ¡¿Y la carroza?!
El Sacerdote alzó la vista. Cuando sus ojos se encontraron le sonrió con calma, esperando tranquilizarla.
—No quiere que lleguemos al pueblo —dijo con serenidad.
Viktoria soltó una carcajada incrédula, cargada de cansancio.
—¿O no será que usted no quiere ir a trabajar? —replicó—. ¿O es sonámbulo y decidió destruir todo en la noche?
El hombre rio suavemente, como si la ocurrencia le divirtiera de verdad.
—¿Tú estás bien? —preguntó—. ¿No has sentido nada... visto algo?
—Estoy bien —respondió ella con brusquedad —. Sólo tenía sed. Pero mi puerta estaba cerrada con llave, así que salí por la ventana.
El Sacerdote la miró con una sonrisa ladeada.
—Eso es muy propio de ti —comentó—. Pero ten cuidado, no vayas a resfriarte.
Suspiró mirando los restos de la carroza.
—Mañana tendremos que pedir otros caballos... y otro carruaje... el dinero...—El hombre hizo una mueca y se pasó los dedos por el cabello canoso.
—Quizás no los dejaron bien amarrados— aventuró Viktoria—. El chófer y los adolescentes, tal vez unos ladrones...
El Sacerdote se crispó apenas y la miró con atención.
—¿Los adolescentes?
Sonrió, pero algo en esa sonrisa se torció, casi travieso, haciéndolo parecer más joven de lo que ella recordaba.
—¿Lo has visto? Al menor de ellos, piel morena como tú, ojos carmesíes, cabello oscuro...
Viktoria sintió un estremecimiento involuntario.
—Sí... —admitió—. Lo vi.
—Él no es un niño Viktoria—dijo el Sacerdote con suavidad—. Es Lucifer. Se presentó ante ti y ante mí. El chófer y la familia no lo vieron, sólo nosotros.
Viktoria no le creyó. El mismo niño la había llevado a esa habitación, decir que era el demonio era delirante. Pero no discutió.
El Sacerdote le pidió que no volviera a esa pieza, que se quedara en la suya, él permanecería en el establo. Tenía que terminar algo, pero que estuviera tranquila; donde él dormía nada iba a ocurrir.
—Duerme un poco, mañana debemos partir sin excusas. Te necesito con energía.
Viktoria asintió. Estaba fatigada y el calor la abandonaba de a poco. Necesitaba dormir.
De regreso pensó en volver a su habitación, pero recordó lo incómoda que se sentía y lo descartó de inmediato. Entró por la ventana del Sacerdote y, mientras lo hacía, pensó si él también habría salido por allí, ya que la puerta principal seguía cerrada con llave. La imagen del Padre escapando por la ventana como un adolescente la hizo sonreír.
«Malditos ladrones», pensó. «No descansan ni en medio de una tormenta».
Se quitó la ropa húmeda, se acurrucó entre las sábanas y, por primera vez en horas, durmió.
Por la mañana la despertaron unos gritos desesperados. Julie, la dueña de casa, gritaba horrorizada. Viktoria salió corriendo y la encontró en el suelo, señalando la habitación donde ella había intentado dormir en un principio. La puerta estaba abierta, cubierta de tajos, como si alguien la hubiera destrozado con unas enormes garras.
Entró, las manos y las piernas le temblaban y su respiración se le volvió errática.
Dentro todo estaba destruido. La cama, los muebles, las paredes. En el suelo un hacha... y en el rincón, donde descansaba una cruz, Gustave estaba completamente desnudo, golpeando su cabeza contra el muro una y otra vez, con una fuerza brutal. La sangre le recorría todo el rostro, era irreconocible. De su interior emergía un gruñido profundo, animal.
«El mismo sonido...».
El que no la había dejado dormir.
✟
—¡Padre!
El joven de ojos grises pasó desesperado junto a Viktoria, directo hacia Gustave.
—¡Padre...! —gritó mientras lo sujetaba con fuerza por los hombros—. ¿Qué ha ocurrido...?
El hombre permanecía inmóvil, con el rostro vacío. Su mirada vagaba por la habitación como la de alguien arrancado de un sueño demasiado profundo, incapaz de comprender la escena que lo rodeaba.
—Yo... —balbuceó—. Yo no sé...
Viktoria observaba desde el umbral. No podía pensar en otra cosa que no fuera el hecho de haberse salvado de la muerte. Si aquella noche no hubiera salido por la ventana, si no se hubiese cruzado con el Sacerdote quien amablemente le ofreció su habitación... quizás no estaría allí para contarlo. Tragó saliva. Se dio media vuelta, tomó la mano de Julie y la arrastró por el pasillo hasta la sala.
—¿Su esposo es sonámbulo? —preguntó, intentando contener la rabia que le ardía en el pecho.
Julie temblaba. Las lágrimas aún surcaban sus mejillas.
—No... esto nunca había ocurrido—murmuró sin levantar la vista.
—Está consciente de que pudo haberme pasado algo terrible, ¿verdad? —Viktoria no pudo evitar apretar la mano de Julie tras pronunciar aquellas palabras. El miedo, la vulnerabilidad... eran estados que no sabía tolerar.
Un quejido ahogado escapó de los labios de Julie. Viktoria soltó su mano al darse cuenta de que la estaba lastimando.
—Lo siento, yo... —se llevó las manos a la cabeza y comenzó a caminar en círculos por la sala. Estaba al borde del colapso—. Su marido, ¿padece alguna condición? ¿Alguna enfermedad?
Julie la miró apenas un segundo antes de bajar nuevamente la mirada.
—No que yo sepa... Esto me sorprendió tanto como a usted.
—¿Y anoche no notó que su esposo salió desnudo de la cama con un hacha en las manos?
—No... dormí profundamente. De hecho... —Julie se frotaba las manos con nerviosismo— creo que ni usted, ni yo... ni nadie escuchó los golpes del hacha. Esta mañana desperté y él no estaba. Cuando fui a buscarlo, me di cuenta de lo que había ocurrido...
Viktoria quiso formular otra pregunta, pero se quedó en silencio. Julie tenía razón. Ella tampoco había oído los hachazos que debieron ser brutales yviolentos. Había dormido sin percibir nada. Suspiró.
—Y este Sacerdote que no aparece cuando lo necesitamos...
—¿Habla de mí?
La voz ronca del Sacerdote resonó en la sala.
—Acabo de entrar por la ventana de la habitación y vi el desastre... Baptiste está ayudando a vestir a Gustave junto con su hijo, André.
—¿Baptiste? ¿André? —preguntó Viktoria.
El Sacerdote le dedicó una sonrisa traviesa.
—Baptiste, el cochero. Y André, el hijo de la Madame aquí presente. Que tú no te intereses en los demás no significa que nadie más lo haga, Viktoria.
La doctoa entornó los ojos, clavándole una mirada afilada.
—Ahora que lo pienso... ¿dónde estaba usted? ¿Acaso sabía lo de Gustave? ¿Lo vio pasearse desnudo por la casa con un hacha y por eso me pidió que me quedara en su habitación? ¿Pensó que podría detener a un hombre violento y fuera de sí con oraciones y agua bendita?
La rabia se le escapaba en forma de preguntas mal intencionadas. Siempre había sido así: sabía dónde herir. Sin embargo, el Sacerdote no se inmutó. Caminó con parsimonia hacia la cocina contigua y desde allí gritó:
—¡¿Quién quiere huevos revueltos para desayunar?!
Un silencio pesado y helado se deslizó por el cuerpo de Viktoria. El Sacerdote no estaba sorprendido; hablaba con calma, como si nada de esa escena le resultara extraña.
—¿Huevos...? —exclamó ella.
Antes de salir disparada hacia la cocina, le dedicó a Julie una mirada cargada de disculpa. La discusión no había terminado.
—Usted intenta cortar el tema, y no voy a permitirlo —dijo al llegar—. Va a tener que explicarme todo. Estuve a punto de morir esta noche... ¿entiende mi preocupación? Quiero irme de este lugar ahora mismo.
—Claro que sí —respondió él con tranquilidad—. Nos iremos apenas comamos algo y me cerciore que Gustave está bien. Muero de hambre...
Viktoria cerró los ojos y apretó los puños mientras inhalaba profundamente, esforzándose por no perder el control. Le lanzó una última mirada encendida y se alejó en dirección a la habitación destrozada. Allí, la rabia la azotó fuertemente.
¿Acaso nadie comprendía la gravedad de lo ocurrido? Aquel brote psicótico podía repetirse. Podía alcanzarla después a ella... o a su esposa, o a su hijo.
Deslizó los dedos por los profundos cortes en las paredes y en la cama. La madera estaba abierta, herida. Se imaginó durmiendo allí, envuelta en la oscuridad, despertando bajo el ataque de aquel hombre. Solo pensarlo le erizó la piel.
De pronto, su pie tropezó con algo en el suelo y al bajar la mirada, los vellos de su nuca se erizaron. El hacha se encontraba descansando allí a sus pies. La hoja, aún limpia y brillante, le revolvió el estómago. Una arcada le subió por la garganta. La imagen del arma hundiéndose en su cuello la obligó a apartar la vista del filo, horrorizada.
—Madame Viktoria...
Una voz suave la sacudió. Baptiste estaba en el umbral observándola con una ternura inesperada. Sostenía una taza de leche caliente entre las manos.
—Le preparé esto. Debería comer algo antes de partir. Tal vez no sea prudente quedarse aquí, pero comprendo su molestia... El padre Gabriel puede ser algo despreocupado.
—Gracias, Baptiste —respondió Viktoria al recibir la taza.
El calor se filtró por sus dedos y le aflojó apenas el nudo del pecho. Baptiste le sonrió con sinceridad.
—Si necesita cualquier cosa puede contar conmigo. Ya le he dicho al señor Gustave que no se acerque a usted. Después de lo ocurrido no sería apropiado. Su esposa y su hijo lo atenderán en su habitación.
El cochero hizo una leve reverencia y se disponía a marcharse cuando la voz de Viktoria lo detuvo desesperada.
—¡Baptiste, espera!
El hombre se giró de inmediato, desconcertado.
—Anoche... —Viktoria midió cada palabra, temiendo la respuesta—. Tú fuiste al establo a resguardar la carroza, junto a los dos hijos de Gustave y Julie, ¿cierto?
Baptiste ladeó la cabeza, confundido. Su largo cabello castaño oscuro, atado en una coleta baja y descuidada caía sobre su hombro derecho.
—Sí, Madame. Pero... solo es un hijo. André.
La realidad cayó sobre Viktoria y su cuerpo se sintió frío, congelado.
Sus dedos perdieron la fuerza. La taza resbaló y se hizo añicos contra el suelo. El mundo se volvió lento, espeso. Vio a Baptiste mover los labios con preocupación, pero no logró comprender sus palabras. Julie entró apresurada para limpiar la leche derramada, mientras el cochero recogía los fragmentos de loza para evitar que la lastimaran. Viktoria permaneció inmóvil, de pie, con la mirada fija en la nada, tratando de entender.
«¿Estoy perdiendo la razón? ¿Fue el alcohol? No... El Sacerdote me dio una descripción exacta del niño que vi. ¿Es una broma cruel? ¿Un castigo por haberme colado sin permiso?
No...»
De repente se vio cruzando el pasillo con pasos rápidos y ruidosos. El olor a comida caliente la recibió antes que el Sacerdote en la sala. Sentado con tranquilidad, comía huevos revueltos acompañados de un vaso de leche tibia, como si el día no hubiera amanecido con horror. Como si nada hubiera ocurrido.
La sangre le hirvió. Sintió el impulso primitivo de gritarle, de volcarle el plato encima, de exigir respuestas a golpes. Pero se obligó a detenerse y enderezó la espalda. Controló el temblor que la amenazaba. No iba a regalarle su miedo.
—Tenemos que hablar —dijo, con una calma forzada que le raspó la garganta—. Sobre el niño.
El Sacerdote alzó la vista lentamente.
—Usted y yo somos los únicos que lo vimos —continuó ella—. Nadie más. ¿Quién es?
Él no pareció sorprendido. Masticó con tranquilidad, dejó los cubiertos a un lado y la observó con esos ojos color miel que no reflejaban prisa alguna.
—Ya te lo dije —respondió con suavidad—. Su nombre.
—No... —susurró.
—Lucifer —dijo él con naturalidad. Como si hablaran del clima o la hora del día.
A sus palabras lo siguió un silencio largo.
—Si quieres que te explique algo —prosiguió el padre Gabriel—, tendrás que creer todo lo que voy a decirte. De lo contrario, no tiene sentido que intente aclararte algo que no estás dispuesta a entender... o que no quieres entender.
Viktoria sintió el miedo subirle por el pecho. Le tensó los hombros, la mandíbula, los dedos, pero no permitiría que se notara.
—No tiene ningún sentido —respondió con frialdad profesional—. Lo más probable es que Gustave esté enfermo. Un brote psicótico, amnesia disociativa. Los caballos pudieron haber sido robados, la carroza destrozada... incluso por él, lo mismo que hizo en la habitación, es lo más lógico.
El Exorcista asintió despacio, como si aceptara una verdad a medias.
—Muy probablemente fue Gustave —dijo—. O, mejor dicho, el cuerpo de Gustave.
Viktoria frunció el ceño.
—Pero está siendo poseído —continuó él—. Y tú ya lo viste. Tú y yo lo vimos. Debes creer, Viktoria, porque si no... este viaje será mucho más difícil para ti. No es un simple trabajo, es una revelación y aún no estás preparada.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Lucifer no quiere dejarnos ir —añadió—. Es una táctica antigua. Retrasar, confundir, desviar. Impedir que se llegue al destino.
Bebió el último sorbo de leche y se puso de pie.
—Por eso mismo debemos apresurarnos.
La miró con una sonrisa apenas divertida, casi amable.
—¿No decías que estabas aburrida y por eso viniste? —preguntó—. Ahora verás algo muy divertido, te replantearás la vida.
Se acercó a la puerta de la habitación de Gustave.
—Vamos.
✞
El aire cambió en el instante en que cruzaron el umbral. Un frío gélido les robó el aliento y trepó por sus piernas, endureciendo cada paso, empeñado en impedir que se acercaran a la cama donde reposaba Gustave; reducido ahora a una figura temblorosa, encogida bajo el peso de un terror demasiado grande para su cuerpo agotado.
Una venda le rodeaba la cabeza; aún se distinguían en ella rastros de sangre oscurecidas. Sombras violáceas se habían asentado bajo sus ojos hundidos, marcando con crueldad su rostro arrugado. Su mirada, atrapada bajo las tupidas cejas canosas, suplicaba clemencia. Había en su expresión una torsión inquietante, un rastro de algo que Viktoria intentó descifrar sin éxito.
A su lado, André le sostenía la mano con fuerza y desesperado. Parecía haber secado sus lágrimas justo antes de que entraran, aunque aún brillaba en sus ojos la marca sangrante del llanto reciente, delatando una pena que se negaba a desaparecer.
El Padre Gabriel cerró la puerta tras de sí. El leve chasquido de la madera al encajar resonó más de lo esperado. Luego los miró con una sonrisa suave, cuidadosamente medida.
—Bien... —dijo al fin—. ¿Qué recuerdas de lo que pasó, Gustave?
Habló con calma mientras arrastraba una pequeña silla de madera hasta la orilla de la cama y se sentaba frente a él. El sonido áspero de las patas raspando el suelo hizo que el hombre se estremeciera. Gustave temblaba y lo miraba con horror, como si la figura del sacerdote en vez de un consuelo, fuera una amenaza más.
—Yo... nada —murmuró tras un gran esfuerzo—. Dormía.
Viktoria carraspeó detrás del sacerdote. Sentía los labios arder, como si contuvieran un fuego impaciente, una rabia que amenazaba con desbordarse y reducirlo todo a cenizas.
—¿Y en ese dormir... soñaste algo? —insistió el Padre Gabriel sin alzar la voz.
Las manos de Gustave apretaron con mayor fuerza las de su hijo. Desvió la vista hacia el techo y apretó los dientes.
—Fue un sueño muy extraño, Padre —su voz era apenas un hilo quebrado—. Yo... estaba en un bosque. No podía ver nada más que niebla. Mucha niebla. Y sentía rabia... una rabia que no sabía de dónde venía.
Una lágrima escapó de sus ojos cansados y se deslizó a través de su barba mal afeitada.
—Después de vagar sin rumbo, vi un conejo —continuó—. Un pequeño conejo... que corría asustado. Asustado de mí.
Viktoria se mantenía a cierta distancia. No comprendía del todo hacia dónde quería conducirlos el sacerdote con aquellas preguntas extrañas; sin embargo, algo en su tono, en la manera en que parecía anticipar cada respuesta, la obligaba a permanecer inmóvil, expectante.
Gustave tragó saliva y bebió del vaso de agua que André le ofrecía.
—En el sueño... algo me decía que debía seguirlo, que debía acabar con él, y eso hice —susurró—. Lo seguí... lo seguí... hasta que lo atrapé, Padre, y...
La voz se le quebró y de él brotó un llanto incontenible.
—Lo maté —sollozó—. Vi sus ojos... vi sangre... vi miedo. Pero yo debía hacerlo. Tenía tanta rabia...
El Padre Gabriel lo observaba ahora con una seriedad nueva, una dureza que Viktoria jamás creyó posible en aquel rostro siempre afable y burlón.
—¿Por qué lloras por un conejo? —preguntó—. Eres un hombre que seguramente, ha cazado varios a lo largo de su vida. Hay algo más, ¿verdad?
Los ojos grises de Gustave se clavaron en los del exorcista con horror.
—Yo... —balbuceó—. Cuando lo miré en el suelo... cuando vi su cuerpo... y... y...
Se llevó las manos al rostro, arañándose la piel con las uñas.
—¡No era un conejo, Padre! —gritó—. ¡No era un conejo lo que yacía muerto a mis pies! ¡Era un hombre! ¡Un hombre! Yo... yo había... —La voz se le ahogó—. Fue tan real. Tan real...
Gustave se encogió sobre sí mismo, hecho un ovillo en la cama. André suspiró, reteniendo las lágrimas que insistían en regresar, y se levantó para apoyar las manos en la espalda de su padre, intentando contener el dolor que lo desbordaba.
El sacerdote también se puso de pie. No parecía dispuesto a exigirle más a aquel hombre devastado por su propia mente. Al girarse, Viktoria alzó una ceja y esbozó una sonrisa maliciosa, él le devolvió el gesto.
—Una pesadilla inducida por el demonio —le susurró el Padre Gabriel al pasar junto a ella.
—Sí... claro —respondió Viktoria.
—¡Mikael!
El grito de Gustave desgarró la habitación. El nombre rebotó contra las paredes, un eco blasfemo.
—¡Mikael! —repitió—. ¡Era el nombre que se repetía en mi mente con cada hachazo, con cada golpe! ¡Mikael fue el nombre que escuché cuando vi su cuerpo! ¡Mikael Declair!
El Padre Gabriel se quedó inmóvil. Viktoria cayó de rodillas al suelo, incapaz de sostener el peso de aquella revelación.
Un nombre que Gustave no debía conocer. Un nombre pronunciado en sueños, una condena... La sombra de un destino cruel que se aproximaba sin piedad, dispuesto a consumirlos a todos.