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No soy un monstruo

Jajahar · por Carmille · 07 de septiembre de 2026

Una niña de vestido burdeos caminaba descalza sobre la nieve. Sus pequeños pies dejaban huellas efímeras sobre el manto blanco, manchas de vida destinadas a desaparecer bajo la próxima nevada.

—¿Quién será este año?

—Dicen que Monsieur Nicolas desea ofrecerse.

—¡No! Sus hijos quedarán solos.

—Pero él conocerá la dicha eterna.

La niña se detuvo entre los murmullos que reptaban desde la multitud enmascarada. Las voces parecían surgir de las propias sombras, amortiguadas por el viento invernal. Ya no recordaba cuándo los habitantes de Jajahar habían comenzado a ocultar sus rostros tras aquellas máscaras de madera. Sin embargo, aquel detalle siempre le había parecido extrañamente encantador, como si todos participaran de una macabra obra de teatro cuyo desenlace conocían de memoria.

Sus ojos recorrieron lentamente a los presentes. No estaban todos, nunca estaban todos. Con los años habían tejido aquel ritual alrededor del miedo, una venda sobre una herida que jamás había cicatrizado desde el incidente del convento. Una costumbre nacida de la culpa y alimentada por la superstición. Sólo una víctima al año. Sólo una vida para apaciguar aquello que dormía bajo la nieve. Un sacrificio.

La niña se quitó los guantes. El aire helado se aferró a la delicada piel de sus manos mientras alzaba una de ellas. Un estremecimiento recorrió a la multitud, pudo verlo en la rigidez de sus cuerpos, en la forma en que algunos bajaban la mirada y otros contenían el aliento. Quiso convencerse de que temblaban por el frío. Quiso creer que el invierno era el único monstruo presente aquella noche. Necesitaba creerlo.

Entonces un hombre abandonó la multitud. Avanzó hacia ella con pasos vacilantes, como un condenado que camina hacia su propia tumba. Cada movimiento parecía arrancarle un gemido de dolor. Cuando finalmente se detuvo frente a la niña, ella alzó la vista. La tristeza que emanaba de aquel hombre era tan profunda que si no hubiera sido por su maldición, probablemente se le habría contagiado. Ardía más que el fuego, más que cualquier herida. Era una pena inmensa y silenciosa, un dolor que le quemaba el corazón. Su rostro ya estaba adornado por una dulce sonrisa, pero cuando sus dedos envolvieron la mano del desdichado, aquella expresión floreció como una rosa bajo la luz de la luna.

Lo sintió. La tristeza, el miedo. Los años de sufrimiento acumulados en lo más profundo de un alma cansada. Todo aquello se deslizó fuera de él y se derramó en el vacío con un único roce. Tan simple e inevitable. El hombre exhaló un último suspiro, semejante al lamento de una vela que se extingue, y su cuerpo se desplomó sobre la nieve. A los pies del cadáver apareció un pequeño muñeco sonriente. Sus ojos reflejaban la blancura del invierno y su sonrisa inmóvil parecía burlarse de la muerte.

La niña se acercó con pasos ligeros, siempre lo hacía, era su parte favorita. Se arrodilló junto al cuerpo inmóvil y retiró con delicadeza la máscara que ocultaba su rostro. Le gustaba observar la expresión con la que partían. Le gustaba comprobar que el dolor realmente había desaparecido. Y, como siempre, allí estaba; una sonrisa serena descansaba sobre los labios del difunto, la misma sonrisa que muestran los santos en los vitrales. La misma sonrisa que llevan los muertos cuando por fin encuentran aquello que los vivos buscan durante toda una vida.

«No soy un monstruo».

Kyrie, eleison. Christe, eleison. Kyrie, eleison.

Las palabras surgieron desde ninguna parte y desde todas al mismo tiempo. La niña alzó la cabeza hacia los robles, buscando el origen de aquellas voces, pero sólo encontró nieve, sombras y silencio. Todo había desaparecido; el cadáver, el muñeco sonriente, los habitantes de Jajahar. Se hallaba sola.

Sancta Maria, ora pro nobis. Sancta Dei Genetrix, ora pro nobis. Sancte Michael, ora pro nobis...

Un dolor punzante le atacó el estómago, un punto específico que se ramificó por todo su cuerpo, logrando que cayera sobre la nieve en posición fetal. Era una llama encendida que trepaba por sus costillas, devoraba sus pulmones y se enroscaba alrededor de su garganta.

A lo lejos resonó el graznido de un cuervo, quiso pedirle ayuda, pero las palabras no le salían. El animal descendió desde las ramas más altas y cruzó el aire gris con solemnidad. Por un instante creyó que venía a salvarla. Por un instante creyó que no estaba sola. Entonces el cuervo se posó sobre ella...Y comenzó a reír.

Sancte Raphael, ora pro nobis. Omnes sancti Angeli et Archangeli, orate pro nobis.

El eco de las letanías se volvió insoportable, llevó sus manos a los oídos para ahogar las voces y descubrió algo cálido. Sangre, sus oídos sangraban. Desesperada por arrancar esas voces de su alma se cubrió la cabeza con ambas manos. Dolía. Cada palabra de la oración era una aguja que se clavaba en su carne. Quería llorar, gritar, implorar misericordia. Pero de su garganta no podía emerger ningún llanto. Sólo pudo reír. Su voz era tan torcida e inhumana que no la reconoció.

Las risas de la niña y el cuervo se mezclaron en el bosque, bajo la mirada muda de los robles, compartieron su grotesca alegría sobre la nieve teñida de rojo.

—Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros...

Thalia abrió los ojos.

Estaba sentada frente al Padre Gabriel, su estola larga lo conectaba con ella. A su lado había una cubeta llena de contenido que parecía vómito, Viktoria la tomaba de la mano. Detrás del sacerdote, Baptiste sostenía una toalla, estaba pálido, Thalia se preguntó si ella se veía peor que él, la idea la hizo soltar una pequeña risa. Se sentía enferma, sudaba.

¿Dónde está Mikael?

Se sorprendió a si misma cuando la pregunta salió de sus labios sin haberla pensado. Gabriel la miró y no respondió. Colocó una mano sobre la cabeza de la joven y le lanzó gotas de agua.

He aquí el agua bendita para salud y sanación de los hombres—. Gabriel parecía no mirarla cuando hablaba, aunque sus ojos estaban posados fijamente en los de ella, parecía buscar algo.

¿Qué ocurre? No estoy entendiendo... ¿Cómo llegué aquí?

Dime tu nombre, demonio. Se te ordena en nombre de Dios, de Jesús y de la Virgen que me des tu nombre.

... Melphómenne...

Gabriel la miró de verdad por primera vez desde que despertó, su mirada se ablandó y le sonrió.

Oh... Has vuelto.

Nunca me fui...

Sí que lo hiciste. —Gabriel miró a los demás soltando una risa de alivio—. Ya pueden hablar, Mikael, sal del rincón, puedes acercarte.

Thalia tragó saliva y esperó expectante a ver la figura delgada de aquel torpe joven aparecer desde las sombras.

Mikael se acercó lentamente desde detrás del Padre, sostenía entre sus manos temblorosas una Biblia. Cuando sus ojos se encontraron, el joven le sonrió tímidamente y un leve rubor cubrió sus mejillas. A Thalia le gustaban sus reacciones; el rubor, el enojo, la risa, el llanto.

Bueno, ya que estamos más tranquilos... Podemos aprovechar el momento para que practiques un poco qué harías tú en esta situación Mikael.

¿Yo, ahora?

Gabriel lo miró con fingida severidad.

¿No viniste aquí porque estás a prueba? Demuestra lo que sabes.

Mikael suspiró y se mordió el labio inferior. Thalia le imitó el gesto sin percatarse.

Primero, le preguntaría el nombre del demonio...

No me lo digas a mí, hazlo...Gabriel esbozó una breve sonrisa y con un gesto de manos le indicó que se acercara más a Thalia.

Mikael se acercó a la joven que seguía en la silla, lo miraba fijamente, casi sin pestañear, entonces él colocó su mano libre en la cabeza de ella.

Te ordeno en nombre de Dios, de Jesús, del Espíritu Santo y de la Virgen, que me digas tu nombre.

En ese momento, Thalia comenzó a temblar, cada espasmo le arrancaba un chirrido a la silla. Mikael, nervioso, miró al Padre, quien se levantó de su silla rápidamente. Viktoria sujetaba con fuerza el brazo de Thalia, que luchaba por liberarse de su agarre.

¡Baptiste, ayúdame!

El joven cochero pareció despertar de un trance con ese grito, la toalla se resbaló de sus dedos y corrió a sujetar el otro brazo de Thalia. Gabriel tomó el mentón de la joven con delicadeza, y le hizo un gesto a Mikael para que se tranquilizara.

Mira sus ojos, Mikael ¿hacia dónde está mirando?

Hacia... arriba...

¿Y eso significa que...?

—...Lo sabía, es Lucifer, el escorpión.

Viktoria golpeó el suelo con el tacón de su bota. El seco chasquido quebró la tensión que se había instalado en la habitación. Frente a ella, los dos hombres permanecían inmóviles, atrapados en una silenciosa reflexión que le resultaba incomprensible. Lo único que sabía era que sus brazos comenzaban a arder por el esfuerzo y que no podría sujetar a Thalia durante mucho más tiempo.

—¿Y eso qué significa? —espetó—. ¿Pueden apresurarse?

Mikael tragó saliva. Sus ojos vacilaron entre Viktoria y Gabriel. El sacerdote le devolvió una mirada serena y, tras un breve instante, asintió.

—Mikael... ¿qué viene ahora?

El joven cerró los ojos por un momento y exhaló lentamente. Entonces comenzó a rezar. Las primeras palabras en latín abandonaron sus labios con timidez. Sin embargo, a medida que avanzaba la letanía, su voz ganó firmeza.

—Kyrie, eleison...

El eco de la plegaria pareció deslizarse por las paredes oscurecidas, enredarse entre las vigas del techo y ocultarse en los rincones donde la luz de las velas apenas alcanzaba. A mitad del rezo, Mikael invitó a los demás a unirse. Las voces se elevaron juntas, formando un coro que poco a poco los envolvió en una extraña sensación de recogimiento. Thalia dejó de retorcerse y su respiración comenzó a acompasarse con el ritmo de las letanías. Viktoria sintió cómo la tensión desaparecía lentamente de sus brazos entumecidos. A su lado, Baptiste soltó un suspiro tembloroso que había estado reteniendo quién sabía desde cuándo.

Mikael se llevó una mano al bolsillo para sacar el pequeño frasco de agua bendita. Sin embargo, sus dedos torpes tropezaron con el cristal y éste resbaló de su agarre. El impacto resonó en la habitación. El vidrio se hizo añicos sobre las tablas del suelo y por un instante nadie habló.

Mikael se quedó inmóvil observando las gotas dispersas entre los fragmentos brillantes. Después se hincó apresuradamente, como si aún pudiera rescatar algo de aquella agua consagrada.

—No...

Extendió la mano hacia los restos, pero antes de que sus dedos alcanzaran los vidrios, el Padre Gabriel le apoyó una mano sobre el hombro. La presión fue suave y tranquilizadora.

—Yo tengo otra —dijo con una pequeña sonrisa—. Tranquilo, no pasa nada.

—Gracias...

Se incorporó de nuevo mientras Gabriel le entregaba otro frasco. Esta vez lo sostuvo con firmeza, temiendo que también pudiera escapársele.

—He aquí el agua bendita para salud y sanación de los hombres.

Introdujo los dedos en el agua y los agitó suavemente. Las gotas atravesaron la luz temblorosa de las velas antes de caer sobre Thalia. Una de ellas resbaló por su frente, otra quedó suspendida un instante sobre sus pestañas. Fue entonces cuando sus miradas se encontraron, sólo un segundo. Un instante tan breve que podría haber sido imaginado, y aun así bastó. Los ojos de Thalia parecían extrañamente oscuros bajo la penumbra. Mikael apartó la vista de inmediato, su pecho había comenzado a protestar, el mismo desorden que lo invadía siempre que ella lo observaba demasiado tiempo. Se aclaró la garganta y dirigió la mirada al Padre.

—Ahora le preguntaría dónde le duele, si es que ha sentido dolor en alguna parte del cuerpo.

Gabriel arqueó una ceja. La sonrisa que apareció en su rostro fue apenas una curvatura en los labios, mitad diversión, mitad paciencia.

—Bueno, hazlo. No tienes que decírmelo a mí. Quiero ver cómo te manejas para poder incluirlo en el reporte de tu participación.

Lo dijo con aparente convicción. Sin embargo, la verdadera razón era otra; desde que había comenzado la sesión, el demonio parecía reaccionar de forma distinta ante Mikael. O quizá era Thalia. Gabriel todavía no estaba seguro de dónde terminaba una y comenzaba el otro. Pero algo era evidente, las palabras del joven lograban atravesar barreras que los demás no podían alcanzar.

No.

Gabriel corrigió aquel pensamiento de inmediato: Era Dios quien lo permitía.

Mikael volvió la vista hacia Thalia. Un dolor silencioso cruzó su expresión. Ella estaba empapada en sudor. Oscuros mechones de cabello se adherían a sus sienes y las sombras bajo sus ojos se habían profundizado hasta adquirir un tono violáceo enfermizo. Su piel parecía demasiado pálida bajo la luz vacilante de las velas. Parecía una enferma terminal, un espíritu arrancado de una tumba. Uno quue no podía dejar de sonreír.

—¿Le duele algo? —preguntó con suavidad.

Los ojos de Thalia se iluminaron al escucharlo y su sonrisa se ensanchó lentamente, hasta mostrar cada uno de sus dientes.

—Estoy perfectamente bien, joven Declair...

Mikael tragó saliva y alzó un poco el mentón.

—En el nombre de Dios, te ordeno que me digas si algo te duele.

Thalia dejó escapar una risa baja, suave, musical y profundamente cansada. Luego suspiró.

—No funciona.

Su mirada permaneció fija en la de Mikael.

—Quiero ayudarla.

La sonrisa de Thalia vaciló por primera vez. Apenas un instante, lo suficiente para que algo parecido a la tristeza cruzara sus ojos.

—¿Y cómo sabrá que le diré la verdad?

Mikael guardó silencio. Se palpó la chaqueta con cierta torpeza y comenzó a rebuscar en uno de los bolsillos interiores. Tras unos segundos extrajo un pequeño crucifijo. La cruz era de madera oscura y estaba rematada con delicados detalles dorados que reflejaban la luz temblorosa de las velas. Lo sostuvo frente a ella.

Va a besar este crucifijo. Si miente, le hará daño.

¿Y si me niego a hacerlo?

Entonces tendré que obligarla en nombre de Dios.

Thalia abrió los ojos y miró a todos a su alrededor, incrédula.

¿Es en serio?

Muy en serio...

La joven suspiró y miró al techo ennegrecido, donde las sombras se agitaban lentamente al compás de las velas. Estuvo unos minutos así y luego volvió a encontrarse con los claros ojos de Mikael.

—Me duele el estómago Sir Declair, me arde, siento que me quema por dentro y ya no lo soporto más, por favor ayúdeme... Pero sin esas oraciones, si sigue haciéndolo, creo que moriré, sólo necesito algunas hierbas...Si sigue así me matará estoy segura.

El Padre Gabriel le susurró algo al oído a Mikael y éste asintió en silencio, tensando la mandíbula. Hizo un gesto con los dedos a Viktoria y a Baptiste, quienes colocaron sus manos en los hombros de Thalia.

—Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium.

Todos comenzaron otra vez a rezar, Thalia entonces se encogió sobre la silla, su cuerpo pareció desmoronarse frente a ellos. La piel se volvió todavía más pálida, casi translúcida bajo la luz temblorosa. Un líquido blanquecino escapó lentamente por la comisura de sus labios y descendió por su barbilla mientras sus ojos buscaban desesperadamente a Mikael.

—Me va a matar... Sir Declair...

Mikael sostenía la Biblia con una mano y el crucifijo en la otra, sus ojos se tornaron vidriosos, su voz temblaba.

Imperet illi Deus, supplices deprecamur: Imperet illi Deus, supplices deprecamur.

—Me muero... me va a matar...

Gabriel sostuvo el hombro de Mikael con fuerza, todos seguían en sus oraciones. Viktoria lanzaba miradas inquietas hacia Gabriel, esperando que detuvieran el suplicio, el cuerpo de Thalia cada vez se veía más deteriorado, sus labios habían perdido color y el sudor le empapaba la vestimenta que se le pegaba a la piel. Pensó realmente que no estaba saliendo bien, que debían detenerse. Sin embargo, las miradas del Padre la instaban a continuar rezando, que no interrumpieran aquel ritual.

In nomine Iesu Christi, recede, spiritus immunde. Dominus te increpet.

La mataré, Mikael.

Un silencio se apoderó de la habitación tras aquella frase. Las palabras habían salido de la boca de Thalia, pero la voz era demasiado grave, demasiado profunda para pertenecerle. Sonaba como si varias gargantas hablaran al mismo tiempo.

Baptiste cayó de rodillas junto a la joven. Había comenzado a hiperventilar y se llevaba una mano al pecho como si el aire se negara a entrar en sus pulmones. Viktoria soltó el hombro de Thalia y se apresuró a socorrer al cochero, que parecía a punto de desmayarse en cualquier momento.

El Padre Gabriel apretó con más fuerza el hombro de Mikael. Iba a inclinarse para susurrarle algo al oído, pero el joven se adelantó. Tomó el crucifijo y lo colocó frente al vientre de Thalia. Luego destapó el frasco de agua bendita y dejó caer varias gotas sobre el cuerpo que se retorcía frente a él.

La joven lanzó un gemido ahogado y Mikael sintió cómo se le tensaban todos los músculos del cuerpo. Sin apartar la mirada de los ojos de Thalia, sentenció:

Vade retro, Satana. Amen.

Thalia se dobló sobre sí misma, rodeándose el estómago con ambos brazos. Una arcada la sacudió de pies a cabeza. Luego otra, y otra más. Viktoria reaccionó de inmediato. Tras asegurarse de que Baptiste seguía respirando en un rincón de la habitación, tomó el balde que descansaba junto a la silla y lo colocó bajo el rostro de la joven. Una última arcada, más violenta que las anteriores, recorrió el cuerpo de Thalia. Entonces algo cayó dentro de la cubeta. Era un pan, uno entero sin digerir.

El silencio volvió a extenderse por la habitación mientras todos observaban, incapaces de comprender lo que estaban viendo. Al pan le siguió un líquido color borgoña que desprendía un intenso olor a vino. Mikael se acercó lentamente. Tomó el frasco y dejó caer unas gotas de agua bendita sobre el contenido de la cubeta. Después levantó la vista, Thalia se había quedado dormida sobre los brazos de Viktoria. La tensión había desaparecido de su rostro. Ya no se retorcía ni temblaba, parecía simplemente agotada.

—Lo siento... —murmuró.

Un maullido le respondió a lo lejos.

 

 

 

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