No deseaba volver a internarse en el bosque; sin embargo, la congregación avanzaba hacia él y no le quedó más opción que seguirlos. Todo indicaba que aquel sería el primer territorio reclamado por la noche. Desde su posición, Mikael los observaba en silencio. Algunos cuerpos temblaban, incapaces de ocultar si era el frío o un temor más hondo lo que los sacudía; otros caminaban erguidos, con una determinación rígida, encabezando a la masa. La calma se quebraba a ratos por sollozos apagados o suspiros sin dueño, lamentos errantes cuya procedencia Mikael intentó descifrar sin éxito.
Cassian caminaba a su lado, sereno, ajeno al peso de la noche. Mikael se preguntó si, en las otras procesiones, era él quien solía encabezar la marcha. La idea le oprimió el pecho con una punzada súbita, y tuvo que llevarse una mano al corazón para apaciguar el dolor. No lograba comprenderlo. Un hombre que había perdido a su hijo de ese modo y, aun así, avalaba la idolatría hacia la perpetradora... le resultaba inadmisible.
Sumido en esos pensamientos, no advirtió cuando llegaron frente al templo del pacto. Fue Cassian quien, aún a su lado, tiró de su abrigo para arrancarlo de su ensimismamiento.
Al alzar la vista, el aire se le atascó en los pulmones. Bajo la máscara, su rostro se volvió ceniza; los dedos se le aflojaron y el farol resbaló de su mano, estrellándose contra el suelo. El golpe quebró la quietud y atrajo las miradas del grupo. Mikael alcanzó a distinguir, entre las máscaras, muecas sonrientes.
El templo se alzaba imponente, igual que la noche anterior: las mismas gárgolas, el mismo umbral erosionado. Sin embargo, las puertas estaban ahora desnudas. El símbolo que lo había perturbado tanto había desaparecido, como si nunca hubiera existido.
Entre risas ahogadas, Mikael se obligó a respirar. Dudó apenas un segundo de sí mismo. Solo uno. Aquella puesta en escena no bastaría para quebrar su convicción. La certeza se asentó firme; le estaban mintiendo. Todos eran cómplices. Podían limpiar la piedra, borrar los rastros, barrer incluso con sus recuerdos y tratarlo de demente, pero había algo que ellos ignoraban. Su Don, el regalo que Dios le había concedido.
Las almas perdidas seguían allí. Las veía, suspendidas y errantes. Confirmaban que aquel era un lugar blasfemo, marcado por sucesos atroces, y que la noche anterior no había sido una ilusión. Se inclinó para recoger el farol. Inspiró por la nariz, exhaló por la boca, una y otra vez. Mordió con fuerza su labio inferior, tensando la mandíbula.
—¿Puedo entrar?
La congregación pareció aguardar aquella pregunta. Los ojos, brillantes tras las máscaras se clavaron en él. Desde el inicio de la fila avanzó una anciana encorvada, cubierta con una máscara de búho. Los demás se apartaron en silencio, abriéndole paso. Se detuvo frente a Mikael.
—Claro que sí, jovencito —dijo con una voz temblorosa—. De hecho, eso esperábamos. Cassian nos ha hablado de ti... y de lo que vienes a hacer al pueblo. No deseamos problemas. Tómate tu tiempo.
Su cercanía le provocó un escalofrío inmediato. Algo en su presencia, en la forma en que lo observaba desde detrás de aquellas cuencas inmóviles le resultó profundamente desagradable. Le dirigió una mirada a Cassian, quien respondió con un leve asentimiento, sin atreverse a alzar los ojos hacia él. Mikael avanzó entonces, pasando junto a la anciana, cuyos labios resecos murmuraron algo ininteligible. A pesar del silencio absoluto que dominaba el lugar, sus propios pensamientos rugían con tal fuerza que le impidieron oírla. Al cruzar el umbral del templo, su temor se confirmó. Estaba limpio, demasiado. No quedaban rastros de cera consumida, ni la muñeca abandonada en el segundo nivel, ni los símbolos que solían atraer a lo impuro. Lo habían borrado todo, con una prisa torpe, sin siquiera preocuparse de que pareciera auténtico. La pintura reciente hería la vista al contrastar con el suelo deteriorado por el tiempo, delatando sin pudor la mano humana que había profanado aquel recinto. ¿Qué querían de él? ¿volverlo loco? Lo habrían logrado, de no ser por una presencia que lo observaba con silenciosa lástima desde el instante en que puso un pie en el lugar. La mujer de edad avanzada que había visto la noche anterior, ahora lo acompañó en todo su recorrido por el templo purificado. Mientras Mikael confirmaba, paso a paso, que todos estaban en su contra, ella permanecía a una distancia prudente, sin intervenir, simplemente lo miraba. La niebla atrapada en sus ojos temblaba, a punto de convertirse en lluvia.
En el exterior, el viento corría con furia, helado. Cassian sudaba. Bajo la máscara felina, respirar se volvía una tarea imposible. Con la mano derecha la separó apenas por debajo, buscando una rendija por donde colara el aire e inhaló con desesperación. Tragó saliva.
—Espero que tu plan funcione, Cassian —dijo de pronto la anciana de la máscara de búho, clavándole una mirada inmóvil.
Todos a su alrededor se volvieron hacia él. Ojos inquisitivos, algunos cargados de temor, otros de ira; todos pesaban sobre su figura.
—Tranquilos, no vendrá mañana. No arruinará el carnaval. —respondió Cassian, con la garganta reseca.
La mujer le dio la espalda, pero antes de regresar a su lugar murmuró, con una voz afilada:
—Un forastero no debería quedarse tanto tiempo aquí, Cassian. No entenderían nuestra cultura, y lo sabes.
Cassian se mordió la mejilla para no responder. Sabía que nadie podría comprenderla. Aquella cultura, aquellos ritos ancestrales... eran la condena de los habitantes de Jajahar. Apretó los puños. Quería creer que Mikael era diferente. No veía otra realidad, otra salida posible; no existía una alternativa. Sin embargo, aquel joven le había hablado de la posibilidad de salvar a su hijo, al menos su alma. ¿Pero cómo? Había sido testigo de los horrores que engendra el pecado, y para él no existía manera alguna de combatirlos. ¿Podría Mikael?
Cassian necesitaba creer que sí.
Sin embargo, tampoco quería exponerlo a aquel horror. Sentía un apremio casi visceral por protegerlo de todo aquello que sabía real. Quería resguardarlo de la tercera noche, de los demás habitantes... y de Melphómenne.
La noche anterior había sostenido una dura discusión con el resto de los pobladores. Lo habían escuchado solo por ser quien era; se había ganado su reputación como buen carpintero y vecino fiel a las tradiciones del pueblo. Aun así, no podía evitar pensar que un solo descuido bastaría para que toda la estima que le profesaban se desmoronara.
«Por favor, hijo, confía en mí», pensó, mientras observaba salir a tropezones del templo a aquel joven escuálido, cubierto por su máscara de conejo.
✞
La procesión continuó.
Avanzaron con una normalidad inquietante, recorriendo las calles del pueblo como si aquello no fuera un acto de devoción torcida. Pasaron frente a las casas; los muñecos colgados en las puertas, balanceándose en la oscuridad de la noche, le provocaban a Mikael una leve sensación de recelo, obligándolo a apartar la vista. Nadie hablaba, nadie se desviaba. El ritual se cumplía con rigor por todos los presentes, no se admitían errores. En ocasiones observaba a Cassian, quien, al sentir su mirada, apartaba de inmediato la atención hacia algún punto lejano, incómodo, temiendo sostenerla demasiado tiempo.
El resto de la procesión transcurrió sin contratiempos y, finalmente, salieron del pueblo, tal como dictaba el rito, arrastrando consigo la tristeza y expulsándola más allá de los límites conocidos. La gente comenzó a retirarse las máscaras. Nadie dijo nada, nadie se miró. No hubo despedidas ni palabras finales; cada cual regresó a su hogar como si nada hubiera ocurrido.
Mikael se dispuso a seguir a los demás. Caminaba junto a Cassian cuando, de pronto, un impacto lo sorprendió por la espalda, obligándolo a avanzar varios pasos. Un murmullo de fastidio se le agolpó en la garganta. Por un instante pensó que se trataba de una provocación deliberada.
Al volverse, reconoció al niño del otro día. El muchacho levantó la vista con rapidez, como si temiera haber cometido un error imperdonable. Mikael estaba a punto de reprenderlo cuando algo en aquella mirada lo detuvo, una suplica acuciante. El niño se giró para disculparse, balbuceando unas palabras casi inaudibles, y antes de que Mikael pudiera responder, echó a correr, perdiéndose entre las sombras de las casas.
Uno a uno, los habitantes se dispersaron y Mikael retomó el camino junto a Cassian. El silencio entre ambos era denso, cargado de pensamientos que ninguno se atrevía a pronunciar. Al llegar a la casa, ambos se fueron a sus respectivas habitaciones. Mikael se quitó el abrigo con cansancio y fue entonces cuando algo cayó al suelo, rompiendo la quietud. Un pequeño papel.
Se inclinó para recogerlo. Estaba arrugado, escrito con una letra torpe e infantil. Al desplegarlo, el pulso se le aceleró.
«Por favor, ayúdanos».
Nada más. Mikael cerró los dedos alrededor del papel, en ese instante comprendió que no todos en el pueblo habían entregado su voluntad. Algunos estaban atrapados, obligados a participar en aquel rito del que no podían escapar. La noche siguiente no era una opción, tndría que ir.
«Aún hay almas que quieren ser salvadas.
Dios, por favor...»