Los caballos comenzaron a resoplar con violencia a pocos metros del pueblo. Sus cascos golpearon los adoquines húmedos con un ritmo irregular y nervioso; un repiqueteo seco que se propagó entre las fachadas, advirtiendo sobre algo que nadie podía distinguir.
—Tranquilos... —murmuró el cochero, afirmando las riendas.
Pero un muro invisible se alzaba frente a ellos, una frontera que solo los animales percibían y que los empujaba a la desesperación. Un relincho desgarró el aire y el carruaje se ladeó bruscamente. Viktoria sintió el tirón repentino en el cuerpo antes de que el crujido seco de la madera quebrara la escena. Baptiste salió despedido, rodó pesadamente y quedó tendido entre las piedras frías. Un gemido le escapó del pecho; la sangre le descendió por la frente en una línea delgada. Los caballos huyeron, tragados por la niebla, abandonando a su dueño sin volver la cabeza.
El Padre Gabriel descendió sin prisa. La sotana apenas se agitó bajo el fuerte viento. Se detuvo junto a Baptiste sin tocarlo, frunció levemente el ceño y alzó la mirada. El pueblo estaba allí, a unos pasos.
Viktoria bajó del carruaje con torpeza y al ver al joven en el suelo, corrió hacia él.
—Está herido... y en la cabeza —dijo, arrodillándose frente al cochero—. No te muevas. Mírame. ¿Te sientes mareado?
Baptiste mantenía los ojos cerrados y apretó los puños con fuerza. Una lágrima pequeña e involuntaria se deslizó por su mejilla.
—¿Te duele mucho? —insistió—. Padre, tenemos que hacer algo ahora. Yo iré al pueblo, usted quédese con...
—Estrella Brillante... Don Pepo... —susurró Baptiste.
—¿Quiénes? —preguntó Gabriel, con calma.
—Se fueron... Estrella Brillante... Don Pepo...
Viktoria se incorporó de golpe.
—Está delirando. Habrá que improvisar una camilla con la madera del carruaje y llevarlo al hospital, si es que existe uno aquí. O conseguir caballos... —hablaba con rapidez, ya dando la espalda.
—¡Son mis caballos! —gritó entonces Baptiste, alzando la voz por primera vez—. Mis hermosos caballos... Tenían miedo y no los escuché, esta vez no volverán. Ahora estarán perdidos para siempre. Es mi culpa...Otra vez...
Un suspiro de alivio se escapó de Viktoria y el Padre. Baptiste, en cambio, habría preferido cargar con una herida más profunda antes que aceptar la ausencia de sus animales.
El joven cochero se incorporó con cuidado, sujetando su cabeza, el mundo giraba lentamente a través de sus ojos, pero estaba convencido de que aún podía alcanzar el pueblo a pie. Según lo que había escuchado de la boca del Padre Gabriel y Viktoria, él no debía involucrarse más en esa misión. No lo deseaba tampoco, no después de lo ocurrido en aquel hostal maldito al que fueron a parar.
Toda esta situación le perturbaba hasta las entrañas. Mientras caminaban, de pronto, sintió envidia de sus caballos, ellos habían podido huir, escapar del horror, abandonar aquel lugar condenado sin mirar atrás. En tanto él se dirigía, por su propia voluntad, al pueblo nefando.
Luces temblorosas, cantos extraños y danzas circulares los envolvieron incluso antes de franquear el umbral del pueblo. El aire estaba saturado de un aroma dulzón a pan recién horneado, tan intenso que casi resultaba sofocante. Los pobladores los observaron con sonrisas demasiado amplias y miradas curiosas disfrazadas de cordialidad. Era una bienvenida cálida... y peligrosamente asfixiante.
—Disculpe... —Viktoria se aproximó a un grupo de vecinas que tejían junto a una pileta de piedra. Las ancianas alzaron el rostro al unísono y la midieron con miradas escrutadoras—. Estamos buscando un hospital. ¿Hay uno en este pueblo?
Las mujeres se miraron entre ellas. Durante un instante no dijeron nada. Luego, una risa brotó de sus gargantas al mismo tiempo. Una de ellas, envuelta en un pintoresco vestido rosa ajado, aferró el brazo de Viktoria con una fuerza impropia de su apariencia y la hizo girar súbitamente hacia las montañas.
—Si siguen este camino en veinte minutos estarán en el hospital.
—Suélteme.
—Oh... lo siento mi niña —dijo la anciana, ladeando la cabeza—. No creí que mi agarre siguiera siendo tan potente a mi edad.
Sus acompañantes estallaron en carcajadas. Rieron con una intensidad desmedida, doblándose, llevándose las manos al vientre, hasta que las lágrimas resbalaron por sus rostros arrugados sin borrar la sonrisa. Viktoria las ignoró y avanzó por el sendero señalado, frotándose el brazo como si quisiera borrar el recuerdo del contacto. El Padre Gabriel y Baptiste la siguieron en silencio, no sin antes agradecer por la indicación, aunque sus palabras se perdieron entre las risas que aun resonaban, demasiado tiempo después.
El frío se filtraba bajo la piel, la densa bruma era cada vez más espesa, parecía caminar con ellos, acompañarlos, guiar sus pasos a través del sendero de piedra rodeado de rosas rojas. Viktoria aun pensaba en aquellas risas de las mujeres, no podía quitarse sus rostros de la mente, deseaba haber dicho algo más, o al menos, haberles lanzado una mirada que representara todo su enfado, sin embargo, se limitó a ignorarlas y salir de allí rápidamente, le incomodaron. El Padre Gabriel caminaba detrás de ella, sosteniendo a Baptiste, cuyo cuerpo pendía con torpeza sobre su hombro. Al parecer el joven se había herido no sólo la cabeza, su tobillo también se veía comprometido y ahora le costaba caminar. Sintió lástima por él, por la situación en la que se encontraban. Gabriel lo sostenía con aparente serenidad, pero el esfuerzo tensaba su mandíbula. Observó a los dos jóvenes en silencio, ninguno debía estar allí, ninguno había sido destinado a ese pueblo. Sabia de quién era la culpa, pero repetirlo en voz alta una y otra vez, lo haría parecer un fanático consumido por sus propios demonios.
«Al menos Viktoria comienza a ver que esto no pertenece al mundo que conoce», pensó. Después de lo ocurrido en el hostal, atribuirlo al simple azar sería una blasfemia contra la razón.
—Oh... lo siento —murmuró Baptiste tras tropezar, apoyando más peso en el sacerdote.
—No te preocupes. Eres ligero —respondió Gabriel.
Mentía. El sudor frío le corría por la nuca. A unos metros se comenzó a divisar un edificio de color cian. Viktoria sonrió, al fin habían llegado. No era un hospital digno de ciudad, pero bastaría. Baptiste sanaría, reposaría unos días y se marcharían, eso esperaba. Aunque una parte oscura de su pecho susurraba que el pueblo no lo soltaría con facilidad.
Los enfermeros los recibieron con excesiva amabilidad y Baptiste fue conducido de inmediato a consulta; Gabriel entró con él y Viktoria quedó sola en el pasillo. Caminó observando las paredes inmaculadas, los suelos brillantes, las salas cerradas. Pocos pacientes. Normal en un pueblo que no tenía tanta población como Uldhemar. Se sobó el brazo que había apretado la anciana, aun podía sentir sus dedos quemándole la piel.
Distraída, chocó sin querer con una familia; un hombre de cejas espesas. Una mujer rubia, con ojeras y hoyuelos que parecían dibujados. En sus brazos, un bebé.
—Discúlpeme.
—No se preocupe, usted es nueva por aquí, Madame—. Respondió la mujer con una sonrisa perfecta—. Se nota que es de ciudad. Viste... diferente.
—Ah, esto... Sí—. Respondió Viktoria—. Es más cómodo para trabajar, la Arquidiócesis me ha dado permiso.
Al nombrar a la Arquidiócesis, el semblante de la mujer se tensó y se miró con su esposo sin perder la sonrisa característica, preguntó con un tono de preocupación:
—¿Viene de la Arquidiócesis? ¿No será por el joven Mikael?
Viktoria se sorprendió, conocían a Mikael, quizás había sido un revuelo que llegaran a investigar el pueblo.
—Sí, venimos con él, para ayudarlo con la investigación.
La mujer tragó saliva y frunció el ceño, Viktoria pensó que era una mueca bastante extraña, no lograba descifrar si estaba feliz o incómoda.
—Será mejor que se lo lleven y se vayan todos ustedes, pronto, lo digo por su bien Madame. Los forasteros no son muy bienvenidos por los ancianos del lugar...—Su voz cada vez se apagaba más, las últimas palabras fueron un susurro apenas.
—Oh, ya lo he notado—. Respondió Viktoria recordando a las ancianas.
La mujer y su pareja se rieron por lo bajo, en eso, el bebé comenzó a gimotear. La madre abrió los ojos con un terror inmediato. Lo alzó, lo meció con desesperación, susurrándole palabras dulces con una angustia desproporcionada. Viktoria no comprendía, pero no se atrevió a cuestionar a una madre, ella nunca había podido serlo. Se despidió pero antes de dar media vuelta, la señora la detuvo un instante.
—Madame, no cuestione lo que uno hace por amor, por favor se lo pido, trate de entendernos. Una madre, por su hijo, haría lo que fuera...
El señor de las cejas tupidas le susurró algo al oído, se disculpó con Viktoria y pronto ambos se alejaron. Esas frases sonaron para la doctora como si hubieran sido al azar, no le hicieron sentido hasta que entró al área de maternidad. Se encontraba casi vacía, excepto por dos recién nacidos en camas y un niño de apenas tres años aproximadamente, que miraba a su hermano durmiendo. Los neonatos tenían la sonrisa cosida.
Su respiración se volvió agresiva, los agujeros de su nariz se expandieron para inhalar más aire, una llama que le quemaba hasta el alma recorrió su cuerpo y pronto salió corriendo de allí. Afuera se encontró con el Padre Gabriel y Baptiste, quien tenía una venda en la cabeza y muletas. La esperaban.
—¿Dónde estabas? —. Preguntó el Padre Gabriel, al verla llegar agitada. —¿Qué ocurrió?
—Debemos irnos de aquí y denunciarlos a todos—. Decía Viktoria mientras caminaba de un lado al otro, con una mano en el tabique de su nariz—. Están enfermos, vamos, busquemos caballos y nos vamos de aquí ahora, yo conduciré.
—¿Denunciarlos? —preguntó Baptiste, consternado.
—Sí—. Viktoria se acercó a ellos y susurró rabiosa—. Les cosen la boca a los niños en una sonrisa, ya me parecía raro que aquí todos fueran tan alegres, con esa mueca que solo provoca golpearles en la...
—Viktoria.
El Padre Gabriel la interrumpió, la miraba seriamente, pero también sonreía.
—No juzgues sin saber. Primero tratemos de entender, encontremos a Mikael y salvemos a estas personas.
—¡¿Entender qué?! ¿El maltrato sistemático? ¡Una mierda!
—Pensaba que entendías la situación, tú decidiste venir por tu propia cuenta, no ibas a ser la protagonista de esta historia.
—Bueno, pero aquí estoy y al parecer soy la más cuerda, hay que notificar esta negligencia.
—Y lo haremos, tranquila. Mandaré una carta a la Arquidiócesis para que todos los delitos que veamos acá sean juzgados. Sin embargo...—El Padre la miró directamente a los ojos y levantó una ceja, con la sonrisa torcida—. Piensa lo desesperados que están para llegar a tales niveles, algo muy extraño está pasando...
—O alguien les ha lavado el cerebro, actúan como una secta. ¡Eso es!
Viktoria se giró y les dio la espalda, no quería que vieran su rostro, que revelara su duda y el miedo que comenzaba a caminar por su espalda. Baptiste no sabía qué decir, se limitó a mirarlos mientras discutían. Aunque quería seguir el plan de Viktoria y salir corriendo de allí lo más pronto posible, también entendía que esta misión era muy importante, y que al menos debían salir de allí con Mikael, no se perdonaría abandonar a alguien en ese lugar.
Un hombre se acercó a ellos de pronto, y se aclaró la garganta para que notaran su presencia. Era el que anteriormente había visto Viktoria.
—Disculpen, sé que buscan a Mikael, el joven de anteojos.
—Sí, ¿sabe donde está? —preguntó Gabriel.
—Sí, me dio lástima ver a tanta gente que no tienen que ver en esto, por favor, váyanse apenas lo encuentren.
—Como diga, haremos nuestro trabajo y nos iremos—el exorcista sonreía.
Viktoria supo que mentía, él no quería irse, y le sorprendió ver un sacerdote pecar tan fácilmente.
—Se encuentra en la cabaña de Cassian el carpintero, en el bosque. Si siguen el sendero principal pueden llegar en diez minutos, por favor no se pierdan.
—Si es solo seguir el sendero principal no nos perderemos—dijo Viktoria.
—De verdad... no se pierdan.
✞
—Deje de hacer el ridículo, por favor.
Viktoria caminaba detrás de Baptiste y Gabriel. El sacerdote, cada diez pasos, se detenía para rociar agua bendita sobre la tierra nevada, murmurando oraciones en voz alta. El agua caía sobre la escarcha y se volvía cristal inmediato. Sin quererlo, Viktoria había comenzado a repetir los rezos en silencio y eso la irritaba aún más.
—Si seguimos así llegaremos en horas—se quejó.
— Estoy haciendo mi trabajo.
—Baptiste necesita reposo.
El joven bajó la mirada al oír su nombre. Le incomodaba ser el motivo de aquella disputa constante. No quería ser el centro de ninguna tensión. Bastante tenía con sostenerse en pie.
—No se preocupe Madame, yo estoy bien.
Un chasquido seco escapó de los labios de Viktoria y adelantó el paso, dejando atrás a los hombres. De repente, un pequeño escorpión apareció frente a ella, oscuro y elegante. Se detuvo ante sus pies.
—¿Un escorpión en invierno? ¿Estará buscando refugio?
—¡Viktoria!
Gabriel llegó a su lado casi de inmediato. Sin dudarlo, arrojó agua bendita sobre el animal quien huyó veloz perdiéndose entre el barro y la nieve. Viktoria quedó unos segundos en silencio mirando la escena, y luego comenzó a reír a carcajadas.
—¡Está loco! —exclamó entre risas—¡Cuidado, un escorpión del infierno!
Baptiste llegó donde se encontraban y los miró extrañado, no los entendía. No sabía si se llevaban bien o mal, para él, ambos eran inquietantes.
—Todas son señales Viktoria—dijo Gabriel con serenidad—. Es una guerra espiritual constante. Ojalá algún día puedas abrir los ojos y veas que todo a tu alrededor intenta comunicar algo.
Tras esa frase se puso en marcha, dejando a Viktoria riendo y a Baptiste detrás.
La cabaña de Cassian se encontraba en el claro del bosque, señalizado y con un bello jardín. Pronto tocaron a la puerta. Un anciano de ojos celestes y chaleco beige apareció tras la madera, por donde escapó el calor de la chimenea acariciándoles los rostros.
—¿Sí? —. Preguntó con semblante perturbado. Sin embargo, la ausencia de sonrisa fue un alivio inexplicable para los recién llegados.
Gabriel se presentó con solemnidad. Cassian los recorrió con la mirada y se detuvo en el sacerdote unos segundos más de lo normal, luego observó al joven herido.
—¡Mírate! ¿Qué ha ocurrido? Pasen... tomen asiento.
Al pasar un aroma dulce los envolvió, a Viktoria se le hizo agua la boca en segundos. Mikael estaba en la cocina, con un delantal sobre la camisa blanca arremangada, sus lentes reflejaban el brillo del fuego. Al girarse y descubrir a las visitas se le iluminaron los ojos y corrió a abrazarlos.
—¡No puedo creerlo! ¡Han llegado! —. Gritaba y con sus manos les sostenía los rostros para besar sus mejillas.
—¡Hey! Que recién nos conocemos, ¿podríamos... no sé... comer de lo que estás preparando? —preguntó Viktoria, cansada de las sopas agrias que le ofrecieron en el hostal.
—¡Claro!, tomen asiento, esta mañana he decidido hacer un postre digno de todos ustedes, Dios sabía que llegarían y me ha dado inspiración—dijo mientras traía pequeños platos llenos de una especie de crema.
—Deben estar muy cansados, coman por favor—dijo Cassian sentándose en un sillón, sin despegar su mirada de los dos hombres invitados.
—Crème brûlée, cortesía de la casa—comentó Mikael mientras se sentaba con ellos a la mesa.
Viktoria fue la primera en romper la capa de azúcar, de tres bocados ya había desaparecido el postre. Baptiste y Gabriel la siguieron. Mientras disfrutaban su comida, Mikael les contó todo lo sucedido en aquel lugar, las ganas que tenía a veces de salir corriendo de allí, y la fe ciega que le hacía seguir en su misión, el impulso que lo llevaba a querer salvarlos a todos. Lo escuchaban atentos, en especial Viktoria, Baptiste tembló cuando contó lo vivido en el convento y las visiones que lo atormentaron.
—No pude salvarla...
Sus manos se cerraron sobre la mesa. Cassian lo observaba con tristeza silenciosa. Entobces Gabriel se levantó y posó una de sus manos sobre el hombro del estudiante.
—Has hecho bien joven. Descansa, esto es mucho para tu primera prueba, pero aquí estamos, mira y aprende bien.
Mikael levantó la vista hacia el sacerdote, quien lo observaba con una sonrisa en su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un alivio en su cuerpo, un peso se le fue arrancado de encima, flotaba. Mordió sus labios y se levantó también, quedando frente a Gabriel.
—¿Cómo haremos para llegar a ella?
El Padre soltó una risa tranquila, y le dio unas palmadas en la espalda.
—Es fácil, como lo haríamos con cualquier persona. Escribimos una carta anunciando nuestra visita.
Un silencio siguió esa frase, nadie creía lo que estaba diciendo.
—¿No oyó todo lo que dije? Las visiones, su toque mortal...
—Claro que lo escuché joven Declair.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Iremos así nada más? ¡Nos matará!
—A ti te ha dejado vivir.
Cassian se levantó temblando y se dirigió hacia el exorcista.
—No ... no se debe tomar a la ligera...
—Señor, jamás tomaría a la ligera al demonio. Pero Thalia o Melphómenne o como se llame, es humana. La están tratando como un monstruo—. La última frase fue dirigida a Mikael.
El joven tragó saliva, sin querer quizás la había deshumanizado, después de todo lo vivido, no estaba pensando bien. Esa misma noche les llegó la respuesta, una carta traída por un cuervo, con una letra elegante y bonita caligrafía. Melphómenne los esperaba en unos días, a cenar.
Gabriel leyó la carta y sonrió entre dientes.
—¿Están todos confesados?