Se sacó las gafas para limpiarlas por tercera vez; la nieve perlaba los cristales, nublando su visión. Llevó la mano a la nariz para transmitir algo de calor desde sus guantes deshilvanados a la piel ya enrojecida por el frío. Con expresión adusta, forzó la vista, intentando distinguir qué se ocultaba más allá de las enormes rejas oxidadas que se erguían ante él.
Había empezado a perder la esperanza de que alguien acudiera en su ayuda. Para entonces, ya deberían haber estado a su lado, examinando la situación, trazando hipótesis, decidiendo el modo correcto de proceder. Pero no fue así. Allí permanecía, irremediablemente solo. En un pueblo que lo rechazaba en silencio, sin otra fe que la depositada en sí mismo... y en Dios.
Fue entonces cuando decidió avanzar, empujado por un impulso de valentía. Dejó que el instinto guiara sus pasos, sin someterlo al juicio de la razón. Cualquiera habría dicho que había perdido la cordura, pero ¿quién podría conservarla intacta en un lugar como aquel?
La noche anterior creyó percibir, tras una de aquellas ventanas, un destello fugaz. Al volverse, no encontró más que oscuridad. Consideró dejarlo pasar, atribuirlo a una ilusión nacida del cansancio o del miedo. Sin embargo, tras aquel grito de auxilio —tan puro, tan humano— algo se encendió en su interior, un fuego áspero que le ascendía desde las entrañas. Necesitaba saber, descubrir por sí mismo si lo que había visto era real. Si, en efecto, había alguien allí. Lo haría ese mismo día, antes de que dieran las campanadas de las doce de la noche, que indicaban el inicio de la tercera procesión y el paso del día catorce al quince de Julio, tan esperado como temido por todos.
Una sospecha se le clavaba en el pecho. Nadie lograría arrancarle de la mente la idea de que, en ese lugar, Thalia observaba el inicio de las procesiones, vigilando que todo se desarrollara conforme a su voluntad. Con una sonrisa hueca fijada en el rostro, escoltada por aquellos muñecos vacíos que creía haber rescatado de la vida.
Se mordió el labio y el dolor le concedió un cálido placer en medio del frío implacable. Caminó alrededor de las rejas del convento, dejando sus huellas marcadas en la nieve. A la luz del día podía apreciarlo mejor: un lugar gris y monótono, que aun así lo hipnotizaba. Tras aquella fachada simple y corroída, algo espectral parecía llamarlo, insistente, un susurro que no provenía de ningún sitio en concreto.
Solo había una forma de entrar. El portón permanecía cerrado con candado, y desconocía dónde —o en manos de quién— descansaba la llave. Así que no quedaba más opción que trepar por las rejas hasta alcanzar el árbol de la leyenda, por donde Thalia había escapado. Haría el mismo recorrido que ella, pero en sentido inverso.
Mikael apoyó las manos en la reja oxidada, buscando altura para alcanzar la rama del roble que se extendía desde el interior del convento. El metal, frío y rugoso, le manchó los guantes y le mordió la piel. El árbol se alzaba más allá de los barrotes, era enorme y antiguo, desnudo de hojas bajo el invierno. Desde aquella distancia le provocó una sensación extraña, una mezcla de antigüedad y misticismo.
Trepar la reja le resultó más difícil de lo que había anticipado. No sabía dónde apoyar los pies, los barrotes cedían ligeramente bajo su peso, y sus manos resbalaban una y otra vez. Nada en él tenía la ligereza que atribuían a Thalia en la leyenda; ella había sido rápida, casi ingrávida. Él no. Era torpe, demasiado humano. Cayó más de una vez antes de lograr aferrarse, al fin, a la rama que sobresalía hacia el exterior. Cuando consiguió sostenerse, el equilibrio le resultó inestable. El cuerpo le temblaba por el esfuerzo y el frío. Entonces oyó un maullido lejano, un sonido que lo desconcentró apenas un instante, suficiente para que sus pies cedieran y cayera. El golpe le arrancó el aire de los pulmones. Durante unos segundos no pudo respirar tendido sobre la nieve. Había caído desde una altura considerable, casi un piso entero, pero el manto blanco amortiguó el impacto, envolviéndolo en un frío que, por un momento, resultó piadoso. Aun así, un dolor profundo se instaló n su espalda.
Con un quejido ahogado logró incorporarse. Se encontraba ahora en el patio interior, bajo el roble que durante tantos años había acompañado y consolado a la niña solitaria. Rezando en silencio, pidió que el portón principal se encontrara abierto mientras avanzaba con dificultad, frotándose la espalda adolorida. Cada paso era una pequeña prueba. Al llegar a la entrada, se paralizó. Para su sorpresa, el portón no solo estaba abierto, las puertas se escindieron de par en par al sentir su presencia, en un movimiento silencioso. Invitándolo a pasar.
Dentro, comprendió de inmediato que aquel no era un lugar abandonado. Todo estaba impecable, demasiado. La construcción gris y austera por fuera ocultaba un interior de una elegancia majestuosa: rojos profundos, dorados apagados y negros densos se entrelazaban en muros, muebles y vitrales con armonía.
Dio el primer paso dentro de la residencia y una melodía suave lo recibió danzando en medio de la sala. El tañido de un piano que, desde alguna habitación lo esperaba. Tuvo la corazonada de que debía salir de allí en ese instante, pero la carta de aquel niño aparecía en su mente y le impelía a permanecer allí. Tragó saliva, llevó su mano derecha al interior del bolsillo de su abrigo y apretó la súplica grabada en letras desmañadas. Despegó sus pies del suelo y comenzó a correr, pero no hacia la salida, empezó a correr por el convento. Enajenado buscaba la habitación de donde provenía la canción. Sentía que cada vez las notas sonaban más fuertes dentro de su cabeza, quizás intentando sepultar sus gritos a través de los pasillos:
—¡Thalia!, ¡Muéstrate!
¿Qué haría después de encontrarla? Aún no había pensado en ello. Abría puerta tras puerta y, tras cada una, se repetía lo mismo: habitaciones grises, vacías y sin luz. Subió al segundo piso; las escaleras no emitieron sonido alguno bajo sus pisadas desbocadas. La melodía lo estaba enloqueciendo. Con el pulso errático recorría los pasillos, componiendo una escena morbosa.
De pronto, el piano dejó de sonar cuando se detuvo frente a una habitación en particular. La ausencia de sonido lo perturbó; aquella calma lo puso en alerta, expectante, como si algo estuviera a punto de ocurrir. Pensó que quizá alguna presencia lo observaba oculta desde un rincón oscuro.
Permaneció de pie frente a la puerta cerrada. Desde el interior, una voz femenina comenzó a tararear. La escuchaba cerca. Demasiado cerca.
—Aquí estás —susurró, abriendo la puerta de golpe.
Otra habitación gris. Pero en su interior se encontraba una niña vestida con el uniforme blanco del convento. Lloraba mientras abrazaba el cuerpo inerte de un animal.
Mikael reconoció la escena e intentó salir, pero al dar un paso atrás fue interrumpido por las Hermanas, que acudían a socorrer a la niña, ahora desmayada en el suelo. Abrió la puerta para huir de allí; sin embargo, al otro lado no lo esperaba el pasillo del que provenía, sino otra habitación. Una mujer agonizaba en la cama. A sus pies, la misma niña de la visión anterior dormía, aferrada a la esperanza inocente de que aquella mujer mejorara.
—¿Por qué me muestras esto, Thalia...?
Abrió la puerta una vez más y apareció en el bosque. Reconoció a Cassian con su rostro descompuesto mientras enterraba el cuerpo de su hijo Francis. A su lado, una mujer de ojos nublados cayó al suelo, destrozada. Era la misma que lo había acompañado dos veces por el templo.
Mikael se acercó despacio, para cerciorarse de lo que temía. La mujer agachada en el suelo, levantó de pronto la mirada hacia él. Su rostro estaba desfigurado por el pavor; la boca se abrió en un gesto desesperado, dejando al descubierto una dentadura amarilla y putrefacta.
—¡Corre!
El grito le erizó la piel. Se dispuso a huir, pero al girarse la escena cambió de nuevo y volvió a encontrarse en el convento. Una baraúnda.
Gritos de niñas y mujeres estallaban en los pasillos. Todas corrían sin rumbo empujándose, tratando de huir. Algunos cuerpos yacían en el suelo y eran pisoteados por quienes aun conservaban el instinto de sobrevivir. Frente a él, una pequeña tropezó y cayó. Mikael corrió hacia ella sin pensarlo. Se arrodilló, extendió las manos... y la atravesó. Los gritos se acercaban.
—Vamos... por favor... Dios, no... no... ¡no!
Sus manos se movían inútiles en el aire. Ante sus ojos, sin que pudiera hacer nada, la estampida la alcanzó. Decenas de pies la cubrieron. Mikael alzó la mirada al cielo y se tapó los oídos pero los alaridos se filtraban entre sus dedos. Lloró.
—¡Bruja! ¡Es la bruja!
La acusación lo alcanzó por la espalda. Las Hermanas gritaban, y tras ellas apareció la niña que había visto llorar antes. Ahora sonreía con una sonrisa aviesa, impropia de su rostro. Con un leve gesto de la mano, las niñas se desplomaban y a los pies de cada cuerpo surgía un muñeco idéntico y vacío. Era inevitable.
—Thalia... —murmuró, con los ojos inundados.
La niña lo distinguió entre la multitud y su sonrisa se ensanchó. Entonces sus piecitos comenzaron a moverse con rapidez corriendo hacia él. Un terror primitivo lo atravesó y se llevó la mano al bolsillo, extrayendo el crucifijo mientras lo sostenía frente a sí, cerrando los ojos con fuerza. Pero nada ocurrió, Sólo silencio. Permaneció así un instante que pareció eterno. Cuando algo en su interior le indicó que ya podía mirar, abrió los ojos. Se encontraba ahora en otro lugar.
La luna llena iluminaba el bosque. Nevaba con fuerza y llevaba puesta la máscara de conejo. A su alrededor, la congregación avanzaba en procesión, con la mirada fija al frente, sin reparar en él, como si no existiera. El aire era denso; respirar costaba.
Frente a ellos se alzaba el templo. En sus puertas, el símbolo que habían borrado la noche anterior había reaparecido. Mikael se quedó al fondo de la fila, observando. ¿Otra visión? No veía a Cassian. ¿Dónde estaba?
Comenzaron a orar, pero no al Dios de Mikael. El nombre de la destinataria de aquellas plegarias resonó entre los árboles cubiertos de nieve: "Melphómenne".
Una leve brisa rozó su costado. Por el rabillo del ojo vio pasar a una mujer alta, de vestido burdeos, pálida, con el cabello negro trenzado. Avanzaba con un paso infantil, saltarín, sonriendo. Al cruzar junto a él, creyó que lo miraba apenas un segundo. No la oyó llegar a pesar de ser el último de la fila.
La mujer levantó el brazo, e instantáneamente un cuerpo se desplomó. Nadie hizo nada. Él no pudo hacer nada tampoco. La anciana de la máscara de búho se encontraba inerte sobre la nieve. Mikael quiso avanzar hacia ella con desesperación, pero antes de dar un paso, todos se giraron a la vez y se quitaron las máscaras, revelando sonrisas deformes, exageradas e inhumanas. El niño con el que había tropezado ayer también estaba allí, con la misma mueca demoníaca que los demás.
Una carcajada colectiva lo sacudió y comenzaron a caminar hacia él.
—¡No se acerquen! —gritó—. ¡Fuera, demonio!
Una mano enguantada se cerró sobre su hombro y lo obligó a girarse. El agarre era firme y doloroso. Frente a él, Melphómenne sonreía con calma, estaba tan cerca que podía percibir su aliento.
Paz.
Abrió los ojos bajo el gran roble, cubierto de nieve. No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente tras la caída. Sus extremidades estaban entumecidas y su ropa empapada. El convento seguía cerrado, jamás había entrado.
«Dios me ha mostrado esta visión», pensó. «Para salvarla».
Convencido de haber recibido una señal divina, trepó nuevamente el árbol con torpeza y se dejó caer al exterior. Aterrizó de bruces en la nieve. Nada elegante. Avergonzado miró a su alrededor, esperaba que nadie lo hubiera visto. Entonces sus ojos se alzaron hacia la ventana de la habitación de Thalia, su sorpresa fue tal que le temblaron las piernas y casi cae otra vez. Allí estaba ella, observándolo con expresión serena. Se estaba riendo.
Mikael le frunció el ceño, su rostro se tiño de un rojo brillante, asumió que se reía de él y de su inepto equilibrio. Mordió su labio, se ajustó los anteojos y corrió a casa de Cassian, dispuesto a salvar el día, no podía dejar que esa mujer le ganara. No quería volver a ver su falsa sonrisa que ahora le provocaba náuseas.
Al llegar, el anciano se lanzó a abrazarlo.
—¡Hijo! —exclamó, con la voz temblorosa—. Te busqué por todas partes. Anoche no volviste a casa.
—¿Cómo? —respondió Mikael, desconcertado—. Pero si ayer volvimos juntos... —se interrumpió—. Señor, debo decirle algo.
Lo condujo hasta un sillón y se colocó frente a él.
—He tenido una visión. Debemos impedir que la señora de la máscara de búho vaya hoy a la procesión.
El rostro de Cassian se contrajo. Bajó la mirada, jugueteando con sus manos.
—Hijo...
—Cassian, por favor. Debemos salvarla.
—No se puede.
La mandíbula de Mikael se tensó; una vena palpitó en su sien.
—¿Por qué no? ¿Por qué insisten en continuar con esta locura?
—Mikael —la voz del anciano se volvió severa—. Hoy es quince de julio. La última procesión fue anoche.
El joven quedó petrificado. Se dejó caer en una silla con la mirada vacía mientras Cassian hablaba.
—No volviste en todo el día ni en la noche. Salí a buscarte y no estabas en ningún sitio. Me preocupé tanto que ni siquiera asistí a la procesión.
—¿Y la señora... de la máscara de búho?
Cassian asintió lentamente.
—Fue el sacrificio de este año.