Un suspiro dejó escapar aquel joven de cabello alborotado a quien sus pensamientos habían atormentado toda la mañana. Mientras se servía un té en la taza de porcelana frente a la chimenea, el aroma a lavanda acarició su nariz en un intento por calmarlo.
«Pronto estarán aquí, mañana ya debería recibirlos. Con su apoyo podremos salvar el pueblo... Tranquilízate».
La puerta de madera crujió al abrirse y dejar entrar a Cassian con una sonrisa orgullosa.
—Mira esto, hijo. —En sus manos traía una máscara de madera con detalles felinos, completamente pintada de blanco, un trabajo precioso—. Es la máscara que utilizaré este año para la procesión. Hoy es la primera noche y debo preparar todo.
Mikael se quedó observándola varios segundos sin responder, con el semblante serio y la mandíbula tensa.
— Señor Cassian... ¿puedo tomar su lugar este año?
La pregunta lo sorprendió tanto que tuvo que sentarse en una silla cercana para no perder el equilibrio.
Ambos guardaron silencio, contemplando la máscara. Los ojos eran dos aberturas alargadas y ascendentes que otorgaban un aire misterioso y depredador. La nariz presentaba una pequeña elevación triangular, sutil pero marcada; de ella nacían unas líneas que imitaban el puente del hocico. En los laterales, el tallado dejaba pequeños puntos regulares que evocaban discretamente el lugar donde irían los bigotes. Las orejas, altas y elegantes, se inclinaban apenas hacia atrás, en un gesto de alerta. Era increíble pensar que las manos gruesas y ásperas del carpintero fueran capaces de crear algo tan bello y delicado.
Mikael se aclaró la garganta.
—¿Puedo tomar su lugar en la procesión este año? —repitió, buscando sus ojos.
El carpintero comenzó a temblar, esquivando la mirada del joven estudiante. Tragó saliva y se relamió los labios.
—No puedes —dijo al fin, con voz temblorosa—. Limítate a observarla de lejos, por favor.
El tono y las expresiones de Cassian le dieron a entender a Mikael que había algo que no le había sido revelado. La curiosidad del joven se disparó y una media sonrisa se le dibujó en los labios.
—Señor Cassian, hay algo que no me ha dicho... ¿cierto?
Los músculos del hombre se tensaron. Apretó la máscara entre sus manos y, por fin, se atrevió a mirar a Mikael directamente.
—Por tu bien, es mejor que no lo hagas. Además... ¿esto no iría contra tus creencias? ¿Contra las reglas de tu iglesia?
Mikael levantó una ceja y se acomodó los anteojos con el dedo índice. Cassian tenía razón; aun así, él ya había pensado en ello.
—No se preocupe por mí. No pasa nada si no le rindo culto realmente en mi corazón. Todo es para fines investigativos.
Cassian bajó la mirada y se levantó lentamente. Dejó la máscara sobre la mesa y se acercó a Mikael con un semblante melancólico. Frente a él estaba la figura de un joven que su hijo nunca llegó a ser. Ahora tendría alrededor de la misma edad que el estudiante. Con igual curiosidad habría tomado riesgos innecesarios y, sin duda, lo habría desafiado del mismo modo.
¿En qué momento se había encariñado tanto con él?
Posó una de sus manos sobre la cabellera castaña rizada y la despeinó aún más de lo que ya estaba. Mikael se sorprendió por el gesto y soltó pequeñas risas, un sonido dulce y cálido que, al llegar a los oídos de Cassian, viajó hasta su garganta, logrando derretir el nudo de hielo que allí se formaba.
—No irás. Es mi última palabra.
Ni siquiera el puchero exagerado del joven logró hacerlo cambiar de opinión. La atmósfera alrededor del carpintero había cambiado: tener a alguien a quien proteger lo hacía lucir más decidido y valiente. Tomó la máscara nuevamente y la miró con el entrecejo fruncido.
—Ahora tengo que dibujarle trazos con mi sangre. Pero no te preocupes, es solo un pinchazo en el dedo, nada más —aclaró, al ver que Mikael ya había entornado los ojos con desconfianza.
Suspiró y con una aguja se hirió la punta del dedo índice. Una gota de sangre brotó y, con ella, comenzó a hacer trazos sobre la máscara. No eran dibujos al azar; Cassian se aseguraba de que cada línea tuviera armonía y elegancia. Su dedo danzaba sobre la superficie blanca, dejando a su paso hermosas formas sangrientas.
Mikael observaba hipnotizado. Sabía que estaba presenciando una escena profana, pero no podía apartar la mirada. Ver trabajar a ese anciano era presenciar el verdadero significado del arte; sus años de experiencia y, quizás, su corazón destrozado, le permitían crear las obras más conmovedoras que él hubiese visto jamás.
Ni siquiera en el centro de la ciudad de Uldhemar —con sus enormes torres y arquitectura imponente— podría haber encontrado tal nivel de detalle y fineza.
Las piezas de Cassian evocaban algo distinto. Al verlas, uno podía sentir un vacío profundo, unas ganas incontenibles de llorar que nacían desde lo más oscuro e íntimo del interior. Una soledad que ahogaba hasta desear desaparecer. Y, aun así, dentro de esa horrible sensación, justo antes de que todo se tornara negro y el corazón se detuviera, allí, en ese último suspiro de vida, se encontraba la belleza.
El fin de un milagro que quizá nunca debió ser, y en ello, la certeza de lo sagrado.
✞
«Mañana llegarán»; aquella frase se repetía sin descanso en la mente del joven de anteojos mientras plasmaba sobre un grueso papel sus descubrimientos acerca del pueblo. La chimenea crepitaba, dejando escapar destellos anaranjados que temblaban contra los muros empapelados en tonos vino. Las sombras largas se estiraban por el suelo de madera encerada, moviéndose como si tuvieran voluntad propia cada vez que la llama exhalaba.
Cassian había salido hace aproximadamente diez minutos, y en ese tiempo, Mikael había perdido las esperanzas de participar en la procesión. Tomó lo que pasaba como una señal divina de que no debía inmiscuirse en rituales de adoración ajenos, y se puso a escribir sobre el escritorio de roble oscuro, mientras la noche caía y el pueblo se preparaba en silencio para la primera noche de ceremonia.
Mikael suspiró y se mordió el labio inferior, dejó a un lado la pluma de acero y posó sus ojos en el fuego. Algo no andaba bien, Cassian guardaba más de un secreto, y no quería presionarlo a decirle todo, era la única persona allí que le había prestado ayuda, incluso un hogar. Pero esa sensación no se iba de su pecho.
Un maullido lejano lo sacó de su ensoñación.
Su mirada se separó bruscamente de las llamas hipnotizantes, y recorrieron toda la sala; estaba vacía.
—Después de lo que pasó en casa de Ruah estoy paranoico, quizás—dijo, incorporándose y dirigiéndose a la cocina, donde pensaba empezar a preparar la cena.
Harina, agua, sal y la masa madre que había dejado reposando días anteriores. Sólo eso necesitaba para hacer el pan más delicioso que cualquiera haya probado, estaba orgulloso de sus habilidades culinarias, y le gustaba compartir sus recetas con los demás. ¿Cassian llegaría cansado y con hambre?, lo esperaba un pan suave y crujiente.
Al terminar de amasar y moldear cada uno de los bollos, los dejó reposando en un cuenco de madera, cubiertos con un paño limpio. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y observó el viejo reloj en la pared de la sala; debería rondar las once de la noche, aunque el péndulo siempre marcaba la hora con cierta pereza.
—Bueno, dejaré reposando la masa una o dos horas, mientras puedo escribir...
Otro maullido lo interrumpió, esta vez lo escuchó más cerca.
Buscó por toda la sala, la cocina, y su habitación, sin encontrar ningún gato. El animal debió entrar en algún momento sin que nadie se diera cuenta, y ahora podría estar atrapado o hambriento, debía encontrarlo y ayudarlo. Cuando pasó frente a la puerta cerrada del taller de carpintería de Cassian, oyó un rasguño del otro lado, casi imperceptible, se detuvo.
Y otra vez el maullido. El animal estaba en el taller.
Abrió la puerta lentamente para no asustarlo. La habitación estaba totalmente oscura, no podía distinguir ninguna figura. Caminó con cuidado, tropezando con algunos restos de madera que el carpintero había dejado regados por el suelo. Al topar con la mesa de trabajo comenzó a palpar la superficie en busca de alguna fuente de luz.
Sonrió levemente cuando sus dedos rozaron una lámpara de aceite y al lado unas cerillas.
La luz reveló una sala donde reinaba el desorden, pero en medio del caos, se podía apreciar el esfuerzo de años en ese lugar, el tiempo dedicado a una labor mágica y solitaria.
Un ronroneo le acarició los oídos. No tuvo que buscarlo, no se escondía. En la esquina de la mesa de trabajo, sobre una máscara de procesión sin terminar con forma de conejo, se hallaba el animal: un gato de ojos verdes penetrantes y pelaje oscuro.
Contuvo la respiración.
El mensaje estaba ahí, silencioso, vibrando en ese ronroneo grave. Mikael no necesitaba palabras para comprenderlo. Aquella criatura había encontrado la forma de empujarlo hacia lo que debía hacer, de señalarle el camino sin mover más que la cola.
Y él lo reconocía.
—¿Lázaro...?