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Tic-Tac

Jajahar · por Carmille · 16 de agosto de 2026

La tetera hervía hacía un tiempo, pero Mikael no se había dado cuenta.

El silbido agudo se confundía con el murmullo constante del viento colándose por las rendijas de la casa, el joven lo confundió con un lamento bajo. Recién cuando el vapor comenzó a empañar los vidrios de la cocina reaccionó y retiró la tetera del fuego con un movimiento torpe, como despertando de un trance.

Sirvió el té con excesivo cuidado. El líquido oscuro tembló en la taza de porcelana antes de aquietarse y Mikael observó ese leve movimiento como si esperara ver algo más en el fondo, alguna señal. No había azúcar, ni siquiera tenía sed. Se sentó a la mesa sosteniendo la taza entre las manos para aprovechar el calor. Aún tenía frío, un frío que no se iba desde anoche y que se había encariñado con sus huesos.

Alzó la vista hacia el reloj de pared.

Tic-tac.

Demasiado temprano, ¿o demasiado tarde? Volvió a mirar el té.

«¿Por qué no llegan?»

La pregunta apareció sin forma al principio, pero pronto se ordenó de forma obsesiva. Había enviado la carta con tiempo. La arquidiócesis no solía demorarse cuando se trataba de posibles manifestaciones demoníacas; menos aun cuando el pedido venía acompañado de símbolos, descripciones y fechas. Él había sido meticuloso como siempre.

Si su carta había salido el día siete —y estaba seguro de ello—, lo lógico era que la respuesta hubiese partido el mismo día que la recibieron, normalmente la carta habría demorado unos dos o tres días en llegar; eso significaba que, para el día diez y once, ya debían haber partido en su ayuda. El camino hasta Jajahar no era corto, pero tampoco imposible. Él se había demorado tan sólo un día ya que su Seminario se encontraba en los límites de la ciudad.
Ellos habrían podido llegar este día trece o a más tardar la mañana del catorce, antes de la tercera noche.

Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la taza. El borde caliente le quemó la piel, pero no la soltó. Repasó mentalmente los cálculos una y otra vez. Fechas, distancias, horarios, todo encajaba... y, sin embargo, el silencio persistía. Nadie había llegado, ni siquiera habían dado señales aún.

«¿Y si no habían partido todavía?
¿Y si la carta no había sido tomada en serio?
¿O si algo había ocurrido en el camino?»

Sacudió levemente la cabeza, como si pudiera expulsar la idea con ese gesto. No era propio de él adelantarse a la catástrofe. Y, aun así, allí estaba, sintiendo cómo la espera espesa lo asfixiaba. El sonido de la madera crujiendo lo hizo alzar la mirada.
«¿Cassian?».

—¿Cassian? —llamó, sin darse cuenta del sonido bajo de su voz.

Nadie respondió. Dejó la taza sobre la mesa y se levantó despacio. Recorrió el pasillo, abrió la puerta del taller, luego la de la habitación contigua. Vacías. La casa entera estaa suspendida en una quietud antinatural, conteniendo el aliento. Cassian no estaba.

No había señales de prisa: ningún abrigo fuera de lugar, ninguna puerta abierta,  simplemente... no estaba.
Había salido al pueblo, supuso ¿Cuándo? No sabía, ¿A hacer qué? Cualquier cosa. La incertidumbre lo inquietó así que regresó a la cocina y se apoyó en el marco de la puerta, observando la taza de té olvidada sobre la mesa. El vapor ya se había disipado por completo,  el líquido estaba quieto, oscuro e impenetrable.

Afuera, el día avanzaba con normalidad. Mikael comenzó un golpeteo arrítmico a la madera con su dedo índice, cada vez más rápido.

Tic-tac.

Se quedó allí de pie durante un tiempo que no supo medir, con la mirada fija en un punto específico de la muralla frente a él. La casa seguía en silencio, uno cargado y expectante, atento a cualquier movimiento que hiciera, aguardando pacientemente a que bajara la guardia.

Frunció el ceño.

Había enviado la carta el día siete, eso era un hecho. Recordaba con claridad el momento; la tinta aun fresca, el sello presionado con fuerza, la breve oración murmurada antes de cerrarla. No había duda posible. Tampoco la había sobre lo que había visto anoche. No había sido una pesadilla.

Apretó sus manos, cerciorándose de que las heridas seguían allí, ardiendo. Cerró los ojos y las imágenes regresaron a su mente. El bosque, la niebla viva, las ramas que intentaban detenerlo. El templo, sus torres negras elevándose y perdiéndose en la oscuridad del cielo. Los símbolos, el altar, el círculo trazado con sangre seca. Tensó los labios.

Un ritual blasfemo estudiado y deliberado. El sello de Lucifer no se dibujaba por ignorancia o equivocación, requería de conocimiento y fe en lo maligno.

«Lucifer el escorpión».

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda al recordar aquel símbolo dibujado por todas partes. Alguien en Jajahar sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y no se trataba solo de rezos blasfemos o sacrificios simbólicos. Había almas allí, demasiadas. Almas errantes, atrapadas, privadas de juicio, suspendidas entre este mundo y el otro.

Caminó hacia la mesa y bebió del té, llevando la taza a sus labios sin pensar. Estaba frío. Alzó la mirada hacia el reloj, donde las manecillas lo traicionaban avanzando rápidas y silenciosas.

Tic-tac.

—¿En qué estarán involucrados...? —murmuró.

El tiempo seguía avanzando, la segunda noche se acercaba.

Mientras tomaba pequeños sorbos de aquel té que ya no reconfortaba, tuvo la sospecha de que la ayuda que había pedido no estaba retrasada por azar. Algo —o alguien— estaba ganando tiempo.

Suspiró.

—Típico de Lucifer.

La puerta chirrió al abrirse lentamente, anunciando la hora del almuerzo. Mikael alzó la cabeza y se lavó las manos con movimientos mecánicos, secándolas en el delantal de lino que ceñía su cintura. Abandonó la comida a medio preparar y se apresuró hacia el umbral.

—Cassian.

El aroma a vino tinto, hierbas y carne guisada le pellizcó las mejillas al anciano, causándole cosquillas, arrancándole una sonrisa indulgente.

—Hijo, ¿y esta bienvenida? —canturreó—. ¿Qué estás cocinando? Huele... delicioso.

Cerró los ojos al despojarse del abrigo azul marino, aspirando el aire como si quisiera retenerlo en los pulmones.

Mikael carraspeó.

Boeuf bourguignon. Uno de mis platos favoritos.

Cassian prorrumpió en una risa que al joven le sonó hueca.

—Entonces, con ese aroma, temo que se vuelva también el mío —dijo, acercándose para palmearle la espalda con una familiaridad excesiva.

—Cassian...

—¡Uf! ¡Esto se ve increíble! —lo interrumpió ya desde la cocina, levantando las tapas de las ollas que reposaban al fuego, liberando nuevas oleadas de vapor.

—Escúcheme...

—Después tendrás que enseñarme, hijo, quiero lucirme también —añadió.

La risa estrépita que lanzó resonó contra las paredes, demasiado alta y prolongada. Mikael guardó silencio. Dejó que aquel vacío lo avergonzara y avanzó hacia él sin apartar los ojos de la mirada esquiva de su anfitrión.

—Cassian, por favor —suplicó.

La sonrisa del anciano se deshizo con rapidez y en su rostro apareció esa expresión melancólica conocida, hecha de culpa y cansancio.

Mikael exhaló despacio. Sabía que lo estaba empujando al límite, pero también sabía que no podía retroceder ahora. El corazón le latía con rapidez ante la cercanía de una verdad que intuía terrible.

—No fue una pesadilla.

Extendió las manos heridas y las sostuvo frente a él. Cassian dio un paso atrás al verlas, horrorizado.

Tic- tac.

El anciano apartó la mirada y la clavó en el reloj de pared. Suspiró.

—Hijo... entiendo que estés confundido...

—No lo estoy.

El hombre volvió a clavar sus ojos en el joven, quien se sostenía con una determinación inquebrantable; y aun así, algo en él se quebró al notar el leve temblor de las manos de Mikael, traición muda de un miedo que no había logrado doblegarlo.

—Ven con nosotros esta noche.

Esa frase congeló a Mikael en el lugar, estaba genuinamente alegre de poder por fin cumplir su misión e investigar directamente aquel ritual, pero muy en el fondo algo le susurraba que debía salir corriendo de allí.

—¿Seguir la procesión con ustedes...?

—Claro, era lo que querías.

—Usted mismo me dijo que era la mejor fecha para investigar... y de pronto me lo negó —respondió Mikael, tomando las manos del anciano y apretándolas con fervor—. Gracias señor Cassian...

—Sin embargo...

Mikael se detuvo en seco.

—Vienes esta noche —continuó el anciano—, pero mañana, la tercera noche, está estrictamente prohibido que salgas. No abandonas la casa y te mantienes al margen.

—¿Por qué? —preguntó Mikael sin titubear.

—No lo hagas, por tu bien. Esta noche verás que todo fue imaginación tuya... y mañana te quedas aquí, escribiendo a tu iglesia. Te lo suplico.

Los ojos de Cassian se humedecieron. Mikael asintió, sin encontrar fuerzas para negarse. Pero al hacerlo, llevó la mano derecha a la espalda... y cruzó los dedos.

La luz de los faroles apenas lograba arañar la penumbra. El bosque denso se inclinaba sobre ellos, dispuesto a tragarlos enteros. Mikael avanzaba tras Cassian, midiendo cada paso, esquivando las gruesas raíces negras que emergían del barro como extremidades muertas, casi indistinguibles de la tierra húmeda que las devoraba.

La noche anterior había sido su expedición y aun así, Mikael no lograba recordar qué sendero lo había conducido hasta aquel lugar aborrecible. El bosque había reescrito su memoria. En cierto punto, el camino se fragmentaba en múltiples ramificaciones, y Cassian, sin vacilar, continuó de frente. El sendero hacia el convento se le antojaba más liviano, menos hostil que el que recordaba haber tomado. O tal vez esa ligereza nacía de no estar solo esta vez; de que la presencia ajena mantuviera a raya a su mente, impidiéndole ceder del todo a las sombras de su imaginación.

—Ya todos deben de estar allí, esperándonos —dijo Cassian de pronto, inclinándose para esquivar una rama espesa que se interponía en el camino.

—¿Falta mucho? —preguntó el muchacho, con un dejo de impaciencia. Sus dedos, entumidos por el frío, se cerraban con dolor alrededor de la máscara de conejo.

Cassian dejó escapar una risa baja.

—No... tranquilo. Mira, ya se ve el convento.

Extendió el brazo que sostenía el farol, y la luz temblorosa señaló la distancia. Entre los robles desnudos, se recortaba la silueta de un edificio bajo y antiguo, gris y erosionado por el tiempo, olvidado por Dios y recordado solo por las tristes almas de Jajahar.

Mikael se detuvo a contemplarlo desde allí.

«Si el convento existe... ¿Quizás Thalia también?»

Quería creer, deseaba hacerlo, pero la fe para él ya no bastaba. Necesitaba pruebas y estaba seguro de que aquella noche le concedería algunas.

Reanudaron la marcha y pronto se unieron al grupo de enmascarados que los aguardaba. Unas cuarenta figuras se congregaban frente al lugar, envueltas en sombras. Ninguna máscara era igual a otra; parecían hechas a medida, deformadas por gustos, miedos y secretos personales. Aun así, Mikael logró distinguir que muchos eran niños, y otros apenas mayores que él. Los ancianos eran pocos y se mantenían apartados, reunidos en un extremo.

Cassian permanecía a su lado, murmurándole cosas que Mikael no escuchaba. Estaba demasiado ocupado intentando descifrar los susurros que lo rodeaban; voces bajas que se deslizaban como gusanos en su piel, miradas hostiles que lo atravesaban para luego apartarse y continuar conversando, como si no existiera.

Los niños más pequeños ni siquiera lo miraban. Sus ojos recorrieron el grupo entero, analizándolo todo, hasta detenerse en una persona en particular. Un niño que reconoció de inmediato. El mismo que días atrás lo había hecho caer al suelo. Tenía las manos cerradas en puños y la mirada clavada en el convento, inmóvil y expectante.

Entonces, el sonido de las campanas quebró el aire.

La segunda procesión daba inicio. Sin necesidad de órdenes, todos se apresuraron a sus lugares, como si siguieran una coreografía: cesaron los murmullos y se colocaron en un lado de la fila. Los ancianos encabezaban la marcha; los niños, detrás. Cassian y Mikael se ubicaron al final de todo, segçun el anciano era el lugar para los invitados.

Al dar el primer paso, Mikael creyó percibir algo con el rabillo del ojo; una luz proveniente del convento. Pero al girar la cabeza, no había nada. Solo piedra, oscuridad y silencio.

¿Había comenzado su imaginación a engañarlo otra vez...?

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