Unos dedos helados se cerraron con violencia sobre sus hombros. Al girarse, la llama de la vela alcanzó apenas a revelar unos ojos verdes deshechos, hundidos en una expresión trastornada, antes de precipitarse al suelo y extinguirse bajo unos pies descalzos que avanzaron sobre el fuego sin vacilación alguna.
—Allí viene...
Los labios de la mujer, secos y resquebrajados, se abrieron un poco para dejar escapar aquellas palabras en un murmullo temeroso. Todo su cuerpo padecía un temblor incesante.
—Allí viene... —repitió después, acercándose a Viktoria hasta que su aliento enfermizo la envolvió por completo.
De ella emanaba un hedor avinagrado y rancio que revolvió el estómago de la doctora. Sin embargo, al comprender que aquella criatura miserable seguía siendo humana, Viktoria exhaló lentamente y apartó con suavidad las manos que la retenían.
—¿Quién eres? ¿Quién viene?
La firmeza de aquella voz pareció sobesaltar a la joven. Esta se estremeció de inmediato y llevó sus manos temblorosas hasta sus labios, implorándole silencio con gestos desesperados.
—Nos va a escuchar... Oh, no... no, no...
La voz de la joven se quebró en un murmullo sofocado. Sus ojos recorrían la habitación con terror, deteniéndose en cada rincón oscuro, en cada sombra inmóvil.
—¿Quién? —preguntó Viktoria con gravedad.
—Sœur Claire... Ella... ella me siguió hasta aquí. Creí que podría escapar si la encontraba... si me disculpaba... si...
Las palabras murieron en sus labios.
—Pero no —concluyó al fin en un susurro.
Viktoria la observó en silencio. La muchacha no permanecía quieta un solo instante; sus pupilas se agitaban de un extremo a otro, perseguidas por un espanto invisible.
—Tranquila. Aquí no hay nadie. ¿Cuál es tu nombre?
—¿Yo...?
—Sí.
Hubo un largo silencio antes de que respondiera.
—Ruah.
—¿Y tu apellido?
Ruah bajó lentamente la mirada.
—Sólo Ruah.
El tono con el que pronunció aquellas palabras hizo que Viktoia se arrepintiera de haberle preguntado.
—¿Quién es Sœur Claire? ¿Cómo entraste aquí?
Al escuchar aquel nombre, el semblante de la joven se contrajo de inmediato.
—Ella... es mi espíritu. Está pegada a mí... Asqueroso... asqueroso...
Ruah comenzó entonces a mirar sus propias manos con horror. Sus dedos arañaban la piel, desesperados, intentaban arrancar de su carne una presencia adherida a ella desde hacía demasiado tiempo.
—Detente. Vas a lastimarte.
Viktoria sujetó sus manos con firmeza. Bajo el contacto percibió heridas abiertas, costras endurecidas y cicatrices recientes que cubrían las muñecas y dedos de la joven.
—¿Quieres sentarte y descansar un momento? —preguntó con voz serena.
Ruah no respondió. Permaneció inmóvil, dócil de pronto, permitió que la condujera hasta la cama. Sin embargo, en lugar de sentarse, dejó caer lentamente el cuerpo sobre el colchón. Apenas su cabeza tocó la almohada, el sueño la arrastró hacia él desde las tinieblas.
¿Cuánto tiempo había transcurrido?
La pregunta cruzó lentamente la mente de Viktoria mientras abría los ojos en la penumbra. A su lado, el cuerpo de la joven misteriosa permanecía inmóvil, abandonado a un sueño profundo. Su respiración ascendía y descendía con una cadencia suave e hipnótica.
Bostezó.
Más allá de los ventanales, la noche continuaba reinando. La lluvia descendía furiosa sobre los cristales, y el estrépito constante del agua llenaba la habitación. Aquel sonido la tranquilizaba. La lluvia, la respiración pausada de Ruah, la noche.
—Episodio psicótico... paranoia... —murmuró para sí mientras observaba el rostro dormido de la muchacha.
Sus ojos descendieron lentamente hasta las extremidades de Ruah. Los pies estaban cubiertos de heridas abiertas y manchas de sangre seca; sus manos no se hallaban en mejor estado. La piel desgarrada revelaba marcas antiguas y recientes, cicatrices superpuestas unas sobre otras. Viktoria suspiró y recorrió la habitación con la mirada. Los muñecos habían desaparecido.
Por un instante habría creído que todo había sido fruto del agotamiento o de alguna alucinación nacida de la vigilia, de no ser porque Ruah seguía allí, acostada junto a ella. Respirando... Observándola.
Viktoria sintió que el aliento se detenía en su pecho. Los ojos de Ruah estaban abiertos de par en par, inmóviles, fijos sobre ella desde la oscuridad.
—Está aquí.
Dijo antes de gritar y precipitarse hacia un rincón con agresividad. Sus manos se hundieron en sus cabellos y arrancaron mechones enteros que fueron cayendo sobre el suelo húmedo.
—¡Déjame, Satanás!
La joven cayó de rodillas, abrazándose el cuerpo mientras los espasmos sacudían cada uno de sus miembros.
Desde la cama, Viktoria contemplaba la escena sin atreverse aún a intervenir.
Veía a Ruah correr de un extremo a otro de la estancia, huyendo de una presencia invisible que parecía perseguirla sin descanso. Veía sus dedos arrancarse cabellos, desgarrarse la carne de los brazos y el cuello con sus uñas rotas. Y veía también el terror absoluto.
La súplica miserable de una criatura condenada que imploraba misericordia a un cielo oscuro, el cual le escupía lluvia en respuesta.
✞
El frío les mordía los huesos.
Baptiste movía los dedos dentro de las botas con la esperanza de no perder del todo la sensibilidad en los pies. Delante de él avanzaba la figura robusta del Padre Gabriel, cuya espalda ancha se abría paso entre las tinieblas del corredor.
¿Cómo había terminado allí?
Él no era más que el cochero del Vaticano, favorecido únicamente por un parentesco sanguíneo que, en otro tiempo, había considerado una bendición. Ahora, sin embargo, habría cambiado de buena gana aquel privilegio por cualquier destino miserable que no lo hubiese conducido hasta las entrañas de aquel lugar condenado.
Tragó saliva y el aire helado le desgarró la garganta. Se llevó las manos a los labios y sopló sobre ellas inútilmente, intentando brindarles un poco de calor. El silencio comenzaba a aplastarlo. No lograba comprender qué pensamientos atravesaban la mente del Padre Gabriel; ningún hombre sensato habría conservado semejante calma después de lo que habían visto arriba. Cualquiera habría huido, pero él no.
Gabriel avanzaba sin vacilar, con el rostro severo y la cabeza fría, como si el horror fuese apenas otro deber impuesto por Dios. Y aquel silencio... aquel maldito silencio sólo conseguía devolver a la mente de Baptiste la imagen de aquella figura monstruosa que habían contemplado en el piso superior. Necesitaba romperlo.
—¿Cree que encontremos aquí a Mikael?
Gabriel se aclaró lentamente la garganta. Pasaron unos segundos antes de responder.
—No lo sé. Sólo creo que debemos continuar por este camino.
Deseaba regresar a la habitación. Ignoraba qué hora era, pero la noche parecía haberse prolongado durante siglos. No habían dormido absolutamente nada, y aquella exploración absurda comenzaba a consumir lo poco que le quedaba de valor. Miró el corredor interminable que se abría ante ellos.
—¿Y si no conduce a ninguna parte?
El sacerdote no disminuyó el paso.
—Entonces regresaremos.
—No creo que Mikael haya visto esa puerta escon...
El estruendo de unas campanas interrumpió bruscamente las palabras de Baptiste. El tañido descendió por el corredor con brutalidad, estremeciendo los muros de piedra y haciéndoles vibrar los huesos. Baptiste se sobresaltó.
—¿Campanas del convento... a esta hora?
Sus ojos recorrieron el pasillo con inquietud. Gabriel permaneció inmóvil unos instantes, escuchando.
—No... —murmuró al fin—. Ésas no son campanas de convento. Suenan demasiado fuertes. Deben pertenecer a una iglesia.
—¿Una iglesia aquí abajo?
—Sí... Oh.
Una breve risa escapó de sus labios. Alzó entonces la lámpara y la luz reveló unas estrechas escaleras de mármol que ascendían entre las sombras.
—Justo aquí.
Baptiste no alcanzó a responder. El sacerdote ya había comenzado a subir. El joven suspiró profundamente y cerró los ojos apenas un instante. Rezó en silencio; a Dios, a los santos, a espíritus olvidados, a cualquier cosa que aún conservase misericordia sobre aquella tierra maldita y luego emprendió el ascenso tras Gabriel.
Los escalones eran angostos y resbaladizos. La humedad cubría el mármol con una película traicionera que obligaba a apoyar cada paso cuidadosamente. Más de una vez Baptiste imaginó lo sencillo que sería dejarse caer y acabar allí mismo aquella pesadilla. Una pierna rota bastaría para regresar. Sin embargo, jamás reunió el valor necesario para arrojarse.
Cuando finalmente alcanzaron la cima, Gabriel empujó una puerta de madera carcomida que se abrió con un largo gemido. Un aroma floral descendió inmediatamente sobre ellos, incienso.
Baptiste, todavía detrás del sacerdote, apenas lograba distinguir lo que se extendía al otro lado del umbral. Gabriel tampoco avanzaba. Estaban dentro de una especie de iglesia, en horario de misa. Las bancas estaban ocupadas por decenas de figuras arrodilladas en silenciosa oración. Velos blancos cubrían sus rostros bajo la luz vacilante de las velas, aunque ni siquiera aquella tela lograba ocultar por completo el brillo de sus ojos. Todos se volvieron hacia Gabriel en el mismo instante en que cruzó la puerta.
El sacerdote sintió el pulso acelerarse de golpe. Introdujo la mano en el bolsillo derecho de la sotana y aferró el rosario antes de continuar avanzando entre ellos. Las figuras seguían cada uno de sus movimientos con lentitud, girando apenas la cabeza a su paso, sin pronunciar palabra alguna. Detrás de él, Baptiste caminaba con la vista clavada en el suelo y la respiración cada vez más agitada, preguntándose en silencio si aún estaba a tiempo de arrojarse por las escaleras.
Cruzaron una de las esquinas de la estancia. Aunque era de mañana, el cielo permanecía cubierto por una masa de nubes grises y una tenue bruma se había filtrado hasta el interior del templo, deslizándose entre las bancas y las columnas de piedra. El eco de sus pasos rompía la quietud mientras avanzaban hacia la enorme puerta oscura situada al fondo.
Gabriel frunció el ceño. No había visto al sacerdote que debía haber oficiado aquella misa. Sólo estaban los fieles, inmóviles, reunidos bajo la luz mortecina que descendía desde los vitrales. Al llegar al umbral, apoyó una mano sobre la madera. La puerta estaba entreabierta. A su espalda percibía la respiración inquieta de Baptiste y el leve temblor que recorría al muchacho. Debía mantenerse firme. Si él cedía al miedo, no quedaría nadie para sostenerlo. Con un suave empujón terminó de abrirla.
Sus pensamientos lo abandonaron apenas observó el exterior. Más allá de la iglesia se extendía un amplio patio envuelto en niebla. Múltiples fieles permanecían reunidos formando un círculo perfecto. Vestían las mismas túnicas claras y los mismos velos que ocultaban sus rostros. El crujido de la puerta resonó a sus espaldas y todos se volvieron al mismo tiempo sin emitir sonido.
Gabriel sintió un estremecimiento recorrerle la columna y entonces percibió el olor familiar de la carne quemada. Su mente se apresuró a buscar una explicación; un ritual pagano, el sacrificio de algún animal, una ofrenda impía levantada en honor al demonio. Pero mientras avanzaba un paso más y la niebla comenzaba a abrirse lentamente ante sus ojos, comprendió que estaba equivocado.
No.
Al centro del círculo ardía una enorme hoguera. Las llamas se retorcían hacia el cielo gris, proyectando destellos anaranjados sobre los rostros inmóviles de los fieles. De entre aquel fuego emergía una gruesa estaca de roble ennegrecida por el calor. Le habían arrancado la corteza y pulido la punta hasta convertirla en una lanza. Aferrada al madero se alzaba una figura inmóvil, suspendida en una contorsión grotesca.
A la distancia, Gabriel creyó contemplar un espantapájaros levantado sobre las llamas para espantar a los cuervos. Durante un instante se aferró a aquella explicación absurda, sin embargo, cuando la figura alzó el rostro, el sacerdote sintió que toda la sangre abandonaba su cuerpo.
No era un espantapájaros... era una persona.
Los ojos hundidos de la víctima estaban fijos en él. Lo observaban con una desesperación tan profunda que parecía capaz de atravesar la niebla. Los labios resecos se abrían y cerraban una y otra vez, deformándose en un intento inútil por articular una súplica que no alcanzaba a nacer. Seguía vivo.
Las piernas de Gabriel amenazaron con ceder bajo su propio peso. Entonces sintió un golpe contra el dorso y se volvió aterrado. Baptiste había perdido el conocimiento y se desplomaba a su lado. Lo sujetó antes de que cayera al suelo y, tras acomodarlo sobre su hombro, murmuró una disculpa que ni siquiera él mismo alcanzó a escuchar. Luego retrocedió con dificultad, dispuesto a regresar por donde habían venido, pero no llegó lejos.
Una mano surgió de entre la multitud y se cerró sobre su brazo. Una mujer se encontraba a su lado. A través del velo que cubría su rostro, Gabriel alcanzaba a distinguir unas facciones delicadas: una nariz fina, labios llenos y una piel extraordinariamente pálida.
—¿Es usted extranjero?
Su voz era dulce y melodiosa. Aquella amabilidad sólo consiguió aumentar la incomodidad del sacerdote.
—Soy de Uldhemar... ¿Dónde estamos?
La mujer sonrió.
—Llegó justo en el momento indicado. Estamos preparando la comida.
Los labios de Gabriel temblaron.
—¿La comida?
—Sí. No podemos permitir que un invitado pase hambre.
Por un instante, el sacerdote dirigió la mirada hacia la enorme hoguera que ardía detrás de ella.
—Como puede ver, mi amigo no se encuentra bien. Debemos regresar.
La mujer dejó escapar una suave risita y alzó su velo. Gabriel contuvo la respiración.
Sus ojos estaban completamente nublados, blancos como la leche.
—Como puede ver... soy ciega. No sabía que venía acompañado. Mis hermanos sólo me dijeron que me acercara a hablar con usted, que estaba acá en la entrada.
—Lo siento. No era mi intención ofenderla.
—Oh, no me ofende.
La sonrisa permanecía inmóvil en sus labios.
—¿Se quedarán?
—Claro que no.
—Qué lástima.
Inclinó apenas la cabeza.
—Nos habíamos emocionado, no suelen llegar visitantes a este lugar.
—Creo que eso es lo mejor.
La mujer pareció no comprender.
—¿Disculpe?
—Nada, mi amigo necesita descansar.
En ese momento Baptiste abrió los ojos de golpe, se apartó del hombro de Gabriel y cayó pesadamente al suelo.
—Parece que ya ha despertado.
Gabriel lanzó una mirada severa al joven.
Baptiste observó la multitud silenciosa, la hoguera y la figura empalada que aún se retorcía entre las llamas. Su rostro perdió todo color. Durante un instante, Gabriel creyó que volvería a desmayarse.
—Está despierto —dijo el sacerdote—, pero no en condiciones de compartir una comida.
Se inclinó para ayudarlo a levantarse. Baptiste se aferró a él desesperadamente, utilizando la poca fuerza que aún le quedaba en los brazos.
—Lo entiendo —respondió la mujer con serenidad—. Cuando lo deseen, pueden volver. Estaremos agradecidas por su visita.
—¡Mamá!
Una voz infantil surgió desde algún punto de la multitud. El grito de un niño sobresaltó a ambos, logrando que volvieran la cabeza al mismo tiempo.
Entre los fieles vestidos de blanco se encontraba un niño de unos ocho años. Su presencia resultaba extraña en medio de aquel mar de telas pálidas. Vestía un delicado traje azul turquesa que resaltaba entre todos los demás, y sus enormes ojos celestes permanecían clavados sobre los recién llegados con una hostilidad impropia de su edad.
La mujer sonrió al percibir su presencia.
—No te preocupes, cariño...
El niño no respondió. Continuó observando a Gabriel y a Baptiste con una intensidad incómoda, como si los conociera o los juzgara culpables de algún crimen que desconocían. Finalmente se acercó a la mujer y le susurró algo al oído. Ella frunció levemente el ceño.
—Eso no es amable.
Acarició distraída el hombro del pequeño.
—Ve a jugar con los demás niños.
El niño soltó un resoplido de disgusto. Se acomodó la chaqueta con dignidad, lanzó una última mirada llena de desprecio hacia los visitantes y pateó una piedra que rodó por el empedrado. Después echó a correr y desapareció tras uno de los muros que rodeaban a la iglesia.
La mujer suspiró.
—Niños...
—Padre... —murmuró Baptiste.
Gabriel volvió la mirada hacia él.
—Vestía exactamente como Mikael describió a Francis.
El sacerdote sintió un escalofrío, pero la mujer sonrió.
—¿Francis? Qué hermoso nombre, me ha gustado mucho, tendré que comentárselo a Cassian.
—¿Cassian?
La mujer pareció percibir el cambio en su voz.
—Sí—. Afirmó mientras retrocedía un paso—. ¿Lo conocen?
—Lo conocemos —respondió Gabriel—. ¿Podríamos hablar con él?
Baptiste logró soltarse de su brazo y respiró profundamente antes de intervenir.
—Venimos de su casa. Él nos dio alojamiento cuando llegamos a Jajahar. Creemos que puede ayudarnos a comprender qué está ocurriendo aquí... y por qué están haciendo esto.
Mientras hablaba, sus ojos vagaban sin descanso. Se detenían apenas un instante en el rostro de la mujer antes de escapar nuevamente hacia la hoguera. Volvían al suelo, a las figuras que rodeaban el fuego, a la estaca ennegrecida que se alzaba entre las llamas... Baptiste tragó saliva. Cada vez que intentaba ignorarlo, su mirada regresaba a ello por voluntad propia.
La sonrisa de la mujer desapareció lentamente y con movimientos pausados volvió a colocarse el velo sobre el rostro. Cuando habló de nuevo, su voz había perdido toda la calidez anterior.
—Están confundidos.
Gabriel sintió un mal presentimiento.
—¿Cómo dice?
—Lo que afirman es imposible.
Los hombres compartieron miradas confusas.
—Cassian vive conmigo, es mi hijo.
La mujer señaló en la dirección por la que el pequeño había desaparecido.
—Se fue hace un momento a jugar.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
—¿Qué...? —murmuró Gabriel e instintivamente dio un paso hacia ella, pero no llegó a formular la siguiente pregunta.
Dos mujeres surgieron de entre los fieles y se aproximaron apresuradamente.
—¡Suzanne!
La aludida volvió la cabeza.
—Cassian está otra vez molestando a nuestros hijos cerca del pozo, deberías hacer algo con él.
A través del velo, Gabriel alcanzó a percibir cómo las mejillas de la mujer adquirían un tenue rubor de vergüenza.
—Oh, no...
Agachó la cabeza con evidente mortificación.
—Perdónenlo... es un buen niño, pero a veces resulta difícil controlarlo.
Una de las mujeres tomó su brazo con familiaridad.
—Ven, antes de que empuje a alguien dentro.
Suzanne dejó escapar una risa nerviosa.
—Disculpen, debo irme.
Se inclinó levemente hacia Gabriel y Baptiste antes de dejarse conducir por una de las mujeres. La otra permaneció allí, observándolos bajo el velo.
Gabriel volvió el rostro hacia Baptiste. El joven permanecía inmóvil, con la mirada clavada en las llamas que seguían devorando la estaca. Ya no había movimiento alguno en el cuerpo empalado; la cabeza colgaba hacia un lado y el humo ascendía lentamente desde la carne ennegrecida.
—No creas todo lo que ves —murmuró el sacerdote, inclinándose hacia él—. Son ilusiones, engaños del maligno.
Baptiste no respondió de inmediato. Sus ojos permanecieron fijos en el cadáver y, al cabo de unos segundos, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Eso espero, Padre —susurró con voz quebrada—. No sé qué es este lugar... pero si esto es real... si de verdad es real... ¿y Cassian?... yo...
No consiguió terminar la frase y Gabriel apoyó una mano sobre su hombro para calmarlo.
—Tranquilo, respira.
—Esto es real.
La voz surgió a su lado y ambos se volvieron sobresaltados. La mujer que había permanecido junto a ellos los observaba calmada. Su figura robusta estaba envuelta en delicados encajes blancos. Bajo el velo escapaban largos mechones de cabello dorado que descendían en suaves ondas sobre sus hombros. Había algo hermoso en ella, pensó Baptiste; y algo profundamente perturbador también.
—¡Eloísa! ¡Ven!
Varias voces femeninas la llamaron desde el círculo que rodeaba la hoguera. Gabriel levantó la vista y fue entonces cuando advirtió algo que hasta aquel momento había pasado por alto. No había hombres, ni uno solo, sólo mujeres. Mujeres y niños. Y, en el centro de todo, el cadáver empalado.
Un escalofrío le recorrió lentamente la espalda. Por primera vez desde que habían llegado a Jajahar sintió un impulso urgente e irracional de marcharse.
Eloísa les dedicó una sonrisa apacible, realizó una elegante reverencia y regresó junto a las demás. Apenas se reunió con ellas, varias volvieron la cabeza en dirección a los visitantes y comenzaron a reír. Un murmullo de risas suaves que parecía desplazarse entre la niebla y mezclarse con el crepitar del fuego.
Gabriel sintió que algo se tensaba dentro de su pecho. Se inclinó hacia Baptiste.
—Baptiste.
—¿Sí, Padre?
—¿Puedes caminar rápido?
El joven parpadeó.
—¿Qué?
—¿Puedes correr?
—Padre... no me diga eso.
—Baptiste.
—Ay, Dios mío... siento que voy a desmayarme otra vez...
Gabriel lo sujetó bruscamente por la solapa de la levita azul marino.
—No te atrevas.
La voz sonó más dura de lo que pretendía.
—Debemos salir de aquí, ahora mismo.
—¡Mierda...!
Baptiste apretó los dientes y echó a correr. Atravesó la iglesia tambaleándose, seguido de cerca por el sacerdote. La puerta del túnel se alzaba frente a ellos, la pronta salvación. No pensaron que debían volver al convento, no pensaron en el demonio reptando por las paredes, sólo pensaban en escapar del infierno actual.
Gabriel estaba a punto de cruzar la vieja madera cuando cometió el error de mirar atrás. Las mujeres habían dejado de moverse. Las que rodeaban la hoguera, las que aguardaban junto a la iglesia. Incluso aquellas que momentos antes rezaban en el interior del templo. Permanecían inmóviles, de pie. Observándolos y sonriendo. Decenas de rostros vueltos hacia ellos bajo los velos blancos.
En uno de los extremos distinguió a Suzanne, la mujer sostenía entre sus brazos al pequeño Cassian. El niño era el único que no sonreía, por el contrario, lloraba. Y mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, sus enormes ojos azules permanecían clavados en Gabriel, como si quisiera advertirle de algo que no podía decir.