El cuerpo de Thalia temblaba bajo las sábanas. Desde el umbral, Mikael sintió que contemplaba a una moribunda; la habitación entera parecía contener el aliento, como si incluso las paredes aguardaran el instante en que su pecho dejara de ascender. Lo único que le impidió derrumbarse a llorar a sus pies fueron los dos espíritus que permanecían a su lado. Lázaro descansaba sobre ella, con los ojos verdes fijos en su demacrado semblante, y a su costado, hincado en posición de rezo, estaba Francis. Mikael lo reconoció de inmediato. La boina sobre el cabello rubio, aquella ropa tan llamativa... exactamente como Cassian se la había descrito.
Durante mucho tiempo había temido ese encuentro. No sabía qué sentiría al encontrarse frente a su alma. Sin embargo, ahora que había ocurrido, lo único que deseaba era ayudarlo. Francis sonreía, pero todo su cuerpo temblaba y de sus labios escapaba una plegaria tan quebrada y desesperada que se elevaba hecha jirones hacia un cielo obstinadamente silencioso. Bastaba escucharla para sentir el corazón resquebrajarse.
Mikael se mordió el labio inferior, intentando contener el nudo que le cerraba la garganta, cuando unos pasos apresurados resonaron a su espalda.
—Debemos irnos ahora, aprovechar que está débil.
El padre Gabriel se detuvo frente a él sosteniendo una galleta de chocolate. Habló con la boca llena y Mikael tuvo que concentrarse para entender lo que acababa de decir.
—¿Cómo?
Gabriel tragó, se aclaró la garganta y levantó un dedo.
—Debemos irnos. Sabes que Thalia no estará libre con un solo exorcismo; necesitará varias sesiones... ¡El pueblo entero las necesitaría! —exclamó, abriendo los brazos con exageración—. Nos marchamos, pensamos bien un plan de acción y volvemos la próxima semana con más gente. ¿Sí?
Le dio otro mordisco a la galleta y, sin esperar respuesta, entró en la habitación. Hizo la señal de la cruz sobre la frente de Thalia y salió nuevamente. Mikael lo siguió por el pasillo. Su respiración seguía agitada y le costaba ordenar las palabras.
—No podemos dejarla así —dijo al fin—. Sé que el demonio amenaza con matar a su portador y que no debemos escuchar sus engaños, pero, Padre... —Sus ojos, empañados por la emoción, buscaron los de Gabriel—. Me es imposible abandonarla.
Había detenido al sacerdote sujetándolo por los hombros. Gabriel sintió el temblor de sus manos, la fragilidad de su voz y la angustia que le transparentaban los ojos. Frunció el ceño y dejó escapar un largo suspiro.
—Joven Mikael, puede quedarse aquí, pero comprenda que es extremadamente peligroso. Una sola sesión no basta. Si desea cuidarla, no haré nada para impedírselo.
Tomó una de las manos del muchacho entre las suyas y sonrió con cierta picardía.
—Además, sé que puedo confiar en usted... aunque recuerde que ha venido a demostrar sus conocimientos ante la Iglesia, y dejarlo solo con una jovencita...
La sonrisa burlona del sacerdote bastó para que Mikael retirara la mano de inmediato. Negó con la cabeza mientras sus mejillas se teñían de rojo. Gabriel soltó una carcajada que pronto se transformó en una tos persistente, obligándolo a doblarse sobre sí mismo. Cuando logró recuperar el aliento, volvió a posar una mano sobre el hombro del joven.
—Sabes que para que todo termine, ella debe decidir abandonar al demonio y acercarse a Dios. Todo depende de ella.
—Lo sé, Padre. Intentaré convencerla de que...
—¡Ah! Y otra cosa. Mucho cuidado con dejarte vencer por la curiosidad, joven Mikael. No abras puertas extrañas, quedas advertido.
Mikael quiso preguntarle a qué se refería, pero Gabriel ya se alejaba a paso ligero junto a Baptiste. En ese momento, Viktoria pasó junto a ellos rumbo a la habitación de Thalia, llevando un paño y un recipiente con agua en una mano y un plato de sopa en la otra. Mikael se asomó con intención de entrar, pero ella le lanzó una mirada severa.
—Primero voy a darle algo de comer y luego la bañaré.
Después arqueó una ceja y sonrió con malicia.
—Aquí dentro sólo se permiten señoritas. ¿Es usted una, Mikael?
Él carraspeó y bajó la vista. Parecía que todos se hubieran puesto de acuerdo para avergonzarlo después del exorcismo. No pudo evitar sonreír. Se alegraba de que Thalia siguiera con vida, de que hubiera sobrevivido y de que, por fin, estuviera recibiendo un poco de calor y alimento.
Poco después emprendió el camino hacia la habitación que compartía con los demás, mientras rezaba en silencio por la salvación del alma de aquella pobre mujer.
✞
Baptiste tomó el rostro de Mikael entre las manos y le dio dos besos en las mejillas antes de despedirse. Viktoria alzó una mano a modo de adiós mientras con la otra sujetaba la de Ruah, que la seguía sin emitir sonido alguno. El padre Gabriel las observó con extrañeza, pero no hizo comentarios; simplemente le dedicó a Mikael una mirada cargada de complicidad, y éste se la devolvió antes de emprender caminos distintos.
Con cada paso que los alejaba del convento, la niebla se volvía más espesa. Era de mañana, el sol ya debía iluminar el bosque, pero la bruma lo devoraba por completo. Lo único que alcanzaban a percibir tras aquella cortina blanquecina eran las voces de los habitantes del pueblo, susurrando a su alrededor. No podían verlos, pero sabían que estaban allí. Las palabras se superponían unas sobre otras hasta formar un murmullo imposible de comprender por completo.
—No pueden hacerlo.
—Claro que no.
—Están muertos.
—¿Alguien les dirá?
—Pueden pudrirse si quieren.
Baptiste aceleró el paso. El farol que llevaba en la mano apenas conseguía atravesar la niebla que se arremolinaba a sus pies y deformaba el sendero ante sus ojos. Debían cruzar el bosque para regresar al pueblo, un trayecto sencillo en circunstancias normales, pero que aquella mañana parecía alargarse a voluntad de algo oculto entre los árboles.
—Tranquila, no me sueltes —dijo Viktoria a Ruah.
La muchacha apretó con más fuerza su mano. Parecía no sentir el frío que les entumecía las extremidades o, simplemente, había dejado de quejarse. Caminaba con la mirada fija en la débil luz del farol, como si todo lo demás hubiera desaparecido.
—Viktoria, apresúrate —espetó Gabriel, que apenas conseguía seguir el ritmo de Baptiste, cada vez más distante—. ¡Eh! ¡Baptiste! ¡Detente un momento!
Pero el joven no respondió. Continuó avanzando sin volver la vista atrás, como si no escuchara otra cosa que aquellos murmullos escondidos tras la niebla, voces que parecían seguirlo de árbol en árbol.
—¿Baptiste...? —insistió Gabriel.
Al girarse para comprobar que Viktoria aún caminaba detrás de él, descubrió que ya no había nadie. Volvió la vista al frente, el farol también había desaparecido. Estaba completamente solo. Y los demás también. Lucifer los había separado. Se había confiado, había creído que el demonio los dejaría marcharse tras el exorcismo. Había cometido un error.
Un frío insoportable le recorrió la espalda. La niebla lo envolvía con una suavidad cariñosa; sus dedos helados le acariciaban la nuca y depositaban pequeños besos sobre su cuello, provocándole escalofríos.
—No ganarás. Jamás lo harás, y lo sabes. Por eso estás tan desesperado —le habló a la nada mientras sacaba el rosario del bolsillo y trazaba lentamente la señal de la cruz. Después cerró los ojos.
—Dios me mostrará el camino. No necesito luz... ni ver. Saldré de este maldito bosque. Todos lo haremos.
Comenzó a desgranar el rosario sin detener el paso. Su caminar era firme y decidido hasta que, poco a poco, su figura terminó por perderse entre la espesura.
—¡Padre! ¡Padre!
Viktoria avanzaba tras él sin conseguir alcanzarlo. Ya no podía distinguir su silueta; sólo escuchaba, cada vez más lejanas, las oraciones que se deshacían entre la niebla.
—Mierda... Estos idiotas...
Continuó caminando sin soltar la mano de Ruah hasta que una serie de risas estalló a su alrededor. Ambas se detuvieron al instante. El bosque volvió a quedar en silencio y, apenas unos segundos después, unos pasos comenzaron a acercarse lentamente por detrás. Viktoria sujetó con más fuerza la muñeca de Ruah, la miró con determinación y sólo pronunció una palabra.
—Corre.
Fue lo único que alcanzó a decir antes de internarse con ella en las profundidades del bosque.
Mientras tanto, Baptiste caminaba a paso rápido, sin mirar atrás, escapando de los murmullos que lo seguían de cerca, podía sentir las voces—cada vez más perversas y torcidas— rozarle la espalda. El joven se estremeció de horror cuando percibió en su oído el cálido aliento de un espectro susurrando su nombre. Necesitó detenerse un segundo para que toda la sangre se le fuera a las piernas y pudiera salir corriendo de aquel horrendo lugar, rumbo al estómago de los oscuros robles que aguardaban hambrientos.
✞
—Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores...
Con suaves pasos, la niebla se despidió. Depositó un último y tierno beso sobre la nariz de Gabriel, enrojeciéndola con el frío, antes de retirarse hacia las sombras del bosque.
Frente al Padre se irguió un monasterio humilde y antiguo, sus muros de piedra gris estaban erosionados por el viento y la lluvia. Un claustro rodeaba el patio central, donde una fuente de piedra dejaba caer un hilo constante de agua sobre un estanque cubierto de musgo. Las columnas sostenían arcos ennegrecidos por la humedad, mientras el suelo mostraba el desgaste de incontables generaciones de peregrinos y monjes. El sacerdote reconoció enseguida aquel lugar, y sus oraciones se elevaron con renovado fervor hacia un magnánimo cielo que lo observaba expectante. Dio unos pasos vacilantes hacia la entrada. Entonces, el campanario de techo oscuro rompió el silencio con el tañido grave de sus campanas, anunciando el comienzo de la Santa misa.
—Joven Delacroix, apresúrese.
Una voz masculina, suave y serena, lo sobresaltó antes de que dos manos se posaran sobre sus hombros y lo condujeran con firmeza hacia el interior. Gabriel no tuvo tiempo de volverse. Su cuerpo se había reducido al de un niño y, sin poder zafarse de aquel inesperado agarre, cruzó el umbral del monasterio que conocía demasiado bien.
Un sudor helado le cubrió la frente. Si aquel era el episodio con el que Lucifer pretendía atormentarlo, tendría que enfrentarlo con toda la fuerza de su alma.
«Sólo espero tener la fortaleza para revivir este periodo de mi vida. Dios mío... por favor, ayúdame», suplicó en el silencio de su corazón.
Una risa apagada lo obligó a girar la cabeza. A su lado, un anciano permanecía hincado de hinojos. Tenía el rostro vuelto hacia la pared, ocultándole las facciones. Gabriel sólo alcanzaba a distinguir la escasa cabellera blanca que cubría su cabeza.
—Dios mío... por favor, ayúdame —repitió con sorna—. Si Dios fuera realmente bueno... ¿habría permitido que te sucediera aquello?
Gabriel apretó la mandíbula hasta hacerla doler. Lucifer debía de ser un completo necio si creía que podía doblegar su fe con esas frases.
—Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum... —comenzó a rezar.
Su voz era aguda y frágil, la voz de un niño. Gabriel volvía a tener doce años.
En mitad de la oración, una risa estridente reverberó contra los muros y el hombre que tenía frente a él desapareció en un parpadeo. Gabriel terminó el rezo sin vacilar y, por un instante, creyó que aquella pesadilla había llegado a su fin; sin embargo, el eco de varios pasos quebró la frágil calma que apenas había conseguido recuperar. Monjes y novicios comenzaron a surgir desde el umbral y avanzaron lentamente hasta rodearlo. Gabriel distinguió a cada uno de ellos a pesar de que sus rostros estaban desprovistos de piel, con la carne viva expuesta y surcada por delgados hilos de sangre. Aquella visión dantesca no logró hacerlo flaquear. Sostuvo la mirada de todos y, cuando estaba a punto de comenzar un nuevo rezo, una voz aguda y desagradable rompió el silencio.
—Joven Delacroix, lo estaba esperando.
Los monjes se apartaron con lentitud para abrir paso a un ser que descendía desde el altar. Medía casi tres metros de altura y su cuerpo parecía estr hecho de una oscuridad tan profunda que absorbía todo rastro de luz. Aun así, Gabriel supo de inmediato quién era. No lo había olvidado. Jamás podría hacerlo.
Su cuerpo se encorvó a medida que aquella criatura se acercaba. Parecía reptar por el suelo mientras su torso se retorcía de un modo antinatural a cada movimiento. Lentamente alzó uno de sus largos brazos hacia el pequeño niño. Gabriel sintió un violento impulso de vomitar, pero cuando aquellos dedos deformes estuvieron a punto de rozarle la mejilla, levantó el rostro con furia y el monstruo se detuvo en seco.
—No tengo miedo de ti, cerdo depravado... ¡A estas alturas, tengo miedo de mí!
El grito brotó desde lo más profundo de su estómago. La sombra pestilente retrocedió un paso y Gabriel aprovechó aquel instante para darse media vuelta y echar a correr. Abrió una puerta tras otra, pero ninguna conducía al exterior; todas desembocaban en habitaciones vacías, austeras y casi idénticas entre sí. «Lucifer no se está esforzando tanto», pensó al principio, aunque aquella idea terminó por desvanecerse cuando, después de más de media hora de abrir puertas y recorrer interminables corredores, comprendió que el monasterio entero se había convertido en una prisión de la que era imposible escapar.
—Dios, ¿qué quieres que haga?, tuve que correr para no cometer un pecado... Dios, tú sabes lo que pasa por mi mente en estos momentos, líbrame de la tentación...
Se encontraba en una especie de oficina. Las paredes estaban cubiertas por cuadros de marcos dorados y, sobre el escritorio, descansaba un enorme crucifijo de madera. El cuerpo torturado de Cristo parecía seguirlo con la mirada sin importar hacia dónde se moviera. Gabriel sabía que aquello era una ilusión creada por el maligno; aun así, un escalofrío le recorrió la espalda.
Unos gritos infantiles lo pusieron en alerta. La puerta se abrió de golpe y un muchacho de aproximadamente su misma edad irrumpió en la habitación. Tenía el cabello negro, los ojos verdes y el rostro cubierto de pecas. Respiraba con dificultad y el terror se le dibujaba en cada facción.
Cuando sus miradas se encontraron, el niño le hizo una seña para que guardara silencio y señaló un viejo armario de madera. Gabriel obedeció. Se deslizó lentamente hasta el escondite, húmedo y helado. A través de la estrecha rendija de la puerta observó cómo el muchacho elegía ocultarse bajo el escritorio, un lugar infinitamente más evidente que el suyo ¿Por qué? ¿Por qué había hecho aquello? ¿Por qué lo estaba salvando?
«Maldita sea, Philippe... ¿Por qué hiciste eso? ¿Tengo que revivir esta mierda para salir de aquí?»
—Todo esto es falso... Todo es falso... Ya pasó... —murmuró para sí mismo, acurrucado con las rodillas contra el pecho. Su voz era apenas un hilo. Se clavaba las uñas en las piernas una y otra vez, dejando finas marcas rojizas sobre su piel de alabastro.
Entonces el lento chirrido de la puerta lo hizo contener el aliento. Asomó apenas un ojo por la rendija, y pudo observar como la sombra pestilente entraba arrastrándose en la habitación. Philippe se cubría la boca con ambas manos para no emitir el menor sonido y hundía su cuerpo cada vez más bajo el escritorio, pegándose desesperadamente contra la pared.
—Philippe... ¿No podemos hablar las cosas? ¿Ya no te gusta jugar conmigo?
Aquella voz era imposible de olvidar. Aguda, insoportable, le arañaba los tímpanos igual que la primera vez. Gabriel comenzó a hiperventilar. Las lágrimas corrían por unas mejillas que habían perdido todo el color y tuvo que apretar los dientes con fuerza para impedir que el temblor lo delatara. Sabía perfectamente lo que iba a ocurrir, y aun así seguía temiéndolo.
—Philippe... No te escondas... ¿Quieres jugar a las escondidas? Podría apostar que estás en...
La criatura avanzaba con movimientos inhumanos, arrastrando su cuerpo retorcido por el suelo, cada vez más cerca del armario. El corazón de Gabriel golpeaba con tanta fuerza que estaba convencido de que aquel ser lo había escuchado.
—...¿el armario?
«Mierda.»
Los largos dedos deformes comenzaron a abrir lentamente la puerta, pero justo cuando iban a descubrirlo, Philippe tosió.
«No, Philippe... No otra vez. No hagas esto...»
La sombra giró la cabeza con una velocidad antinatural y una risa grotesca brotó de su garganta. Philippe no hizo el menor intento por huir. No había expresión alguna en su rostro; sus ojos lloraban sin descanso, pero parecían mirar mucho más allá de aquella habitación. Salió despacio de debajo del escritorio y se detuvo frente a la criatura, que comenzó a acariciarle el cabello con una suavidad tan aberrante que a Gabriel se le revolvió el estómago. Jamás los había perdonado. Ni a aquella sombra, por ser la personificación misma del mal, ni a Philippe por haberse sacrificado en su lugar. Lo que venía después era demasiado monstruoso incluso para sus propios recuerdos. Ni siquiera en aquella visión creada por Lucifer era capaz de soportarlo.
«Perdóname Dios por lo que voy a hacer.»
De un puntapié abrió violentamente la puerta del armario. La sombra y Philippe se volvieron hacia él, desconcertados, pero no les dio tiempo de reaccionar. Gabriel sujetó el grueso crucifijo de madera que descansaba sobre el escritorio y lo descargó con todas sus fuerzas sobre la cabeza de la criatura. Sintió cómo cedía bajo el impacto. Era blanda, terriblemente blanda. Y aquella sensación le produjo una satisfacción que lo horrorizó. Volvió a golpear una y otra vez. Con cada impacto Gabriel parecía crecer, mientras la sombra se reducía poco a poco bajo sus pies. A su lado, Philippe reía de forma completamente enajenada, pero él ya no podía oírlo. Sus manos temblaban, sus ojos estaban inyectados en sangre y siguió golpeando hasta que, con el último impacto, la sombra se desvaneció. Durante apenas un segundo, donde antes había estado aquella criatura apareció el cuerpo de un hombre con el cráneo completamente destrozado, después desapareció. Philippe ya no estaba y el monasterio también había desaparecido. Gabriel volvió a encontrarse en aquel templo blasfemo, rodeado por la niebla que volvía a ocultarlo todo. Respiraba con violencia, tenía las manos cubiertas de sangre y, para su horror, se sentía bien. Increíblemente bien.