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Primera noche de procesión

Jajahar · por Carmille · 12 de agosto de 2026

Las ramas puntiagudas le hirieron las palmas de las manos al tratar de pasar por un sendero sinuoso en las profundidades del bosque. La niebla no lo dejaba observar más allá de sus pies, el farol que llevaba parecía un simple adorno, sin utilidad en aquella oscuridad. Desde ese bosque se podía llegar al pueblo y al Convento de las Almas Silentes, donde comenzaba la procesión. Debía llegar antes de las doce, camuflarse entre la multitud y actuar de forma natural para no levantar sospechas. Se había demorado buscando la pintura roja que debía simular su sangre.

Caminaba a paso rápido, sin saber bien por dónde ir. Supuso que el sendero contrario al pueblo era el que llevaba al Convento y se insultó mentalmente por no haberlo ido a conocer antes. La máscara le dificultaba la respiración, el olor a pintura fresca le picaba la nariz y le raspaba un poco la garganta, la llevaba puesta por si era descubierto por alguien en el camino. Nunca se había sentido orgulloso de su resistencia física, pero estaba casi seguro que había algo más que lo estaba desgastando, ¿la densa niebla?, ¿la dificultad del camino?

Se detuvo a reposar unos segundos apoyado en la corteza negra de un árbol, elevó el farol sin esperanzas, pero seguía sin poder ver el final del sendero. Todo a su alrededor era una profunda, silenciosa y fría oscuridad.

Una rama crujió a su espalda.

Se giró rápidamente, con el brazo estirado y el farol a la altura de su cabeza buscando la fuente del ruido, sin resultados.

Su pecho subía y bajaba en una agitada respiración, su mente le estaba jugando sucio. Siguió caminando, ignorando la sensación de que alguien lo observaba a poca distancia, escondido tras algún grueso roble, siguiendo sus pasos cada vez más cerca.

Cada vez...

Comenzó a correr. En el fondo de su mente se había instaurado la idea de que algo lo seguía y su cuerpo reaccionó antes que su razón. En las cortezas de los árboles parecían formarse rostros distorsionados en gritos de horror, se preguntó si su expresión se parecía en ese momento a alguna de las talladas en los árboles y se sintió patético.

«Un conejo siendo perseguido por un zorro». Así se sentía.

El ruido de las campanas lo detuvo en seco. Eran las doce, la procesión ya había comenzado. No había llegado a tiempo. Sin embargo, no podía divisar ninguna luz, se suponía que encendían sus faroles y en grupo recorrían el pueblo, pero no veía rastro de absolutamente nada, ¿tan lejos estaba? ¿se había perdido? Imposible, estaba siguiendo un sendero marcado.

La ruptura del abrumador silencio lo ayudó a calmar su respiración y pensamientos. Había extraviado su cravat blanca en la carrera, pero la recuperaría al regresar. Suspiró y se mordió el labio inferior. Seguiría el camino hasta llegar al final.

Avanzó al mismo ritmo que en el inicio de su caminata y, tras unos diez minutos, le pareció que la niebla se disipaba limpiando su vista, revelando los secretos de ese bosque.

Contuvo la respiración. Frente a él se erguía una construcción sacrílega, imponente, de muros negros por donde trepaba libre el moho. Se sacó la máscara y se colocó los anteojos para observar mejor, para cerciorarse de que lo que veían sus ojos era real.

El sendero que siguió no era el que llevaba al convento, había tomado la ruta equivocada.

Ese era el lugar del pacto: dos torres antiguas enormes con ventanales rotos, gárgolas desgastadas que aún conservaban expresiones retorcidas protegían el lugar, el moho teñía algunas zonas de un verde necrótico que se aferraba a cada grieta. Un arco profundo se abría dispuesto a devorar almas, el portón de madera trabajada estaba hinchado por la humedad y adornado con símbolos extraños que Mikael recordaba haber visto en otra parte. Pero lo que más le estremeció no fue la intimidante y majestuosa edificación, sino lo que la rodeaba; sollozos, miradas perdidas, gritos y risas desesperadas. Murmullos del más allá, miles de ellos.

Espíritus que no encontraron la luz, almas errantes que él podía distinguir. Pero eran tantos reunidos aquí y sólo aquí. ¿Cómo era posible?

Con su mano izquierda apretó el rosario que colgaba de su cuello y caminó entre los penitentes. Iba a entrar. Los escalones que conducían a la entrada estaban húmedos y resbalosos. Antes de posar un pie dentro de aquella falsa iglesia, rezó un poco y pidió por todas las almas que allí se encontraban. Lloró. Le pesaba el corazón, no podía creerlo. Allí había ancianos, jóvenes, niños, incluso recién nacidos. Todos reunidos en un solo lugar, le daba un mal presentimiento.

Las almas que Thalia adquiría tenían dos opciones; o quedaban prisioneras en muñecos y eran felices por la eternidad, o —lo más probable— eran llevadas al infierno, un regalo para el demonio. Pero éstas estaban aquí, errantes. No encajaba en ninguna alternativa.

«Quizás... ¿No eran las almas que Thalia robó?»

Suspiró y entró. Entre esos muros de piedra parecía concentrarse el frío, se entumió hasta los dedos de los pies. Podía ver su aliento en cada exhalación mientras sus pasos resonaban sobre el suelo de piedra.

«No es un lugar completamente abandonado»pensó al ver los restos de vela negra que había en algunas esquinas. Alguien visitaba seguido aquel templo, ¿Thalia?

Al final del estrecho pasillo, una vieja imitación de altar lo recibió burlona. Le tembló el ojo y apretó la mandíbula.

—¿Qué...han estado haciendo aquí? —escupió con furia.

Unos pasos le respondieron, haciéndolo retroceder instintivamente. Unos metros más allá del altar, la figura demacrada de una mujer mayor lo miraba fijamente con una expresión de profunda tristeza. La neblina que se había disipado anteriormente parecía haberse reunido en sus pupilas. Vestía con una túnica oscura y larga que se arrastraba por el suelo.

Mikael tragó saliva, normalmente las almas no intentaban comunicarse con los vivos. Pocas veces en su vida había hecho contacto con algún espíritu, sólo rezaba por ellos ayudándolos a encontrar la paz. Era la primera vez que un alma lo miraba directamente de esa forma y el joven supo la razón instintivamente: estaba desesperada.

—Enséñame la manera de ayudarlos, por favor—murmuró.

Sin despegar la vista de Mikael, la anciana levantó el brazo derecho y apuntó temblorosa hacia unas escaleras escondidas en un rincón que llevaban al segundo piso del templo. El joven dejó la máscara que le estorbaba encima del altar y se dirigió a las escaleras angostas de piedra negra que la mujer le había enseñado. Subió tres escalones y miró hacia atrás, la anciana ya había desaparecido.

—Tranquila—susurró mientras subía lentamente—Pronto descubriré qué pasa aquí y salvaré sus almas, Dios lo hará a través de mí.

Los escalones parecían interminables y se curvaban suavemente en espiral. A los lados, tallados en la pared, había pequeños agujeros que sostenían velas rojas apagadas y restos de cera. Mikael no oía nada más que su pulso retumbando en sus oídos, y su respiración cada vez más agitada por el cansancio, o por el miedo a lo que encontraría allí arriba.

Una puerta de madera le cortó el paso, tenía las mismas inscripciones familiares que había visto en el portón de la entrada. Sabía que los reconocía de alguna parte, pero aún no recordaba dónde. Empujó la puerta que se abrió con un chillido agudo que recorrió todo el lugar, dándole escalofríos.

La luz de la luna iluminaba el segundo piso. A través de los vitrales rotos, su rostro pálido y redondo se asomaba a saludar a Mikael y le mostraba sonriente el horror que le esperaba.

Un enorme altar se elevaba en medio de la sala, como si lo que fuera a recibir la ofrenda midiera más de tres metros de altura. Alrededor de este, pintado en el suelo con lo que parecía ser sangre seca, se encontraba el mismo símbolo de las puertas.

Arriba del altar, descansaba una pequeña muñeca de trapo, con sus ojos y sonrisa cosidas. Estaba impecable, había sido colocada allí recientemente. ¿Por quién?

Caminó alrededor del círculo, su instinto le gritaba que no debía tocarlo, ya se había adentrado demasiado en la boca del lobo. Estaba frente a un ritual satánico, no. Estaba en medio de él, hundido hasta el fondo.

—¿Dónde mierda me he metido? —murmuró para sí mismo, mientras observaba aquel signo cuyo significado tenía en la punta de la lengua. Nada encajaba con la Thalia que conocía por los relatos.

De repente, una idea le cruzó la mente.

«¿Y si Thalia no existe?»

Nunca la había visto, todo esto podía ser obra de los habitantes de Jajahar. Podrían haber inventado una historia, una divinidad falsa a la que adorar de forma enfermiza y de esa manera haber atraído miles de demonios. «¿Cassian habría sido capaz de mentir utilizando la figura de su propio hijo? No, no lo habría hecho. ¿O sí?»

Se llevó las manos a la cabeza, con la respiración entrecortada. No podía seguir encadenando teorías, cada una era más absurda que la anterior, pero todas parecían tener sentido dentro de aquella pesadilla.

Un destello de luz se filtró a través de uno de los vitrales. Primero un hilo delgado, luego otro. Mikael se acercó y observó varias luces avanzando entre la niebla en medio del bosque, movilizándose en conjunto y acercándose.

Se incorporó rápidamente, él no debía estar en ese lugar. Agarró su farol y bajó corriendo las escaleras, sin mirar atrás. Mientras huía por el bosque, su mente comenzó a divagar y por un instante creyó que estaba soñando.

«¿Por qué iban todos a aquella iglesia profana?, ¿será que parte del carnaval tiene que ver con los símbolos del lugar?»

Tropezó y cayó apoyando las rodillas en el barro y las piedras.

«Esos malditos símbolos».

Se levantó con dificultad, le ardían las rodillas y las manos que habían sido heridas con las pequeñas ramitas que entorpecían su paso, pero no podía dejar de pensar en las marcas pintadas en el lugar. Siguió su camino, renqueando entre los árboles y tratando de recordar sus libros, sus estudios.

«El sello de Lucifer».

—El sello de Lucifer...Lucifer el escorpión —susurró.

La niebla lo envolvió con suavidad y pronto todo su mundo se tornó oscuro.

Despertó agitado, incorporándose en la cama y con el cuerpo sudado. A su lado Cassian sonreía sereno.

—Despertaste—dijo sin mirarlo—te desmayaste en mi taller y ahora tuviste una pesadilla.

Mikael llevó la mano a su pecho, el corazón le latía furioso. Observó a su alrededor, estaba en la habitación de Francis.

Confundido buscó la mirada de Cassian, pero éste la esquivó.

— Te traeré un té —dijo antes de irse.

Le mentía. Aún sentía el ardor en sus rodillas, y podía ver los arañazos en sus manos. Lo de anoche fue real.

Cada músculo se le tensó cuando sus ojos se posaron en la máscara de conejo que reposaba a sus pies. La máscara que había olvidado en ese horrible lugar, y al lado, su cravat blanca.

Lo sabían todo.

Nota:

 

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